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lunes, 6 de abril de 2015

Petronio




                        (Articulo publicado en El Ramillete Literario, el 30 de enero de 1885)
                                  Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Un articulo de Julio Janin nos ha sugerido la idea de hacer aquí esta especie de copia, o más bien imitación, procurando conservar él giro de frase y el colorido o tono de lenguaje del conocido literato francés. Por lo demás, el asunto se presta á ello, y no sería conveniente otro estilo para bosquejar el cuadro de aquella antigua Roma agonizante, que se entrega á todos los placeres y á todos los vicios, no hastiada ya de gloria, como algunos han dicho hiperbólicamente, sino degradada e incapaz de salir de aquel estado de abyección, si acaso la quedaba la conciencia de su propio envilecimiento.

El héroe ridículo, el personaje extravagante de la curiosa sátira de Petronio, es más bien que otra cosa una caricatura o simplemente una imagen de aquella gran nación romana que, después de haber asombrado al mundo con su poder, su gloria y esplendor, se ve mas tarde en la necesidad de entregarse a un tirano a fin de no ser despedazada por otros mil, que ella misma se daba cuando ya no podía ni sabía hacer otra cosa. Si alguna ligera conciencia la quedaba de su torpeza y bajeza o humillación, nada podía hacer ya para regenerarse; por que la confusa amalgama de diferentes pueblos que formaba entonces el coloso decrépito que todavía se llamaba Roma, estaba muy distante de ser la reunión antigua de los pueblos itálicos, que había en otro tiempo producido á los Fabios y los Escipiones, los Catones y los Decios, los Régulos y los Camilos.




Esos y otros muchos grandes hombres, con su probidad, con su verdadera grandeza de alma, elevaron la Roma antigua y pobre hasta la altura de las primeras naciones, sino a mayor altura que ninguna hasta aquellos tiempos había alcanzado. Los otros con su insolente petulancia, hija de su insuficiencia y con que procuraban encubrirla, hicieron lo único que podían y sabían hacer, convertir la Roma grande, libre y poderosa, en una nación de esclavos, vendida al que mejor pagara a los pretorianos, o mas propiamente hablando, vendida al mejor postor. Esas fueron las principales causas, así del engrandecimiento como de la decadencia de Roma, sin que sea de absoluta necesidad incluir en estas últimas las grandes invasiones de los pueblos bárbaros, y la introducción de una nueva doctrina, que establece como uno de sus principios el no rechazar la fuerza por la fuerza.

No es esto decir que Roma aún en sus tiempos de abyección y decaimiento, dejara de contar algunos hombres que miraban con lástima y dolor aquella sociedad corrompida, incapaz de conocerse a si misma, y con mayor razón incapaz de regenerarse; pero estos hombres eran muy pocos y completamente desconocidos de la mayoría de la nación, que ni siquiera podía concebir que existiera nada más grande, noble o elevado que el mas absoluto despotismo, las concusiones y el peculado, a la manera que los pueblos bárbaros o salvajes no ven por encima de la fuerza material  y la osadía. Ni la menor sospecha tienen éstos de que consista en otra cosa la suprema felicidad de la vida; según algunos otros entienden que este desiderátum se reduce simplemente al desenfreno y al libertinaje. La probidad es para unos y otros una insoportable violencia, si no una tontería; por que en su torpeza ó bajeza natural, ignoran completamente que el hombre verdaderamente probo o noble, tiene dentro de si mismo mayor goce ó satisfacción que cualquiera de aquellos otros puede llegar a adquirir, aún después de haber dominado y saqueado al mundo entero.

¿Cómo así aquellos hombres, aquellos romanos, que parece debieran conservar incólumes las tradiciones de los buenos tiempos de la república, y que efectivamente la conservaron durante algunos siglos, se convirtieron mas tarde en secuaces del absolutismo? Consecuencia fue esa de su inmoralidad y embrutecimiento; y bien sabido es que ningún pueblo bárbaro es susceptible de ser gobernado de otro modo. La inmoralidad y el embrutecimiento traen consigo la tiranía, o mejor dicho, todos los males sociales; por que si no hubiera necios no habría farsantes, como tampoco habría déspotas ni tiranos. Los romanos fueron libres y poderosos mientras conservaron aquellas virtudes y grandeza de alma que tanto les distinguieron entre todos los pueblos; y cuando las perdieron, no hubo medida alguna política que pudiera salvarles, antes por el contrario, todas las innovaciones que establecieron en su sabia y antigua constitución republicana, fueron tan inútiles como absurdas, y hasta algunas de ellas perniciosas. No de otro modo suele verse que los últimos miembros o vástagos de una familia ilustre, se degradan hasta el punto de constituir la última escoria social; sin que ni el ejemplo de sus mayores, ni la educación, ni otra medida alguna pueda ser suficiente a modificar y mucho menos cambiar aquella disposición de la naturaleza. 

Degradada como lo estaba entonces la sociedad romana; pero a la vez y por esa misma causa, hastiada de sí misma y de los hombres que la guiaban, dirigía a veces su mirada hacia algunos otros de sus miembros, que aparentaban deplorar las humanas miserias y repetían en diversos tonos que ellos aspiraban á otro mundo mejor. Estos casi todos eran poetas, es decir, se llamaban así y pretendían pasar por tales, cosa que no era difícil en medio de un pueblo incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Los unos cantaban sin cesar arroyuelos y florecillas, o se ocupaban de otros diversos asuntos, preciándose de humorísticos y satíricos; los otros ofrecían al público insoportables sainetones, bajo el nombre de dramas y comedias, que el  público aplaudía y encontraba buenos, sublimes y hasta filosóficos. Todos aquellos poetas decían que vivían en otra atmósfera, superior a esta atmósfera vulgar, baja y corrompida; y al cabo el público les creía; les sacaba de su Olimpo más bien madriguera, y les colocaba en el poder. Pero se observaba que al cabo de poco tiempo, ya estos seres ideales habían devorado una porción de niños crudos, lo cual allí se llamaba ser listos, y era menester darse prisa á relevarles del puesto, antes de que lo devorasen todo. Y ¿qué puede esperarse de una sociedad en que hasta los llamados poetas están poseídos de las mismas pasiones que los demás hombres?

Algunos de aquellos hablaban mucho y ensalzaban el áurea mediocritas; pero éstos en general eran unos hipócritas que pretendían hacer de la necesidad virtud. Si así no fuera, jamás ensalzarían tal medianía; por que el verdadero poeta (1) es grande como un rey, o mas que un rey, y su memoria queda perpetuada y enaltecida mucho más que la de casi todos los soberanos. ¿Cuáles son los monarcas de quienes las naciones, por un justo tributo de homenaje y veneración, celebran hoy los centenarios y aniversarios de su muerte? Esas medianas de fortuna ni las ensalzan, ni siquiera las sienten, los hombres verdaderamente superiores; por que cual el filósofo de la antigüedad a quien compadecían por la pérdida de sus bienes, pueden contestar que toda su fortuna la llevan siempre consigo. Por el contrario el hombre vulgar, sí poderoso o rico, propende frecuentemente á la jactancia ó al engreimiento; y si la fortuna no le ha favorecido con sus dones materiales, no por ello deja de jactarse más o menos de su pobreza y medianía respectiva, por más que secretamente desee salir de ella, y si lo consigue, cambia inmediatamente de tono. Del mismo modo se le ve envanecerse y ensalzar la posición social que ocupa, o la profesión que ejerce, cualquiera que ella sea y por más que a veces esté deseando vivamente otra mejor. Sin embargo, el estudio del corazón humano también revela en muchos individuos cierta tendencia a lamentarse o quejarse de su posición social y de su fortuna buena o mala, pretendiendo ser superiores a la misma; de modo que si han comenzado ensalzando su respetivo rango social, elevado o humilde, acaban insinuando que ese rango es poca cosa relativamente a sus merecimientos. Eso todo forma parte de la comedia ordinaria de la vida; pero aquí debemos terminar estas reflexiones y volver a hablar del autor cuyo nombre sirve de epígrafe a los presentes reglones.

(Continuará)







(1) Se habla aquí tan solo de aquellos poetas más sobresalientes y de universal reputación, los cuales son muy pocos y no siempre sus obras están escritas en verso. Hay una gran distancia entre los mismos y los meros versificadores, que tanto abundan y que tan distantes están de alcanzar aquella altura, por más que algunos de entre éstos lleguen alguna vez á escribir o producir composiciones verdaderamente notables y selectas, que les hagan en realidad acreedores al renombre de poetas.

lunes, 29 de diciembre de 2014

LA DICTADURA




(Artículo publicado en Artes y Letras, el 16 de marzo de 1903)
                                   Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Es esa una voz latina que, como tantas otras del mismo idioma, ha sido admitida casi universalmente. Pero ofrece dos sentidos, entre sí bastante diversos, si bien ambos relativos a  una misma magistratura y mando supremo. 

Según uno de dichos sentidos, la palabra es casi odiosa; según el otro, no lo es;  vamos a explicar uno y otro, empezando por el primero citado, y refiriéndonos tan solo a las dictaduras que surgen de las repúblicas, que dicho sea de paso, lo son casi todas. Cuando una sociedad o un pueblo republicano se degrada naturalmente, como puede degradarse uno monárquico, y como se degrada una familia, por ilustra que haya sido, sin culpa de las instituciones, sino por mero embrutecimiento natural de sus individuos, — y así sucede las más de las veces,—el sufragio se vende y se compra como cualquier artículo de  comercio, y hasta suele falsearse por la fuerza. Al cabo la fuerza decide o substituye la elección, y cada gran cacique —adoptemos ese calificativo— se forma un ejército de  partidarios, y los caciques con sus ejércitos luchan entre sí para dominar.

La nación llega a verse tan perturbada, tan molesta por la guerra civil, y tan perjudicada en todos sus intereses, que acaba por secundar a un cacique solo, para decidir la cuestión y que la  guerra concluya. De ahí surge el dictador perpetuo, o poco menos, como surgió Julio César, y han surgido otros muchos.

Esa es la dictadura odiosa, relativamente;  y decimos así, porque bien que la detesten muchos, no deja de reconocerse que sin ella la nación estaría peor. Una nación degradada necesita un Jefe único, si no quiere ser desmenuzada. Los pueblos bárbaros, todos, tienen su respectivo Jefe único.

Pasemos ahora a hablar de la dictadura racional y salvadora, sin negar por ello, como va dicho, que hasta cierto punto o en cierto modo es también, racional y salvadora la anteriormente bosquejada.
Es muy antigua la institución de ella en la gran república latina, fuente donde han ido a beber todas o casi todas las posteriores naciones europeas y americanas. Pero antes, recordemos una idea consoladora; hemos hablado de sociedades degeneradas, de pueblos que se degradan o envilecen naturalmente, sin otra causa que la misma por la que se degradan muchísimas familias, sin que ni el ejemplo de sus mayores, ni la más esmerada educación, sean capaces de detenerlas en aquella fatal pendiente.

Pues bien, la misma Naturaleza, que ocasiona esa degradación o degeneración, en el hombre como generalmente en los animales y plantas, suele proceder de distinto y contrario modo. En muchos pueblos se ve y ha visto que del estado salvaje pasan, rápida o lentamente, al de la cultura.

Los mismos romanos empezaron por ser un pueblo de bandidos y gente allegadiza, que abrió un asilo en su ciudad a todos los malhechores; por lo cual cuando pidieron mujeres a los sabinos, éstos contestaron: Que abrieran un asilo también para las mujeres perdidas, y así lograrían enlaces que nada tendrían que echarse en  cara.

Un gran número de esos primitivos romanos era nacido fuera de matrimonio, como es sabido; se les llamaba espúreos, hasta como nombre propio o primero, y solían tener apellidos ilustres o distinguidos, por haber nacido de familias principales. El poético nombre de Espurina le llevó infinidad de hembras de las primeras casas de Roma. Pero volvamos al asunto de estos breves renglones. La dictadura latina o romana fue durante siglos una institución salvadora. Cuando la República se veía en un peligro extremo, nombraba un dictador que asumiendo toda la autoridad, la sostenía con mano firme y la salvaba. Claro es que tal elección y nombramiento recaía generalmente en la persona más digna, y tan era así, que casi siempre los dictadores renunciaban espontáneamente el cargo, tan pronto como su misión estaba terminada y quedaba la República libre del peligro. El mismo Cornelio Syla,  a pesar de la crueldad que se le atribuye y que seguramente fue más propia de su época que de su persona, dimitió la dictadura de libre voluntad sin la menor presión, y se retiró a la vida privada.

Pero Julio César entendía las cosas de otro modo; y para hacérsela soltar fueron precisas las veinte y tantas puñaladas que le propinaron en pleno Senado, al pié de la estatua del gran Pompeyo, cuyos hijos sostuvieron en España la causa del Senado, defendida por su padre, y que acabó de perderse en la batalla de Munda.

                                                                                                     R. GARCÍA RAMOS






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miércoles, 24 de diciembre de 2014

FARSALIA




Artículo Publicado en Artes y Letras, el 31 de enero de 1903)
                                     Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Suena esa palabra a mis oídos como un nombre funesto. Esa risueña villa y campo de la antigua Tesalia, aparecen a mis ojos como envueltos en un velo fatídico. Por que allí sucumbió la antigua libertad romana. En vano Bruto y Casio trataron de resucitarla más tarde; en vano lucharon y sucumbieron en los campos de Filipos; la libertad estaba ya muerta. Y ¡cosa extraña! la mató el Pueblo, el vulgo, y no la aristocracia, que era en su mayor parte anti-cesarista.

Decía Montesquieu: Point de monarchie, point de noblesse; point de noblesse, point de monarchie. Pero esa pretendida regla tiene muchas excepciones. La aristocracia romana era y fue, siempre, en su mayor parte, eminentemente republicana. ¿Y qué era esa aristocracia? Pues era sencillamente la elección de aquella poderosa sociedad de aquella nación pujante, que eclipsó a todas las otras y casi avasalló al mundo. Era lo selecto de ella. Todo hombre distinguido, fuera alta o baja su cuna, podía en Roma obtener los primeros cargos de la República.

La mitad o más de los miembros que constituían el famoso Senado Romano (1), era de origen plebeyo, o más propiamente hablando, había salido del pueblo o estado llano, como han salido todas las aristocracias del mundo.

Pero se elevó un poder rival del Senado, el Tribunado, fue en los primeros tiempos  solamente un poder moderador, un veto, que reclamaba y exigía la apelación al sufragio, la sanción expresa por voto popular.

A ese nuevo poder apeló Cesar para luchar contra el Senado, ofreciéndose como el más celoso defensor de sus prerrogativas o privilegios; y el Tribunado, en odio al Senado, ofreció a aquél ambicioso todo su apoyo, puso a su servicio las masas en cuanto pudo su influencia en éstas, y Cesar triunfó, aparentando defender la libertad, y en realidad hundiéndola en el corazón su puñal.

Pero hagamos también justicia a César. Los tiranos no vienen sino cuando los pueblos quieren ser esclavos esa frase es conocida universalmente, lo mismo que la exclamación ¡On homines  ad servitudinem paratos!  Cuando la mayoría de una nación quiere un jefe único se expone a crear un tirano; y seguramente no fue César el peor tirano de Roma.

Fue el primero, después de los Tarquinos; pero lo fue, casi, por el voto popular. La aristocracia, aunque lo intentó, apoyada por la parte más sensata del pueblo o sea del público, no pudo vencerlo.

Verdad es, por otra parte, que la nación Romana estaba a la sazón hastiada de contiendas intestinas, de luchas entre ambiciosos, como Syla y Mario, que socolor del bien público, lo que principalmente querían era dominar. Después de muertos o fallecidos esos dos célebres generales, entre los cuales es difícil decidir cual fue más déspota (2), se levantaron otros mil, a disputarse la gestión o dirección suprema de los negocios, visto que el público les prestaba su apoyo y concurso ¡On homines  ad servitudinem paratos!, como decían los mismos romanos de aquel tiempo.

Un pueblo degradado no puede hacer otra cosa que créanse tiranos; y cuando ve que éstos luchan entre si, disputándose la supremacía; cuando toda la nación anda revuelta y trastornada por guerras civiles, llega a ser tal el malestar del pueblo, que pide un Jefe único, para que, al menos, haya tranquilidad y se pueda vivir menos mal, aunque sea bajo el cetro de un déspota.

                                                                                   
                                                                                         ROSENDO GARCÍA-RAMOS


 (1) Las águilas romanas volaban de victoria en victoria,con su conocido lema: Senatus populusque romanus, representado con las conocidas cuatro letras S. P.Q. R.

(2) Es dudoso que Mario, y otros varios corifeos de su partido, y aún del contrario, hubiesen renunciado voluntariamente la dictadura, como lo hizo Syla; pero como triunfó con César el llamado partido de Mario, o Tribunicio, y siguieron los cesares en el poder, la mayor parte de los escritores de aquél tiempo, todos más o menos aduladores, inventaron mil fábulas para congraciarse con el partido dominante.





jueves, 25 de septiembre de 2014

 EL CESARISMO EN ROMA (IV)

(Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 30 de marzo de 1898)
                                 Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC
(Conclusión)

 Considerando con imparcialidad la gran revolución que tuvo lugar en Italia con la subida de Cesar al poder, y por mas que ocasionó indignación el despotismo que allí se entronizó, es preciso convenir en que no podía esperarse otra cosa de aquella sociedad tan degradada. Había aun en Roma y en toda Italia muchos hombres dignos y amantes del orden y de la libertad (que no la hay sin orden); pero eran muchos más los seres abyectos o inmorales, que no podían menos de conducir a la nación hacía el despotismo, por otro nombre llamado cesarismo. Es mas, este despotismo tal vez salvó a la nación Romana de una disolución inmediata, pues ya hemos visto como marchaban las cosas y como y por qué clase de personas era la república gobernada o administrada. La guerra civil amenazaba ser continua, dándose como se daba frecuentemente el caso de que para hacerse un nombramiento cualquiera de cónsul o de otro alto magistrado, era preciso dar una verdadera batalla dentro de la ciudad de Roma. Cada aspirante necesitaba tener y tenía una numerosa tropa de gente allegadiza que le apoyara con las armas, y estas más bien que el sufragio decidían la victoria.

 Cesar acabó con esos procedimientos estableciendo una dictadura perpetua y por más que de pronto repugnara a casi todos los romanos o italianos esa violenta medida, no tardaron en sentir y conocer sus indudables efectos, por que a favor de ella se restablecía poco a poco el orden, o lo que es lo mismo, volvían a marchar las cosas de una manera normal. El comercio, la industria, las artes, los oficios, sumamente perturbados por las discordias civiles, volvían a tomar su camino natural de progreso, y por consiguiente el bienestar de los ciudadanos se restablecía. Esto solo pudo hacer perdonar el nuevo sistema a  los muchos republicanos que habían visto con dolor e indignación desaparecer la gloriosa bandera bajo la cual Roma tanto se había enaltecido, y eclipsado a todas las demás naciones.¡Verdad amarga! Aquella gloriosa bandera ya no existía; los mismos romanos la habían dejado caer y pisotear. ¡Los mismos romanos la habían arrojado a los pies de un tirano!

 Innecesario nos parece advertir aquí que lo que acabamos de decir no es ni aun remotamente aplicable al paso de una república a una monarquía representativa, basada en ideas y procedimientos liberales. Hay una distancia infinitamente mayor entre el cesarismo o la autocracia y la monarquía últimamente citada, que entre esta y la República.

 Hecha esta aclaración, que repetimos nos parece una cosa sobre entendida, vamos a  concluir este trabajo con dos palabras sobre los sucesos de Roma desde el entronizamiento de Julio Cesar hasta el de su sobrino y sucesor en el imperio, el famoso Octavio Augusto, cuya celebridad bastó para dar nombre a su siglo, y que efectivamente hizo casi olvidar a los romanos la pérdida de su antigua libertad.
 Julio Cesar, a pesar de su despotismo, guardó algunos miramientos con el Senado, y le respetó o acató en muchas ocasiones. Octavio le respetó mucho más; y sus sucesores Tiberio y Claudio también se acomodaron en muchos casos a la voluntad de aquel cuerpo moderador. Pero en ellos puede decirse que concluyó ese respeto; por que los sucesivos emperadores casi todos tiranizaron, con el apoyo de las tropas o gente de guerra, y apenas le consultaron por mera fórmula.

 Pero volvamos a nuestro dictador es decir, al primero que en Roma hizo perpetuo ese cargo, y por consiguiente convirtió la república en monarquía.
 Poco nos resta que decir acerca del mismo. Al siguiente año de su hornada de pretores, hizo otra nueva de diez y seis; por manera que si hubiera vivido mucho tiempo, tal vez llena de pretores la Italia. La verdad es que todo el mudo le pedía destinos, y el mismo decía que tan asediado le tenían por conducto de sus amigos, que le era precisó no solo multiplicar los cargos, sino reducir la duración de cada uno a algunos meses, para que hubiera más plazas que proveer. Al menos, así lo hizo respecto a los cónsules, que aun cuando no pasaron de dos a la vez, quedó reducido su ejercicio a plazos muy cortos, llegando el mismo Cesar a renunciar su consulado de diez años, y traspasarlo a los pocos meses. Mostrábase afable para todo el mundo y hasta clemente con sus enemigos; y como al mismo tiempo empezaba a embellecer a Roma y emprender grandes obras de utilidad pública en diversos parajes, así en Italia como fuera de ella, el pueblo se le aficionó cada vez más, y empezó a amar la monarquía.

 No podemos menos de repetir que ya este pueblo no era el mismo de los buenos tiempos de la República; su degradación era evidente, y lo demuestra,  entre otras cosas, una que no se sabe claramente si fue adulación o estupidez y que probablemente seria la reunión de ambas. Nunca se les había ocurrido a los romanos que sus grandes hombres fueran dioses; pero ahora tuvieron a poco más o menos por tal a Cesar, y le levantaron templos con su correspondiente culto y servicio de ministros; lo mismo sucedió en lo sucesivo con los Emperadores romanos; por manera que quedó establecido y como si dijéramos bien probado; que éstos: eran divinidades de segundo o tercer orden.

Más tarde se hizo extensiva la divinidad a toda la familia de los mismos; pero sin perjuicio de arrojarles a los muladares y declararles enemigos del género humano, cuando se enfadaban con ellos y los destituían y asesinaban.

 Pero entretanto el pueblo, como hemos dicho, se iba aficionando al gobierno monárquico o sea al cesarismo; por manera que cuando Cesar fue asesinado, puede decirse que la mitad de la nación por lo menos desaprobó ese acto; y si no lo desaprobó de pronto, no tardó mucho en disgustarse del nuevo orden de cosas, que en realidad era desorden, porque ya la nación no estaba para república; ya habían pasado los tiempos en que era viable esa forma de gobierno, para Roma, por manera que después de todo, la muerte de Cesar vino a resultar un crimen, o por lo menos, un acto contraproducente e infructuoso.
 Aquí no creemos necesario decir cosa alguna de los sucesos que inmediatamente  tuvieron lugar, es decir, de los que siguieron a los que hemos referido, y prepararon el advenimiento de Octavio a la monarquía, o imperio, como los romanos decían. Ya hacía mucho tiempo que llamaban imperator a cualquier general victorioso; pero ahora la palabra iba tomando una acepción mucho más vasta o más importante.
 El  pueblo romano, aunque vacilante entre el cesarismo y la república, después de la muerte de Cesar, se hubiera acomodado por mucho o poco tiempo a ésta última forma de gobierno, si la presión del ejército no hubiera mediado.
 Las tropas no acataban tanto los principios políticos, como acataban a las personas; poco les importaba, en verdad que fuera o no fuera republicano el gobierno de la nación; pero profesaban una especie de veneración hacia sus jefes, y para ellas Antonio, Octavio y Lépido, eran sus jefes naturales, y no aceptaban otros, o por lo menos, no apoyaban a otros contra éstos. De ahí dimanó el segundo triunvirato, y de, éste la segunda monarquía, sin que fuera posible vencer la obstinación de la mayoría del ejército. La última batalla entre los dos sistemas se dio en las llanuras de Filipos, y allí sucumbieron Bruto y Casio por no poder luchar por más tiempo contra el prestigio de sus adversarios Octavio y Antonio.

 Concluimos repitiendo que tal cual era Roma en ese tiempo, y cualesquiera que fuesen las deficiencias e imperfecciones de su gobierno, no dejó por el o de ser, y proseguir siendo durante mucho tiempo, la cabeza del mundo civilizado.

 La civilización de nuestros días nos hace parecer muy deficiente aquella, pero el resto del mundo en aquel tiempo estaba sumido en mucha mayor barbarie. Si en Grecia u otro país había casualmente alguna ciudad más culta que Roma, era una rara e insignificante excepción; y cuando más tarde los bárbaros del Norte volvieron a marchar sobre el Mediodía, acabaron por enseñorearse de éste, por que ya no encontraron aquí el insuperable valladar de la nación Romana.


                                                                                       R. GARCÍA-RAMOS

  EL CESARISMO EN ROMA (III)

                  (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 23 de marzo de 1898)

(Continuación)
 Decíamos anteriormente que el ejemplo de Mario fue contagioso, por que viendo otros personajes de aquel tiempo la facilidad con que se llegaba a una especie de dictadura a favor de las revueltas políticas, empezaron a revolver a su vez… Entre ellos el primero y más distinguido fue el cónsul Lépido, que aun aguardó a que Sila falleciese para levantar una facción; pero fue vencido y desapareció de la escena. Luego vino Catilina solicitando a gritos el consulado, repetidas veces por que ya había sido pretor, y ofrecía todo lo que Lépido había ofrecido y mucho más, si llegaba a coger la sartén por el mango; pero fracasó en lo del consulado, y entonces tomó otro camino para ver de atrapar la dictadura. Otro personaje le secundó, llamado Léntulo, y además Malio, reuniendo entre todos un fuerte ejército que dio bastante que hacer a los cónsules. A duras penas se les pudo derrotar, y también desaparecieron de la escena. Antes o después de ellos hizo Cesar su primer ensayo, y trató de sublevar a los pueblos de la Lombardía. y marchar al frente de ellos contra Roma; pero fracasó igualmente, porque su hora todavía no había llegado.
Marco Emilio Lépido
Lucio Sergio Catilina
Cayo Mario el joven





 Sin embargo, muertos ya Lépido, Mario el joven, Cetego, Léntu o, Malio, Ciña el joven, Carbón y otros varios jefes, quedó Cesar haciendo la primera figura de su partido, y entonces fue cuando transigió con sus contrarios, y propuso unirse a ellos para el bien común (según decía) y para llegar más pronto al consulado. Las dos primeras figuras de Roma entonces eran Pompeyo y Craso, y a ellas se unió Cesar formando lo que se ha llamado el primer triunvirato. Había además un cierto Clodio, que había sustituido a Catilina (ya muerto también) en la jefatura del bando más revoltoso; pero Cesar tenía bastante talento o buen sentido para no unirse con semejante hombre.


Cneo Pompeyo
Marco Licinio Craso



 Y sin embargo, Catilina y Clodio eran miembros de la más alta y más antigua nobleza romana, que no pudiendo figurar en primera fila, tomaron la resolución de acaudillar la muchedumbre. Es decir, que el desecho de la clase alta se puso a la cabeza del desecho de la baja, o sea de la gente más torpe e ignorante; todos los criminales y gente perdida de Roma y de sus cercanías, formaban el núcleo y el nervio del bando de Catilina; y Clodio envidio tal jefatura, considerándose como un grande hombre cuando logró a su vez acaudillar a la misma gente.

 Por fin obtuvo Cesar el consulado, que tanto anhelaba, y le obtuvo como él mismo esperaba con el poderoso auxilio de Pompeyo y de Craso (que pasaba por ser el hombre más acaudalado o más rico de toda la República). Este nuevo y alto cargo conseguido por Cesar, estrechó más su alianza con aquellos dos magnates, y estrechó a la vez los lazos del triunvirato; siendo por decirlo así omnímodos la voluntad y poder de aquellos tres hombres, aunque sus caracteres no eran del todo iguales. Pompeyo quería su propio engrandecimiento y casi lo mismo el de la República; pero Craso y Cesar preferían mucho el suyo propio, con esta diferencia, que el uno nada veía mejor que la opulencia y la vida cómoda y regalada, mientras que el otro cifraba su ambición en el mando supremo.

Durante su consulado, Cesar concertó el matrimonio de su hija con Pompeyo, y el mismo casó con Calpurnia, habiéndose divorciado hacía tiempo de su primera esposa. También hizo que se le señalara por futuro gobierno el de las Galias y la Lliria. Le sustituyeron en el consulado Calpurnio Pisón y Aulo Gabinio, y partió en seguida para su gobierno de las dos provincias. Algún tiempo después el triunviro Licinio Craso, envidiando la gloria que Cesar se había adquirido por sus conquistas en las Galias y en la Gran Bretaña, ensayo también a conquistador; pero se las hubo con los Partos, nación poderosísima y rival de Roma, y fracasó en su empresa, que le costó la vida.

 Quedó pues disuelto el triunvirato, que había mantenido en cierto modo el equilibrio y la paz en la república; pero aún se conservó por algún tiempo la concordia entre los dos sobrevivientes, o sea entre suegro y yerno. Pero esta concordia había de durar muy poco para el bien de la nación, siendo el comienzo de su ruptura el prematuro fallecimiento de Julia la esposa de Pompeyo. Sin embargo, si la ambición de Cesar no hubiera sido tan desmedida, muy poco hubiera significado para la tranquilidad pública la muerte de Julia ni la ruptura del triunvirato; menos aún hubieran influido esos sucesos para la pérdida de la libertad, si los romanos o italianos hubieran sido entonces más amantes de esta.

¡Oh homines ad servitudinem paratos! dijeron con razón varios romanos, y lo mismo han dicho otros italianos y una multitud de personas de todos los países Ya por aquel tiempo los pueblos de Italia se iban disponiendo por si mismos a sufrir la servidumbre; y acaso por ello se decidieran Cesar y aun Pompeyo a hacer lo posible por conservar el mando y aun perpetuarse en el mismo. Una grave enfermedad que el segundo de dichos dos jefes experimentó, y de la cual logró restablecerse, bastó para que en toda Italia se dedicaran acciones de gracias a los dioses, se llenaran de gente los templos, y se hicieran otros extremos, y cuando aquel magnate regresó de Nápoles, donde pasó su enfermedad, todo el camino hasta Roma fue llevado como en triunfo, y las gentes hacían lo que veían hacer, y se excedían unas a otras. Era ya aquello la superstición de los que adoran en fetiches, y poco faltó para que creyeran que era Júpiter que pasaba, o todavía algo más que Júpiter. En Roma no faltó sino colocarle en el principal templo y adorarle. Verdad es que toda aquella chusma le hubiera apedreado, si la corriente hubiera venido o se hubiera iniciado por ahí. Dicen los historiadores romanos que jamás se había visto una ovación semejante, y que al saberse esto en el resto de Italia, comenzó por toda ella otra contradanza igual. Todos querían adular a cual más, y el mismo Pompeyo quedó sorprendido, y sin saber si él era un dios o aquella gente una turba de idiotas.

 Y no vaya a creerse que esa adulación hacia dicho general y procónsul (lo era a la sazón) partía solamente del pueblo más humilde o más pobre; casi todos o sea ricos y pobres incurrían en igual bajeza y merecieron igual censura. Lo mismo a poco más o menos hicieron después con César, y lo hubieran hecho con el moro Muza, si éste viviera entonces y hubiera hecho un principal papel o tenido un alto mando.

No vamos aquí a entrar en detalles sobre la guerra civil que comenzó poco después y que es conocida de toda persona medianamente ilustrada. La pasaremos por algo y reanudaremos el relato después de la muerte de Pompeyo y de la vuelta de César a  Roma; pero advertiremos que si merece crédito el testimonio de varios autores, entre ellos Cicerón, a poco de comenzar esta guerra mediaron algunas proposiciones de arreglo entre ambas partes, y en ellas se mostró César más comedido que su rival. Ambos obedecían también a  la voluntad de sus partidarios, pudiendo decirse que la mayoría del Tribunado opinaba como César y veía en éste un defensor de las prerrogativas del mismo cuerpo, y al contrario el Senado, dónde si bien había una minoría disidente, la mayoría estaba con Pompeyo y le estimulaba a proseguir la guerra.
 César hizo que el pretor Lépido (que era de su partido) le nombrase dictador, desde los principios de dicha guerra; la facultad de hacer tal nombramiento correspondía por las leyes romanas a uno de los dos cónsules, previo acuerdo del Senado; pero los dos cónsules actuales estaban con Pompeyo. También desde los principios de la guerra el nuevo dictador pasó a Roma, y allí reunió a los senadores de su bando y completó su número por medio de los acostumbrados nombramientos. El mismo fue nombrado cónsul, cargo que no era incompatible con la dictadura en aquellos tiempos, aunque lo había sido en los antiguos.

Ya terminada la guerra, el año 707 de Roma el Senado cometió la bajeza de amontonar sobre aquel mismo hombre los títulos de Emperador y Padre de la Patria (si hubiera muerto casualmente, en vez de padre, le hubiera de clarado enemigo de la patria), y además la dignidad consular por diez años seguidos o consecutivos, y la dictadura perpetua. Como a Pompeyo cuando salió de su enfermedad, sólo faltó que se le hubiera erigido un templo y levantado altares. Además, se declaró que su persona en lo sucesivo sería sagrada e inviolable; verdad es que los tribunos del pueblo gozaban desdé lo antiguo de este mismo privilegio, que por una extraña anomalía nunca se concedió á los senadores, pretores, cónsules ni otro magistrado alguno.

 Viéndose pues el bueno de Cesar (como más tarde Napoleón) tan superiormente adulado (y esto no tanto por temor como por deseo de medrar a su sombra y amparo), creyó que no sería abusar de la platitud de aquellas buenas gentes arrogarse la facultad de nombrar para cónsules a quienes él quisiera y por el tiempo que fuera de su voluntad. Hasta entonces el cargo consular duraba un año; pero desde que Cesar fue señor de sus vasallos, como el cargo de cónsul poco significaba ya, su duración no tuvo plazo fijo. También hizo desde su vuelta a Roma (cuando concluyó en Iberia la guerra contra los hijos de Pompeyo), una hornada de catorce pretores, y otra de cuarenta cuestores a la vez. Los gobiernos de las provincias los confería por separado, a las personas de su agrado; pero como los tribunos del pueblo; y algunos senadores se quejaron de aquel abuso, y le manifestaron que el pueblo romano quedaba de ese modo absolutamente privado de sus antiguos y sagrados derechos; les concedió la gracia de que, reservándose para sí todo nombramiento consular, compartiría, con el pueblo los restantes, mitad a cada parte, como buenos amigos que no habían de reñir por tan poca cosa.

 A tal estado llegó aquel gran pueblo, que había tantas veces condenado a muerte a todo ciudadano, que de cualquier modo tratara de restablecer la monarquía, que tan odiosa hicieron la muerte de Lucrecia y los ultrajes y omnímodo despotismo de Tarquino el soberbio.

                                                                                                                                    R. GARCÍA-RAMOS.

(Concluirá)

miércoles, 24 de septiembre de 2014


 EL CESARISMO EN ROMA (II)

                (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1898)
                        Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

(continuación)
 Mientras que en Italia proseguía dominando la facción de Mario, ya fallecido éste, Sila después de vencer repetidas veces a Mitrídates, le obligaba a solicitar la paz, y una vez concluido el tratado consiguiente, se puso en camino para Italia a la cabeza de su mermado ejército; pues además de la gente que había perdido en los combates, dejaba en Asia un grueso destacamento, a las órdenes de Murena su lugarteniente. Con el mismo Sila regresaba también un número considerable de Senadores y otros magistrados y personas notables, qué no habían querido o no habían podido permanecer en Italia durante la dictadura de Mario y sus secuaces.

Desde su llegada a Italia se encendió nuevamente la guerra civil, mal apagada; y entre los mas notables personajes que se declararon desde luego a favor del partido de Sila, se contó el gran Pompeyo, entonces bastante joven, pero que ya anunciaba lo que llegaría a ser algún día. En cuanto a Cesar, joven también, permaneció adicto al partido que aún dominaba, y del cual esperaba mayores ventajas para si propio, como que era sobrino carnal de la viuda de Mario y por consiguiente primo hermano del joven Mario, cónsul a la sazón. Además, Cesar estaba casado con una hija del finado cónsul Ciña, que había sido el primer hombre de aquella facción después del citado Mario el mayor. Entre las varias pruebas que existen de que muchos autores latinos de aquellos tiempos, o mas bien de los inmediatos siguientes, se mostraron parciales por adular a los Césares, o por temerles, hay una que vamos a exponer, advirtiendo de paso que otros varios autores que vinieron después, copiaron a sus predecesores, sin desconfianza, y de ello ha resultado robustecerse y pasar por verdades una porción de ficciones.

Los mismos autores convienen en que las fuerzas o tropas que Sila trajo a Italia, eran muy inferiores en número a las que se le oponían, y tanto, que no llegaban aquellas a la tercera parte de éstas. Pues bien, los dos cónsules romanos marcharon al encuentro de Sila y le atacaron, siendo batidos sucesivamente, y lo que es más extraño, pasándose a las banderas de aquel, casi sin combatir, la mayor parte de las tropas del cónsul Escipión y entregándole a éste. Sila compadeció la desgracia de aquel jefe y no quiso retenerle prisionero; le devolvió generosamente la libertad, lo cual no impidió que el mismo Escipión se pusiera nuevamente a la cabeza de otras tropas contra el mismo a quien debía él verse libre. Otra circunstancia rarísima se ofreció, y fue que los mismos pueblos italianos que recientemente habían obtenido la ciudadanía romana, no quisieron combatir contra Sila, o lo hicieron tan flojamente, que los cónsules les pidieron rehenes que sirvieran de garantía de su fidelidad.

Los diferentes cónsules que fueron nombrados sucesivamente, tenían a su disposición todas las fuerzas de la República, y sin embargo, no pudieron impedir la marcha victoriosa de Sila y de, sus, dos principales lugartenientes Pompeyo y Craso, a los cuales se unieren luego Mételo y varios otros personajes. Es denotar que ninguno de estos que acabamos de citar fue de los que habían hecho la guerra en Asia con aquel jefe, sino de los que se le unieron en Italia.

 No es nuestro propósito referir aquí los sucesos que tuvieron lugar durante la dictadura de Sila, el cual voluntariamente y hasta contra el deseo de una buena parte de la nación, renunció tan elevado cargo, a los dos años de haberlo obtenido; renunciando también a toda otra magistratura durante el resto de su vida.

Tampoco nos proponemos ahora hacer la historia de los acontecimientos que siguieron, hasta la elevación de Julio Cesar al consulado; pero someramente haremos algunas reflexiones y aduciremos algunos datos que basten a dar idea de la marcha de los sucesos y carácter de aquella sociedad y nación romana, bajo el gobierno de os sucesores de Sila.

 Ya por esos tiempos se iba desarrollando entre los italianos una inconsiderada ambición; poco les importaba que se encendiera la guerra civil (y de consiguiente se hundiera la nación), con tal de que cada cual mandara y enriqueciera. Verdad es que eso mismo se ha visto y verá casi siempre en todas partes, salvo en épocas felices, durante las cuales la emulación que se desarrolla es de desinterés y patriotismo verdadero. Durante esas épocas o períodos, las naciones se levantan y enaltecen, según decaen y se disipan cuando la emulación es la otra contraria.

 Varios de los cónsules posteriores a Sila (aun en vida de éste) tuvieron verdaderos pujos de dictadura e hicieron su respectiva comedia, y aun drama, para ver de alcanzar el desenlace apetecido; pero fueron mantenidos a raya por sus colegas y por el Senado. Por supuesto que esos aspirantes a dictadores entonaban el refrán de siempre, aquella cantinela tan conocida en que se habla de patria oprimida, libertad seducida, atropellada y por último violada o estuprada, con otros excesos; pero un perdone por Dios ahora solía ser la contestación que les daba la nación.

Ya hemos insinuado que la principal causa de la decadencia de la nación Romana consistió en la relajación, de sus costumbres, o mas propiamente dicho, en su inmoralidad. En los tiempos antiguos el amor de la patria estaba sobre todo, rayaba muy alto; y a este verdadero patriotismo acompañaba casi siempre la benevolencia para con los pueblos vencidos, a los que se trataba con benignidad, se les hacía justicia, y no se les oprimía. Es mas, los romanos procuraban anexionarse a esos mismos pueblos, dándoles casi los mismos derechos de la ciudadanía romana, a fin de formar un mismo cuerpo de nación, y por último dándoles la ciudadanía. Antes de la guerra social, ya habían obtenido en plena paz y sin violencia alguna ese derecho colectivo y amplísimo una porción de villas o ciudades aliadas de Roma, o sometidas anteriormente por esta nación.

Pero ya por los tiempos de que veníamos tratando, las costumbres habían variado mucho, y a los vencidos o simplemente a los pueblos de las provincias se les tiranizaba y explotaba de una manera más o menos escandalosa. El famoso proceso contra Verres es una buena prueba, entre muchas otras, de la verdad de lo que decimos; y desde los tiempos de la guerra contra Jugurta, rey de Mauritania, y aun anteriores, la justicia se vendía en Roma, como el mismo Jugurta lo declaraba y lo declaraban otros muchos.  Ya puede comprenderse que una nación que procede de ese modo, marcha hacia el despotismo, o lo que es igual, hacia el gobierno propio de todos los pueblos bárbaros; y que cuando empieza vendiendo la justicia, suele acabar vendiéndose a sí propia. En los comicios se vendían ya por este tiempo los votos como otro valor cualquiera declarado. Cuando un ambicioso deseaba un cargo cualquiera, estaba casi seguro de obtenerle si pagaba bien; y si aspiraba a un alto cargo lo hacía general o principalmente con el propósito de acabar por saquear una provincia. Para ello invertía todo su capital en la compra de votos, y si estos que obtenía le parecían insuficientes, tomaba a crecido rédito sumas enormes para cumplir otros. Si conseguía el cargo, al pasar más tarde a la provincia que le tocaba en suerte, llevaba consigo el séquito de sus acreedores, y todos saciaban su avidez a costa de los pueblos. La ley disponía que los cónsules y los pretores romanos, al cumplir el tiempo de su magistratura, pasaran al respectivo gobierno de las provincias, resolución acertada, pero de la cual se aprovechaban los interesados para hacer un escandaloso negocio.

Cesar hizo repetidas gestiones para obtener la pretura, y por último en el año 690 de la fundación de Roma (62 antes de J . C.) pudo digámosle así comprar uno de los varios cargos de pretor (había varios a la vez) Poco tiempo después compró el de Pontífice Máximo, a pesar de estar pública y fundadamente reputado por uno de los mayores libertinos de Italia. Estos cargos le parecieron con razón un excelente camino para llegar al consulado; pero es preciso hacerle justicia, prefería el consulado a un gobierno de provincia (las provincias entonces eran reinos enteros, por decirlo así), si bien no se negaba a utilizar la provincia para allegar recursos con que pagar los gastos que el otro  cargo había de ocasionarle, para lograr su obtención.

 Puede comprenderse fácilmente que en el estado de la sociedad romana de aquel tiempo, donde luchaban tantos intereses encontrados, la acusación y la calumnia recíproca estaban a la orden del día, Se hace enojosa la lectura de la historia Romana de esa época, por que casi se reduce a miserables intrigas, sobornos, falsedades y otros actos indecorosos, se ve en esa historia una serie de acusaciones ora fundadas ora infundadas o falsas, y una consiguiente serie de intrigas para absolver o para condenar.| En general las absoluciones se compraban, o se obtenían a viva fuerza por medio de motines, pagados al sin fin de vagos y gente perdida que abundaba en la ciudad eterna; y en este último casó la intriga consistía principalmente en conseguir que la fuerza pública ósea las tropas, no intervinieran.

 Algunos hombres de probidad, como Catón, Cicerón, etc., si querían servir a la República, se veían acusados falsamente por los miserables que querían separarles de todo cargo público, con el objeto de ocuparle y explotarle ellos, o por lo menos, para evitar que tan honrados e incorruptibles ciudadanos tomaran parte en el gobierno, pues no hallarían en ellos apoyo para sus infamias, y hasta serían castigados, sin que les valiera soborno alguno. Es cosa un tanto, incomprensible que aquellos y algunos otros buenos patriotas pudieran en aquellos tiempos obtener y desempeñar cargo público alguno.
 Unos cuantos magistrados íntegros, y el indomable valor y pericia del ejército, que por todas partes continuaba victorioso, era lo que mantenía el prestigio de Roma. |

Pero si bien el cuadro que esa gran república ofrecía en aquella época, era y es bastante repugnante, no por ello debe culpársele demasiado. Las otras naciones entonces y después o antes, ofrecían mayor barbarie; y hasta la Grecia, a pesar de su antigua y superior renombrada civilización, era presa de las más ruines y bajas pasiones, las que ya hacía bastante tiempo la tenían destrozada, humillada y casi envilecida.

                                                                                                                 

                                                                                      R. GARCÍA-RAMOS


(continuará)

EL CESARISMO EN ROMA (I)



 (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1898)


 No hay en toda la antigua y famosa Historia Romana periodo alguno cuyo estudio ofrezca más interés que aquel durante el cual la primitiva monarquía de dicha gran nación se convirtió en república, y sobre todo, aquel otro muy posterior, en que la república se convirtió en monarquía. Diremos de paso que la primera monarquía Romana no fue absoluta ni de derecho divino, como tampoco lo fue la segunda. El sena- do fue siempre un cuerpo moderador en el as, hasta que la tiranía de los emperadores, consentida por el ejército y aun por el pueblo, anuló una tras otra las atribuciones del Senado, después de anular las del Tribunado.

Aquí vamos a ocuparnos tan solo del segundo periodo citado, y aún así no nos proponemos hacer una historia detallada, ni mucho, menos, de tan señalada época sino un mero bosquejo o indicación de los principales sucesos de la misma.

 La gran guerra social había terminado, cuando se iniciaron en Roma los acontecimientos que habían de concluir con la república. La ciudadanía concedida por    Roma a los pueblos de Italia, apagó aquel gran incendio social, que estuvo a punto de destruir e gran poder que Roma había adquirido. Pero este derecho de ciudadanía se advirtió bien pronto que quedaba reducido a muy poca cosa, cuando el Senado resolvió que todos los nuevos ciudadanos no formaran más que ocho tribus nuevas, a pesar de ser igual o mayor el número de ciudadanos de dichas ocho tribus, que el de las muchas más que ya existían; pues ya es sabido que en los comicios cada tribu solo tenía un voto, y de consiguiente la representación de los nuevos ciudadanos quedaba casi anulada. Sin embargo, la guerra social había sido tan larga, sangrienta y desastrosa, que no se alteró por de pronto aquella paz tan largo tiempo deseada. Un incidente fortuito fue el origen de la nueva guerra, que se llamó civil para distinguirla de la anterior. Durante esta o sea la llamada social, varias otras naciones habían aprovechado la ocasión para recuperar lo que habían perdido en sus contiendas con los romanos, y en particular Mitrídates, rey o soberano del Ponto, había destrozado varios cuerpos de ejército y destacamentos que los romanos tenían en Asía y aun en la parte más oriental de Europa, había puesto guarniciones en Grecia y otros países independientes, y hasta se le acusaba de ser el principal autor de una grande y alevosa matanza de romanos e italianos que había tenido lugar en Asia, en un día señalado de antemano, y en la cual perecieron hasta los comerciantes e industriales.

 La guerra, pues, contra Mitrídates fue resuelta desde que en Italia se restableció la tranquilidad, y el Senado nombró al célebre general Sila (que se había distinguido sobre todos en la guerra social) para mandar el ejército destinado a operar en Asía.


Mitridates

Lucio Cornelio Sila
Julio Cesar 
Cayo Mario

 Pero ese mando lo deseaba ardientemente otro famoso general, o lo que aún es más verosímil, no se resignaba a consentir y se tenía por muy desairado y como afrentado de que el Senado prefiriese a un antiguo subalterno suyo, de menos merecimientos y de menos edad, contando Mario (que es el antiguo jefe de que hablamos) tantos triunfos y tantos consulados. 

 En efecto Mario, el famoso vencedor de los Teutones y Cimbros, el salvador de Italia (como solían llamarle), era aunque ya anciano la primera figura de la República; si bien durante la guerra social poco se distinguió, y hasta se asegura que retiró, sus servicios en el primero o segundo año de dicha guerra, protestando su falta de salud, verdadera o supuesta. En realidad y a pesar de su privilegiada constitución, parece que tuvo por entonces una grave enfermedad, y parece también por otra parte que se inclinaba a conceder la ciudadanía a los italianos. De cualquier modo, cuando el general nombrado para combatir Mitrídates salió de Roma con las tropas que de aquí llevaba, Mario y sus secuaces o partidarios, entre los cuales se contaban casi todos los miembros del Tribunado (cuerpo que rivalizaba en poder con el Senado), propusieron la disolución de las ocho nuevas tribus, y que sus individuos fueran distribuidos en las demás que ya existían antes de la guerra social. Se obtuvo esa innovación, y luego se pidió que fuera declarado nulo el nombramiento hecho por el Senado a favor de Sila, y se procediera a un nuevo nombramiento de general para el Asia, hecho por el sufragio de las tribus. También se consiguió esto último, y como era de esperar, resultó elegido Mario para tan importante cargo.

 Sila contramarchó inmediatamente y avanzó sobre Roma, llamado por el Senado según dicen unos, o de muto propio, según otros. Era uno de los dos cónsules de aquel año, y tanto el mismo como su colega y la gran mayoría de los Senadores desaprobaban las medidas últimamente llevadas a cabo por los tribunos y por los nuevos ciudadanos. Lo cierto fue que Mario y sus partidarios no pudieron evitar que su contrario penetrase en Roma, y los principales de aquella facción o partido salieron de la ciudad y a duras penas lograron escapar, o salvarse.

 Restablecido en su cargo partió nuevamente Sila para el Asia; pero a su vez volvieron sus contrarios a entrar en Roma y renovar los procedimientos anteriores, hasta conseguir no solo la destitución de aquel general y cónsul, sino que fuese declarado enemigo de la República.

 Por supuesto que las ocho tribus de nueva creación volvieron a fundirse en las treinta y cinco antiguas; pero ya en esto había menos empeño, o poco interés, en razón a que celebrándose siempre en la ciudad de Roma los comicios por tribus (como los otros por curias y por centurias), pocos eran los nuevos ciudadanos que acudían a ellos, en razón a su residencia habitual, que era en casi todos muy lejana de aquella ciudad. Aun en los tiempos anteriores, pocos votantes acudían a Roma desde el resto de Italia, para celebrar los comicios; por manera que casi toda la nación adoptaba o se conformaba con los acuerdos de su metrópoli.

 Mientras el famoso Sila continuaba en Oriente sus campañas, falleció en Roma el no menos célebre Mario, abrumado de cargos y honores, a la par que de años, y abrumando a la ciudad y a toda Italia con atropellos y asesinatos jurídicos; por cada victima de entre los de su partido que el contrario o sea el de Sila había hecho, sacrificaron Mario y los suyos, un centenar o poco menos; por manera que si más tarde, cuando el partido que acaudillaba Sila volvió al poder, hubiera hecho otro tanto, apenas hubiera quedado gente en Italia, salvo los parciales suyos. Pero la verdad es que las represalias de éstos no igualaron siquiera el número de víctimas de aquellos, o lo que es lo mismo, el partido de Mario se mostró muchísimo más implacable.

 Los historiadores y en general los autores romanos, casi todos ellos posteriores a la época de referencia, ora por adulación ora por temor a los Césares, disculpan todo lo que pueden el bando de Mario y culpan al bando contrario; pues es sabido que Julio César no solamente tuvo parentesco muy cercano de afinidad con Mario, o con la esposa de éste sino que fue el principal continuador de su sistema político, y su amigo de todos tiempos y situaciones. Decimos impropiamente sistema político, porque en realidad el sistema de Mario y el de César no fue otro que el de dominar en la República y enseñorearse de todo, como en los tiempos modernos sucedió con el emperador Napoleón. Ni éste famoso corso, ni Cesar ni Mario, fueron hombres que como el calumniado Sila, de plena voluntad, sin presión de ningún género, renunciaran a la dictadura y se conformaran con la vida privada. Por el contrario Mario se hizo así mismo, dictador, sin consentimiento de Senado ni del pueblo, o lo que es igual, sin que obtuviera a su favor tal nombramiento. Cesar le obtuvo para si mismo, y tanto le satisfizo, que no pensó en abandonar ese puesto, e irónicamente dijo que para descargar al pueblo en lo sucesivo del trabajo de elegir sus principales magistrados, el mismo se encargaría de hacerlo, y lo hizo en parte, esto es, reservándose nombrar la mitad de ellos. Ya tenía preparado el terreno para convertirse en monarca absoluto, cuando en pleno Senado le dieron la muerte unos cuantos hombres que, aun cuando amantes de libertad, no contaban con el apoyo de la mayoría de a nación. Quizá no sabían que los tiranos no vienen sino cuando las naciones quieren ser esclavas; y si lo sabían, se equivocaron respecto al modo de pensar de los romanos de aquel tiempo. Pero volvamos atrás, para no seguir anticipando el relato de los sucesos.

                               
                                                                                       R. GARCÍA-RAMOS

(Continuará)