jueves, 25 de septiembre de 2014

ANTIGUEDADES CANARIAS: CONQUISTADORES Y CONQUISTADOS (I)




 (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 1 de abril de 1899) 
                                  Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Desde las más remotas épocas que registra la historia de todas las naciones, se observa que los hombres han sido los unos conquistadores, y los otros conquistados; bien entendido que esa diferencia ha sido debida a las circunstancias en que unos y otros se han hallado. El pueblo vencido lo ha sido generalmente a causa de su relativa inferioridad de poder o fuerzas, no por haber sido menos conquistador que el pueblo vencedor.

Sentado ese principio, que considero axiomático, claro es que me había de extrañar el empeño demostrado por muchos extranjeros, y aun nacionales, en vituperar a los españoles por sus conquistas, empeño que les ha llevado hasta la infame exageración de inventar crueldades  inauditas, y atribuirlas a los españoles, sin acordarse ni mentar poco ni mucho las de los pueblos vencidos, mejor dicho, procurando encubrirlas para mejor conseguir su objeto.

Respecto a los guanches o antiguos habitantes de Canarias lo mismo que a los del Nuevo Mundo, ya antes de ahora ha sido demostrada la falsedad con que los unos por malicia, y los otros por ignorancia, han dicho que perecieron, que fueron extinguidos o exterminados; siendo constante no sólo que no sucedió semejante cosa, sino que desde los tiempos de esas conquistas, hasta nuestros mismos días, han venido constituyendo el fondo o principal contingente de población aquí y en América.
En Canarias la sangre guanche o indígena ha sido siempre la dominante y después de ella la española y portuguesa o lusitana. Es preciso ver los antiguos archivos, o sea los índices y extractos tomados de ellos, para darse cuenta del sin número de gente portuguesa que aquí vino, de Madera, Azores y de la misma península; esa época fue sin duda de una gran abundancia y desborde de población en toda la península Ibérica y eso explica la colonización inmensa que españoles y portugueses hicieron en Asia, África y América. El mundo, por decirlo así, se lo repartieron las dos naciones, estableciendo en el mar Atlántico una línea divisoria trazada en Roma por la mano del sumo Pontífice.

Pero una buena parte del vulgo de estas islas, y de fuera de ellas, ha dicho según dice, otros mil disparates. Puesto que no vemos aquí guanches con sus correspondientes vestiduras de pieles hablando una jerga ininteligible—con el fondo de la garganta, a modo de beduinos,—claro es que los exterminaron nuestros mayores, o sea los conquistadores y esto lo dicen aquí precisamente los descendientes de los guanches exterminados, sin ocurrírseles ni caber en su imaginación que los pequeños pueblos conquistados toman, generalmente y más o menos pronto, el idioma, religión, leyes y costumbres de sus conquistadores. He nombrado los antiguos archivos de éstas islas, y confieso a mi vez que antes de pasar la vista por sus también ya antiguos y curiosos extractos, no podía figurarme que fuese tan grande el número de indígenas que aquí aparecen como otorgantes y como testigos, en toda clase de documentos públicos; siendo muy de notar que no solamente muchos de aquellos sabían ya poner sus firmas al pie de los documentos, desde los primeros decenios que inmediatamente sucedieron a la conquista, sino que lo hacían con una escritura tan correcta como la de los españoles y portugueses.
En esos primeros decenios se indicaba a cada cual de los indígenas con la voz natural, cuando lo era de la misma isla; sin embargo, a los de Tenerife solía decírseles guanches, a los de Gran Canaria, canarios, y así respectivamente a los de las otras islas. En cualquier documento de aquel tiempo, en que se lee por ejemplo: Agustín de León, canario; Pedro de Lugo, canario; Juan de Vera, canario, etc., debe entenderse se habla de indígenas de aquella isla, según se entiende que lo fueron de Tenerife si en lugar de canario se dice natural o guanche.
Y esto hace recordar que también engañado por los nombres y apellidos, ha creído el vulgo, aquí y en América, que no viene de guanches y de indios, sino de españoles. Es increíble el número de indígenas de estas islas que tomó de sus padrinos de bautismo nombres o apellidos—con frecuencia ambas cosas a la vez;—siendo también de notar que al pasar los indígenas desde unas islas a otras, como conquistadores y pobladores, en unión de los españoles a su vez apadrinaban  indígenas conquistados; hasta en su isla  respectiva se apadrinaban unos a otros en el bautismo, y en plena paz, y, transmitían sus nombres y apellidos europeos; de todo lo cual resulta que, en muchas partes, las personas que hoy llevan apellidos europeos, de aquella procedencia, son más numerosas que las otras que les llevan por ser en realidad de origen europeo. Esto pasa naturalmente, no sólo en Canarias, sino también en América, y en algún otro país; contribuyendo además no poco a la confusión de razas, el número infinito de esclavos —blancos y negros—que tomaban de sus amos los nombres y los apellidos, según por costumbre desde la más remota antigüedad. Cada romano antiguo, por ejemplo solía tener un centenar de esclavos y libertos, de su mismo nombre o apellido. 

Respecto a las datas o repartimiento de tierras y aguas, que en Canarias como en América se hizo por los conquistadores a los indígenas, es bien sabido fueron datas numerosísimas, y de ello ha hablado largamente y con gran copia de datos el finado y conocido autor Mr. Berthelot. Hizo ver el error disculpable de Viera y Clavijo, quien por no tener noticia de una multitud de datas, supuso a éstas infinitamente menos numerosas de lo que realmente fueron, y poco le faltó para creer que se había extinguido la raza de los guanches.

Ese error es tanto más disculpable cuanto más general ha sido, no sólo entre legos sino también entre eruditos; muy pocos han tenido ocasión ni  voluntad de pasar la vista por los antedichos  archivos o extractos de los mismos, y en, éstos precisamente es donde consta la consideración que merecieron y desahogada situación en que quedaron los naturales o sea indígenas de éstas islas,  después de su conquista. Es tal el cúmulo de documentos públicos que otorgaron, que no solamente demuestra los cuantiosos bienes que quedaron poseyendo, sino que puede hacerse con los mismos documentos, incluyendo en ellos sus partidas sacramentales y otros conservados en los archivos de las Iglesias, la historia o sucesión de muchísimas familias, a pesar de faltar muchos documentos a causa de descuidos, incendios, guerras y en general injurias del tiempo.

 En las que fueron nuestras posesiones de América, puede asegurarse  sucedió lo mismo. También se va viendo en esos mismos datos o documentos, el progresivo enlace y fusión de conquistadores con conquistados, particularmente entre los sucesores o descendientes de unos y otros.
 Así puede decirse, en conclusión, que los españoles no fuimos exterminadores de los guanches, ni mucho menos, y que guanches son en su mayoría y atendida  su procedencia, hasta los actuales habitantes de todo éste archipiélago.

(Continuará)

                                                                                                   R. GARCÍA-RAMOS
  EL CESARISMO EN ROMA (III)

                  (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 23 de marzo de 1898)

(Continuación)
 Decíamos anteriormente que el ejemplo de Mario fue contagioso, por que viendo otros personajes de aquel tiempo la facilidad con que se llegaba a una especie de dictadura a favor de las revueltas políticas, empezaron a revolver a su vez… Entre ellos el primero y más distinguido fue el cónsul Lépido, que aun aguardó a que Sila falleciese para levantar una facción; pero fue vencido y desapareció de la escena. Luego vino Catilina solicitando a gritos el consulado, repetidas veces por que ya había sido pretor, y ofrecía todo lo que Lépido había ofrecido y mucho más, si llegaba a coger la sartén por el mango; pero fracasó en lo del consulado, y entonces tomó otro camino para ver de atrapar la dictadura. Otro personaje le secundó, llamado Léntulo, y además Malio, reuniendo entre todos un fuerte ejército que dio bastante que hacer a los cónsules. A duras penas se les pudo derrotar, y también desaparecieron de la escena. Antes o después de ellos hizo Cesar su primer ensayo, y trató de sublevar a los pueblos de la Lombardía. y marchar al frente de ellos contra Roma; pero fracasó igualmente, porque su hora todavía no había llegado.
Marco Emilio Lépido
Lucio Sergio Catilina
Cayo Mario el joven





 Sin embargo, muertos ya Lépido, Mario el joven, Cetego, Léntu o, Malio, Ciña el joven, Carbón y otros varios jefes, quedó Cesar haciendo la primera figura de su partido, y entonces fue cuando transigió con sus contrarios, y propuso unirse a ellos para el bien común (según decía) y para llegar más pronto al consulado. Las dos primeras figuras de Roma entonces eran Pompeyo y Craso, y a ellas se unió Cesar formando lo que se ha llamado el primer triunvirato. Había además un cierto Clodio, que había sustituido a Catilina (ya muerto también) en la jefatura del bando más revoltoso; pero Cesar tenía bastante talento o buen sentido para no unirse con semejante hombre.


Cneo Pompeyo
Marco Licinio Craso



 Y sin embargo, Catilina y Clodio eran miembros de la más alta y más antigua nobleza romana, que no pudiendo figurar en primera fila, tomaron la resolución de acaudillar la muchedumbre. Es decir, que el desecho de la clase alta se puso a la cabeza del desecho de la baja, o sea de la gente más torpe e ignorante; todos los criminales y gente perdida de Roma y de sus cercanías, formaban el núcleo y el nervio del bando de Catilina; y Clodio envidio tal jefatura, considerándose como un grande hombre cuando logró a su vez acaudillar a la misma gente.

 Por fin obtuvo Cesar el consulado, que tanto anhelaba, y le obtuvo como él mismo esperaba con el poderoso auxilio de Pompeyo y de Craso (que pasaba por ser el hombre más acaudalado o más rico de toda la República). Este nuevo y alto cargo conseguido por Cesar, estrechó más su alianza con aquellos dos magnates, y estrechó a la vez los lazos del triunvirato; siendo por decirlo así omnímodos la voluntad y poder de aquellos tres hombres, aunque sus caracteres no eran del todo iguales. Pompeyo quería su propio engrandecimiento y casi lo mismo el de la República; pero Craso y Cesar preferían mucho el suyo propio, con esta diferencia, que el uno nada veía mejor que la opulencia y la vida cómoda y regalada, mientras que el otro cifraba su ambición en el mando supremo.

Durante su consulado, Cesar concertó el matrimonio de su hija con Pompeyo, y el mismo casó con Calpurnia, habiéndose divorciado hacía tiempo de su primera esposa. También hizo que se le señalara por futuro gobierno el de las Galias y la Lliria. Le sustituyeron en el consulado Calpurnio Pisón y Aulo Gabinio, y partió en seguida para su gobierno de las dos provincias. Algún tiempo después el triunviro Licinio Craso, envidiando la gloria que Cesar se había adquirido por sus conquistas en las Galias y en la Gran Bretaña, ensayo también a conquistador; pero se las hubo con los Partos, nación poderosísima y rival de Roma, y fracasó en su empresa, que le costó la vida.

 Quedó pues disuelto el triunvirato, que había mantenido en cierto modo el equilibrio y la paz en la república; pero aún se conservó por algún tiempo la concordia entre los dos sobrevivientes, o sea entre suegro y yerno. Pero esta concordia había de durar muy poco para el bien de la nación, siendo el comienzo de su ruptura el prematuro fallecimiento de Julia la esposa de Pompeyo. Sin embargo, si la ambición de Cesar no hubiera sido tan desmedida, muy poco hubiera significado para la tranquilidad pública la muerte de Julia ni la ruptura del triunvirato; menos aún hubieran influido esos sucesos para la pérdida de la libertad, si los romanos o italianos hubieran sido entonces más amantes de esta.

¡Oh homines ad servitudinem paratos! dijeron con razón varios romanos, y lo mismo han dicho otros italianos y una multitud de personas de todos los países Ya por aquel tiempo los pueblos de Italia se iban disponiendo por si mismos a sufrir la servidumbre; y acaso por ello se decidieran Cesar y aun Pompeyo a hacer lo posible por conservar el mando y aun perpetuarse en el mismo. Una grave enfermedad que el segundo de dichos dos jefes experimentó, y de la cual logró restablecerse, bastó para que en toda Italia se dedicaran acciones de gracias a los dioses, se llenaran de gente los templos, y se hicieran otros extremos, y cuando aquel magnate regresó de Nápoles, donde pasó su enfermedad, todo el camino hasta Roma fue llevado como en triunfo, y las gentes hacían lo que veían hacer, y se excedían unas a otras. Era ya aquello la superstición de los que adoran en fetiches, y poco faltó para que creyeran que era Júpiter que pasaba, o todavía algo más que Júpiter. En Roma no faltó sino colocarle en el principal templo y adorarle. Verdad es que toda aquella chusma le hubiera apedreado, si la corriente hubiera venido o se hubiera iniciado por ahí. Dicen los historiadores romanos que jamás se había visto una ovación semejante, y que al saberse esto en el resto de Italia, comenzó por toda ella otra contradanza igual. Todos querían adular a cual más, y el mismo Pompeyo quedó sorprendido, y sin saber si él era un dios o aquella gente una turba de idiotas.

 Y no vaya a creerse que esa adulación hacia dicho general y procónsul (lo era a la sazón) partía solamente del pueblo más humilde o más pobre; casi todos o sea ricos y pobres incurrían en igual bajeza y merecieron igual censura. Lo mismo a poco más o menos hicieron después con César, y lo hubieran hecho con el moro Muza, si éste viviera entonces y hubiera hecho un principal papel o tenido un alto mando.

No vamos aquí a entrar en detalles sobre la guerra civil que comenzó poco después y que es conocida de toda persona medianamente ilustrada. La pasaremos por algo y reanudaremos el relato después de la muerte de Pompeyo y de la vuelta de César a  Roma; pero advertiremos que si merece crédito el testimonio de varios autores, entre ellos Cicerón, a poco de comenzar esta guerra mediaron algunas proposiciones de arreglo entre ambas partes, y en ellas se mostró César más comedido que su rival. Ambos obedecían también a  la voluntad de sus partidarios, pudiendo decirse que la mayoría del Tribunado opinaba como César y veía en éste un defensor de las prerrogativas del mismo cuerpo, y al contrario el Senado, dónde si bien había una minoría disidente, la mayoría estaba con Pompeyo y le estimulaba a proseguir la guerra.
 César hizo que el pretor Lépido (que era de su partido) le nombrase dictador, desde los principios de dicha guerra; la facultad de hacer tal nombramiento correspondía por las leyes romanas a uno de los dos cónsules, previo acuerdo del Senado; pero los dos cónsules actuales estaban con Pompeyo. También desde los principios de la guerra el nuevo dictador pasó a Roma, y allí reunió a los senadores de su bando y completó su número por medio de los acostumbrados nombramientos. El mismo fue nombrado cónsul, cargo que no era incompatible con la dictadura en aquellos tiempos, aunque lo había sido en los antiguos.

Ya terminada la guerra, el año 707 de Roma el Senado cometió la bajeza de amontonar sobre aquel mismo hombre los títulos de Emperador y Padre de la Patria (si hubiera muerto casualmente, en vez de padre, le hubiera de clarado enemigo de la patria), y además la dignidad consular por diez años seguidos o consecutivos, y la dictadura perpetua. Como a Pompeyo cuando salió de su enfermedad, sólo faltó que se le hubiera erigido un templo y levantado altares. Además, se declaró que su persona en lo sucesivo sería sagrada e inviolable; verdad es que los tribunos del pueblo gozaban desdé lo antiguo de este mismo privilegio, que por una extraña anomalía nunca se concedió á los senadores, pretores, cónsules ni otro magistrado alguno.

 Viéndose pues el bueno de Cesar (como más tarde Napoleón) tan superiormente adulado (y esto no tanto por temor como por deseo de medrar a su sombra y amparo), creyó que no sería abusar de la platitud de aquellas buenas gentes arrogarse la facultad de nombrar para cónsules a quienes él quisiera y por el tiempo que fuera de su voluntad. Hasta entonces el cargo consular duraba un año; pero desde que Cesar fue señor de sus vasallos, como el cargo de cónsul poco significaba ya, su duración no tuvo plazo fijo. También hizo desde su vuelta a Roma (cuando concluyó en Iberia la guerra contra los hijos de Pompeyo), una hornada de catorce pretores, y otra de cuarenta cuestores a la vez. Los gobiernos de las provincias los confería por separado, a las personas de su agrado; pero como los tribunos del pueblo; y algunos senadores se quejaron de aquel abuso, y le manifestaron que el pueblo romano quedaba de ese modo absolutamente privado de sus antiguos y sagrados derechos; les concedió la gracia de que, reservándose para sí todo nombramiento consular, compartiría, con el pueblo los restantes, mitad a cada parte, como buenos amigos que no habían de reñir por tan poca cosa.

 A tal estado llegó aquel gran pueblo, que había tantas veces condenado a muerte a todo ciudadano, que de cualquier modo tratara de restablecer la monarquía, que tan odiosa hicieron la muerte de Lucrecia y los ultrajes y omnímodo despotismo de Tarquino el soberbio.

                                                                                                                                    R. GARCÍA-RAMOS.

(Concluirá)

miércoles, 24 de septiembre de 2014


 EL CESARISMO EN ROMA (II)

                (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1898)
                        Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

(continuación)
 Mientras que en Italia proseguía dominando la facción de Mario, ya fallecido éste, Sila después de vencer repetidas veces a Mitrídates, le obligaba a solicitar la paz, y una vez concluido el tratado consiguiente, se puso en camino para Italia a la cabeza de su mermado ejército; pues además de la gente que había perdido en los combates, dejaba en Asia un grueso destacamento, a las órdenes de Murena su lugarteniente. Con el mismo Sila regresaba también un número considerable de Senadores y otros magistrados y personas notables, qué no habían querido o no habían podido permanecer en Italia durante la dictadura de Mario y sus secuaces.

Desde su llegada a Italia se encendió nuevamente la guerra civil, mal apagada; y entre los mas notables personajes que se declararon desde luego a favor del partido de Sila, se contó el gran Pompeyo, entonces bastante joven, pero que ya anunciaba lo que llegaría a ser algún día. En cuanto a Cesar, joven también, permaneció adicto al partido que aún dominaba, y del cual esperaba mayores ventajas para si propio, como que era sobrino carnal de la viuda de Mario y por consiguiente primo hermano del joven Mario, cónsul a la sazón. Además, Cesar estaba casado con una hija del finado cónsul Ciña, que había sido el primer hombre de aquella facción después del citado Mario el mayor. Entre las varias pruebas que existen de que muchos autores latinos de aquellos tiempos, o mas bien de los inmediatos siguientes, se mostraron parciales por adular a los Césares, o por temerles, hay una que vamos a exponer, advirtiendo de paso que otros varios autores que vinieron después, copiaron a sus predecesores, sin desconfianza, y de ello ha resultado robustecerse y pasar por verdades una porción de ficciones.

Los mismos autores convienen en que las fuerzas o tropas que Sila trajo a Italia, eran muy inferiores en número a las que se le oponían, y tanto, que no llegaban aquellas a la tercera parte de éstas. Pues bien, los dos cónsules romanos marcharon al encuentro de Sila y le atacaron, siendo batidos sucesivamente, y lo que es más extraño, pasándose a las banderas de aquel, casi sin combatir, la mayor parte de las tropas del cónsul Escipión y entregándole a éste. Sila compadeció la desgracia de aquel jefe y no quiso retenerle prisionero; le devolvió generosamente la libertad, lo cual no impidió que el mismo Escipión se pusiera nuevamente a la cabeza de otras tropas contra el mismo a quien debía él verse libre. Otra circunstancia rarísima se ofreció, y fue que los mismos pueblos italianos que recientemente habían obtenido la ciudadanía romana, no quisieron combatir contra Sila, o lo hicieron tan flojamente, que los cónsules les pidieron rehenes que sirvieran de garantía de su fidelidad.

Los diferentes cónsules que fueron nombrados sucesivamente, tenían a su disposición todas las fuerzas de la República, y sin embargo, no pudieron impedir la marcha victoriosa de Sila y de, sus, dos principales lugartenientes Pompeyo y Craso, a los cuales se unieren luego Mételo y varios otros personajes. Es denotar que ninguno de estos que acabamos de citar fue de los que habían hecho la guerra en Asia con aquel jefe, sino de los que se le unieron en Italia.

 No es nuestro propósito referir aquí los sucesos que tuvieron lugar durante la dictadura de Sila, el cual voluntariamente y hasta contra el deseo de una buena parte de la nación, renunció tan elevado cargo, a los dos años de haberlo obtenido; renunciando también a toda otra magistratura durante el resto de su vida.

Tampoco nos proponemos ahora hacer la historia de los acontecimientos que siguieron, hasta la elevación de Julio Cesar al consulado; pero someramente haremos algunas reflexiones y aduciremos algunos datos que basten a dar idea de la marcha de los sucesos y carácter de aquella sociedad y nación romana, bajo el gobierno de os sucesores de Sila.

 Ya por esos tiempos se iba desarrollando entre los italianos una inconsiderada ambición; poco les importaba que se encendiera la guerra civil (y de consiguiente se hundiera la nación), con tal de que cada cual mandara y enriqueciera. Verdad es que eso mismo se ha visto y verá casi siempre en todas partes, salvo en épocas felices, durante las cuales la emulación que se desarrolla es de desinterés y patriotismo verdadero. Durante esas épocas o períodos, las naciones se levantan y enaltecen, según decaen y se disipan cuando la emulación es la otra contraria.

 Varios de los cónsules posteriores a Sila (aun en vida de éste) tuvieron verdaderos pujos de dictadura e hicieron su respectiva comedia, y aun drama, para ver de alcanzar el desenlace apetecido; pero fueron mantenidos a raya por sus colegas y por el Senado. Por supuesto que esos aspirantes a dictadores entonaban el refrán de siempre, aquella cantinela tan conocida en que se habla de patria oprimida, libertad seducida, atropellada y por último violada o estuprada, con otros excesos; pero un perdone por Dios ahora solía ser la contestación que les daba la nación.

Ya hemos insinuado que la principal causa de la decadencia de la nación Romana consistió en la relajación, de sus costumbres, o mas propiamente dicho, en su inmoralidad. En los tiempos antiguos el amor de la patria estaba sobre todo, rayaba muy alto; y a este verdadero patriotismo acompañaba casi siempre la benevolencia para con los pueblos vencidos, a los que se trataba con benignidad, se les hacía justicia, y no se les oprimía. Es mas, los romanos procuraban anexionarse a esos mismos pueblos, dándoles casi los mismos derechos de la ciudadanía romana, a fin de formar un mismo cuerpo de nación, y por último dándoles la ciudadanía. Antes de la guerra social, ya habían obtenido en plena paz y sin violencia alguna ese derecho colectivo y amplísimo una porción de villas o ciudades aliadas de Roma, o sometidas anteriormente por esta nación.

Pero ya por los tiempos de que veníamos tratando, las costumbres habían variado mucho, y a los vencidos o simplemente a los pueblos de las provincias se les tiranizaba y explotaba de una manera más o menos escandalosa. El famoso proceso contra Verres es una buena prueba, entre muchas otras, de la verdad de lo que decimos; y desde los tiempos de la guerra contra Jugurta, rey de Mauritania, y aun anteriores, la justicia se vendía en Roma, como el mismo Jugurta lo declaraba y lo declaraban otros muchos.  Ya puede comprenderse que una nación que procede de ese modo, marcha hacia el despotismo, o lo que es igual, hacia el gobierno propio de todos los pueblos bárbaros; y que cuando empieza vendiendo la justicia, suele acabar vendiéndose a sí propia. En los comicios se vendían ya por este tiempo los votos como otro valor cualquiera declarado. Cuando un ambicioso deseaba un cargo cualquiera, estaba casi seguro de obtenerle si pagaba bien; y si aspiraba a un alto cargo lo hacía general o principalmente con el propósito de acabar por saquear una provincia. Para ello invertía todo su capital en la compra de votos, y si estos que obtenía le parecían insuficientes, tomaba a crecido rédito sumas enormes para cumplir otros. Si conseguía el cargo, al pasar más tarde a la provincia que le tocaba en suerte, llevaba consigo el séquito de sus acreedores, y todos saciaban su avidez a costa de los pueblos. La ley disponía que los cónsules y los pretores romanos, al cumplir el tiempo de su magistratura, pasaran al respectivo gobierno de las provincias, resolución acertada, pero de la cual se aprovechaban los interesados para hacer un escandaloso negocio.

Cesar hizo repetidas gestiones para obtener la pretura, y por último en el año 690 de la fundación de Roma (62 antes de J . C.) pudo digámosle así comprar uno de los varios cargos de pretor (había varios a la vez) Poco tiempo después compró el de Pontífice Máximo, a pesar de estar pública y fundadamente reputado por uno de los mayores libertinos de Italia. Estos cargos le parecieron con razón un excelente camino para llegar al consulado; pero es preciso hacerle justicia, prefería el consulado a un gobierno de provincia (las provincias entonces eran reinos enteros, por decirlo así), si bien no se negaba a utilizar la provincia para allegar recursos con que pagar los gastos que el otro  cargo había de ocasionarle, para lograr su obtención.

 Puede comprenderse fácilmente que en el estado de la sociedad romana de aquel tiempo, donde luchaban tantos intereses encontrados, la acusación y la calumnia recíproca estaban a la orden del día, Se hace enojosa la lectura de la historia Romana de esa época, por que casi se reduce a miserables intrigas, sobornos, falsedades y otros actos indecorosos, se ve en esa historia una serie de acusaciones ora fundadas ora infundadas o falsas, y una consiguiente serie de intrigas para absolver o para condenar.| En general las absoluciones se compraban, o se obtenían a viva fuerza por medio de motines, pagados al sin fin de vagos y gente perdida que abundaba en la ciudad eterna; y en este último casó la intriga consistía principalmente en conseguir que la fuerza pública ósea las tropas, no intervinieran.

 Algunos hombres de probidad, como Catón, Cicerón, etc., si querían servir a la República, se veían acusados falsamente por los miserables que querían separarles de todo cargo público, con el objeto de ocuparle y explotarle ellos, o por lo menos, para evitar que tan honrados e incorruptibles ciudadanos tomaran parte en el gobierno, pues no hallarían en ellos apoyo para sus infamias, y hasta serían castigados, sin que les valiera soborno alguno. Es cosa un tanto, incomprensible que aquellos y algunos otros buenos patriotas pudieran en aquellos tiempos obtener y desempeñar cargo público alguno.
 Unos cuantos magistrados íntegros, y el indomable valor y pericia del ejército, que por todas partes continuaba victorioso, era lo que mantenía el prestigio de Roma. |

Pero si bien el cuadro que esa gran república ofrecía en aquella época, era y es bastante repugnante, no por ello debe culpársele demasiado. Las otras naciones entonces y después o antes, ofrecían mayor barbarie; y hasta la Grecia, a pesar de su antigua y superior renombrada civilización, era presa de las más ruines y bajas pasiones, las que ya hacía bastante tiempo la tenían destrozada, humillada y casi envilecida.

                                                                                                                 

                                                                                      R. GARCÍA-RAMOS


(continuará)

EL CESARISMO EN ROMA (I)



 (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1898)


 No hay en toda la antigua y famosa Historia Romana periodo alguno cuyo estudio ofrezca más interés que aquel durante el cual la primitiva monarquía de dicha gran nación se convirtió en república, y sobre todo, aquel otro muy posterior, en que la república se convirtió en monarquía. Diremos de paso que la primera monarquía Romana no fue absoluta ni de derecho divino, como tampoco lo fue la segunda. El sena- do fue siempre un cuerpo moderador en el as, hasta que la tiranía de los emperadores, consentida por el ejército y aun por el pueblo, anuló una tras otra las atribuciones del Senado, después de anular las del Tribunado.

Aquí vamos a ocuparnos tan solo del segundo periodo citado, y aún así no nos proponemos hacer una historia detallada, ni mucho, menos, de tan señalada época sino un mero bosquejo o indicación de los principales sucesos de la misma.

 La gran guerra social había terminado, cuando se iniciaron en Roma los acontecimientos que habían de concluir con la república. La ciudadanía concedida por    Roma a los pueblos de Italia, apagó aquel gran incendio social, que estuvo a punto de destruir e gran poder que Roma había adquirido. Pero este derecho de ciudadanía se advirtió bien pronto que quedaba reducido a muy poca cosa, cuando el Senado resolvió que todos los nuevos ciudadanos no formaran más que ocho tribus nuevas, a pesar de ser igual o mayor el número de ciudadanos de dichas ocho tribus, que el de las muchas más que ya existían; pues ya es sabido que en los comicios cada tribu solo tenía un voto, y de consiguiente la representación de los nuevos ciudadanos quedaba casi anulada. Sin embargo, la guerra social había sido tan larga, sangrienta y desastrosa, que no se alteró por de pronto aquella paz tan largo tiempo deseada. Un incidente fortuito fue el origen de la nueva guerra, que se llamó civil para distinguirla de la anterior. Durante esta o sea la llamada social, varias otras naciones habían aprovechado la ocasión para recuperar lo que habían perdido en sus contiendas con los romanos, y en particular Mitrídates, rey o soberano del Ponto, había destrozado varios cuerpos de ejército y destacamentos que los romanos tenían en Asía y aun en la parte más oriental de Europa, había puesto guarniciones en Grecia y otros países independientes, y hasta se le acusaba de ser el principal autor de una grande y alevosa matanza de romanos e italianos que había tenido lugar en Asia, en un día señalado de antemano, y en la cual perecieron hasta los comerciantes e industriales.

 La guerra, pues, contra Mitrídates fue resuelta desde que en Italia se restableció la tranquilidad, y el Senado nombró al célebre general Sila (que se había distinguido sobre todos en la guerra social) para mandar el ejército destinado a operar en Asía.


Mitridates

Lucio Cornelio Sila
Julio Cesar 
Cayo Mario

 Pero ese mando lo deseaba ardientemente otro famoso general, o lo que aún es más verosímil, no se resignaba a consentir y se tenía por muy desairado y como afrentado de que el Senado prefiriese a un antiguo subalterno suyo, de menos merecimientos y de menos edad, contando Mario (que es el antiguo jefe de que hablamos) tantos triunfos y tantos consulados. 

 En efecto Mario, el famoso vencedor de los Teutones y Cimbros, el salvador de Italia (como solían llamarle), era aunque ya anciano la primera figura de la República; si bien durante la guerra social poco se distinguió, y hasta se asegura que retiró, sus servicios en el primero o segundo año de dicha guerra, protestando su falta de salud, verdadera o supuesta. En realidad y a pesar de su privilegiada constitución, parece que tuvo por entonces una grave enfermedad, y parece también por otra parte que se inclinaba a conceder la ciudadanía a los italianos. De cualquier modo, cuando el general nombrado para combatir Mitrídates salió de Roma con las tropas que de aquí llevaba, Mario y sus secuaces o partidarios, entre los cuales se contaban casi todos los miembros del Tribunado (cuerpo que rivalizaba en poder con el Senado), propusieron la disolución de las ocho nuevas tribus, y que sus individuos fueran distribuidos en las demás que ya existían antes de la guerra social. Se obtuvo esa innovación, y luego se pidió que fuera declarado nulo el nombramiento hecho por el Senado a favor de Sila, y se procediera a un nuevo nombramiento de general para el Asia, hecho por el sufragio de las tribus. También se consiguió esto último, y como era de esperar, resultó elegido Mario para tan importante cargo.

 Sila contramarchó inmediatamente y avanzó sobre Roma, llamado por el Senado según dicen unos, o de muto propio, según otros. Era uno de los dos cónsules de aquel año, y tanto el mismo como su colega y la gran mayoría de los Senadores desaprobaban las medidas últimamente llevadas a cabo por los tribunos y por los nuevos ciudadanos. Lo cierto fue que Mario y sus partidarios no pudieron evitar que su contrario penetrase en Roma, y los principales de aquella facción o partido salieron de la ciudad y a duras penas lograron escapar, o salvarse.

 Restablecido en su cargo partió nuevamente Sila para el Asia; pero a su vez volvieron sus contrarios a entrar en Roma y renovar los procedimientos anteriores, hasta conseguir no solo la destitución de aquel general y cónsul, sino que fuese declarado enemigo de la República.

 Por supuesto que las ocho tribus de nueva creación volvieron a fundirse en las treinta y cinco antiguas; pero ya en esto había menos empeño, o poco interés, en razón a que celebrándose siempre en la ciudad de Roma los comicios por tribus (como los otros por curias y por centurias), pocos eran los nuevos ciudadanos que acudían a ellos, en razón a su residencia habitual, que era en casi todos muy lejana de aquella ciudad. Aun en los tiempos anteriores, pocos votantes acudían a Roma desde el resto de Italia, para celebrar los comicios; por manera que casi toda la nación adoptaba o se conformaba con los acuerdos de su metrópoli.

 Mientras el famoso Sila continuaba en Oriente sus campañas, falleció en Roma el no menos célebre Mario, abrumado de cargos y honores, a la par que de años, y abrumando a la ciudad y a toda Italia con atropellos y asesinatos jurídicos; por cada victima de entre los de su partido que el contrario o sea el de Sila había hecho, sacrificaron Mario y los suyos, un centenar o poco menos; por manera que si más tarde, cuando el partido que acaudillaba Sila volvió al poder, hubiera hecho otro tanto, apenas hubiera quedado gente en Italia, salvo los parciales suyos. Pero la verdad es que las represalias de éstos no igualaron siquiera el número de víctimas de aquellos, o lo que es lo mismo, el partido de Mario se mostró muchísimo más implacable.

 Los historiadores y en general los autores romanos, casi todos ellos posteriores a la época de referencia, ora por adulación ora por temor a los Césares, disculpan todo lo que pueden el bando de Mario y culpan al bando contrario; pues es sabido que Julio César no solamente tuvo parentesco muy cercano de afinidad con Mario, o con la esposa de éste sino que fue el principal continuador de su sistema político, y su amigo de todos tiempos y situaciones. Decimos impropiamente sistema político, porque en realidad el sistema de Mario y el de César no fue otro que el de dominar en la República y enseñorearse de todo, como en los tiempos modernos sucedió con el emperador Napoleón. Ni éste famoso corso, ni Cesar ni Mario, fueron hombres que como el calumniado Sila, de plena voluntad, sin presión de ningún género, renunciaran a la dictadura y se conformaran con la vida privada. Por el contrario Mario se hizo así mismo, dictador, sin consentimiento de Senado ni del pueblo, o lo que es igual, sin que obtuviera a su favor tal nombramiento. Cesar le obtuvo para si mismo, y tanto le satisfizo, que no pensó en abandonar ese puesto, e irónicamente dijo que para descargar al pueblo en lo sucesivo del trabajo de elegir sus principales magistrados, el mismo se encargaría de hacerlo, y lo hizo en parte, esto es, reservándose nombrar la mitad de ellos. Ya tenía preparado el terreno para convertirse en monarca absoluto, cuando en pleno Senado le dieron la muerte unos cuantos hombres que, aun cuando amantes de libertad, no contaban con el apoyo de la mayoría de a nación. Quizá no sabían que los tiranos no vienen sino cuando las naciones quieren ser esclavas; y si lo sabían, se equivocaron respecto al modo de pensar de los romanos de aquel tiempo. Pero volvamos atrás, para no seguir anticipando el relato de los sucesos.

                               
                                                                                       R. GARCÍA-RAMOS

(Continuará)

martes, 23 de septiembre de 2014

LOS ATLANTES

                                   (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 9 de marzo de 1898)

Hay una noción, indicada por nuestro Viera Clavijo — libro 2º, párrafo 2.°,—en la cual me parece no se han fijado bastante los diversos autores que han tratado acerca del origen de los canarios o guanches; noción que consiste en cierta noticia de una nación antiquísima de atlantes, establecida en la parte mas occidental del viejo mundo, y para cuya existencia no se hace preciso admitir la de la Atlántida, famosa y problemática isla o tal vez Continente, que se dice haber sido sumergido bajo las olas del mar de su mismo nombre.

Antes de pasar adelante, hagamos una salvedad. No negamos ni afirmamos la existencia de dicha región sumergida; pero si acaso existió, bien pudiera ser ella la que dio su nombre al mar Atlántico; dicho esto, volvamos al asunto de los presentes renglones, empezando por copiar las palabras de Viera. Refiérese este autor a los que han opinado que nuestros guanches pudieran haber sido un resto o reliquia de la nación de los atlantes; y luego añade por su propia cuenta, las siguientes palabras:

Quizás volveríamos a embarazarnos aquí con las dificultades sobre la isla Atlántida de Platón, si para probar la existencia de los hombres Atlántidas fuera precisa la existencia de aquella tierra; pues aun los mismos, que la consideran fabulosa, reconocen que hacia el Occidente de África y Europa, hubo una nación antiquísima de Atlántidas  como la hubo de pelasgos en Grecia,  de aborígenes en Italia, y de autoctones en las Galias; la cual era una colonia de egipcios, descendientes de Neptuno, esto es, habitantes del Océano, magno, cuyas guerras con los pueblos más allá de las Columnas de Hércules, dejaron no so que confusa memoria en la tradición de los hombres. De manera que esta especie de gente debe ser tenida por el tronco fecundo de cuantos en lo primitivo habitaron nuestras islas y sus contornos.
Mapa antiguo en el que aparece la supuesta Atlántida

 Esa existencia de los atlantes sin la Atlántida, se explica teniendo en cuenta lo famoso que fue el rey Atlas africano, y otras circunstancias (que mencionaremos después; y si hubo tal nación de atlantes, es a su vez sumamente verosímil que de ella, mas bien que de la cordillera mauritana (que ni aún se divisa desde el mar) tomase nombre el hasta entonces llamado Océano occidental.

Según la mitología, que es el principió de la historia, el famoso Atlas fue uno de los titanes, hermano de Prometeo, de Epimeteo, y de Menecio, hijos de Japeto y de Climene, una de las ninfas oceánidas; casó con Pleyone, y en ella tuvo siete hijas, llamadas Pleyades,  y también Atlántides; y reinó en la Mauritania  o sea la parte occidental del África superior.
   
Pero el Oráculo de Themis se asegura que le había anunciado que un día sería atacado y destronado o desposeído de su reino por un descendiente de Júpiter, advertencia que Atlas tomó muy en cuenta, así fue que cuando supo que su huésped el famoso Perseo era uno de los descendientes o hijos de aquel dios, tomó por vía de buen gobierno la resolución de echarlo de su país, con o sin palabras de buena crianza; pero no sabía con quien se las había, y Perseo a su vez por toda contestación le puso delante la horrible cabeza de Medusa, con lo que bastó para que Atlas quedara convertido en un monte elevadísimo, que no falta quien asegure es nuestro pico de Teide.

 ¿Quien, a través de esas ficciones mitológicas, no entrevé algo de histórico, por lo menos  la existencias del Atlas y su dominio o señorío en el África occidental? Tenemos además otras noticias del mismo soberano o monarca, las cuales aunque envueltas también en fábulas, no dejan de ser apreciables y dignas de ser tenidas en cuenta, sobre todo tratándose de unos tiempos ya tan remotos, acerca de los cuales por desgracia todas las nociones son de la misma índole.

 Se lee en varias obras antiguas que desde África pasó a Iberia, al mismo tiempo que el famoso Hércules, un príncipe o magnate llamado Héspero, que se unió a aquel conquistador y le secundó eficazmente en sus empresas y que este Héspero fue hermano (otros dicen hijo) de Atlas, y y sucedió a Hércules en el mando de la Bética y de otras regiones de Iberia. Pero que un su hermano, llamado Atlas o Atlante, acudiendo también desde África a explotar nuestra Península, acabó por suplantar a su hermano en el gobierno o señorío de la misma y extendió sus conquistas mucho más que Héspero, el cual tuvo que refugiarse en Italia.

 Añaden dichas crónicas que el mismo Atlas pasó a Italia, con un grande ejército compuesto principalmente de gentes de Iberia, y que se apoderó de casi toda la isla de Sicilia, y de una parte de la península Italiana. Lo cierto es que los antiguos historiadores romanos (y aún griegos) dicen que en época remota pasaron a Sicilia en son de conquista algunas gentes de España o Iberia.

De todo ello puede inferirse como cosa verosímil que existió un famoso personaje, conquistador o rey llamado Atlas o Atlante, que pasando el Estrecho de las Columnas, se anticipó muchos siglos a los mahometanos que hicieron lo mismo cuando en España dominaban los godos.
 Y como a ambos lados del Estrecho había soberanos de aquel mismo nombre, pudiera bien suceder que por ello fuesen llamados atlantes los pueblos del Occidente, según se ha visto muchas veces en diversos países, esto es, que de los reyes han tomado nombre los pueblos. Eso es verosímil, pero no lo es tanto que los atlantes de aquella época vinieran a las Canarias; preciso sería para ello que su marina se hubiera anticipado a la fenicia y cartaginesa en los progresos de la navegación, o que admitiéramos otra hipótesis no menos aventurada, cual es que las islas orientales del grupo Canario se extendieran en aquellos tiempos hasta cerca del Continente inmediato. En realidad, el continuo embate de las olas puede bien ocasionar una reducción grande en un país cualquiera, además de los rápidos o lentos hundimientos que en muchas partes se han observado y se observan aún. Hasta el mar pudiera haber venido en aumento, de muchos siglos a esta parte, y cubierto una gran porción de costas y terrenos bajos.

 Decíamos que de los reyes han tomado nombre muchos pueblos; pero acaso en África hubiera pueblos que se llamaran así, y lo mismo varios de sus monarcas, sin que precisamente pasara el nombre de estos a aquellos, ni viceversa. Esto es muy posible, y también lo es que de los unos y los otros tomasen su nombre el mar inmediato, o sea el mar Atlántico.

 La voz atlas, que tiene realmente cierto aire de africana parece, significaba valiente o fuerte (quizá fuera sinónima de gigante), y de ella se derivó el nombre de atleta, que desde fecha muy remota se daba a los hombres agigantados o muy frozudos, que luchaban en los espectáculos públicos. Es bastante verosímil que tomaran el epíteto de atlantes o atlántides (que vale lo mismo) ciertas gentes o pueblos que se distinguían por su talla aventajada y por sus fuerzas, cualidades muy estimadas por los antiguos; y estas, consideraciones corroboran la idea o noticia histórica, de que hubo, en otro tiempo un gran pueblo de ese nombre que se extendía por las dos orillas del Mediterráneo hasta el Océano, y por Norte y Sur del estrecho en que Hércules implantara el Non plus ultra.

 ¿Y quien sabe si el nombre de Atlántida no sería primitivamente un adjetivo, que se aplicó a la famosa tierra celebrada por Platón? . Tal vez se la llamara la grande al Océano el mar grande (esto es, atlántico), lo mismo que se llamó Atlas á la cordillera mauritana, por su elevación y grandeza. En tal caso, ya tenemos también una explicación del nombre antiguo de la isla de Tenerife y de su monte gigantesco.

Hemos dicho que es dudoso que los atlantes del Continente pasaran a las Canarias; pero no por ello se puede decir qué los atlantes no fueron los primitivos habitantes de este archipiélago.

 Estuvieran o no unidas en lo antiguo al Continente, en las mismas islas no hay inconveniente en suponer una población de igual linaje que la continental, hipótesis que se hace tanto más verosímil cuanto más verosímil parece que en un tiempo el país Canario, no estuvo separado por el mar de la tierra firme Africana.

  No obstante eso, y sin negar que en época remotísima fuera un mismo linaje de gente el que poblaba este archipiélago (o tierra firme) y la parte vecina del Continente, cosa a la verdad sumamente verosímil, Sin embargo, nos parece dudoso que los atlantes llegaran hasta la costa de África fronteriza. Más bien nos inclinamos a creer que ya en estas latitudes era otra gente la que ocupaba el país, si bien pudiera tener mucha o poca afinidad con aquella, y quizá una y otra procedieran de un tronco común. Acaso una y otra vinieran del Egipto, país que según muchos creen, fue la cuna de toda la población del África.

Admitiendo con los Sres Webb y Berthelot, y con otros varios naturalistas, que las Canarias fueron y son una prolongación de la gran cordillera mauritana, pudiera admitirse como cosa algún tanto verosímil que los atlantes extendieran la dominación hasta nuestras islas (entonces tierra firme); pero resulta verosímil también que no fueran ellos los primitivos pobladores de este país; y si los atlantes no fueron autoctones o aborígenes de la tierra occidental que ocuparon, hallarían probablemente en ella otra gente acaso poco numerosa (atendida la antigüedad de esa conquista o colonización ) gente que como ya hemos dicho, no hay dificultad en suponerla también venida en lo antiguo de otra parte, bien sea el Egipto (como lo creen o suponen varios autores), bien la Etiopia, o cualquiera otra región del Continente.

                                                               **

 Antes de terminar estos apuntes sobre los atlantes, diremos dos palabras sobre el tan famoso cuanto problemático país de aquel nombre, país que los mismos sacerdotes egipcios describían confusamente y de una manera que bien puede llamarse fabulosa: En primer lugar, no solamente le llaman isla, sino que también dicen que era un verdadero continente; pero falta saber el concepto que ellos o Solón tenían formado del significado de las voces isla y continente. Después de todo, falta también saber si Solón interpretó bien las frases de los egipcios, dado que Platón copiara fielmente las noticias dadas por Solón, o que estas noticias llegaran a poco más o menos sin alteración hasta aquel filósofo; y por último, tampoco puede asegurarse que los diversos escritores o copistas que sucesivamente han venido transcribiendo a Platón, no hicieran lo de siempre, esto es, alterar poco o mucho los textos.

Si hubo tal Atlántida, lo mismo pudiera ser un país hoy sumergido en su casi totalidad, que ser el continente Americano, al cual era y es fácil pasar desde Europa, navegando desde la antigua Thule, que se opina ser la actual Islandia.

El país o la tierra que decían los fenicios que el mar cubría y descubría alternativamente, dejando en seco un prodigioso número de peces ¿no sería el famoso banco de Terranova?

 La misma observación hizo el veneciano Caboto, cuando descubrió dicho banco en 1497; pero según se dice los peces que vio en esa ocasión eran bacalaos, mientras que se cree que los fenicios hablaban de atunes, si acaso ha podido interpretarse fielmente el nombre que dieron a dichos peces, cosa que nos parece bastante dudosa.

 Y pues que nombramos a aquel célebre viajero veneciano, primero que llegó al continente de America (sin saber quiera tal continente), en los tiempos del Renacimiento o sea en los primeros tiempos modernos, añadiremos que Colón llegó al mismo continente, aunque por otra parte muy distante de aquella, en el año 1498, durante su tercer viaje a las Indias (como entonces decían); y que al año siguiente o sea en 1499 fue cuando llegó por primera vez Américo Vespucio, acompañando al capitán Ojeda, que era el jefe de esa expedición.

La Atlántida, decimos, si acaso existió y no fue el mismo continente Americano, pudiera acaso haberse extendido hasta las Antillas, islas que los navegantes del Renacímiento creían ser las mismas que otros viajeros señalaban por el naciente de Asia, tales como la de Ceylan, las de Sumatra, Borneo, Luzón, Formada, y otras varias, cercanas al continente y que le son adyacentes, tanto por naciente como por sur y sudeste.

 Marco Polo y Mandeville llamaron la atención de Europa celebrando aquellas islas por sus productos en especería y en maderas tintóreas, y sobre todo, haciéndolas pasar por islas oceánicas, a las cuales se podía pasar desde Europa por el Oeste. Ambos autores creían que con algún valor y resolución, cualquier hombre práctico en la navegación llegaría sin mucho trabajo a las tales islas, cuyos productos eran carísimos en las naciones occidentales, a causa de la enorme distancia desde donde les traían, casi siempre por tierra, desde los tiempos del gran imperio Romano y quizá desde mucho antes.

Por otra parte, ya era sabido desde largo tiempo que las maderas tintóreas se extraían de las islas oceánicas (del Atlántico), y esto contribuía a robustecer la opinión de que éstas eran las mismas que citaban aquellos dos viajeros en sus escritos; y como además el palo brasil se halló después en el continente Americano, a su vez esta circunstancia robusteció la opinión de los atlantistas, es decir, que Platón no nos contó una de tantas fábulas como en su tiempo corrían, muchas de las cuales eran tomadas por historia. Creyóse, pues, por muchísimas personas que la Atlántida existió, y que pudiera haberse extendido hasta la misma América, o ser ésta una parte de aquélla. En la Edad Media.y primeros tiempos modernos, toda o casi toda madera tintórea era llamada brasil; y cuando se encontró el palo de Campeche, en Méjico y otras regiones americanas, también le dieron aquel nombre durante largo tiempo. En resumen, brasil o Campeche, abundaba en el continente y en las islas americanas (del Atlántico), siendo uno de los principales artículos de comercio y exportación para Europa. Esto nos hace recordar que el citado Ojeda fue expulsado de la isla Española o Haití, por haber mandado hacer en ella (o dejado hacer a su gente) un gran corte de brasil, corno entonces decían, sin hallarse previamente autorizado por Colón. Parece que don Cristóbal o su hermano Bartolomé Colón, que entonces mandaba en esa isla, tenía prohibido que en las Antillas se comerciara o se exportara tal madera, sin orden o facultad concedida por ellos. Por lo menos todo el que cortaba brasil estaba obligado al pago de ciertos derechos o parte de aquella madera.

¿Y quién sabe si los famosos árboles que manaban sangre no serían también árboles americanos? Hasta hoy crece en América una especie del género dragón o drago, y es constante que desde el tiempo o época de las navegaciones de los fenicios, se venía a buscar la sangre de dragón (como ellos decían) a las islas del Atlántico Los dragos se han hallado no sólo en las Canarias, sino también en otras islas de este mar, inclusas las Azores e islas de Cabo Verde, y en el continente Africano, si bien la especie de que principal o exclusivamente se ha extraído la sangre es la que crece en nuestras islas.

 No podemos menos de anotar, a propósito de lo dicho, que según Aristóteles los fenicios llegaban en sus exploraciones hasta las islas de Cabo Verde; así lo consigna el autor de la Aplicación de la Geografía a la Historia (Braconnier), y lo confirman otros varios datos escritos. Además, es bastante sabido que los púnicos o púnices (nombre común a los cartagineses y fenicios) tenían colonizado el litoral occidental de Africa, y del mismo extraían considerables riquezas o producciones del país; eran los puertos de la Bética, hoy Andalucía, el centro de ese comercio: y cuando más tarde los romanos se posesionaron de la Iberia, continuaron siendo dichos puertos el punto de partida, y regreso de los infinitos buques mercantes que surcaban el Atlántico, y el principal de pósito de las mercancías, por esta parte del globo. Los romanos no atacaron el comercio de sus provincias, sino por el contrario, lo favorecieron y aumentaron por la utilidad que les reportaba. Esté gran pueblo no fue solamente conquistador, sino también civilizador, y no quiso ceder o hacer menos, que otros en descubrimientos marítimos y continentales, industria y comercio. Miles de datos lo comprueban, aun faltando los muchísimos que se han perdido en el curso de los tiempos; citaremos uno solo de los que se tiene noticia y que hace comprender cuanto progresó la nación romana en su movimiento marítimo: Elio Galo, gobernador de Egipto en el siglo de Augusto, hizo partir una flota de ciento veinte buques para que explorasen mejor las ya conocidas costas asiáticas del Mediodía y Naciente, hasta lo más remoto de las Indias o sea las tierras orientales; y cuando esto y mucho más se hizo por Oriente, no puede negarse la probabilidad de que por Occidente se hiciera otra tanto.



                                                                               R. GARCÍA-RAMOS