jueves, 11 de diciembre de 2014

LAS ISLAS TERCERAS



(Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 13 de mayo de 1902)
                                   Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

En mi anterior artículo, titulado Un pasaje de Plutarco, queda indicada la fecha del descubrimiento de aquellas islas por los portugueses o lusitanos. Se las ha llamado más comúnmente  islas de los Azores, o simplemente Azores, como es sabido. También queda dicho que tanto en ellas como en el grupo de Madera, descubierto antes por los lusitanos -1418 a 20- no hallaron gente alguna, ni hay noticia de que jamás hubiera allí población, antes de esas respectivas fechas.

Pero me parece curioso añadir algunos pormenores respecto al descubrimiento de las islas cuyo antiguo nombre encabeza estos renglones. Ya desde mediados del siglo XIV eran visitadas dichas islas por navegantes italianos, y señaladas en sus mapas o cartas de marear. Pero tampoco puede  fueran éstos sus primeros pobladores. 

Es sumamente verosímil  [ilegible en el ejemplar consultado] de ellos, las reconocieron [ilegible en el ejemplar consultado] y cartagineses. Lo mismo  puede decirse respecto a los grupos de Madera y Cabo Verde.

Después de esta fecha otros navegantes tropezaron con esas islas perdidas y vueltas e encontrar diferentes veces.

En cuanto a las islas Terceras o Azores,  éstas [ilegible en el ejemplar consultado]  sus historiadores (1), los cuales atribuyen -como ya tengo manifestado- al capitán Gonzalo Vedio su descubrimiento, por los años 1431 hasta 44, es decir, que fue poco a poco y en diferentes viajes como lo realizó.

El conocido y famoso Globo de Beheim hace mención de esa descubierta, y dedica a esas islas una explicativa nota o leyenda. Las cartas de marear italianas del siglo XIV, ofrecen el diseño grosero e incorrecto de dos de los grupos de islas oceánicas que he citado, o sean Madera y Azores. El portulano llamado de Médicis (data del año 1351) divide este último archipiélago en tres partes, a las que respectivamente denomina islas de Cabrera, de Ventura o de las Palomas, y de los Cuervos marinos; a la que después se ha llamado Tercera, dice isla de Brazi. Pero otras cartas de éste mar que se conservan  y corresponden al mismo siglo XIV,  dan nombre particular a cada isla de esas, y lo mismo las del siglo XV. Entre las primeras son notables las dos cartas Catalanas o mallorquinas, que  Mr. Avezac cita en su conocida obra sobre las islas africanas, y de las cuales la más antigua es del año 1375.

La isla hoy llamada de Santa  María —Azores— figura en dichas cartas italianas y españolas con el nombre de Uovo, Ovo u Obo; la de San Miguel es llamada Cabrera, y también Capraria; Tercera conservó largo tiempo su antiguo nombre de Brazi, Brazil ó Brasil, y se dice lo debe como la tierra firme a la madera tintórea que producía, y es bien conocida en todo el mundo; San Jorge es llamada San Zorzo, o Zorzi; Fayal, llamada así más tarde por sus bosques de hayas, se llamaba entonces isla de Ventura,—en algunas cartas se dice de la Ventura; Pico es la antigua isla de las Palomas, Columbi o Colombis; Flores es la Conigi, y Corvo conserva simplificado su nombre primitivo de Corvi marini. La Graciosa no figura en dichas cartas.

Ya tengo dicho en el otro artículo citado, que más tarde, aunque en el curso del XV siglo, fueron llamadas Infierno, y Oséls o isla de las Aves, dos de esas islas, y que ésta última se llamó después Azores o de los Azores. 

Concluyo estos breves apuntes consignando otra vez que las mismas cartas españolas e italianas del siglo XIV, presentan el grupo de Madera, incluso las desiertas, y aún las Salvajes. Madera es allí llamada Legname—voz que tiene igual significado; Puerto Santo figura con ese nombre, hasta en el portulano de 1351, lo mismo que la isla anterior. Las Insule Deserte también remontan a esa fecha; pero las Salvage Salvaze no empiezan a parecer sino en la carta catalana de 1375, según lo observa Mr. d' Avezac en su citada obra, de la cual he tomado casi todas estas noticias.

Por manera que no solamente puede afirmarse que los españoles conocieron estas islas oceánicas, y las frecuentaron, desde los primeros tiempos del Renacimiento, y aún desde la Edad Media, sino que compartieron con los italianos la gloria de ser los restauradores de los conocimientos náuticos en Europa, y fundadores del arte actual de la navegación y construcción de buques, o ciencia naval, que tan grandes progresos tiene hechos en nuestros días. 

En cuanto a las Canarias, no es aquí donde nos ocupamos particularmente de ellas.  Así solo diremos  que no solo en varias de las cartas citadas, sino también en otras del mismo tiempo se hallan ya diseñadas con los diversos nombres que constan en la historia. Además, bien puede asegurarse que cuando fueron erigidas en Principado, en 1344, ya se tendría una o más cartas geográficas referentes a ellas, lo mismo que cuando, pocos años antes, en 1341, envió el rey de Portugal una armada a reconocerlas, y si posible hubiera sido, conquistarlas. Es, pues, de creer que aun cuando no sean muchas las cartas de aquel tiempo llegadas hasta nosotros muchas debió haber coetáneas y anteriores a las conocidas y conservadas hasta hoy. El portulano de Messía de Viladestes, y el de Jacobo o Santiago Ferrer, que otros llaman Jaime o Juan Ferrer(2),donde también figuran las Canarias y la costa de África fronteriza, comprueban lo mismo que antes manifestamos, esto es, que la Marina española e italiana fueron las primeras de Europa durante un largo periodo de tiempo. No solo en estas comarcas de Occidente, sino también en las de Oriente, se distinguieron nuestros marinos, como es bastante conocido por todos, y además puede verse en una multitud de trabajos históricos.

                                                                                                                             SOMAR

(1) Los primeros que han escrito sobre esa materia se dice fueron los P. P. Gaspar Fructuoso, y Antonio Cordero, en los siglos XVI y XVII respectivamente.
(2) Juan Ferne, catalán, le llaman algunas relaciones antiguas, y parece ser el mismo Ferrer, de la isla Mallorca, mencionado en las caitas de 1346 y en otras posteriores.

martes, 9 de diciembre de 2014

UN PASAJE DE PLUTARCO (II)



                     (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 21 de mayo de 1902)
                              Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

He indicado anteriormente que el epíteto de Fortunadas fue aplicado indistintamente, en lo antiguo, a casi todas las islas del Atlántico y del Mediterráneo, aún cuando las Canarias se reputaran por las más afortunadas entre las de ese nombre.

También queda insinuado que la distancia señalada por Plutarco, entre sus afortunadas y el continente, inclina a creer que se refería a las islas Azores o Terceras.

Por último, queda también dicho que a causa del atraso de la navegación en los tiempos antiguos, y de lo tímido y arriesgado de la misma, eran pocas las exploraciones que se hacía del Océano, y de consiguiente, unas mismas islas eran descubiertas y perdidas diferentes veces. Hasta eran con frecuencia tomadas unas islas por otras y viceversa — o que al cabo viene a ser lo mismo, —islas diferentes eran tomadas por unas mismas. Esto sucedía también respecto a los cabos y promontorios, ríos, montes, etc., y se explica sin dificultad, por causa del atraso general de la geografía.

Los lusitanos o portugueses creían que fueron ellos los descubridores de Madera y Azores, y lo creyeron asimismo otras naciones, hasta que se han visto en las cartas del siglo XIV que todas esas islas habían sido ya descubiertas mucho tiempo antes, y hasta designadas muchas de ellas con los mismos nombres que los portugueses les dieron.

Gonzalo Velho Cabral pasó por ser el descubridor de las Terceras—en 1431 o 32; pero he aquí que la carta catalana de Gabriel de Vallsequa tiene escrito que en 1427 el piloto español Diego de Sevilla halló esas islas, navegando al servicio del rey de Portugal. Dicha carta de Vallsequa es del año 1439 el mismo capitán Velho Cabral no descubrió la isla de San Miguel hasta el año 1444.

Son curiosos los nombres de ésas islas en la carta citada: Sparta, Quatrila, Infierno, Truydols, Oséls, etc. La llamada Infierno ofrecía, como en aquéllos tiempos la de Tenerife, una serie casi continua de erupciones volcánicas, y la de Ozelz o de las Aves acabó por dar más tarde su nombre a todo aquel grupo. Esas aves, si no eran azores, fueron al menos llamadas así.

Capraria, y también Cabrera, es llamada una de esas mismas islas en otras cartas del siglo XIV, por la multitud de cabras que allí encontraron los primeros exploradores; lo mismo sucedió en Canarias, donde hubo isla Capraria, como es sabido, y con ese nombre la designaron varios autores.

Ahora bien, aún cuando está fuera de duda que las islas oceánicas han sido descubiertas y perdidas distintas veces, no por ello debe incurrirse en el error análogo al de una sola descubierta, o descubrimiento único. En efecto, en las cartas antiguas solía añadirse muchos años después del de su fecha, el trazado de nuevos países descubiertos, y como no por eso se alteraba la fecha de la carta, ni el nombre de su autor, resultaba un aparente sincronismo; se tomaba todo el contenido del mapa por cosa coetánea, y por consiguiente parecía que tal o cual descubrimiento, hecho, por ejemplo, en el siglo XV,
databa del XIV. Por ello se ha cuidado mucho, al estudiar y analizar esas antiguas cartas, de comparar la letra de sus diferentes partes, y aún el color de la tinta, si bien este último indicio conduce con frecuencia a error, por que tintas antiguas suelen conservarse, mejor que otras posteriores.

Por lo demás, el pasaje de Plutarco a que hacen referencia estas observaciones, habla de habitantes, como el de Horacio relativo a nuestras islas; y desde el momento en que se las supone pobladas, ya no cabe, tomarlas por las Azores, ni por las dos del grupo de Madera. Si acaso éstos dos últimos grupos tuvieron, habitantes antiguamente, la memoria de ellos se ha perdido, y es bien sabido que sus descubridores lusitanos no hallaron gente en uno ni otro archipiélago.

No faltan escritores, y sobretodo geógrafos, que dando crédito a los diez mil estadios que dice algún manuscrito de Plutarco, lo que viene a ser cosa de cuatrocientas leguas, se inclinen a creer que se trata de las dos islas llamadas antiguamente Antilia y Brasil, que en las cartas viejas aparecen ora en un paraje, ora en otro, a causa de la inseguridad de su situación. Muy pocos navegantes llegaban hasta ellas, y de ahí la vacilación respecto al sitio que ocupaban. Generalmente las tomaban por las más occidentales del Atlántico, y algunos creían que desde ellas hasta el Asia no mediaba muy gran distancia, y que había otras islas situadas entre aquellas y el citado continente asiático. Cuando fue descubierta la América, se creyó sin duda que Antilia era Cuba, o tal vez Haití, y por ello las llamaron Antilias, voz que después se ha convertido en Antillas. En ellas había población, y bajo ese punto de vista pueden disputar a nuestras Canarias la fama que las dieron Plutarco y otros autores.

Pero, aparte de que aquella distancia de cuatrocientas leguas no es aplicable, aun teniendo en cuenta el antiguo atraso de la geografía, a las verdaderas Antillas, 63 muy problemática la distancia que Plutarco señala, como ya anteriormente dejamos indicado; y si acaso debe leerse mil estadios, y aún dos mil, de ningún modo podemos llevar tan lejos el país de los bienaventurados, que mencionan, no solo aquél sino también muchos otros autores antiguos.

Si estaban pobladas las Fortunadas que menciona el autor de la Vida de Sertorio, no es fácil desposeer, ni aún disputar a las islas Canarias, su antigua prerrogativa, sea cual fuere la distancia del continente europeo o africano a que se las supusiera colocadas.


                                                                                                                 SOMAR.

lunes, 8 de diciembre de 2014

UN PASAJE DE PLUTARCO (I)



                          (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 20 de mayo de 1902)
                                  Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC


Sucede con este famoso autor griego lo mismo poco más o menos que con todos los anteriores al invento de la imprenta; raro es el pasaje del mismo que no aparezca con variantes o divergencias según los diversos manuscritos. Estas divergencias a veces son secundarias y de poca o ninguna importancia; pero otras veces son graves y distorsionan completamente los textos.

Si nos tomamos el corto trabajo de comparar el fragmento de Plutarco que pone Viera en su conocida obra, con el que Chil trae en la suya, veremos que no concuerdan enteramente, a pesar de ser indudablemente el mismo pasaje de aquel autor. Sobretodo difieren enormemente en un punto esencial que es la distancia de estas islas al inmediato continente; y es esencial eso por que si adoptamos la distancia de diez mil estadios indicada por Chil –cosa de quinientas leguas- mal puede afirmarse que sean las Canarias las (sic) por Plutarco; serían más verosímilmente las de Madera y Puerto Santo.

Pero Viera solo señala una distancia de mil estadios la cual permite suponer que puedan ser las islas de Lanzarote y Fuerteventura las indicadas por Plutarco.

Es verdad que este autor no habla más que de dos islas; pero eso se explica fácilmente, considerando que dos solas vieran los navegantes que dieron a Sertorio y a sus compañeros la noticia de ellas. La navegación de este mar en aquel tiempo era escasa y difícil; los buques por lo regular no se separaban mucho de la tierra o sea del continente africano; así es que por lo común sólo visitaban las dos islas más orientales del archipiélago tuvieran o no noticia de las restantes.   

Vamos a ampliar estas observaciones reproduciendo el mismo pasaje de Plutarco, tal como aparece en la traducción de dicho autor hecha por Mr. Dacier, y publicada en París, el año 1762:

«Aquellas islas hallan separadas una de otra por un pequeño brazo de mar, y separadas del África cosa de dos mil estadios. Se las llama islas de los biena-venturados. En ellas llueve raramente, y las lluvias que caen son suaves. No se experimenta allí sino unos vientos benignos, siempre impregnados de rocío, que fecundan de tal modo la tierra, que no solamente ésta daría las más pingües cosechas a poco que se la cultivase, sino que por si sola, sin cultivo, produce toda clase de frutos, y en abundancia tal, que con ellos basta para la alimentación de los habitantes, sin que se tomen éstos ni el más ligero trabajo; por manera que aquellos felices mortales pasan su vida en un constante reposo. Allí el aire está siempre puro y sereno, sin experimentarse la menor enfermedad, por lo inalterable de la temperatura y suavidad de las estaciones cuyos cambios nunca son rápidos sino insensibles. Y esto consiste en que los vientos de nuestro Continente, lo mismo que los del Norte y Levante, llegan a aquellos parajes rotos y quebrantados; y aquellos que del mar vienen, cuales son los del Sur y Poniente, al recorrer besando la superficie de las olas, se impregnan de humedad y menuda lluvia, que fertiliza singularmente los campos, haciendo que ahí la tierra presente una rara fecundidad. Por ello es opinión general, hasta entre los pueblos bárbaros, y aún tomada como dogma religioso, que están allí los Campos Elíseos y mansión de los Bienaventurados, cantada por Homero»
A menos que hoy se tenga una idea muy equivocada de la distancia que representa un estadio , hay que desechar desde luego como errónea la separación indicada por Chil, de éstas islas respecto al continente; es decir, la indicada en la edición de Plutarco que el ilustrado doctor Chil tuvo a la vista. Resta sólo elegir entre la edición vista por nuestro erudito arcediano Viera, y la vista por mí en lo respectivo a ese detalle. Acaso deba leerse doscientos en vez de dos mil estadios; pero esto es solamente una conjetura mía, y no pretendo afirmar que sea errónea la distancia que Viera señala, ni que el estadio sea mucho menos que la vigésima parte de una legua(1).  Tampoco me atrevo a afirmar que esas islas mencionadas por Plutarco no sean Madera y Puerto Santo, o acaso las Azores.

Es indudable que las Azores, Madera, Canarias y otras muchas islas, han sido diferentes veces descubiertas, y diferentes veces perdidas. Las cartas o mapas de éstos mares, anteriores ni siglo XV traen ya señaladas todas esas islas; y en particular el famoso Portulano de Médicis, designa a dos o tres de las Azores con el nombre de insule de Ventura, que es lo mismo que llamarlas Afortunadas.

Por otra parte, la relación transmitida por Chil no dice precisamente que la consabida distancia sea con respecto a la inmediata costa continental. ¿Deberá entenderse respecto a Andalucía, o las riberas del Betis, que fue donde los navegantes vieron a Sertorio, y donde según parece tenían su residencia y punto de partida para los viajes en nuestro Océano?

También es de notar, que a su vez la narración de Plutarco, que lo he transcrito según la traducción de Dacier, no dice precisamente que sean solamente dos islas, sino que éstas islas se hallan separadas entre sí, o una de otra, por un corto brazo de mar. Como se ve, esas frases pueden aplicarle a varias islas de un mismo archipiélago, cercanas entre sí y apenas separadas por canales estrechos.

(Concluirá)


                                                                                                                  SOMAR

(1) Dacier cuenta 25 estadios en legua, como puede verse en la pág. 86 del mismo tomo.

sábado, 6 de diciembre de 2014

LAS ISLAS GÓRGADES O GORGONAS



(Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de mayo de 1902)
                                  Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC


Los geógrafos antiguos solían llamar así al archipiélago de Cabo-Verde; pero no por eso dejaron de aplicar el mismo nombre a otras islas de nuestro mar Atlántico, como veremos después. La geografía antigua era bastante confusa, como es sabido; y no podía menos de serlo, por lo escaso de las navegaciones y viajes de exploración.  Ese archipiélago que acabo de nombrar, dicen  unos que le dio su nombre, y otros que le tomó del cabo fronterizo. Las islas Verdes se llamaron, y al cabo solían designar con el nombre de cabo de las islas Verdes.


Cuando por los años 1344 el Pontífice Clemente erigió el principado de las Canarias a favor del infante D. Luis de la Cerda, o Luis de España —como dice la Bula,—le concedió todas las islas llamadas Afortunadas, así del Océano como del Mediterráneo; pero la deficiencia de conocimientos geográficos hizo que fuera incompleta la nomenclatura; solamente se citan en la Bula las siguientes islas: Canaria, Ningaria (1), Pluviaria, Capraria, Junonia,  Embrónea (2), Atlántica, Hespérida, Cernent, Gorgona, y la Goleta—ésta última situada en el Mediterráneo, como lo advierte la misma Bula.


Yo entiendo que en esa nómina faltan los nombres de varias islas; pues  al concederse a D. Luis todas las islas oceánicas entonces conocidas, y alguna o algunas del Mediterráneo, entiendo también que deben ser comprendidas las Azores, Madera, Cabo Verde y  acaso las del golfo de Guinea, a que pertenece la llamada  Cernent o Cerne, según opinión de varios comentadores del Periplo de Hannón. Los navegantes italianos, y también los mallorquines, conocían todas esas islas mucho antes que los portugueses o lusitanos; estos últimos descubrieron la Madera por los años 1418 o 20, y mucho después las Azores.


Está ya hoy  poco más o menos fuera de duda que las famosas y temidas gorgonas  de los antiguos, no fueron otra cosa que lobos o vacas marinas, abundantes en estos mares y que dieron nombre al islote entre Lanzarote y Fuerteventura. Los mapas antiguos le llaman, no islote, sino isla de Lobos; pero la Madera reclama también para sí este nombre sin perjuicio de nuestro islote y sin perjuicio tampoco del suyo de Madera o Legnaine, como dicen las antiguas cartas italianas.


En una obrita impresa en Funchal, año 1891, titulada Excursiones en Madera, se lee—pág. 41—que en aquella isla se llama desde lo antiguo Cámara de Lobos una villa y su territorio, a causa de los muchos lobos marinos que  en su costa y bahía o ensenada aparecían (3).


Pero muchos creen, no sin fundamento, que los lobos o  vacas marinas abundaban también en otras islas, incluso por supuesto en las de Cabo-Verde, aun cuando no conserven  hasta hoy el nombre de islas de lobos o Gorgonas. La mitología, o más bien los poetas sacaron partido de las vacas marinas, como le sacaron de tantas otras cosas.

Según Hesíodo, las górgades tenían su morada cerca del Jardín de las Hespérides, y convertían en piedras a los que las miraban. Entre todas tenían un solo ojo, que se prestaban unas a las otras, y de su boca salían unos colmillos parecidos a los de elefante o de jabalí.
¿Quién no reconoce ahí  a los morsos, dugongos y otros anfibios?


Los pocos navegantes que en los tiempos de Hesíodo y de Homero penetraban en el Atlántico, se despachaban a su gusto al hablar de sus hazañas o proezas, y de sus portentosos descubrimientos; y después los poetas no les iban en zaga, sino que aumentaban lo maravilloso, hasta desfigurar enteramente las noticias, o por lo menos, una parte de ellas.


Perseo parece que tuvo la suerte de sorprender durmiendo a algún morso, — tanto aquel como sus compañeros creyeron al pronto que el monstruo no tenía ojos— y la suerte mayor de cortarle la cabeza. No fue preciso más para convertir esa hazaña en la más grande que hasta entonces  se había realizado; y si Perseo se quedaba corto, allí estaban los poetas para agregar lo que Perseo no se atreviera a decir, aunque no pecara de corto.


Pero hay todavía una raza más  exageradora que los poetas, y es la de ciertos comentadores de la fábula o mitología. De todas las estufas, dice el célebre Alejandro Dumas, es la etimología la que produce las flores más extrañas; y podemos añadir que los etimologistas y comentadores logran con frecuencia hasta deducir lo contrario precisamente de aquello que la fábula dice.


Así ha sucedido con las gorgonas o górgades. Los poetas embrollaron la verdad, más todavía que los navegantes; pero los comentadores, expositores, etimologistas y en general aspirantes a dar explicación de los mitos, la han acabado de ocultar, y héchola desaparecer.


Otras gorgonas hubo sin duda, que nada tienen que ver con aquellas; pues de la raíz griega gorgos se formaron varios nombres.


Hubo gorgonas en el continente de África, cerca del lago Tritón, y en otras partes. Los unos creen fueron unas mujeres varoniles que combatían como las amazonas; los otros opinan que fueron gorilas u orangutanes. Sea de ello lo que fuere, claro está que éstas y otras gorgonas que parece hubo en varias partes del mundo, no fueron las de nuestro mar Atlántico, ni las que dieron nombre a las islas de que en los presentes renglones nos hemos ocupado.


SOMAR

(1) Ningaria y Nivaria son sinónimos, como derivados de Ninguis y Nivis—genitivo de Nix.
(2) La llamada Ombrion, y también Ombrios, por los griegos, voz que equivale  a Imbria y Pluvialia.
(3) Camera dos Lobos se dijo en lo antiguo, tanto en portugués como en italiano y en castellano. Los italianos conservan esa voz; pero los castellanos y lusitanos dicen hoy Cámara en vez de Camera.

jueves, 4 de diciembre de 2014

DOS OCTAVAS DE TASSO



                   (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 21 de abril de 1902)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC


Mi modesto artículo titulado un pasaje del Tasso, nos ha proporcionado, al público en general y a mi en particular, la satisfacción de leer un nuevo e interesante trabajo del señor D, Luis Maffiotte. Yo me adhiero desde luego al dictamen de que Viera copió de Galindo las dos octavas consabidas; pues aún cuando en su Biblioteca de autores canarios habla del Gofredo (l) de Cairasco como de una traducción vista por sus propios ojos, hay que tener en cuenta que mediaron diez u once años entre la publicación del primero y el cuarto tomo de la obra de Viera, y bien pudiera suceder que nuestro erudito Arcediano leyera dicha traducción después de impreso aquel tomo.

Sea de ello lo que fuere, y sentando también desde luego que tanto eso como lo que me resta que decir, es cosa de poca o ninguna importancia, me parece que Cairasco tradujo directamente del Tasso las octavas 35º y 36º del canto XV, aún cuando no aparezcan en algún manuscrito de aquella traducción. Se funda esta opinión en la mera comparación de ese pasaje en ambos autores.

He aquí el texto de Tasso; el de Cairasco puede verse en la obra de Viera, y en el curioso trabajo de Maffiotte que citamos al principio de estos renglones.

«Ecco altre Isole insieme, altre pendici scopriatto al fin, men' erte & elévate, et eran queste I' isole.Felici,» &

Creo superfluo, repetir aquí el resto de la estrofa, por haberle ya transcrito en mi indicado artículo. La siguiente dice así;

«Qui non fallaci mai fiorir gli olivi, e' l mel dicea stillar da 1' elci cave, e scender gia da lor montagne i rivi, con acque dolci e mormorcio soave; e zéfiri e rugiade, i raggi estivi,
temprarvisi, che mulo ardor v' e grave; e qui gli Elisi Campi e le famose stanze de le beate anime pose.«

Si comparamos con las dos octavas reproducidas por Galindo y por Viera ese fragmento del Tasso, me parece no cabrá duda en que son la traducción del mismo. Es cierto que un pasaje de Horacio y otro de Plutarco, dicen casi lo mismo, y que bien pudo el Tasso imitar ahí indistintamente a cualquiera de aquellos dos autores; pero los aludidos versos de Cairasco, tienen tanta semejanza con los que acabo de transcribir, que no puedo dejar de tomarles por su traducción casi literal.

Véanse ahora aquí los de Horacio, y no transcribo los de Plutarco, por que basta con pasar la vista por el párrafo que Viera les dedica;

«Reddit ubi Cererem tellus inarata quotanis, et impútata floret usque vinea;germinat & nunquam fallentis termes olivae
suamque pulla ficus ornat arborem;
mella cava manant ex ilice; montibus altís
levis crepante lympha desilit pede.

«Illic injussae veniunt ad mulctra capellae,

refertque tenta grex amicus ubera;

nec vespertinus circumgemit ursus ovile,
neque intumescit alta viperis humus:»

También estimo por demás seguir copiando a Horacio, en atención a que tanto esos versos como los siguientes de aquella Oda, les tengo ya transcritos en el mismo trabajo publicado en este DIARIO, que ya queda mencionado; es decir, que allí puede verse la traducción de ellos.

Dice el Sr. Maffiotte que el poeta Cairasco no quiso traducir las octavas 33 hasta 36—ambas inclusive—del canto XV, y que en su lugar puso otras originales suyas; pero como en el ejemplar que poseo de la Jerusalem libertada (2), las dos estrofas u octavas de que nos ocupamos son precisamente las 35ª y la 36ª, me cabe la sospecha que no sean esas mismas las que indica Maffiotte, a causa de alguna diferencia que pueda haber entre el citado ejemplar impreso que poseo, y el que tuviera a la vista dicho Sr. Por otra parte el mismo vuelve a asegurar, poco después, que esas dos octavas corresponden a la adición hecha por el poeta canario al  texto del poema original.

Portada de la edición de 1691 de Jerusalem libertada

Sin embargo de lo que dejo dicho, no puedo menos de preguntar: ¿Cómo es posible que falten aquellas dos estrofas que he transcrito, en edición alguna, cuales quiera que ella sea, del poema de Tasso? ¿Y cómo sostener que las dos octavas de Cairasco, que reproducen sucesivamente—con ligeras variantes— Galindo, Viera y Maffiotte, no son indudablemente una traducción de las mismas antedichas?

Que se parecen a los correspondientes versos de Horacio, y a la prosa de Plutarco referente al mismo asunto; nadie lo duda ni puede racionalmente dudarlo, como que el Tasso imitó a uno de dichos antiguos, acaso a los dos, en aquel pasaje.

Que el P. Abreu Galindo creyera por ello que el poeta canario tradujo a Horacio, en vez de traducir al Tasso, tan poco es de extrañar, por que aquel padre, según parece, no era muy fuerte en literatura, y acaso le fuera desconocido el citado poema italiano.

Así, pues, concluyo esta especie de aclaración, de poco o ningún interés, como ya dije antes, felicitándome nuevamente de que mi modesto trabajo haya despertado en el ilustrado y erudito Sr. Maffiotte el deseo de darnos a conocer un largo fragmento de las obras de Cairasco y deseando muy sinceramente que de su pluma veamos algo más en las columnas del DIARIO.

                                                                                                        SOMAR



(1) En realidad el poema del Tasso se titula, como es sabido, Il Goffredo, o  vero Gierusalemme líberata.

(2) Edición del año 1691, hecha en Venecia.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

RECUERDOS HISTÓRICOS: SICILIA (III)



               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 29 de marzo de 1901)


Nada diremos de Palermo y de Lilybéa, antiquísimas colonias fenicias, según se cree, y que los cartagineses y libi fenicios, sucesores de los fenicios, poseyeron alternativamente con los sicilianos; porque éstos siempre que podían hacerlo, echaban afuera de su isla a todos los intrusos. Casi siempre lo conseguían, y los mismos romanos, a pesar de su poder colosal, y de haber atacado a Sicilia precisamente cuando se hallaba en el apogeo, se vieron repetidas veces rechazados, y con gran dificultad lograron apoderarse de Siracusa, capital entonces de la isla. Ya que hablamos de esa célebre ciudad, diremos dos palabras más sobre la misma, y también sobre otros parajes que la son comarcanos. Entre Aci de San Felipe y la próxima aldea de Nicetti, está la gruta del cíclope Polifemo el que aplastó bajo una roca al pastor Acis, porque allí le sorprendió en los brazos de la ninfa Galatéa. Agis dice la mitología que fue convertido en una fuente y su arroyo, que todavía hoy se ve en aquellos sitios.

Sobre la pequeña isla llamada Ortigia, muy próxima y casi tocando a Sicilia se dice que fundó el griego Archias una colonia de corintios. Esta colonia prosperó tanto, que se extendió por toda la inmediata costa siciliana, y allí se formó la gran ciudad de Siracusa que llegó a contener un millón de habitantes, el mejor puerto de la isla, y unas flotas de guerra y comercio que rivalizaron largo tiempo con las de Cartago, y aún vencieron a éstas repetidas veces. Verdad es también que a los puertos de Palermo, Catania, Mesina, Agrigento y Lilybea salían asimismo flotas y buques mercantes, que llevaban su comercio por todo el Mediterráneo, y aún por el Atlántico hasta larga distancia de las columnas de Hércules.

La riqueza y suntuosidad de aquella metrópoli siciliana superó a la de casi todas las demás del mundo. Es dudoso que Nínive, Babilonia, y aún Roma llegaran en ningún tiempo a igualar o sobrepujar a  Siracusa en su respectivo apogeo.

Entre las mil estatuas de los mejores escultores antiguos, que adornaban sus templos y otros monumentos, se conservan hasta hoy algunas, en el Museo de la misma ciudad, y en otros de Italia y de Europa. Muchas de esas estatuas han sido mencionadas por diversos autores, tanto antiguos como modernos, con gran encomio. La Venus Callypige es una de ellas y de los que han llegado a nuestros días. Las hermanas Callypiges eran siracusanas y tan hermosas, que diferentes artistas célebres de la anti- güedad las retrataron, en cuadros y estatuas, o copiaron unos la obra de los otros. Casi siempre las tomaron por modelos de Venus.

También se ven hoy restos notables de los antiguos templos de la misma ciudad; y es una peregrinación de poetas y artistas la fuente de Aretusa, ninfa de Diana que sufrió aquella metamorfosis, según dicen los poetas antiguos.

 Arquímedes, que acaso fue el hombre más notable de su época, además de las mejores fortificaciones y máquinas de guerra de los siracusanos, construyó en lo alto del Plemyrima—fuerte o ciudadela, —la famosa obra eólica de aquel tiempo; era cuatro animales de bronce, haciendo frente a los cuatro puntos cardinales, cada uno de los cuatro al soplar el viento de aquella parte, producía unos sonidos armoniosos y variados, según unos autores, y según otros repetía exactamente la voz del animal correspondiente. Sea de esto lo que fuere, es indudable que aquel celebre mecánico e ingeniero dirigió los trabajos del gran barco que el soberano de Siracusa—Hieron 2º—regaló al de Egipto, barco que contenía baños, jardín, biblioteca, salón de baile y reunión, un templo capilla y otras dependencias. Así lo afirman varios autores y en particular Ateneo.

Es cosa sabida, y por ello huelga repetirla, que el genio de Arquímedes fue el mejor defensor de aquella ciudad, en el terrible sitio que la pusieron los romanos, al mando del famoso cónsul Marcelo.

Se ven todavía las ruinas del palacio de Agatocles, llamado también de los sesenta lechos, porque en efecto aquel sirucusano daba ahí hospitalidad constante y gratuita a sesenta viajeros, que naturalmente se renovaban, es decir, que entraban unos cuando otros salían. Agatocles uno de los millonarios del país, no era solo quien daba hospitalidad, ni el solo que hizo por su parte crecidos gastos y desembolsos de utilidad pública. Esto nos hace recordar a otros funcionarios públicos de nuestros días, que si bien nada hacen de su propio peculio en beneficio público, en cambio estafan al público cuanto pueden, y váyase lo uno por lo otro. En realidad, le está bien eso al mismo público, que por decirlo así los crea; puesto que con su sufragio los eleva y pone arriba, porque no encuentra o no sabe hallar en sí mismo otra cosa mejor.

Terminaremos estos recuerdos de aquella ciudad, consignando que además de la fuente Aretusa, se ve en aquellas inmediaciones la de Cyane, que Ovidio asegura fue la más célebre ninfa de Sicilia en aquella época mitológica; Cyane fue también convertida en arroyo, y casó con otro arroyo de distinto sexo, llamado Anapo; en cuanto a Aretusa nunca quiso acceder a las súplicas del río Alfeo, que en vano la persiguió a través de las selvas y de las floridas praderas. En cambio Anapo y Cyane, reunidas sus aguas por indisoluble lazo, bañan hasta hoy aquellos campos, y juntos van a perderse en el seno de Anfitrite o sea del Mediterráneo, unida a su vez con Neptuno por el estrecho de Gibraltar.

La Sicilia fue cuna no solo de ninfas mitológicas, sino también de otras de carne y hueso. Además de las Callípiges, ya nombradas, nació en la misma isla  la célebre Laís, que conducida a Corinto fue admiración de los griegos, que tantas y tan célebres bellezas tenían es su propio país, y como Laís, nacieron en dicha isla infinitas mujeres.

Dos palabras, para concluir, acerca de la historia prosaica de Sicilia, después de la caída del coloso Romano.

Los sarracenos prosiguieron las invasiones en Italia y Sicilia que antes batían los Cartagineses; y a su vez a los romanos a los cartagineses y sarracenos sustituyeron los pueblos del Norte. Estos eran innumerables y de distintos nombres. Algunos no se con- formaban menos que con llamarse gentes de Dios, tales fueron los godos y los teutones o tudescos—God, lo mismo que Teu o Teud significa Dios.—Es más, se llamaron modestamente dioses, a si mismos. Pero hubo entre ellos una raza o sección, que conservó la pimple de denominación de normandos, que en realidad era aplicable a todos ellos. Estos normandos fueron unos guerreros infatigables, que después de apoderarse de aquella parte de Francia que hasta hoy se llama por eso Normandía atacaron las islas Británicas y las ganaron sin mucho trabajo.

Los lombardos les ceden una parte de Italia, con la condición de que la defiendan contra los sarracenos, como lo hacen con la misma fortuna que casi siempre les acompañaba. En el año mil y tamos de nuestra Era ya eran señores de casi todo lo que después se ha llamado reino de Nápoles; en 1037 auxilian al emperador de Oriente en la conquista de Sicilia sobre los sarracenos, que la tenían casi toda sometida.

Pero ya por los años 1060, los africanos habían vuelto a caer sobre la misma isla; y entonces los normandos de Nápoles emprenden por su propia cuenta la expulsión de aquellos y fundan el reino que llaman de las dos Sicilias, apoderándose además del país griego de Atenas y Corinto —año 1146. —Poco después, por falta de recta varonía, pasa la Sicilia a Enrique de Suabia, por su matrimonio con la heredera normanda. Ya dijimos, al comienzo de estos apuntes, como la casa de Suabia fue sustituida por la francesa o provenzal, y como a esta sustituyó poco después la aragonesa y catalana.

                                                                IV

Hemos dedicado principalmente a Sicilia este recuerdo, porque si bien no es el único país que hasta hoy conserva una población casi primitiva, es sin duda uno de aquellos que la historia, por decirlo así, ha mimado y complacídose en perpetuar su memoria. Las islas del Mediterráneo, casi todas, conservan también su primitiva población menos alterada que los países del continente Europeo, en su parte meridional. Pero muchas de ellas, o la historia las ha olvidado, o no han merecido su recuerdo. De las Baleares, por ejemplo, casi no hay más tradición antigua sino la de la habilidad de sus habitantes en el manejo de la honda. Diríase que por lo demás fueron tan bárbaros como los cíclopes y lestrigones de Sicilia; pero a estos sucedieron aquí otros pueblos cultos—si acaso no fueron esos mismos que se civilizaron,—mientras que no se dice lo mismo de aquellas otras islas occidentales, como tampoco de Serdeña—que torpemente escribimos Cerdeña,—ni de Córcega ¿Es que de casualidad la Historia las olvidó, durante mucho tiempo, o que se han perdido sus noticias? Pudiera ser así; pero es indudable que en ellas no hay o no quedan esos vestigios de una antigua cultura que abundan en Sicilia. Para hallarles tenemos que mirar al Oriente, o sea a aquella parte del citado mar interior, que desde Sicilia se extiende hasta Rodas.

No cede en recuerdos históricos y aún poéticos a la primera de esas dos islas, la segunda, ni las islas griegas y jónicas. Envuelve a las Cycladas y a las Espórades un baño poético, como las envuelven las azuladas ondas de aquel mar, entre cuyas espumas nació Venus, al decir de la mitología. Ovidio ha inmortalizado a Chipre—la antigua Cypris o Cyparisos,—no menos que a Cyteres—la actual Cérigo;—y no fue solo Ovidio quien en sus versos las ha cantado; desde Homero y Píndaro hasta los poetas de nuestros días, casi todos, poetas e historiadores, se han complacido en dedicarlas un recuerdo, no menos que a Creta o Candía, a Samos donde nació Juno, De los que fue la cuna de Apolo y de Diana Milo —antiguamente Melos, —cuya célebre estatua de Venus está hoy en París, y que tal vez no sea de ésta diosa, y tantas otras islas que poetas e historiadores de consumo han ilustrado, ora con relaciones fabulosas y mitológicas, ora con otras verídicas y rigurosamente exactas.

                                                                                                         SOMAR

lunes, 1 de diciembre de 2014

DESCUBRIMIENTO DE LAS ISLAS CAROLINAS


                (Artículo Publicado en el Diario de Tenerife el 15 de marzo de 1901)

En el año 1748 se publicó en París una obra cuyo titulo es Recueil a'observations curieuses, y que en efecto, como ese título lo indica, contiene muy curiosas noticias  sobre diferentes pueblos de Asia, América, Oceanía, etc. El capítulo 14º del tomo primero está dedicado a las Carolinas, y según dicho capítulo—que es el único que dedica a esas islas,—su descubrimiento no es antiguo, ni fue debido a los navegantes europeos. Es verdad que ese descubrimiento virtualmente pertenece a nuestra nación, puesto que en las Marianas, ya descubiertas y colonizadas por españoles, se tuvo por primera vez noticia de aquellas otras islas, según se consigna en la misma obra. Pero deja remos estos preámbulos, para entrar de lleno en materia, adviniendo tan solo que no copiaremos íntegro el tal capítulo, sino aquellos párrafos del mismo que estimamos mas interesantes y curiosos.

«En 1721 una barca bastante parecida a las marianesas, fondeó junto a una ribera desierta de la isla Guahan—una de las Marianas, —por la parte del Naciente, cuyo país o costa se llama Tarafoso. Había en la barca veinte y cuatro personas, de las cuales, once hombres, siete mujeres y seis muchachos. Un indio marianés que por allí andaba pescando, dio aviso de ello al jefe de la próxima aldea, que acudió al punto, y con maneras y palabras corteses inclinó a saltar en tierra a los forasteros.

«Aquella embarcación había salido con otras cuatro, de la isla Farroilep con destino a la de Ulcé; —Carolinas—pero en el tránsito habían sido dispersadas por un fuerte vendaval del Poniente»

Hasta ahí lo respectivo al descubrimiento o primera noticia que en las Marianas se tuvo de aquellas otras islas; luego sigue hablando de los indios carolinos, y lo dice así lo siguiente:

«Son de talla aventajada y bien formados; sus cabellos son crespos, nariz algo gruesa, buenos ojos y barba espesa; se taladran las orejas y en ellas ensartan diferentes objetos; también se pintan el cuerpo, como casi todos los salvajes. Su color es vario, los unos son como los indios en general, otros son mestizos de españoles e indias, y también hay algunos mestizos de negros e indias. Su idioma, aunque varía bastante de una isla a otra, parece proceder de uno solo, que es el árabe. Atribuyen al Sol, a la Luna y a las estrellas, respectivamente, un alma razonable.
»No tienen templos, ídolos, ofrendas o sacrificios ni culto alguno formalizado. A veces encierran los cuerpos de sus difuntos en túmulos de piedra, que conservan en sus propias casas o habitaciones. Otras veces les sepultan lejos de ellas, rodeando cada sepultura con un muro también de piedra. Cerca de los cuerpos dejan algunos alimentos,
por la creencia en que están de que las almas de los finados absorben alguna parte de dichos víveres y se alimentan poco o mucho con ellos. Creen en un Paraíso o lugar de recompensa para los buenos, y en un Infierno destinado a los malos. Dicen que las almas que pasan al Cielo, vuelven a la Tierra a los pocos días, y permanecen invisibles entre sus parientes y amigos. A estos espíritus bienhechores llaman Tahu Puts, palabras que significan Santos Patronos; cada familia tiene su Tahuput, al cual reverencia y acude en sus necesidades.
»Los habitantes de la islas de Yap tienen una especie de culto más bárbaro; reverencian a un cocodrilo. Los matrimonios se hacen allí y se deshacen fácilmente, y ambos cónyuges tienen igual derecho al divorcio.
»E1 gobierno está en manos de unas cuantas familias distinguidas, cuyos jefes se llaman Tamoles; además, cada distrito o provincia tiene su principal tamol o jefe, al cual obedecen los otros. Esos jefes dejan crecer su barba hasta medio pecho, lo cual entienden que les hace mas respetables. Sus habitaciones son verdaderas casas, bastante cómodas, con entalladuras y pinturas hechas naturalmente a su manera y según un arte rudimentario En cada población hay dos casas o especie de colegios destinados respectivamente a la educación de los adolescentes de ambos sexos.
»Las ocupaciones principales de los hombres en las Carolinas consisten en construir sus embarcaciones—especie de barcazas,—en la pesca y en la labranza o cultivo del terreno; las mujeres hacen la cocina y demás trabajos domésticos, y aún ayudan a sus maridos en las siembras y recolección de frutos, lo mismo que en todo lo respectivo a la fabricación de telas y toda clase de tejidos, según su manera y elementos de que disponen. Carecen en absoluto de hierro y de otros metales; pero hacen de pedernal diversos instrumentos cortantes, incluso unas hachas de diferentes tamaños con las que cortan sus maderas. Todo el hierro y algunos otros metales que allí hay, les viene de los barcos extranjeros que recalan por aquellas aguas, y los jefes indígenas se apoderan de dichos metales, para hacer armas y otros utensilios, que suelen repartir entre los carolinos más distinguidos, mediante cierta retribución que estos dan, disputándose unos a otros el derecho de poseer tales objetos.
«Son aficionados al baile, como todos los salvajes, y por lo regular cada sexo tiene sus cantos y bailes, en los que no entra el otro sexo». Debe, sin embargo, repetirse aquí que estas costumbres fueron observadas en aquellas islas a mediados del siglo pasado o sea el XVIII «El canto de aquellas mujeres es triste y monótono; pero se adornan para cantar en coro, con multitud de diges, plumas, etc., en la cabeza, cuello, orejas y aún en la nariz; sus brazos y piernas tienen brazaletes trabajados con gran habilidad, según sus medios e instrumentos de que pueden disponer.
»Finalmente aquellos insulares, como tantos otros antiguos y modernos, se ejercitan desde la infancia en la lucha, el tiro de piedras y en general de armas arrojadizas. No conocían la flecha en aquel tiempo.
»Se dice que Martín López piloto español, pasaba con su nave desde Méjico a las Filipinas, en 1566,y formó con otros veinte y ocho tripulantes el proyecto de echar  al resto en una isla desierta, apoderarse de la nave e ir a piratear y comerciar en los mares de la China y Japón; pero se frustró su plan y fueron ellos mismos abandonados en una de las Carolinas, o Palaos, donde enlazados con los indígenas, formaron una nueva raza de gente, que atendido el corto contingente europeo, adoptó casi todos los usos y costumbres de los naturales de aquel país. Esta tradición, que corría bastante acreditada hasta en el pasado siglo, asegura que la descendencia de aquella gente europea se extendió por los dos archipiélagos y apenas se distinguía de los demás indígenas cuando nuevamente los españoles penetraron en aquellos».

De ese relato se deduce que las Carolinas, como tantas otras islas, han sido descubiertas y olvidadas o perdidas más de una vez. Lo mismo, poco más o menos sucedió con nuestras islas Canarias, Madera, Azores y otras del Atlántico y en general de todos los mares y partes del mundo.


                                                                                                                         SOMAR