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jueves, 27 de noviembre de 2014

LA CUESTIÓN DEL RÍO MUNI (VI)



             (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 27 de febrero de 1901)


El Sr. Coello hace notar, en varios parajes de su Memoria o Conferencia, el floreciente estado de la isla de Santo Tomás, bajo el mismo Ecuador. Es que los portugueses, que la poseen, saben administrarla, y siguen con acierto las prácticas de las naciones más cultas. Esa pequeña nación, casi sin marina de guerra, como Holanda y Bélgica, tiene sus colonias en un estado bastante próspero, y se ha atraído el afecto de los naturales de ellas, en lugar de contarlos como enemigos.

«Es vergonzoso, dice también el Sr. Coello—pagina 31—que las islas portuguesas estén mejor atendidas que las nuestras.» Hasta cable telegráfico cuenta ya la pequeña isla citada.

No conocemos los términos precisos del tratado recientemente celebrado en París, sobre fijación de limites entre nuestras posesiones y las francesas en ese golfo de Guinea y río Muni, tan insalubre como fértil y productivo; por que el Muni y sus afluentes riegan y fertilizan una gran comarca, rica en ébano, marfil , maderas tintóreas y un sin número de producciones que es ocioso repetir aquí. Sin embargo, parece que por aquel tratado hemos perdido toda la ribera izquierda del mismo río y de su enorme ensenada o estuario. Y se ha dicho que lo peor no ha sido lo peor que hayamos sufrido esa perdida, pagada con la concesión de un marquesado, sino que hemos sentado precedente para dar otro titulo o alta recompensa mañana al que nos haga perder la ribera derecha.

La verdad es que la posesión por nuestra parte de la cuenca izquierda del Muni  era casi efímera, por que allí  todo el negocio lo hacen los extranjeros. En cambio hemos obtenido que los franceses presten reconocimiento oficial a nuestro señorío en la orilla derecha, y hacia el Norte, cosa a la cual venían negándose desde hace bastante tiempo; pero esa pequeña ventaja no garantiza igual reconocimiento de parte de otras naciones, y por ese lado quedamos siempre expuestos a nuevas expoliaciones, si bien poco o ningún provecho sacamos de ese país que allí nos queda. Es un lujo demasiado costoso el de tener colonias, para que otros las exploten, y tal ha venido siendo nuestra desgracia en Guinea y algunos otros países. Tal vez algún día aprendamos a colonizar y sacar de ello el debido provecho, cosa que seguramente no se logra tiranizando a los naturales —aunque sean negros,—y engañándoles repetidas veces, hasta el punto de hacerles desconfiar de nosotros. Precisamente los extranjeros que explotan las riquezas del vecino continente, han hecho todo lo posible para captarse la enseñanza de los naturales, y así han logrado extender allí su comercio, y ampliarle en grande escala. Es mas, en sus colonizaciones han hecho progresos inmensos en el cultivo; la sola isleta de San Tomás, que asegura el Sr. Coello pagina 29—ser menor que la mitad de Fernando Poo, dice el mismo autor qué exporta anualmente por valor de tres a cuatro millones de pesetas, tan solo en cacao y algún otro producto, y hoy es hartó probable que exporte mucho más, así en esos artículos o renglones como en otros varios En ella como en Fernando Poo, Anobón, etc., se produce y cultiva el café, la quina, la vainilla, el caucho, el tabaco, el algodón, la palma de aceite, etc. Algo exportábamos también por aquel tiempo de nuestras islas de Guinea, pues tan solo los ingleses cambiaban en Fernando Poo, artículos del país por valor de 300 000 pesetas aproximadamente cada año, siendo de notar—y en esto se conoce también lo que es la industria inglesa —que aquella nación no sacaba por lo regular ni una peseta en pago, sino que con sus productos cubría aquel valor. Lo mismo a poco más o menos hacen allí los alemanes y franceses. Así abunda el metálico en esas naciones, mientras en la nuestra escasea extraordinariamente.

Concluimos este ya largo trabajo, lamentando tan sincera como por lo regular infructuosamente nuestro atraso en riqueza colonial, y haciendo votos para que al menos eso que nos queda pueda en lo sucesivo sernos más útil que gravoso, y que no impongamos ni mantengamos una carga a nuestro esquilmado Tesoro, sin más resultado que ver a los extranjeros hacer su negocio en nuestras mismas posesiones, y acaso acabar por arrebatárnoslas, como ahora ha sucedido con una buena parte de la cuenca del Muni.

Aumentar nuestra marina de guerra para evitar tales despojos es un cálculo insensato; perderíamos las colonias y los barcos, porque no podemos rivalizar ni igualar en pujanza marítima a las grandes potencias, aún dedicando a ello hasta la última peseta que nos queda, y convirtiéndonos en pordioseros Lo que nos importa es seguir el mismo camino trazado por otras naciones cultas, Bélgica, Holanda y aún Portugal, que sin abrigar la idea quijotesca de rivalizar en fuerzas marítimas con otras potencias—que no sólo tienen grandes escuadras sino también medios sobrados para aumentarlas si fuera necesario,—se concretan a desarrollar su industria y su comercio, procurando así no ser explotadas y acabadas de aniquilar por los grandes centros productores. No hay que olvidar, además, que la península Ibérica cuenta con un elemento de riqueza, la agricultura, que bien atendido como se merece, rivalizaría con gran ventaja sobre el mismo de aquellas naciones que bajo otros conceptos nos dejan muy atrás. La agricultura en España, como la industria y el comercio necesitan protección y esta protección consiste principalmente en la reducción de los créditos y múltiples impuestos que abruman al labrador, lo mismo que al industrial y al comerciante.

Lo antedicho no obsta para que a medida de nuestras fuerzas y recursos, vayamos progresivamente aumentando nuestra marina, y a la larga podamos volver a competir, bajo ese punto de vista, con otras naciones que hoy nos aventajan. La unión Ibérica, si algún día vuelve a verificarse, sería como es sabido, un gran paso en la senda de nuestra futura rehabilitación.

                                                                                       SOMAR *



*Seudónimo usado por Rosendo García-Ramos y Bretillard, anagrama de Ramos

lunes, 24 de noviembre de 2014

LA CUESTIÓN DEL RÍO MUNI (IV)


                (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 23 de febrero de 1901) 
Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

No será tal vez fuera de propósito consignar aquí, antes de proseguir el interrumpido relato, que estos ríos del golfo de Guinea parecen ser los mismos que el Periplo de Hannon llama torrentes fogueados. Algunos han creído que la voz infogatii de la traducción toscana del periplo, significa inflamados y han deducido e inferido que se trataba allí de torrente de lava ardiente; pero nos parece más verosímil que se hable tan solo de agua fogueada por el calor , teniendo en cuenta que no se empleaba allí la voz inflammati o infianmatí, y que en la misma relación se consigna que aquellos expedicionarios no podían marchar a pie en aquellos países de la costa, acusa del gran caldeo y reverberación del suelo.

En las dos grandes épocas que llamaremos cartaginesa y romana, el golfo de Guinea fue visitado y explorado por las naves de aquellas naciones, haciéndose desde entonces allí un considerable comercio de pieles, plumas de avestruz, marfil, oro en polvo y otros artículos, comercio que más tarde los lusitanos reprodujeron—así como también el de esclavos de ambos sexos —y continuaron hasta que otros europeos, franceses, ingleses, holandeses etc., les disputaron ese ramo de riqueza. Entonces aquellos cedieron a España unos derechos que en realidad no tenían sobre dicha parte del continente africano, a cambio de otros que nuestro gobierno les concedió, como después tendemos ocasión de ver en la conferencia que estamos extractando.

Añadiremos para concluir esta intercalación, que anteriormente a los portugueses, el comercio de esta parte occidental lo hacían los venecianos, genoveses o janueses, y otros navegantes de Italia, que de allí sacaban anualmente considerables valores, particularmente en oro y esclavos. Verdad es que los lusitanos emprendieron después lo que ellos llamaban pomposamente la conquista de Guinea; peor no es menos cierto que solamente ocuparon en aquella región algunos puntos salteados y poco extensos, muchos de los cuales abandonaron luego, por su insalubridad y por la gran competencia que otras naciones les hacían en la contratación de los indígenas. Lo mismo les sucedió en casi todas sus posesiones en las Indias Orientales.

El sabio Mr. d´Avezac, por otra parte, ha demostrado que antes de que llegaran los lusitanos a Río de Oro, y aún al Golfo de Guinea, ya los franceses de Dieppe y otros puertos normandos penetraron en estas mismas costas africanas de la zona tórrida.

“recordaré de nuevo que en España –prosigue diciendo el señor Coello- tanto los hombres llamados políticos como los que no lo son, se ocupan muy poco de estas cuestiones; distraídos los primeros con sus contiendas de partido y más todavía con las personales, que absorben su principal atención, carecen de tiempo para dedicarlo a aquellas. Basta, además, que un partido piense en un ensanche, proponga o intente una mejora en nuestros dominios ultramarinos, para que la encuentren mal y la combatan o abandonen los del bando contrario. Además para comprender y resolver las cuestiones coloniales precisa tener conocimientos previos, y dedicarse a estudios de historia, geografía, estadística, y aquí solo se estudia y se discute la historia de las fracciones y de los hombres políticos, la geografía de las antesalas y pasillos y la estadística de los empleos”

Esas frases notables del señor Coello pudieran todavía reducirse a estas dos palabras: Se estudia ante todo y sobre todo la complicada ciencia de quitar a unos para ponerse otros. 

“Los no políticos ni siquiera sospechan la importancia de ciertos problemas coloniales. A la mayoría parece que todo le es indiferente.

Los derechos de España en el Golfo de Guinea datan del tratado que se celebró en Portugal en 1777, por el cual se nos cedió a cambio la isla de Santa Catalina y de nuestra colonia del Sacramento, en la América del Sur, las islas de Fernando Poo y Annobón, con los derechos de negociar  en todas las costas vecinas, desde el cabo Formosa que está a la desembocadura del río Níger, hasta el de Lope González- cabo López- al sur del río Gabón; pero con la condición de que considerase a los portugueses con iguales derechos para comerciar en dichas costas”

Como se ve, y a pesar de iniciarse el Sr. Coello a considerar esa cuestión como territorial, no parece ser ni siquiera e señorío, ni aún un mero protectorado. Tal vez nadie en Europa reconociera a los portugueses, más derecho de comerciar allí, que el mismo que cualquiera otra nación tenía; y además, al reservarse aquellos ese pretendido derecho de comercio, tal como nos lo transmitían, claro es que se reservaban también el de traspasarlo más tarde a quien quisieran y cuando quisieran.

La verdad es que allí traficaban otras naciones, tanto o más que Portugal, antes y después el tratado de 1777.

“En 1778 se ratificó el tratado, y en el mismo año se envió una expedición española, que ocupó las islas de Fernando Poo y  Annobón, teniendo que abandonarlas en 1781, a causa de las enfermedades que diezmaban a nuestra gente…

“Los ingleses ocuparon la primera de estas dos islas en 1827, con el objeto de establecer allí un tribunal mixto para la represión de la trata de esclavos…y en 1841 propusieron su compra por la suma de un millón y medio de pesetas. Admitieron nuestros gobernantes la proposición; pero sucedió lo que sucede siempre entre nosotros, que fue rechazada por las Cortes y por la opinión del país.

“Al poco tiempo, en 1843 enviamos otra expedición a las mismas islas, mandada por el capitán de navío D. Juan José de Llerena, quien pasó a la isla de Corisco y recibió de los indígenas de ella un acta de adhesión e incorporación a España”

Esa misma acta es la que sirvió en Canarias a Diego García de Herrera para llamarse señor y dueño de Tenerife y de Gran Canaria. Los indígenas de África las prodigan al primer llegado, mediante algunas botellas de ron, y unas cuantas piezas de zaraza o muselina; siendo lo peor que tienen aquellos la astucia de fingirse soberanos de territorios en el Continente, que jamás han poseído, y vender nuevamente lo ya vendido, tantas veces cuantas se lo quieran comprar.

El Sr. Coello ignora que mil veces, a cambio de ron o cualquier bebida espirituosa, lo mismo que de telas, armas, baratijas etc., los negros habían vendido a los ingleses, holandeses, franceses y otros europeos, no solamente sus posesiones y las ajenas sino a sus prisioneros de guerra, y aún a sus mujeres e hijos. Allí puede decirse que no hay más legítima propiedad  europea que la posesión en la que se estuviere en cualquier territorio.

Sabido es que los negros solían hacerse entre sí la guerra, tan solo para hacer esclavos que vender a los europeos.

(Continuará)

              

jueves, 20 de noviembre de 2014

LA CUESTIÓN DEL RÍO MUNI (II)



           (Artículo publicado en el Diario de Tenerife del 16 de febrero de 1901)

Habla ahora el señor Coello:

[ilegible en el ejemplar consultado]... a la zona Nordeste de la gran isla de Borneo, que nos pertenecía legítimamente. Las negociaciones diplomáticas, si puede llamarse así la torpe y descuidada defensa que entonces se hizo de nuestros derechos, se llevaron de una manera tan rápida y misteriosa, que no pudo enterarse de ellas el público, ni aún los que nos ocupamos preferentemente de esas cuestiones. Lo cierto es, señores, que perdimos esa parte importante de la gran isla de Borneo. Aquella zona de que se nos desposeyó, representaba una superficie de 50,000 kilómetros, es decir, más de la décima parte de nuestra España; y esa porción que pareció despreciable y que se abandonó con tal descuido, constituye hoy una región admirablemente situada y riquísima, a pesar de que hace todavía muy pocos años que lo explota una Compañía mercantil inglesa; los ingresos exceden ya a los gastos, y según noticias recientes se han descubierto allí yacimientos auríferos, lo cual aumentará considerablemente su importancia.

»De este fatal precedente se deduce la conveniencia, la necesidad, de que se estudien con gran cuidado todas estas cuestiones, por que lo que hoy despreciamos y abandonamos, puede ser mañana de la mayor utilidad, y nuestros hijos tendrán el derecho de censurar la incuria de los que consintieron que se mermase el territorio nacional. Por mi parte creo que muchas de estas pérdidas no habrían tenido lugar si los gobiernos y el país conocieran bien los territorios que España posee y los derechos que a ellos tiene »

Esa reflexión del Sr. Coello es racional y pertinente, aunque no siempre las pérdidas del territorio han dependido del desconocimiento de éste, ni de la incuria o indolencia de los gobiernos. Las ha causado más de una vez nuestra insuficiencia de medios de defensa. En el siglo XVIII los ingleses se apoderaron sin mucha dificultad de las Filipinas, de la Habana, y de media isla de Cuba, inclusas las Escuadras que allí teníamos, un material de guerra enorme y más de cien millones de duros en moneda acuñada. ¿Por qué? Porque no podíamos competir con ellos en elementos y medios ofensivos y defensivos. Esas posesiones nos fueron devueltas más tarde, a cambio de otras que les cedimos en América; pero allá se les quedaron nuestros navíos, pertrechos de guerra y sumas en metálico. Hasta nos tomaron y devolvieron la isla de Menorca en las Baleares.

Volvamos al discurso o conferencia del Sr. Coello, quien prosigue diciendo así:


«No vengo yo aquí a acusar a los gobiernos. Estos, tal cual están constituidos, no pueden hacer todo lo que debieran y quisieran; por otra parte, se hallan demasiado preocupados por lo que aquí se llama política, aunque no lo sea en realidad, y no ponen gran empeño, como fuera de desear en el estudio de…
...aunque afortunadamente las menos extensas; por que acaso se recuerden los esfuerzos que he hecho personalmente por salvar nuestro dominio en ellas.
 »Yo creo—y permitidme esta digresión —que la cuestión de las Carolinas fue más simpática a la generalidad de los españoles por el nombre que llevan esas islas, que por su importancia real y positiva. Si en vez de llamarse Carolinas se hubieran nombrado Bubayanes o Calamianas, no hubieran despertado igual interés...

»Por último, deseo la conservación de todas las posesiones que tenemos en las costas de África, y muy principalmente de las del golfo de Guinea, que hoy están gravemente amenazadas. Trátase de territorios que durante muchos años y casi constantemente hemos despreciado, siendo preciso que otros los codiciasen, para que, con intermitencias, nos merecieran alguna atención. Si con descuido y con despego hemos mirado la isla Fernando Poo, que al menos conocíamos de nombre, mayor ha sido la indiferencia respecto a los territorios inmediatos del Continente, cuya existencia se ignoraba hasta en las regiones oficiales, en ciertos periodos, y que superan muchísimo en extensión y en importancia a la citada isla.»

Volveremos a interrumpir un momento ese relato, para fijarnos bien en que ya desde el año 1888 habíamos perdido las Carolinas orientales, islas que después hemos enajenado completamente. Es verdad que aquellas, y algunas otras colonias lejanas, nos eran gravosas, por que causaban más gastos que ingresos al Tesoro.
Bien está conservar tales colonias  a las naciones pujantes y ricas, aunque durante mucho tiempo ningún provecho les reporten; pero a las naciones pobres contribuyen a arruinar los gastos hechos sin remuneración. La esperanza de lucrarse algún día la nación con tales colonias, se iba ya perdiendo entre nosotros; y por otra parte, la emigración siempre creciente de nuestras clases pobres, no podían ser dirigidas allí por varias razones, sobre todo la gran distancia de la metrópoli. Sin embargo, un gobierno ilustrado y solícito acaso hubiera podido convertir las Carolinas y Palaos en unas colonias florecientes y útiles a la patria, sin grandes dispendios, aunque corriendo siempre el peligro de perderlas al menor rompimiento con cualquiera de las grandes potencias marítimas.

Ese es un peligro constante que en rigor no está en nuestra mano remediar ni hacerlo en poco tiempo desaparecer. No se improvisa una marina como la de Inglaterra en unos cuantos años, ni acaso siglos. Es preciso ir paulatinamente creándola, como hizo la misma nación citada, y han hecho también otras, que hoy pueden tener y sostener sus colonias.


(Continuará)

martes, 18 de noviembre de 2014

LA CUESTIÓN DEL RÍO MUNI (I)


                (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 15 de febrero de 1901)

No hace muchos días que, revisando algunos papeles viejos que todavía conservo, me hallé con un folleto que lleva por título el mismo de estas líneas. Es un cuadernito de 33 páginas en la 4º y a su final dos pequeños aunque curiosos mapas de nuestras posesiones en el golfo de Guinea.

Ya había yo leído atentamente dicho cuaderno; pero ahora lo he leído con más cuidado, y no creo por demás comunicar a los lectores del Diario mis impresiones en el asunto, y mejor sin duda alguna, reproducir algunos párrafos de aquel interesante trabajo, impreso en Madrid, año 1889. Parecerá hoy un tanto trasnochado lo que se escribió en esa fecha; pero en realidad no ha perdido, ni mucho menos, su interés para cualquiera persona que poco o mucho, se ocupe de nuestras mermadas colonias.

Aquel trabajo es el discurso pronunciado por el Excmo. Sr. D Francisco Coello, con fecha 9 de enero del citado año, en una sesión pública celebrada por la Sociedad Geográfica de Madrid.

El nombre solo del autor de ese concienzudo trabajo, le recomienda desde luego, y también las breves palabras que añadió el Excmo. Sr. Conde de Toreno, las cuales asimismo se consignan al final del folleto. Esas frases del Presidente de la mencionada Sociedad Geográfica no debemos omitirlas, por más que algunos las juzguen superfluas en este lugar. Por ellas vamos a comenzar, por que entendemos que tanto las reflexiones del Sr. Toreno, como cualquiera otra observación o antecedente análogo, contribuyen a hacer luz en esta interesante materia de nuestros maltrechos asuntos Coloniales.

Dice, pues, el Sr. Toreno en el pasaje aludido:

«Señores: Se comprende no solo por los aplausos con que ha sido de todos acogida, sino también por las muestras de aprobación que en tan repetidas ocasiones ha tributado el auditorio al Sr. Coello, lo interesantísimo de la Conferencia que con tanto gusto ha sido por todos escuchada. Yo felicito a la Junta Directiva de esta Sociedad, que al tratar en su última reunión de las importantísimas cuestiones relacionadas con nuestros derechos en las inmediaciones del río Muni y en la costa de Guinea, brindó y rogó al Sr. Coello para que en el día de hoy pronunciara la conferencia que hemos tenido el gusto de escuchar de sus labios. El Sr. Coello, con la modestia que le es propia, y aún exagerándola, dijo que obedecía al ruego de la Junta Directiva, y hasta dijo que al mandato de su presidente. Yo no tengo derecho ninguno, no ya a mandar al Sr. Coello, sino tampoco a ninguno de los individuos de la Directiva; lo que hice fue reconocer de importancia suma el ruego dirigido al Sr. Coello para que pronunciara esta conferencia, y unir mi ruego al de los demás individuos de la Junta... El asunto ha quedado admirablemente dilucidado, e ilustrada la opinión. Yo felicito a la Sociedad Geográfica que, así vela constantemente por los intereses de nuestra patria, con verdadero entusiasmo.»
«Los Gobiernos, preocupados muchas veces con necesidades y asuntos del momento y de interés si no mayor que este, al menos, que se encuentran más a su alcance, no pueden ocuparse siempre de estas cuestiones coloniales con el detenimiento que fuera de desear, y se hace necesario que por medio de conferencias de esta importancia, y de esta ilustración, se llame su atención y se le faciliten los datos necesarios para ilustrarse—si ilustración necesitan— en lo que a estas cuestiones se refiere, para el mejor desempeño de los negocios que les están encomendados.»

«Felicito, pues, a la Sociedad Geográfica, que tan gran servicio realiza... Y reconociendo, como todos reconocemos, el verdadero esfuerzo que ha tenido que hacer el Sr. Coello para venir aquí a ilustrarnos con su palabra, esta Sociedad le agradece el haber prestado este servicio más, que se agrega a los muchos que ya tenía prestados de antemano »

Alude el Sr. Toreno, en esas palabras finales, a la avanzada edad y quebrantada salud del eminente geógrafo cuya pérdida hoy llora España.

 (continuará)