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domingo, 14 de septiembre de 2014

ESTUDIOS GEOLÓGICOS: Conclusión



(Artículo publicado el 23 de julio de 1881 en La Revista de Canarias) 

IV.
Aunque tal vez debiéramos hacer aquí una lacónica descripción o reseña de los suelos más notables que se observan en la corteza del Globo, con una ligera indicación de su edad respectiva y aún también de las circunstancias de su yacimiento, altura a que se encuentran los unos relativamente a los otros, etc.; parécenos, sin embargo, que tal trabajo nos llevaría muy lejos, aún tratando de concretarlo todo lo posible. Por ello es que nos contraeremos a exponer tan solo algunas observaciones generales, siendo además fácil a cualquiera persona curiosa ver los detalles del mismo asunto en cualquier tratado de Geología, que se pueda llamar verdaderamente inteligible para los profanos a la ciencia.
 Ante todo, es conveniente advertir que ni aún los geólogos más célebres se hallan de acuerdo acerca de una multitud de doctrinas geológicas. Tal o cual teoría, que pasaba casi por un axioma, porque la estableció Werner, Brongniart, Lyell u otro cualquiera de los geólogos de fama, se halla ya controvertida y hasta negada en absoluto por otros autores modernos, de más o menos reputación y celebridad. Dos puntos, sobre todo, han ofrecido una gran dificultad y un gran motivo de controversia a los autores: el uno es el respectivo a la época geológica en que comenzaron a parecer los seres vivientes u organizados en nuestro planeta: el otro consiste en determinar la naturaleza de los suelos más bajos o profundos de la corteza terráquea, en la parte de la misma que se ha podido descubrir.
 Del primer extremo, poco o nada puede afirmarse; porque no solo se hacen cada poco tiempo nuevos descubrimientos de fósiles en terrenos donde poco o nada se sospechaba que aquellos existieran, sino que los mismos suelos que les contienen ofrecen a veces una grande incertidumbre con respecto a su edad, siendo tenidos por algunos autores como pertenecientes o correspondientes a los terrenos llamados secundarios, y aún a los primarios, mientras que otros autores solamente los consideran como del orden terciario, es decir, de unas épocas muy posteriores a las de aquellos otros órdenes, aunque ya hoy inmensamente antiguas.

Del segundo extremo, no es menos difícil formar un juicio; porque ni se sabe de cierto si los terrenos más bajos descubiertos son de procedencia ígnea o hídrica, ni tampoco, aunque tal cosa se supiera, podría afirmars es cuál es el terreno más bajo, del fragmento de radio terrestre que un tanto se ha descubierto, puesto que a tales profundidades apenas se ha llegado a penetrar en tal o cual punto aislado y como perdido en la inmensa extensión de la periferia del Globo.
 Y después de eso ¿puédese por ventura afirmar alguna cosa acerca de la naturaleza de los suelos llamados primarios? Los modernos geólogos alemanes, con sus descubrimientos sobre el metamorfismo de las rocas, metamorfismo que ya era sospechado y aún conocido un tanto desde los tiempos de Werner, declaran que los suelos volcánicos se tornan en sedimentarios, y viceversa; por manera que esta es la hora en que no se sabe de cierto si el granito llamado primordial fue primitivamente un sedimento, o si fue una lava. Y lo mismo que del granito, puede decirse del gneis, del porfiro, del diabaso, de la eurita, de la pegmatita, de la protogina y de tantos otros suelos reputados primitivos o primordiales. Además, el cuarzo, la mica, el feldespato, el anfibol, etc., pueden descomponerse, pueden cambiar lentamente de forma, aspecto y estructura o composición sobre la tierra, y también en las entrañas de la tierra. Sobre este asunto son notables los modernos trabajos dados a luz por los renombrados geólogos alemanes Zirkel, Igelström, Knop, Lossen, Credner, Lassaulx, Vogelsang, Müller y otros.
 Concluyamos, pues, que la división de los suelos en primarios, secundarios y terciaros, bien que necesaria para poder de algún modo establecer una clasificación en aquellos y poderlos estudiar, es un tanto vaga y ocasionada a controversias, las que por desgracia parece que no tendrán término fácilmente.


V.
En nuestra época actual, aun se ven fenómenos geológicos curiosos, y formaciones muy semejantes a las de los antiguos tiempos. En el fondo de varios mares se forman aún, a nuestra vista, arrecifes medrepóricos, bancos de coral etc., que en su día constituían suelos análogos a muchos de los antiguos, que se cree fueron formados del mismo modo. La multitud de conchas que con el transcurso del tiempo se va aglomerando en el fondo de mares y lagos, mezcladas allí con otros despojos y detritos, llegarán a constituir suelos sedimentarios fosilíferos, que algún día llamarán, acaso, la atención de los geólogos.
 Los aluviones forman aún multitud de suelos de acarreo, que a su vez suelen ser cubiertos por las lavas de nuestros actuales volcanes. Varios de estos, en vez de verdadera lava, arrojan cieno y agua, en la que suelen a veces salir envueltos muchísimos peces, de diferentes clases y tamaños (1). Las aguas de algunas de nuestras fuentes forman incesantemente concreciones calcáreas y silíceas, en las que envuelven despojos de animales y de vegetales, que en su día se petrificarán en totalidad o en parte; y algún día también estas concreciones y precipitaciones químicas, que naturalmente tienen lugar en las aguas minerales de nuestros tiempos, se convertirán en hermosos mármoles, jaspes, pórfidos y alabastros.

 Para establecer alguna clasificación geológica en las rocas y terrenos, de cualquiera edad, háce convenido en partir de un tipo fijo, el cual es el granito o sea la roca compuesta de granos de dos o más clases de sustancias y en la cual no prepondera notoriamente ninguna de aquellas. El granito se llama binario, cuando son dos sustancias las que principalmente lo componen: ternario, cuando son tres; cuaternario cuando son cuatro. Además, si el granito es muy antiguo, se le llama de primera formación o primario: si es de medio tiempo, se le llama secundario o de segunda formación; y si es moderno , se le llama terciario, o de formación tercera. Cuando los granos componentes del granito son de un tamaño exiguo y no muy perceptibles a la simple vista, entonces se le llama porfiro. El porfiro, como el granito, puede ser binario, ternario etc.; pero algunos autores incluyen al porfiro en el número de los suelos feldespáticos, opinión que habíamos seguido nosotros hasta el presente, en que adoptamos la anterior; es decir, que consideramos dicho terreno como neutro, o sea como un suelo en el que no domina notoriamente una de las sustancias componentes. Así mismo nos inclinamos a la opinión de que por el nombre de sicnita debe entenderse un verdadero granito ternario, formado de cuarzo, feldespato y anfibal. En cuanto a la pegmatita, los unos la consideran como un granitóide feldespático, y los otros como un granito binario, compuesto de feldespato y cuarzo, según la diorita es otro granito binario compuesto de feldespato y anfibal, y si su grano es fino como el del porfiro, se le llama diabaso (2). 
 Si en la masa granítica, o porfírica, empieza a dominar el feldespato, la roca pasa a ser denominada eurita, la cual toma el distintivo de granitóide, o porfiróide, según su grano se asemeje al del granito, o al del porfiro; observación que es aplicable, respectivamente, a muchas otras rocas. Si la sustancia que prepondera es el cuarzo, la roca se llama cuarcita, y también hialomicta. Si prepondera el anfibol, se la llama anfibolito, y también hornablenda.
 Respecto a la mica, cuando ésta predomina sin que deje por ello de aparecer el terreno de una estructura granitosa, la roca es denominada micasita; pero si el terreno se torna esquistoso y hojaldrado, entonces se la llama gneis (3), y también micasquisto.
La protogina es, según unos autores, un granito ternario formado de cuarzo, talco y feldespato: otros la tienen por granitóide, en razón a cierta preponderancia del talco (4). Lo cierto es que cuando el talco predomina, la roca es llamada generalmente esteatita,
y también esteasquisto, según aparezca esquistosa o granitosa.
 Los granitóides y porfiróides calcáreos son el oficalce y el cipolino; y cuando la roca en vez de ser granitosa es esquistosa, se la denomina calquisto o caliza esquistóide.
 Como se ve, no hacemos aquí mas que una sumamente concisa o somera reseña de los suelos, omitiendo conscientemente el mencionar un sinnúmero de ellos; por que creemos que tal estudio no debe hacerse aquí, sino en un verdadero tratado de geología.
El objeto de este artículo no es más que dar una ligera idea de la geología a aquellas personas que no hayan tenido ocasión de ocuparse de ella, y a la vez sentar algunas consideraciones generales respecto a ciertos puntos en que hay desacuerdo entre los autores. Así concluiremos manifestando que aunque el gneis está considerado como el primer suelo de la serie micácea, parécenos -sin embargo- atendible la opinión de algunos geólogos que quieren que el gneis y la filada sean solo tipos del suelo esquistoso, según el granito y el porfiro lo son del granitoso. En este concepto Tas denominaciones de gneis y de fílada pasarían a aplicarse a unos suelos neutros -no singularmente micáceos, -quedando la denominación de micasquisto para designar al terreno esquistoso u hojaldrado en que domina la mica, terreno que también podría llamarse micasita esquistóide; y quedando la de esteasquisto para aquel otro, esquistoso también, en que domina el talco, que podría asimismo llamarse esteatita esquistóide.
 Sabido es que el célebre geólogo alemán Werner consideraba los suelos micáceos y talcosos como constituyentes de una sola serie, que denominó serie esquistosa; pero la circunstancia de haberse descubierto muchos suelos granitosos en que entran en gran proporción aquellas dos sustancias geológicas, ha hecho variar dicho sistema.


 Hoy se cree que estos suelos pueden dividirse en tres ordenes generales, que son el granitoso, el esquistoso y el compacto, en el sentido más estricto de esta voz por que los esquistos y granitos suelen ser muy duros y consistentes o compactos.
 Más claro: los terrenos todos pueden dividirse en esas tres secciones, entendiendo por compacto todo lo que no aparece granitos ni esquistoso, aunque tampoco sea duro ni consistente.

(1) Entre otros varios volcanes cenagosos que han arrojado peces, pueden citarse el de Imbarbura, el Saugay, el Cotopaxi, el Taugurahua y otros de América. En Italia son bien conocidas las pequeñas erupciones cenagosas llamadas salsas, que ven también en diversas otras partos del viejo y del nuevo Continente.
Según las observaciones de modernos autores de obras geológicas, en el fondo de varios mares y lagos se forman actualmente -como en tiempos pasados- terrenos sedimentarios que no se diferencian de los antiguos llamados primordiales. Y no puede menos de ser así, por que los torrentes, arroyos y ríos están llevando continuamente al mar, y desde fecha inmemorial, detritos de diversas rocas y terrenos, que formarán a su vez nuevos suelos, algunos de ellos idénticos a los graníticos. Tan solo el pequeño manantial de Sool, en Westfalia, trae a luz anualmente y dejados aparte otros cuerpos, diez y ocho mil quintales de carbonato calizo, y otros mil cuatrocientos de una sal de hierro.
El fondo del mar y de los lagos es, pues, un perpetuo laboratorio químico natural; y además hay que tener en cuenta el trabajo de los volcanes submarinos etc.
 (2), En éstas y otras varias calificaciones hay diferencia en los autores; algunos de los cuales quieren que la diorita contenga también mica, o talco, ora sea esto secundariamente, ora formando un verdadero granito o porfiro terciario.
 (3) Bien pudiera sustituirse entro nosotros la voz alemana gneis, por la de esquisto que lo mismo vale.
(4) Otros geólogos proponen que el talco y la mica, indistintamente, reciban el nombro de protogina



                                                                         ROSENDO GARCÍA-RAMOS

jueves, 28 de agosto de 2014

SOBRE LA ANTIGUEDAD DEL HOMBRE



(Artículo publicado en La Ilustración de Canarias el 15 de Abril de 1883)
                                 Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

 La determinación, siquiera sea tan sólo aproximada, de la fecha en que el hombre apareció por primera vez sobre la tierra, encuentra inevitablemente tales dificultades y obstáculos, que ni aún los antropólogos más distinguidos pueden ni han podido en ningún tiempo llegar a superarles.

Sobre ser cosa sumamente difícil, o imposible, el encontrar los lugares precisos en que quedaron depositados los restos de los hombres primitivos, refluye el gran inconveniente de la dificultad que necesariamente ha existido para que tales restos pudieran conservarse bien o tan solo medianamente, y llegar de ese modo hasta nuestros días. En efecto si quedaron desde luego sobre la tierra, o en la superficie de la misma, es obvio comprender que el tiempo debió haberles destruido, al cabo de algunos siglos. Si cayeron en el agua, o vinieron a quedar envueltos en ella o en suelos de aluvión etc., también era regular que allí se alteraran y descompusieran; y si las lavas les envolvieron, estas debieron haberles deshecho o destruido, según hasta ahora sucede con los cuerpos organizados que caen en esas corrientes de fuego. Y estos inconvenientes no son sólo relativos a la conservación de los restos de los primitivos hombres; lo son también a la de muchos otros que vinieron después, lo mismo que a la de otros despojos animales y vegetales.

 Por ello somos de sentir que los despojos humanos más antiguos que han aparecido en nuestros tiempos, son todos de unas épocas muy posteriores a la del primer hombre, si bien algunos de aquellos revelan o acusan una antigüedad tan remota, que no se ha dudado por algunos geólogos en suponerla de dos o tres millones de años, y aún les ha sido atribuida una antigüedad mucho mayor.


Charles Lyell
Alfred Russel Wallace
Charles Darwin

 Los geólogos Helmholtz, Houghton, Bischof y otros, suponen que hace ya mas de 800 millones de años que existe el reino organico. Lyell,Wallace y otros autores ingleses opinan que transcurrieron cerca de diez millones de años durante el periodo que llaman paleozoico, ocho millones durante el mesozico y seis durante el cainozóico o sea el terciario, en el cual ya se supone por muchos geólogos que había seres vivientes en la tierra.

Era mezozoica
Era paleozoica

Era cainozoica











Dana -en su Manual de Geología- calcula que la formación silúrica puede tener una antigüedad de 7000 millones de años, 2000 millones la devónica y también la carbonífera, 1000 la mesozoica y 500 la terciaria.

El precitado Lyell, y también Darwin, creen que pueden asignarse en suma cerca de 300 millones de años de duración a las épocas geológicas modernas.

 Sabido es que casi toda la escuela poligenista opina que el hombre ha ido creado o sea derivado del cuadrúmano, en distintas ocasiones o tiempos, y con cierta variedad de tipo, si bien cada uno de esos tipos ha sido modificado por diversas causas, independientemente al cruzamiento de las razas, que por si solo ha bastado para efectuar innumerables modificaciones;

Pero, si bien no se han hallado ni podido hallarse restos humanos o verdaderas osamentas de los primeros hombres que habitaron nuestro planeta, en cambio han aparecido algunos objetos de la humana industria, objetos que acusan sin duda una remotísima antigüedad. Estos restos o reliquias consisten en armas y algunos otros instrumentos de piedra.

Ya puede comprenderse que esos testimonios o especie de medallas de las edades y de las sociedades pasadas, son de grandísima importancia para el estudio de la antigüedad del hombre; y que ademas de la suma de años transcurrida desde que tales medallas fueron creadas, hay también que tener en cuenta los que ya contaría de existencia la humanidad cuando construyó e hizo uso de aquellas armas y demás objetos. La resolución de esos cálculos y problemas es peculiar de la geología y esta es la sola ciencia que puede determinar, siquiera sea aproximadamente la edad de los mismos utensilios o productos de la industria del hombre, calculando para ello la antigüedad de las formaciones en que aquellos se encuentran.

Decíamos antes que los restos de antiguas osamentas humanas, que han aparecido en nuestros tiempos, son por lo general de épocas muy posteriores a la del hombre primitivo; y vamos de ello a poner aquí un ejemplo. Hace algunos años que el doctor Baudin descubrió en Francia (1) unas sepulturas donde parecieron algunos cráneos y otros huesos, cuyas formas un tanto extrañas dieron lugar a que se les creyese de unos seres semejantes a los simios. Estos cráneos hallados en Angy, son dolicocéfalos con las protuberancias superciliares muy salientes y los senos frontales muy desarrollados, y ademas son prognatos, es decir, que sus mandíbulas inferiores son también muy salientes: circunstancias todas que les hacen asemejarse bastante a los cráneos de algunos monos. Pues bien, el examen o estudio del paraje donde se encuentran tales tumbas, y el de otras circunstancias locales, demostró que aquellos restos pertenecieron a hombres de la época merovingia, esto es, de los primeros siglos de la Era Cristiana. La escuela monogenista se ha visto duramente combatida con el descubrimiento de una multitud de cráneos, todos antiquísimos, pero de tipo muy variado. En efecto, cuando los cráneos más antiguos descubiertos eran braquicéfalos, la referida escuela sostenía que ese era el tipo del hombre primitivo. Pero no tardaron en ser descubiertos otros dolicocéfalos, de igual o mayor antigüedad; y ya entonces dicha escuela comenzó a creer que no hubo tal braquicefalia en el antropoideo. Finalmente hoy se cree, con fundamento, que la mesaticefalia es tan antigua como el hombre mismo, o por lo menos, que nada autoriza para afirmar la prioridad de cualquiera de aquellos tipos cefálicos en la raza humana.
Como la generalidad de los lectores no esta en la obligación de conocer ciertos términos antropológicos y anatómicos, no creemos superfino decir que la mesaticefalia señala aquellos cráneos cuya relación entre el largo y el ancho difiere poco o no difiere nada de la más general; la braquicéfalia señala aquellos otros en que el diámetro transversal está respecto al longitudinal en la proporción de 85 a 100; la dolicocefalia aquellos en que dicha proporción es como 75 a, 100. Bien entendido que una pequeña diferencia no altera esa nomenclatura, y que en la última clase están comprendidos los cráneos mas angostos, y en la penúltima los mas anchos, relativamente a su largo.

 El hablar de razas y de inalterabilidad de tipos los monogenistas, es cosa verdaderamente singular. Son curiosas esas razas diversas que parten de Noé y su mujer, o de otro cualquiera par de individuos, según aquellos escritores; y es más curioso todavía que, siendo -como aseguran- un solo par el generador de todo el linaje humano, no solo salieran de él distintas razas, sino que éstas se conserven todavía con su sello o tipo particular y distintivo, en términos que si hoy se ve en cualquiera parte un individuo braquicéfalo -por ejemplo-, se diga que es de raza distinta de los otros que no presentan tal tipo cefálico. Si esto lo dijeran o afirmaran los poligenistas, seguramente no llamaría tanto la atención; pero dicho por los monogenistas, nos parece una extraña y confusa amalgama de palabras, como hay tantas otras dentro y fuera del monogenismo.

Algunos autores establecen dos secciones en los tiempos antropológicos, que son la edad de la piedra, y la de los metales. La primera se divide en paleolítica y neolítica, o sea de la piedra tajada y de la pulimentada; la segunda en edad o período del cobre, del bronce y del hierro respectivamente. Pero tales divisiones han sido combatidas por otros autores modernos de grandísimo saber, algunos de los cuales sostienen ademas, que el uso del hierro fue anterior al del bronce y aún al del cobre.
 Mr. Lartet y otros autores franceses establecen cuatro edades o sea períodos de la vida animal durante los tiempos prehistóricos, las cuales edades son: la del oso de las cavernas, la del elefante primitivo y del rinoceronte, la del reno, y la del uro. El mismo Lartet dividió las cavernas conteniendo despojos de animales en tres clases, que llama respectivamente: diluvial, del reno o de la piedra antigua, y de la piedra reciente. En la primera aparecen restos de osos, de elefantes, etc. En la segunda se encuentran productos rudimentarios de la industria o manufactura del hombre; y en la tercera hay ya objetos de barro, hachas de piedra pulimentada, y huesos de animales idénticos a algunos de los actuales.

Mr. Evans en su excelente trabajo dado a luz en idioma inglés y que se titula «Los antiguos utensilios de piedra, armas y adornos de Gran Bretaña», hace presente que las divisiones establecidas en la cronología prehistórica son ocasionales errores; porque la edad de piedra en Suecia o Noruega, por ejemplo, pudiera haber coincidido o ser contemporánea de la del bronce o hierro en Italia u otros países, y viceversa. Ademas, dice que, los utensilios de piedra continuaron usándose en muchos países, cuando ya en éstos se hacían armas y otros objetos de metal; y por otra parte, uno o más objetos de piedra, muy toscos o rudimentarios, pueden aparecer en depósitos de la época neolítica, sin ser otra cosa que trabajos empezados y no concluidos, etc. También hay que tener presente que en los lugares en que faltaban o escaseaban los metales, a la vez que había abundancia de pedernal u otras piedras análogas, se pudieron ver infinidad de objetos de piedra y ninguno o casi ninguno metálico, en plena edad del hierro o del bronce.

 Aparte de esas y otras varias acertadas reflexiones de Evans, es bien sabido de toda persona medianamente erudita, que mientras que las naciones del norte y aún del mediodía de Europa se hallaban en plena edad paleolítica, (2) ya alcanzaban un grado muy notable de cultura los egipcios, fenicios, asirios o babilonios y otros pueblos asiáticos; cual es asimismo evidente que mientras en la época actual se hallan muy adelantadas en civilización diferentes naciones, hay otras que permanecen en la barbarie, o lo que es lo mismo, en la edad de la piedra, tajada o pulimentada.

Otra reflexión debemos hacer, concerniente a los errores en que pueden hacer incurrir los objetos hallados en suelos geológicos de la época terciaria, o de la cuaternaria. Estos objetos son siempre o casi siempre de piedra; pero no debe concluirse de ahí, de una manera absoluta, que los hombres entonces no sabían trabajar otras materias. Junto a los mismos objetos, o cerca de ellos, pudieron haber existido otros varios, que indicasen un grado mayor de cultura; pero que no pudieron llegar hasta nuestros días porque el tiempo los ha destruido, como manifestamos antes con respecto a las osamentas. Nadie ignora que el hierro, por ejemplo, no puede conservarse muchos siglos, si se halla durante mucho tiempo en contacto con el agua, o expuesto a la humedad. El aire mismo le altera y descompone, de una manera bastante notable; pudiendo decirse una cosa análoga de ciertas obras de barro, sobretodo si se hallan expuestas a la humedad, o en contacto con sustancias salitrosas. Y las maderas y tejidos de diferentes clases ¿podían acaso conservarse siquiera tanto tiempo? Casi únicamente en el mayor o menor ingenio con que aparecen construidos los objetos en piedra, se puede fundar una hipótesis un tanto verosímil acerca del mayor o menor grado de cultura de las gentes que tales restos han dejado; pero también es de advertir que una multitud de causas físicas, durante el largo tiempo transcurrido, han podido devastar o alterar un tanto aquellos mismos objetos.

Antes de concluir el presente artículo, haremos una indicación relativa a los grandes espacios de tiempo que mediaron entre la existencia de unos y otros hombres prehistóricos, distancias que solo la geología puede hacer conocer o sospechar.

 Todo el mundo ha oído hablar de dólmenes de menhires, de kjokenmodinge - voz danesa que significa despojos de cocina- de habitaciones construidas sobre pilotes, etc. Pues bien, todos esos vestigios se sabe ya que los unos pertenecen a los tiempos históricos, y los otros a tiempos prehistóricos que, en la larga existencia de la Tierra y del hombre sobre la misma se pueden llamar modernos y casi contemporáneos.

 Hay que penetrar en las entrañas de nuestro globo para encontrar los verdaderos indicios del hombre primitivo; y aún así, siempre parece quedaran ocultas faunas y floras de épocas desconocidas, bajo la levísima costra o película que se conoce de todo el radio terrestre.

Dólmenes

Menhir


 Autores de muchísima fama y geólogos muy distinguidos –entre ellos el célebre Carlos Lyell han dicho que las observaciones hechas en la corteza terráquea no indican que la antigüedad del hombre sea mayor que la de los suelos cuaternarios, pero no por ello afirman que nuevos descubrimientos no puedan venir a demostrar que desde mucho antes existían ya seres humanos en nuestro planeta. Esos descubrimientos se han hecho; y existen hoy muchísimos testimonios de que no sólo en los suelos terciarios, sino aún en los secundarios, se encuentran restos humanos o vestigios de la industria del hombre.

Desde 1873 publicó Mr. Mortillet una memoria titulada El precursor del hombre, en la que sostiene que durante el período mioceno vivían ya seres inteligentes, antecesores de la raza humana; de los cuales Mr. Hovelaque llega hasta afirmar que no tuvieron aún verdadero idioma. Otros muchos autores atribuyen también toda esa antigüedad a la raza humana; pero creen que la dificultad de asignar una edad cierta y positiva a las diversas formaciones geológicas en que aparecen vestigios de la misma raza, y de otras afines a ella, impide determinar los tiempos en que las mismas se presentaron sobre la tierra, y las evoluciones lentas y sucesivas que experimentaron los seres vivientes hasta llegar a producir al hombre.

 Esa teoría de que el hombre haya sido formado por selección, añaden, ha sido combatida torpe y hasta supersticiosamente: los unos la niegan sin más argumentos que la fe en tal o cual doctrina o religión indiana, china, escandinava, mahometana, etc : los otros la niegan porque se resiste a una vanidad y amor propio exagerados el convenir en que pueda el hombre descender de otro viviente menos perfeccionado; sin tener en cuenta que de las mismas piedras puede Dios producir hijos de Abrahán, como dice la Biblia; y que el espíritu del hombre no deja de emanar directamente de la Divinidad, aún cuando un animal le precediera y sirviera de paso o tramite a su constitución física.

 El último argumento que, en apoyo de su tesis, adelantan los autores de la escuela transformista, argumento que en realidad parece ser el más poderoso, es el que toman del hombre mismo, observado desde que comienza a formarse. El principio del hombre considerado como individuo, es una prueba irrecusable, dicen, de que la formación del mismo y en general la de todos los seres vivientes se ha operado y opera por medio de transformaciones o modificaciones sucesivas. Las observaciones anatómicas demuestran que el embrión humano, en los primeros días de su existencia, es un animal rudimentario inferior a otros muchos que se hallan ya más desarrollados; lo cual no impide que aquel embrión vaya sucesivamente perfeccionándose hasta alcanzar la forma y demás condiciones físicas y morales que a Dios le plugo concederle, y que tan notoriamente le distinguen de las otras criaturas.

(1) Cerca de la aldea o villa de Angy, departamento del  Oise a poca distancia de Clermont. Véanse las Memorias de la Sociedad Académica del Oise tomo 7º, y también diversas recopilaciones de noticias y datos antropológicos.
(2) Es digno de notarse que, según afírma Estrabón, los tartésios o pueblos de la Bética conservaban su historia y sus códigos escritos en verso, desde una antigüedad que ya en su tiempo, dice, ascendía a seis mil años. Si esa noticia es exacta, seguramente ningún otro pueblo de Europa iguala  ni si quiera se acerca al indicado en prioridad de cultura.



                                                                                        ROSENDO GARCÍA-RAMOS