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miércoles, 3 de diciembre de 2014

RECUERDOS HISTÓRICOS: SICILIA (III)



               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 29 de marzo de 1901)


Nada diremos de Palermo y de Lilybéa, antiquísimas colonias fenicias, según se cree, y que los cartagineses y libi fenicios, sucesores de los fenicios, poseyeron alternativamente con los sicilianos; porque éstos siempre que podían hacerlo, echaban afuera de su isla a todos los intrusos. Casi siempre lo conseguían, y los mismos romanos, a pesar de su poder colosal, y de haber atacado a Sicilia precisamente cuando se hallaba en el apogeo, se vieron repetidas veces rechazados, y con gran dificultad lograron apoderarse de Siracusa, capital entonces de la isla. Ya que hablamos de esa célebre ciudad, diremos dos palabras más sobre la misma, y también sobre otros parajes que la son comarcanos. Entre Aci de San Felipe y la próxima aldea de Nicetti, está la gruta del cíclope Polifemo el que aplastó bajo una roca al pastor Acis, porque allí le sorprendió en los brazos de la ninfa Galatéa. Agis dice la mitología que fue convertido en una fuente y su arroyo, que todavía hoy se ve en aquellos sitios.

Sobre la pequeña isla llamada Ortigia, muy próxima y casi tocando a Sicilia se dice que fundó el griego Archias una colonia de corintios. Esta colonia prosperó tanto, que se extendió por toda la inmediata costa siciliana, y allí se formó la gran ciudad de Siracusa que llegó a contener un millón de habitantes, el mejor puerto de la isla, y unas flotas de guerra y comercio que rivalizaron largo tiempo con las de Cartago, y aún vencieron a éstas repetidas veces. Verdad es también que a los puertos de Palermo, Catania, Mesina, Agrigento y Lilybea salían asimismo flotas y buques mercantes, que llevaban su comercio por todo el Mediterráneo, y aún por el Atlántico hasta larga distancia de las columnas de Hércules.

La riqueza y suntuosidad de aquella metrópoli siciliana superó a la de casi todas las demás del mundo. Es dudoso que Nínive, Babilonia, y aún Roma llegaran en ningún tiempo a igualar o sobrepujar a  Siracusa en su respectivo apogeo.

Entre las mil estatuas de los mejores escultores antiguos, que adornaban sus templos y otros monumentos, se conservan hasta hoy algunas, en el Museo de la misma ciudad, y en otros de Italia y de Europa. Muchas de esas estatuas han sido mencionadas por diversos autores, tanto antiguos como modernos, con gran encomio. La Venus Callypige es una de ellas y de los que han llegado a nuestros días. Las hermanas Callypiges eran siracusanas y tan hermosas, que diferentes artistas célebres de la anti- güedad las retrataron, en cuadros y estatuas, o copiaron unos la obra de los otros. Casi siempre las tomaron por modelos de Venus.

También se ven hoy restos notables de los antiguos templos de la misma ciudad; y es una peregrinación de poetas y artistas la fuente de Aretusa, ninfa de Diana que sufrió aquella metamorfosis, según dicen los poetas antiguos.

 Arquímedes, que acaso fue el hombre más notable de su época, además de las mejores fortificaciones y máquinas de guerra de los siracusanos, construyó en lo alto del Plemyrima—fuerte o ciudadela, —la famosa obra eólica de aquel tiempo; era cuatro animales de bronce, haciendo frente a los cuatro puntos cardinales, cada uno de los cuatro al soplar el viento de aquella parte, producía unos sonidos armoniosos y variados, según unos autores, y según otros repetía exactamente la voz del animal correspondiente. Sea de esto lo que fuere, es indudable que aquel celebre mecánico e ingeniero dirigió los trabajos del gran barco que el soberano de Siracusa—Hieron 2º—regaló al de Egipto, barco que contenía baños, jardín, biblioteca, salón de baile y reunión, un templo capilla y otras dependencias. Así lo afirman varios autores y en particular Ateneo.

Es cosa sabida, y por ello huelga repetirla, que el genio de Arquímedes fue el mejor defensor de aquella ciudad, en el terrible sitio que la pusieron los romanos, al mando del famoso cónsul Marcelo.

Se ven todavía las ruinas del palacio de Agatocles, llamado también de los sesenta lechos, porque en efecto aquel sirucusano daba ahí hospitalidad constante y gratuita a sesenta viajeros, que naturalmente se renovaban, es decir, que entraban unos cuando otros salían. Agatocles uno de los millonarios del país, no era solo quien daba hospitalidad, ni el solo que hizo por su parte crecidos gastos y desembolsos de utilidad pública. Esto nos hace recordar a otros funcionarios públicos de nuestros días, que si bien nada hacen de su propio peculio en beneficio público, en cambio estafan al público cuanto pueden, y váyase lo uno por lo otro. En realidad, le está bien eso al mismo público, que por decirlo así los crea; puesto que con su sufragio los eleva y pone arriba, porque no encuentra o no sabe hallar en sí mismo otra cosa mejor.

Terminaremos estos recuerdos de aquella ciudad, consignando que además de la fuente Aretusa, se ve en aquellas inmediaciones la de Cyane, que Ovidio asegura fue la más célebre ninfa de Sicilia en aquella época mitológica; Cyane fue también convertida en arroyo, y casó con otro arroyo de distinto sexo, llamado Anapo; en cuanto a Aretusa nunca quiso acceder a las súplicas del río Alfeo, que en vano la persiguió a través de las selvas y de las floridas praderas. En cambio Anapo y Cyane, reunidas sus aguas por indisoluble lazo, bañan hasta hoy aquellos campos, y juntos van a perderse en el seno de Anfitrite o sea del Mediterráneo, unida a su vez con Neptuno por el estrecho de Gibraltar.

La Sicilia fue cuna no solo de ninfas mitológicas, sino también de otras de carne y hueso. Además de las Callípiges, ya nombradas, nació en la misma isla  la célebre Laís, que conducida a Corinto fue admiración de los griegos, que tantas y tan célebres bellezas tenían es su propio país, y como Laís, nacieron en dicha isla infinitas mujeres.

Dos palabras, para concluir, acerca de la historia prosaica de Sicilia, después de la caída del coloso Romano.

Los sarracenos prosiguieron las invasiones en Italia y Sicilia que antes batían los Cartagineses; y a su vez a los romanos a los cartagineses y sarracenos sustituyeron los pueblos del Norte. Estos eran innumerables y de distintos nombres. Algunos no se con- formaban menos que con llamarse gentes de Dios, tales fueron los godos y los teutones o tudescos—God, lo mismo que Teu o Teud significa Dios.—Es más, se llamaron modestamente dioses, a si mismos. Pero hubo entre ellos una raza o sección, que conservó la pimple de denominación de normandos, que en realidad era aplicable a todos ellos. Estos normandos fueron unos guerreros infatigables, que después de apoderarse de aquella parte de Francia que hasta hoy se llama por eso Normandía atacaron las islas Británicas y las ganaron sin mucho trabajo.

Los lombardos les ceden una parte de Italia, con la condición de que la defiendan contra los sarracenos, como lo hacen con la misma fortuna que casi siempre les acompañaba. En el año mil y tamos de nuestra Era ya eran señores de casi todo lo que después se ha llamado reino de Nápoles; en 1037 auxilian al emperador de Oriente en la conquista de Sicilia sobre los sarracenos, que la tenían casi toda sometida.

Pero ya por los años 1060, los africanos habían vuelto a caer sobre la misma isla; y entonces los normandos de Nápoles emprenden por su propia cuenta la expulsión de aquellos y fundan el reino que llaman de las dos Sicilias, apoderándose además del país griego de Atenas y Corinto —año 1146. —Poco después, por falta de recta varonía, pasa la Sicilia a Enrique de Suabia, por su matrimonio con la heredera normanda. Ya dijimos, al comienzo de estos apuntes, como la casa de Suabia fue sustituida por la francesa o provenzal, y como a esta sustituyó poco después la aragonesa y catalana.

                                                                IV

Hemos dedicado principalmente a Sicilia este recuerdo, porque si bien no es el único país que hasta hoy conserva una población casi primitiva, es sin duda uno de aquellos que la historia, por decirlo así, ha mimado y complacídose en perpetuar su memoria. Las islas del Mediterráneo, casi todas, conservan también su primitiva población menos alterada que los países del continente Europeo, en su parte meridional. Pero muchas de ellas, o la historia las ha olvidado, o no han merecido su recuerdo. De las Baleares, por ejemplo, casi no hay más tradición antigua sino la de la habilidad de sus habitantes en el manejo de la honda. Diríase que por lo demás fueron tan bárbaros como los cíclopes y lestrigones de Sicilia; pero a estos sucedieron aquí otros pueblos cultos—si acaso no fueron esos mismos que se civilizaron,—mientras que no se dice lo mismo de aquellas otras islas occidentales, como tampoco de Serdeña—que torpemente escribimos Cerdeña,—ni de Córcega ¿Es que de casualidad la Historia las olvidó, durante mucho tiempo, o que se han perdido sus noticias? Pudiera ser así; pero es indudable que en ellas no hay o no quedan esos vestigios de una antigua cultura que abundan en Sicilia. Para hallarles tenemos que mirar al Oriente, o sea a aquella parte del citado mar interior, que desde Sicilia se extiende hasta Rodas.

No cede en recuerdos históricos y aún poéticos a la primera de esas dos islas, la segunda, ni las islas griegas y jónicas. Envuelve a las Cycladas y a las Espórades un baño poético, como las envuelven las azuladas ondas de aquel mar, entre cuyas espumas nació Venus, al decir de la mitología. Ovidio ha inmortalizado a Chipre—la antigua Cypris o Cyparisos,—no menos que a Cyteres—la actual Cérigo;—y no fue solo Ovidio quien en sus versos las ha cantado; desde Homero y Píndaro hasta los poetas de nuestros días, casi todos, poetas e historiadores, se han complacido en dedicarlas un recuerdo, no menos que a Creta o Candía, a Samos donde nació Juno, De los que fue la cuna de Apolo y de Diana Milo —antiguamente Melos, —cuya célebre estatua de Venus está hoy en París, y que tal vez no sea de ésta diosa, y tantas otras islas que poetas e historiadores de consumo han ilustrado, ora con relaciones fabulosas y mitológicas, ora con otras verídicas y rigurosamente exactas.

                                                                                                         SOMAR

sábado, 29 de noviembre de 2014

¿HAY RAZA LATINA?

                  
                    (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 6 de marzo de 1901)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

He ahí una pregunta que a muchísimos parecerá ociosa, más que ociosa, disparatada; tal ha sido, es y será la fuerza de la costumbre, el hábito rutinario de repetir lo que se oye y ha venido oyéndose por todas partes. En realidad, el idioma latino ha tenido por todas partes un extraordinario desarrollo, y si fundamos en el habla la distribución de las razas, pueden llamarse latinos todos los pueblos cuyo idioma respectivo se deriva principalmente de la antigua lengua del Lacio.

Pero tal distribución de los pueblos por idiomas, está muy lejos de ser verdadera distribución de razas, como es muy fácil demostrarlo.

Nadie ignora, por ejemplo, que en la América del Norte predomina el idioma inglés, y sin embargo, es la raza indígena la que forma el fondo o núcleo de la población de aquellos países; lo mismo, respectivamente, puede decirse de la América del Sur, donde predomina el habla castellana y la sangre indiana.

En las Indias Orientales viene ya también la lengua inglesa haciéndose universal, y sin embargo, es allí todavía la antigua raza indígena la dominante o preponderante.

Los negros y otros pueblos de África, sometidos o aliados de los ingleses, aprenden el idioma de éstos -hoy hasta los cafres entienden el inglés- y sería curioso que mañana llamáramos anglosajones a los habitantes de Guinea y de Angola. Si hablaran castellano, portugués, italiano, no faltaría gente rutinaria que les calificara de latinos.

Veamos si en realidad hay raza sobre la tierra, que pueda o deba ser llamada latina.

El Lacio -en latín Látium- fue una pequeña comarca de Italia, cuyo idioma se hizo extensivo a toda esa península, con tanta menos dificultad, cuanto era grande la afinidad de raza y de idioma entre los latinos y sus vecinos inmediatos. Sin embargo, los oscos, los etruscos o toscanos y otros varios pueblos italianos hablaban idiomas no poco diversos del latín, lo cual hace presumir que había entre ellos diferencias de raza. Hasta las letras o caracteres de la escritura diferían entre los latinos, etruscos y oscos, a pesar de ser vecinos, o por lo menos, habitar todos una misma península. Pero la conquista progresiva de la Italia por los latinos, fue poco a poco unificando el idioma, y formando la hegemonía latina; por manera que aquel pequeño pueblo, cuya raza ni siquiera la dominante era en la península italiana, ni en la Sicilia, ha pasado entre los legos o ignorantes por ser una raza única en Italia, y después en casi todo el Mediodía de Europa.

Pero aún hay más: la Sicilia y el Mediodía de Italia, estaban llenos de colonias griegas; hasta los romanos pretendían descender de troyanos, venidos a Italia con Eneas. Era una verdadera confusión de razas la de Italia en aquellos tiempos; y más tarde, cuando esa Nación fue la señora de todo el mundo, cuando todo romano rico contaba sus esclavos por docenas, estos esclavos y su descendencia, procedentes de las tres partes del mundo entonces conocido, formaron más de la mitad de la población romana o latina, raza según muchos etnicistas.Y no contamos aquí el sinnúmero de extranjeros que, sin ser esclavos ni libertos, pasaron en diferentes tiempos a domiciliarse en aquella península, centro de la civilización durante varios siglos.

Luego o más tarde vinieron las invasiones sucesivas de los pueblos del Norte, avalancha de población que inundó no solo la Italia, sino toda la Europa meridional... ¿Se llamará esto un nuevo contingente de sangre latina? Es posible y aún probable que así lo entiendan más de cuatro fabricantes de razas.

Bien está que llamemos latinos a todos los pueblos que hoy hablan idiomas que se derivan en primer término del antiguo idioma del Lácio, y que llamemos anglos o sajones a aquellos otros cuyo lenguaje sea o se derive del inglés pero entendamos al fin que eso poco o nada tiene que ver con las razas o linaje de gentes, étnicamente hablando.

La especie de solidaridad que naturalmente se establece entre las gentes que hablan un mismo idioma, o idiomas afines, explica suficientemente aquella denominación general, sin que esto implique ni arguya una positiva comunidad de origen.

Los italianos antiguos, al menos los del mediodía de aquella península, y los de Sicilia, fueron más griegos que latinos; la misma parte de Italia fue llamada la gran Grecia, o Grecia grande, por casi todos los geógrafos de la antigüedad; tan solo la preponderancia que a la larga fueron adquiriendo, por sus conquistas, los hijos del Lacio, hizo que dejara de llamarse Grecia su propio país y los inmediatos. Sin embargo, no pretendemos, ni mucho menos, afirmar que tanto en el Lacio como en los países más cercanos a esa corta porción de Italia, a pesar de las repetidas invasiones griegas, dejara de subsistir como dominante la sangre latina; por que se ha visto y verá repetidas veces que los pueblos invadidos, y aún conquistados, suelen continuar formando el núcleo o fondo de la población, como sucede en América, en las Baleares y en nuestras islas Canarias.


                                                                                                                  SOMAR.

lunes, 10 de noviembre de 2014

ANTIGUAS COLONIAS EN ESPAÑA (I)

                    (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1900)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Las antiguas naciones colonizadoras pasan generalmente por haber sido las más cultas de su época respectiva. Sin embargo, no debe tomarse tal aserto de una manera absoluta; por que es bien sabido que muchos pueblos bárbaros han colonizado aún en países menos bárbaros o más cultos. Las antiguas invasiones de los pueblos del Norte, y otras muchas efectuadas después por tártaros, cosacos, turcos, árabes, etc., etc., fueron otras tantas colonizaciones. Claro es que cuando no se les dejaba colonizar tranquilamente, convertían la colonización en conquista, si podían o tenían fuerzas para ello. La misma conquista acaba por ser colonización.

No nos es lícito, pues, afirmar que la nación más colonizadora haya sido precisamente la más culta; y en cuanto a España, además de haber sido colonizadora desde muy antiguo, cuenta con un testimonio valioso en favor de la prioridad de su cultura, testimonio que consiste en el conocido aserto de Estrabón, cuando afirma que los Tartésios o pueblos de la Bélica tenían su historia y códigos escritos, desde una antigüedad que en su tiempo ascendía a seis mil años No hay noticia positiva de una literatura anterior a esa en toda Europa, ni siquiera que se le aproxime, y lo mismo que de Europa puede decirse a este respecto, de la casi totalidad del mundo; puesto que Estrabón habla de verdaderos años, mientras que las antiguas crónicas de Egipto, China, Indostán, etc., se cree, por muchos autores que, a más de ser exageradas o fabulosas, tienen como años a las innaciones (sic). Plinio y otros autores antiguos afirman esto último, respecto a los egipcios, asirios, caldeos etc.

Es tradición antiquísima que Atlas o Atlante, soberano de una gran parte de nuestra península Ibérica, pasó a Italia en son de conquista, con un ejército compuesto en gran parte de iberos o españoles; pero tales noticias necesitan confirmación. Ese soberano, era, según parece, africano y había pasado a España o Hispania con gente de su propio país, o sea gente africana. De cualquier modo, añade la citada tradición que en aquella expedición a Italia, las naves fueron por un temporal empujadas hacia la isla de Sicilia, y que al allí dejó Atlas una parte de sus españoles.

Como también consta por otros datos una antiquísima invasión de españoles en Sicilia, no sería imposible que todas esas noticias, tuvieran un mismo origen, y de consiguiente fueran relativas a una expedición, que acaso se reproduciría dos o tres veces. Lo que no parece tan probable es lo que también se lee en la ante citada tradición escrita, esto es, que habiendo pasado después Atlas y su ejército desde Sicilia a Italia, aquí estableció a otros españoles, en el país conocido después con el nombre de Lacio. Pero si aquellos españoles se llamaban siculos como por algunos autores se cree, no sería tan dudosa la noticia, puesto que hubo siculos en el Lacio y en Sicilia. No nos proponemos aquí hablar de las colonias que los españoles fundaron en otros países; pero como se dice que el país de Sagunto o Murviedro fue colonizado en lo antiguo por los rútulos, procedentes del Lacio, no es inoportuno indicar la tradición precitada. En tal caso, pudiera haber sucedido que los rútulos, al pasar a España, no hicieran más que volver a su antigua patria.

Otra antigua tradición escrita atribuye al rey Sículo, de España, la ante dicha expedición a Italia, con escala en Sicilia, dado que no fueran realmente dos empresas distintas. Añade que los españoles que llevó consigo se llamaban sicanos, y dieron ese nombre a la parte de Sicilia en que se establecieron. Todo esto es dudoso y confuso, como lo son en general las fuentes de la historia, o sea, todas las tradiciones que datan de aquellos tiempos. No se sabe con certeza ni siquiera si fueron o no absolutamente un mismo pueblo los sicanos y los siculos o sícilos — de ambos modos se pronunciaba ese nombre,— aunque no hay duda que poblaron en aquella famosa isla y que la dieron su nombre. Sus antiguos habitantes llamaban cíclopes y lestrigones.

Aunque son varios los autores antiguos que consignan la referida noticia de la venida de los rútulos a España y su colonización cerca de la actual Valencia, no daríamos a esa noticia gran crédito si no la confirmase otro autor antiguo, Silio Itálico, que se cree fue español, natural u oriundo de la ciudad de Itálica, cuyas ruinas se ven aún cerca de Sevilla, la antigua Hispális. Ese autor llama constantemente rútulos a los habitantes de Sagunto, y su testimonio es de mucho peso en el asunto.

No puede fijarse, ni aún aproximadamente, las fechas respectivas de esas expediciones citadas; aún la de la venida de los zazintios es bastante problemática, si bien posterior a aquellas Casi al mismo tiempo que las naves de Zante o zazintias, llegaron a España; otras foceanas, si no fue que en los mismos navíos o embarcaciones procedentes de la Fócida vino alguna gente de Zante. Lo cierto es que a ésta última gente se atribuye generalmente la fundación o la repoblación de la ciudad de Sagunto, cuyo nombre dicen es corrupción de Zizunto, o Zicinto- de ambos modos parece se pronunciaba, — y sustituyó al que tuviera anteriormente aquella población, dado que la misma existiera a la llegada de aquellos colonos.

En cuanto a los focences parece que se establecieron entre Valencia y Cartagena—ciudades fundadas o al menos llamados así más tarde,—y a ellos con mejor criterio que a los de Zante se atribuye la fundación de Nebrija y Denia, donde hubo un famoso templo de Diana. Parece que esta villa o ciudad se llamó Dianea y por corrupción se llamó Denia (1)

Pero es dudoso que estas empresas de los de Fócida y Zante fueran anteriores a la colonización de los fenicios en la Bética. Al contrario, casi lodos los autores que de esto tratan, son de sentir que, viniera o no a España un Hércules fenicio—probablemente un jefe o general de esa nacionalidad, llamado así (2), —los fenicios precedieron a los griegos en las expediciones a la península Ibérica Pero casi ninguna noticia antigua se tiene de los primeros viajes de los fenicios a esta parte de Europa. La literatura fenicia
nos es a poco mas o menos tan desconocida como la cartaginesa o púnica, mientras que la griega y latina nos ofrecen multitud de noticias—fabulosas en gran parte—sobre las navegaciones griegas hasta el estrecho y columnas de Hércules y las regiones comarcanas. Si fuéramos a reproducir tan solo la mitad de ellas, tendríamos no solamente que alargar mucho este trabajo, sino lo que es peor, reproducir cuentos inventados por viajeros y aun por autores, que otros autores crédulos reproducen. En particular respecto a colonias y fundación de ciudades, villas, etc., se han despachado a su gusto, y casi no hay ciudad del mediodía de Europa cuya fundación no atribuyan a los griegos o a los romanos, bien entendido que entre los primeros se cuentan también los griegos de Asia.

                                                                                            R. GARCÍA-RAMOS

(continuará)