sábado, 15 de noviembre de 2014

ATENAS (II)


                 (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 15 de junio de 1900)


(Continuación)


No entra en nuestro reducido cuadro la relación de la horrorosa guerra de la independencia de los griegos. La pasamos por alto, y concluiremos haciendo una ligera reseña de la Atenas del sigo XIX, tal cual la vio el ilustrado viajero francés Edmundo About en 1852. (1)
 
Edmundo About
Ante todo, es conveniente dejar bien sentado que con el pueblo griego ha sucedido casi lo mismo que con el egipcio y con el romano o latino; ya no existe en su antigua pureza, ni mucho menos. El egipcio es una mescolanza de varias gentes, en la cual dominará, si se quiere, la propiamente llamada egipcia, pero sumamente combinada con árabes, turcos, etc. El latino es otra mescolanza aun mayor, de gentes de toda la Europa; y el griego es una fusión de europeos y asiáticos. Tan solo en algunas islas de las que
antiguamente se llamaron Cicladas y Espóradas, se conserva medianamente el tipo griego, lo mismo que en algunas de las Jónicas, como Corfú—la antigua Coreyra,—Cefalonia, Zante—la antigua Zacyntos— Cérigo o Cyteres, Itaca y también en Creta o Candía, Rodas y Samos.

Según Mr. About y otros autores, en la ciudad de Atenas y en toda o casi toda la Morea, son los albaneses la gente que predomina, y estos mismos albaneses son otra mescolanza de europeos de diferentes procedencias, como generalmente sucede con todos los habitantes de la Grecia continental. La antigua Grecia continental asiática, ya no es sino Turquía, y lo ha venido siendo; desde fecha bastante remota. Sin embargo, en esta parte del imperio turco, lo mismo que en sus islas adyacentes, la antigua raza griega tal vez sea la dominante, a pesar de su combinación con los asiáticos.

Una de las cosas que más chocan a los europeos que hoy viajan por Grecia, es la costumbre de tutearse que allí tienen todos, ricos y pobres, altos y bajos, nobles y plebeyos, todos o casi todos indistintamente. Algunos de aquellos viajeros dicen que no es extraño eso, en un pueblo o nación hasta ayer esclava; pero tal juicio nos parece un tanto precipitado. La costumbre de tutearse es general entre árabes, turcos, egipcios, tunecinos, marroquíes y por decirlo así en todos los asiáticos y africanos. Y además, los griegos antiguos, los ciudadanos de las repúblicas de Atenas, Esparta, Tebas, Corinto, Acaya, etc. ¿no se tutearían como los republicanos de Francia en el siglo pasado?

Después Mr About, con el buen sentido práctico, no menos que teórico, con que los viajeros ilustrados estudian cualquier país, se ocupa del estado económico de la nación, y asegura que si Grecia no prospera en industria, marcha directamente a la ruina y a la despoblación. Asegura que por mucho que aumenten allí el comercio y la agricultura, la importación supera a la exportación en muchos millones de francos, y que de consiguiente el país se quedará sin numerario dentro de algunos años, y los cambios se efectuarán en especies, como entre los pueblos bárbaros. Esto nos hace recordar lo que sucede en España y Portugal, naciones que en otros tiempos exportaron sus manufacturas y otros productos por un valor mucho mayor que el de la importación.

Y sin embargo de suceder hoy casi lo mismo que en Grecia en todas las naciones del mediodía, ¡sería tan obvio y aún fácil el remedio! Bastaría con gravar un tanto la importación de manufacturas, y aliviar de cargas o impuestos la industria nacional.


Es verdad que eso disminuiría un poco el presupuesto de los ingresos del Tesoro, durante unos cuantos años—cosa que odian de muerte los mandarines; —pero en cambio ¡cuánto no prosperaría la industria al cabo de cierto tiempo! Entonces rendiría, con creces, lo que dejara de tributar anteriormente, y aún continuando con impuestos moderados, siempre contribuiría a los ingresos del Estado mucho más que en la actualidad.

Volvamos a Grecia y su metrópoli o ciudad Capital.

Extrañan y lamentan los viajeros que a mediados de este siglo recorrían, aquel país, su pobreza y despoblación. No es que falten allí tierras que cultivar, sino capitales para hacerlas valer, desmontarlas y roturarlas. Los griegos son pobres, como salidos apenas de la tiranía perezosa de los turcos. Tienen un producto natural, entre otros muchos, que es único en Europa y en todo el mundo, y que los ingleses se absorben todo entero y pagan aun alto precio; hablamos de la uva llamada de Corinto, aunque se la cultiva también en otras partes, uva sin granula que pasa a ser el  primer ingrediente del famoso plum pudding. Aparte de eso, hay en Grecia riquísimos vinos y aceites, con todas o casi todas las demás producciones de los climas templados.

La desaparición de los ríos ha causado, como es sabido, la ruina de muchas y muy célebres ciudades antiguas Babilonia, Palmira, Estratonicea, Troya, etc. han desaparecido por aquella causa. Atenas ha sufrido mucho por la casi competa desecación del Lliso, que bañaba sus muros, y otros varios ríos de Grecia han disminuido también notablemente. Esto parece ser debido a que las lluvias, en lo antiguo, fueron más frecuentes o más copiosas que en los modernos tiempos. Sin embargo, muchos ríos se han secado, o disminuido, por haber cambiado la dirección de sus afluentes, con el transcurso de los tiempos.

A esa calamidad hay que añadir otra !que pesa y ha pesado muchos siglos! sobre la Grecia y sobre mucha parte de la Turquía, calamidad cuya causa se ignora; es la permanencia de las fiebres malignas en casi todo el país, desgracia que ocasiona otras muchas, entre ellas, la destrucción del arbolado, por que los griegos creen que el arbolado y los terrenos húmedos mantienen el germen de aquella enfermedad, como el del cólera. En Italia también se lucha hace siglos contra el mal aria —aire malo, —si bien no es tan general en esa península como en la otra. Por lo demás, es sabido que las fiebres abundan en otros muchos países, templados o cálidos, del Asia, África y América.

                                                                                       R. GARCÍA-RAMOS
(continuará)



(1) Véase su obra titulada La Gréce contemporaine, publicada en París el año l855 -Omitimos decir anteriormente que la referida batalla naval de Navarino se dio a 18 de Octubre de 1821, y que si bien en ella los turcos contaban dos mil ciento setenta y tantas becas de fuego—de ellas 2158 en su escuadra y las demás en tierra, —casi todos esos cañones eran viejos y mal servidos. La escuadra aliada tenía mil doscientos cincuenta y dos cañones. Toda esa artillería de ambas partes disparaba por decirlo así a boca de jarro, las naves enemigas casi se tocaban, y sin embargo, no hubo ni un solo caso de abordaje.

jueves, 13 de noviembre de 2014

ATENAS (I)


               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 13 de junio de 1900)

Ese nombre recuerda el principio de nuestra civilización europea, que de Grecia pasó a Italia, y de aquí se extendió por casi toda la Europa meridional. Pero fue una lamentable fatalidad que en la antigua Grecia se formaran varias repúblicas rivales, y que una sola de ellas no lograra absorber las otras, como en Italia la de Roma absorbió a las  restantes de aquella península. A eso  debieron Roma e Italia su grandeza; y al efecto contrario debieron Atenas y Grecia su humillación.

Reducida Grecia a una mera provincia romana, conservó largo tiempo su supremacía  intelectual, y siguió la suerte de la  gran República de  los tiempos antiguos, la que se absorbió y conquistó casi todo el mundo conocido en aquella época. No debe tacharse a Roma de  ambiciosa, esto es, no debe considerarse su ambición como una cosa extraordinaria o excepcional. Roma tuvo la misma ambición de otra nación cualquiera, sea esta grande o chica; pero supo y pudo conservar su unión y poderío mucho más que las otras naciones de su tiempo, y a ello debió su larga preeminencia y su casi universal señorío o dominación. Esto es tan sabido, que ni lo decimos como una cosa nueva, ni tampoco como una cosa dudosa.

Pero llegó el tiempo en que la vasta reunión de pueblos que formaba  el coloso Romano, perdió la cohesión, unión y fraternidad a que debía su grandeza; y entonces empezó a regir el derecho del más fuerte, dentro de la misma república. Sustituyó el derecho de la fuerza a la fuerza del derecho, y de consiguiente la nación pasó sucesivamente al triunvirato u oligarquía y a la monarquía. Esta monarquía se conservó largo tiempo, merced a la superioridad, bajo todos conceptos, de esa misma nación sobre las restantes, las unas incultas o bárbaras y las otras pequeñas y débiles. Unas y otras, además, poco consistentes o poco unidas; es decir, que cada una no ofrecía más cohesión ni acaso tanta como la nación latina, la cual tomó por último la resolución de dividirse en dos formando los dos conocidos imperios de Oriente y Occidente. Esta medida ha sido muy censurada, acaso con razón; pero no es menos cierto que el antiguo imperio no podía ya subsistir más tiempo unido, y hasta nos admira que no se hubiese fraccionado mucho tiempo antes. Eran demasiado heterogéneos sus elementos, para que lograra continuar muchos siglos formando un solo cuerpo de nación.

La Grecia siguió la suerte del imperio llamado de Oriente, como parte del mismo, y cuando éste cayó definitivamente en 1453—con la toma de Bizancio o Constantinopla por Mahomet 2º —la Grecia pasó al dominio de los turcos u otomanos, sufriendo un rudo golpe, porque la separaban de sus dominadores tanto las costumbres, linaje, idioma y tradiciones, como la separaba la religión. Es más, bajo el anterior imperio bizantino la Grecia daba el tono o la hegemonía a la nación, donde se hablaba mucho más el idioma griego que el latino, siendo aquel además declarado idioma oficial y nacional, desde muchísimo tiempo antes. El mismo imperio de Oriente se llamaba imperio griego, a diferencia del de Occidente, que se llamaba latino.

La famosa batalla naval de Lepanto —1570—fue para Grecia un rayo o destello de esperanza; una aurora de libertad, que solo duró unos cuantos días; porque a su vez la Grecia, como antes la Italia, estaba condenada a la servidumbre. Los griegos como los latinos o romanos, y desde mucho antes que  éstos, eran un pueblo degenerado, que de ningún modo podía resistir el choque de otro pueblo rudo y potente como el otomano. De igual modo y por idéntica razón sucumbieron aquellos otros, es decir, los latinos ante el empuje de las gentes del Norte.

Sin embargo, los turcos dejaron a los atenienses la hegemonía en la Grecia durante muchos años las escuelas de Atenas siguieron ilustrando a aquel pueblo helénico que se había embrutecido y hasta se mostraba un tanto refractario a la cultura. 

Aquí se ofrece un estudio curioso, un fenómeno casi inexplicable que varias veces se ha observado en la Historia, y que tiene una inmensa  trascendencia. Consiste en que dos pueblos distintos, ambos semi-bárbaros o de escasa cultura, presentan dos aspectos, caracteres o modo de ser contrarios de los cuales el uno lleva al engrandecimiento y el otro a la ruina. 

Los turcos sólo tenían una media civilización, y sin embargo, marchaban unidos, y con su unión y merced a ella se enseñorearon de una gran parte de Europa y Asia. Lo mismo habían hecho los hunos, los godos, los suevos, etc. ¿Qué secreto o arcano era ese, que no poseían los sirios, los fenicios, los egipcios, los griegos ni los romanos o latinos? No se sabe, salvo que se atribuya a una especie de instinto de conservación, que estos últimos pueblos despreciaban o tenían en poco, engreídos con su antigua fama y renombre. De un modo análogo se ve que un individuo que nace millonario, suele despreciar, su fortuna o desatenderla mientras otro, que la ha ganado con el sudor de su frente, la conserva y defiende. 

También influyen mucho en aquel fenómeno, la unidad de creencia religiosa y el fanatismo, que suele producir más unión y fuerza que las más sensatas reflexiones y la más sana filosofía.

Acaso si la Grecia hubiera permanecido tranquila bajo el señorío otomano, su cultura no hubiese ido decayendo pero las repúblicas italianas querían parte en aquella presa y en particular Venecia se obstinó en poseer parte del Peloponeso y casi todas islas Cícladas y las Espóradas. En suma, entabló contra Turquía una lucha tenaz y sangrienta, en la cual tan pronto era vencida como vencedora, siendo el país griego sumamente maltratado y devastado por unos y otros combatientes.

Los mejores monumentos de Atenas, que los turcos habían respetado, sufrieron mucho en los siglos XVI y XVII, sobre todo a causa de los bombardeos que las escuadras venecianas llevaron a efecto; no siendo de olvidar que en el siglo XV y anteriores, las naciones de la Europa occidental se habían disputado con las armas los jirones del imperio griego, y hasta los sarracenos le habían invadido diferentes veces. El famoso almirante veneciano FranciscoMorosini, generalísimo de aquella república, casi deja arrasada toda la ciudad de Atenas, donde decía que trataba de acabar con los jenízaros que obstinadamente la defendían y la tiranizaban; es decir, que por acabar con los jenízaros, faltó poco para que acabara con aquella famosa o histórica ciudad.

Al fin, sonó la hora de la declinación del enorme poder de los Sultanes, como antes había sonado la del no menos enorme poder de los Califas.

Tamerlan la adelantó, derrotando completamente a los turcos, y haciendo prisionero al mismo sultán; pero volvieron a respirar después de fallecido aquel gran conquistador. Sucesivamente Scanderberg, los albaneses, los húngaros o magiares, los rusos, etc., ora de consuno con los venecianos, ora separadamente, prosiguieron quebrantando el coloso otomano, hasta dejarle reducido de orgulloso y audaz que era, a una potencia casi inofensiva para sus vecinos.

Entonces los griegos vieron despuntar la aurora de su emancipación, sobre todo, después de la doble derrota y destrucción de las flotas turcas, primero en la bahía de Tchesmé, y después en la de Navarino. Al anonadar la marina otomana, en esas dos memorables jornadas (I), tres naciones cristianas rompieron las cadenas de la cristiana Grecia.
(Concluirá).

                                                                                R. GARCÍA-RAMOS  

martes, 11 de noviembre de 2014

ANTIGUAS COLONIAS EN ESPAÑA (II)

                   (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 31 de marzo de 1900)
(Conclusión)

Entre otros griegos, los rodios se asegura que pasaron a España, desde fecha remota, y que aquí establecieron factorías y colonias. Las ciudades o villas que se llamaron Barcino, Rosas y Empories, en la actual Cataluña, fueron según algunos autores fundación de rodios, y según otros, de focences o foceanos. Los rodios eran griegos de Asia, pues a esa parte del mundo corresponde la isla de Rodas o Rosas—que significa lo mismo. Empories se llamó después Ampurias, y su comarca o territorio se conoce todavía con el nombre de Ampurdán.

Respecto a varias ciudades, entre ellas la Antigua Barcino o Barcinone, hay desacuerdo aparente más bien que efectivo acerca del pueblo que la fundara. Varios pueblos o gentes reedifican y repueblan una o más veces a una ciudad ya de antemano fundada, y suelen pasar todos ellos por sus fundadores. Es mas, han podido pasar por tales los que tan solo la han variado o cambiado el nombre antiguo que llevaba. Eso según parece, ha sucedido con la ciudad citada, y con muchas otras, cuya verdadera fundación se ignora a quien o quienes es debida, lo mismo que la fecha en que tuvo lugar. (1)

Esto que dejamos insinuado no es más explicable a la antigua Gades o Gadir—hoy Cádiz, —ciudad antiquísima cuyo origen es de los más dudosos. Atribuyese comúnmente su fundación a los fenicios, que se asegura levantaron allí un templo a Hércules; otros atribuyen aquella fundación al mismo Hércules y sus compañeros de viaje; de cualquier modo, es indudable que si los fenicios no la fundaron, por lo menos se establecieron y fortificaron allí. Más tarde los cartagineses se apoderaron de aquella plaza, como es sabido, y la conservaron hasta que tuvieron que cederla a los romanos.

Esa frecuente colonización hecha en la Iberia occidental— que varias veces ha sido confundida con la oriental o asiática, ocasionando groseros errores en la Historia,—ha producido aquí una fusión de razas cual acaso no existe otra mayor en el mundo; siendo un resultado de ella la duda que hay acerca de la verdadera nacionalidad o linaje de una multitud de hombres célebres que España ha producido. Los Sénecas, Trajanos, Adrianos, Balbos. Lucanos, Marcíales, Silios, Melas, etc. todos ellos naturales de nuestra península, se duda si eran o no de origen español o sea ibero. Probablemente su linaje sería tan vario como lo era el de la mayor parte de sus compatriotas Y ya que citamos a Marcial, diremos que es uno de los autores que mejor dan a conocer las costumbres romanas y españolas, de su tiempo—primer siglo de nuestra Era —Sus obras demuestran que España en aquella época no era muy inferior a Italia en cultura intelectual , y que, la vida no ofrecía menos recreos o amenidad en la una que en la otra península... ni tampoco menos relajación en las costumbres (2). Pero prosigamos el interrumpido relato.

 Cerca de Cádiz estaba el famoso árbol llamado de Gerión, que brotaba sangre cuando se le hería y que por esa y otras señales que del  mismo dieron los antiguos, se viene en conocimiento que era un drago, semejante a los que se ven en Canarias. Probablemente sería entonces un árbol gigantesco y antiquísimo, como el qué hasta no ha mucho tiempo se veía en el Jardín de Franchy — valle de la Orotava, en Tenerife, —o como otro no menos notable que todavía se ve junto al ex convento Dominico de la Laguna, en ésta misma isla, árbol que  dicho sea de paso, le tenemos tan cerca y pocos son los que le han visto; tampoco son muchos los que tienen noticia de su existencia(3)

No hay duda que los fenicios poseyeron una buena parte del litoral de Andalucía, que se 1es atribuye, no sin razón, la fundación de factorías, pueblos, ciudades y colonias en dicho litoral. Entre otras la ciudad de Málaga se cree ser de origen fenicio, lo mismo que Sidonia, a la cual los árabes dieron más tarde el nombre de Medina.

Los tiempos y manera en que fue sustituido en nuestra Península el poder fenicio por el cartaginés, no nos consta claramente. A la verdad los púnicos, como de origen fenicio tanto o más que africano, es verosímil que mantuvieran frecuentes y aun continuas relaciones con les fenicios de Asia y los de nuestra España, sobre todo desde que la marina de los cartagineses se hizo poderosa. Es verosímil también que estos últimos traficaran por su parte en la misma península, casi lo mismo y al mismo tiempo que  lo hacían aquellos, pues que tenían ancho campo para sus empresas y especulaciones. Pero además, parece y así lo afirman varios autores, que los fenicios se vieron en un gran conflicto, por haberse levantado en su contra casi todo el país que hoy se llama Andalucía, y haberles puesto en gran estrechez y aprieto, en términos que tan solo en Cádiz y algún otro lugar fuerte de la costa pudieron mantenerse. En tal apuro, se dice que llamaron en su auxilio a  los púnicos, ofreciéndoles grandes recompensas o sea compensaciones, entre ellas las de cederles casi todo el país que en España poseían, oferta que fue aceptada por aquellos; bien entendido que en éste país cedido a Cartago entraban varios pueblos y ciudades o vidas, es decir, la mayor parte de todo aquello que los fenicios poseían en la Península, y que habían recuperado los iberos o españoles.

Cartago aprestó una formidable escuadra, y con la gente embarcada en ella—casi toda compuesta de africanos- invadió diversas partes del territorio peninsular sustituyendo realmente a los fenicios, y tal vez excediendo a lo pactado con éstos. Todo esto se dice tuvo lugar cosa de un siglo antes de la primera guerra púnica.

No es del caso referir aquí la historia de la dominación cartaginesa en España, ni siquiera hacer la relación y enumeración de las nuevas colonias que sucesivamente fundaron en territorio español. España no se abrió al cartaginés tan incautamente como algunos pretenden o acaso han creído; los españoles resistieron la invasión cuanto les fue posible; pero no formaban un estado grande y compacto, sino pequeños Estados, que con frecuencia estaban en guerra entre sí. No debemos omitir otra versión relativa al asunto según la cual la entrada y rápido engrandecimiento de los cartagineses en España, no fueron debidos a la antedicha causa sino a que se alía con los españoles para echar de la península a los fenicios; esta noticia no parece tan falta de apoyo o fundamento como algunos han creído.


Pero lo repetimos, no es tal asunto histórico el objeto de los presentes renglones. Únicamente nos hemos propuesto indicar la colonización que desde remotos tiempos se ha hecho en España, como se ha hecho en otros muchos países. Las naciones son entidades que tienen su respectivo carácter y modo de ser; pero todas y cada una han sido formadas por la sucesiva agregación de pueblos diversos, que se han unido e identificado más o menos. Nuestro pueblo es uno de los que se han formado con mayor número de elementos étnicos iberos, celtas, galos —de quiénes se dice viene el nombre de Galicia, fenicios y púnicos, griegos, romanos, árabes y otros africanos, han formado el pueblo español y el lusitano, en combinación con las gentes venidas del Norte, cuales fueron los godos, suevos, vándalos, alanos etc. En Italia, Turquía y Grecia ha sucedido casi mismo. Inglaterra o sea las Británicas, ofrecen como Francia, Austria, Hungría y otras naciones, otra reunión de pueblos distintos, siendo de notar la diversidad de idiomas que en las Británicas había antes de su conquista por los romanos y por los daneses, sajones y normandos. Sin embargo, varios pueblos britos, bretones o británicos—que es igual—se mantuvieron constantemente independientes, como en España los cántabros y vascos.

Y si dirigimos una ojeada al África y al Asia ¡cuantas revoluciones, sucesiones y mezcolanza de pueblos se ofrecen a nuestra consideración! El Egipto, la Turquía asiática, la Persia y otras naciones, estados o pueblos han sufrido innumerables transformaciones, en términos que muchos de ellos han perdido enteramente su antigua nacionalidad, como lo han sido los asirios, ninivitas, babilonios, medos, sirios, fenicios, macedonios, lidios, dorios, etc. etc.

Tales han sido y son las vicisitudes de las naciones.; y sus alternativas, ora de grandeza y poderío, ora de decadencia y abatimiento, en el qué algunas llegan a desaparecer, no porque se extinga su población, sino por que se disemina en parte y en parte se funde con el pueblo o nación invasora.

                                                                                                                                           R. GARCÍA-RAMOS


(1) Es opinión común que la antigua Barcino debe su fundación y nombre a los cartagineses y que aquel nombre se le dio en obsequio u homenaje a los Barcas de Cartago. Pero estudiando algo más la cuestión, se descubre que los Barcas procedían de la villa de ese nombre en la Cirenáica; que la antigua y famosa Ciren fue largo tiempo la rival de Cartago, y la marina presidió a la púnica en empresas y viajes atrevidos por todo el Mediterráneo; y por último, que los Barcas de Ciren, y no los de Cartago, pudieran haber sido los fundadores de la sobre dicha ciudad, que casi siempre se mostró hostil para con los púnicos.

(2) Marco Valerio Marcial fue natural de la ciudad de Bilbilis, en el actual Aragón. En sus Epigramas retrata al natural nuestras costumbres y las italianas, con un estilo y elegancia que acaso ningún otro autor ha llegado a superar. En algunas de las antiguas colonias que citamos arriba hace ver que la vida no se distinguía mucho de la que se hacía en Roma. Celebra en particular a las bailarinas españolas de Cádiz, y esperamos se nos dispense el insertar en esta nota algunas de sus frases:

  «Nec de Gádibus improbis puellae vibrabunt sine fine prurientes lascivos docili tremore lumbos.
Edere lascivos ad Bética crumata gestus et gaditanis ludere docta modis >


(3)  Se halla en la huerta que fue de dicho Convento, casi tocando a los muros de este, en un recinto también murado, que es de propiedad particular. Su dueño actual es el Sr. Nicolás Afonso y Avecilla.

lunes, 10 de noviembre de 2014

ANTIGUAS COLONIAS EN ESPAÑA (I)

                    (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 17 de marzo de 1900)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Las antiguas naciones colonizadoras pasan generalmente por haber sido las más cultas de su época respectiva. Sin embargo, no debe tomarse tal aserto de una manera absoluta; por que es bien sabido que muchos pueblos bárbaros han colonizado aún en países menos bárbaros o más cultos. Las antiguas invasiones de los pueblos del Norte, y otras muchas efectuadas después por tártaros, cosacos, turcos, árabes, etc., etc., fueron otras tantas colonizaciones. Claro es que cuando no se les dejaba colonizar tranquilamente, convertían la colonización en conquista, si podían o tenían fuerzas para ello. La misma conquista acaba por ser colonización.

No nos es lícito, pues, afirmar que la nación más colonizadora haya sido precisamente la más culta; y en cuanto a España, además de haber sido colonizadora desde muy antiguo, cuenta con un testimonio valioso en favor de la prioridad de su cultura, testimonio que consiste en el conocido aserto de Estrabón, cuando afirma que los Tartésios o pueblos de la Bélica tenían su historia y códigos escritos, desde una antigüedad que en su tiempo ascendía a seis mil años No hay noticia positiva de una literatura anterior a esa en toda Europa, ni siquiera que se le aproxime, y lo mismo que de Europa puede decirse a este respecto, de la casi totalidad del mundo; puesto que Estrabón habla de verdaderos años, mientras que las antiguas crónicas de Egipto, China, Indostán, etc., se cree, por muchos autores que, a más de ser exageradas o fabulosas, tienen como años a las innaciones (sic). Plinio y otros autores antiguos afirman esto último, respecto a los egipcios, asirios, caldeos etc.

Es tradición antiquísima que Atlas o Atlante, soberano de una gran parte de nuestra península Ibérica, pasó a Italia en son de conquista, con un ejército compuesto en gran parte de iberos o españoles; pero tales noticias necesitan confirmación. Ese soberano, era, según parece, africano y había pasado a España o Hispania con gente de su propio país, o sea gente africana. De cualquier modo, añade la citada tradición que en aquella expedición a Italia, las naves fueron por un temporal empujadas hacia la isla de Sicilia, y que al allí dejó Atlas una parte de sus españoles.

Como también consta por otros datos una antiquísima invasión de españoles en Sicilia, no sería imposible que todas esas noticias, tuvieran un mismo origen, y de consiguiente fueran relativas a una expedición, que acaso se reproduciría dos o tres veces. Lo que no parece tan probable es lo que también se lee en la ante citada tradición escrita, esto es, que habiendo pasado después Atlas y su ejército desde Sicilia a Italia, aquí estableció a otros españoles, en el país conocido después con el nombre de Lacio. Pero si aquellos españoles se llamaban siculos como por algunos autores se cree, no sería tan dudosa la noticia, puesto que hubo siculos en el Lacio y en Sicilia. No nos proponemos aquí hablar de las colonias que los españoles fundaron en otros países; pero como se dice que el país de Sagunto o Murviedro fue colonizado en lo antiguo por los rútulos, procedentes del Lacio, no es inoportuno indicar la tradición precitada. En tal caso, pudiera haber sucedido que los rútulos, al pasar a España, no hicieran más que volver a su antigua patria.

Otra antigua tradición escrita atribuye al rey Sículo, de España, la ante dicha expedición a Italia, con escala en Sicilia, dado que no fueran realmente dos empresas distintas. Añade que los españoles que llevó consigo se llamaban sicanos, y dieron ese nombre a la parte de Sicilia en que se establecieron. Todo esto es dudoso y confuso, como lo son en general las fuentes de la historia, o sea, todas las tradiciones que datan de aquellos tiempos. No se sabe con certeza ni siquiera si fueron o no absolutamente un mismo pueblo los sicanos y los siculos o sícilos — de ambos modos se pronunciaba ese nombre,— aunque no hay duda que poblaron en aquella famosa isla y que la dieron su nombre. Sus antiguos habitantes llamaban cíclopes y lestrigones.

Aunque son varios los autores antiguos que consignan la referida noticia de la venida de los rútulos a España y su colonización cerca de la actual Valencia, no daríamos a esa noticia gran crédito si no la confirmase otro autor antiguo, Silio Itálico, que se cree fue español, natural u oriundo de la ciudad de Itálica, cuyas ruinas se ven aún cerca de Sevilla, la antigua Hispális. Ese autor llama constantemente rútulos a los habitantes de Sagunto, y su testimonio es de mucho peso en el asunto.

No puede fijarse, ni aún aproximadamente, las fechas respectivas de esas expediciones citadas; aún la de la venida de los zazintios es bastante problemática, si bien posterior a aquellas Casi al mismo tiempo que las naves de Zante o zazintias, llegaron a España; otras foceanas, si no fue que en los mismos navíos o embarcaciones procedentes de la Fócida vino alguna gente de Zante. Lo cierto es que a ésta última gente se atribuye generalmente la fundación o la repoblación de la ciudad de Sagunto, cuyo nombre dicen es corrupción de Zizunto, o Zicinto- de ambos modos parece se pronunciaba, — y sustituyó al que tuviera anteriormente aquella población, dado que la misma existiera a la llegada de aquellos colonos.

En cuanto a los focences parece que se establecieron entre Valencia y Cartagena—ciudades fundadas o al menos llamados así más tarde,—y a ellos con mejor criterio que a los de Zante se atribuye la fundación de Nebrija y Denia, donde hubo un famoso templo de Diana. Parece que esta villa o ciudad se llamó Dianea y por corrupción se llamó Denia (1)

Pero es dudoso que estas empresas de los de Fócida y Zante fueran anteriores a la colonización de los fenicios en la Bética. Al contrario, casi lodos los autores que de esto tratan, son de sentir que, viniera o no a España un Hércules fenicio—probablemente un jefe o general de esa nacionalidad, llamado así (2), —los fenicios precedieron a los griegos en las expediciones a la península Ibérica Pero casi ninguna noticia antigua se tiene de los primeros viajes de los fenicios a esta parte de Europa. La literatura fenicia
nos es a poco mas o menos tan desconocida como la cartaginesa o púnica, mientras que la griega y latina nos ofrecen multitud de noticias—fabulosas en gran parte—sobre las navegaciones griegas hasta el estrecho y columnas de Hércules y las regiones comarcanas. Si fuéramos a reproducir tan solo la mitad de ellas, tendríamos no solamente que alargar mucho este trabajo, sino lo que es peor, reproducir cuentos inventados por viajeros y aun por autores, que otros autores crédulos reproducen. En particular respecto a colonias y fundación de ciudades, villas, etc., se han despachado a su gusto, y casi no hay ciudad del mediodía de Europa cuya fundación no atribuyan a los griegos o a los romanos, bien entendido que entre los primeros se cuentan también los griegos de Asia.

                                                                                            R. GARCÍA-RAMOS

(continuará)

domingo, 9 de noviembre de 2014

DELENDA CARTAGO (II)

               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 14 de febrero de 1900)

(continuación)

Hemos dicho al comienzo de este trabajo que la gran ciudad púnica fue del número de las que han desaparecido de sobre la faz de la tierra; pero acaso algún día se levante una nueva ciudad en aquel mismo territorio; tales van suelen ser las vicisitudes y alternativas de las cosas humanas. (1)

También manifestamos que la nueva Cartago, aun cuando ya no era mas que una colonia romana, estaba en gran parte poblada por gente africana, sobre lodo púnica y líbifenicia; luego veremos que el idioma que allí se hablaba, durante los siete siglos que subsistió la misma ciudad, era mas bien fenicio que latino. Quizá había más sangre púnica en Cartago, que sangre latina en Roma, cuando ésta última ciudad se vio invadida y saqueada, repetidas veces, por los pueblos del Norte; y lo que parece más raro aún, Cartago continuó siendo considerada como la capital de África, hasta algún tiempo después de la caída del imperio Romano de Occidente. Estrabon  y otros autores del siglo de Augusto, llaman la atención acerca del poco tiempo transcurrido desde la pretendida destrucción de Cartago y mismo autor citado que en su tiempo su renacimiento, afirmando que no había otra ciudad más poblada en África, sin exceptuar a la famosa Utica su antigua rival, aunque tan fenicia o púnica de origen como ella. Y es de advertir que Utica, por su constante adhesión a los romanos, y por los servicios y auxilios que les prestó durante la tercera guerra púnica, obtuvo casi la mitad del país que pertenecía al pueblo vencido. La rivalidad entre Utica y Cartago se parece a la que más tarde existió en las repúblicas italianas, y antes entre las griegas. En particular Venecia y Genova se disputaron la supremacía, como Atenas y Esparta; si una cualquiera de esta repúblicas rivales no hubiera existido, es casi seguro que la otra hubiera llegado a alcanzar una importancia y poderío igual al obtenido por las principales naciones del mundo.

 Vamos a concluir dando una ligera noticia de las vicisitudes que pasó o atravesó Cartago, colonia romana, hasta la fecha de su verdadera destrucción. Ya hemos insinuado que fue por largo tiempo la Capital de la provincia romana en África. Pero antes de acabar este trabajo, no podemos dispensarnos de hablar de la literatura púnica, que algunos autores modernos han puesto en duda que existiera, o le han atribuido escasa importancia. 

Plinio el mayor refiere que después de tomada aquella ciudad por los romanos, éstos regalaron a sus aliados las bibliotecas públicas que hallaron en ella. Salustio concede bastante importancia y autoridad a los libros púnicos que poseyó el rey Hiempsal, soberano que fue de aquella parte de África llamada hoy Argelia, Marruecos, Fez  norte del Sahara. Esta vasta región fue la antigua  Numidia, cuyos habitantes se civilizaron en gran parte por su roce y comercio con fenicios y púnicos — phunices o phoenices-Polibio nos habla con encomio de los historiadores de aquella misma nación púnica; y por otra parte, es sabido que una notable obra sobre agricultura, escrita por el cartaginés Magón, fue traducida al idioma latino por Silano, y en ella copiaron largos trozos Plinio, Columela y otros autores.

Muchos autores antiguos, y en particular Valerio Máximo, Servio, Apiano y Orosio, nos han dejado bastantes y detalladas noticias sobre la ciudad de que tratamos, antes y después de su caída bajo el poder romano. Servio dice, tal vez por error, que fueron los cartagineses los primeros que empedraron y embaldosaron sus calles. Por lo demás, no creemos haya exageración en lo que dice acerca de los monumentos de la misma ciudad, sus puertos, su marina etc. Estrabon y Tito Livio atribuyen a Cartago un solar más extenso que el de Roma, y el primero de dichos autores añade que al comenzar la tercera guerra púnica, la población de aquella ciudad no bajaba de setecientas mil almas.

A riesgo de alargarnos demasiado copiaremos de Apiano unas cuantas líneas sobre las murallas que rodeaban a la referida ciudad:

«Desde el mediodía hacia el continente, de lado del istmo donde se eleva la ciudadela de Byrsa, existía una triple fortificación. La altura de los muros era de treinta codos, sin las almenas y las torres, cada una de las cuales tenía cuatro altos o pisos los muros tenían dos plantas o pisos, y eran en gran parte huecos y cubiertos; la parte baja servía de cuadra para trescientos elefantes, y de almacén para cuanto era necesario  para mantenerlos. La parte alta  podía contener cuatro mil caballos, con la yerba o forraje y cebada suficiente y además cuarteles para veinte y cuatro mil hombres de defensa. Tales eran los recursos que ofrecían los muros solos en su interior»

Todas estas construcciones, según Paulo Osorio, eran de piedra labrada o sillería, a imitación de las de Sidón y de Tiro.

  Un autor árabe del siglo XI, Abou Obaid el Bekri, dice así, hablando de otros edificios de Cartago:

«Se ve allí un palacio llamado Moullakah, que se distingue por su extensión y elevación prodigiosas; se compone de galerías abovedadas, que forman muchos pisos, desde los que se domino el mar. Por la parte de Occidente se ve otro monumento llamado el Teatro, el cual tiene un gran número de puertas y de ventanas, y se eleva igualmente por pisos. Otro edificio llamado Houmas se compone asimismo de muchos altos o sobrados adornados con pilares cuadrangulares de mármol, cuyo espesor y altura causan admiración»

Habrá algo de exageración oriental en esas frases; pero llama la atención que existieran aún esos monumentos en el siglo undécimo de nuestra Era.

Del anfiteatro dice el mismo autor lo siguiente:

«Es de forma circular y se compone de cincuenta arcadas todavía subsistentes; cada Una de ellas abarca un espacio como de veinte y tres pies, lo que hace unos mil ciento cincuenta pies de circunferencia total. Sobre estas arcadas se elevan otros cinco órdenes de arcos, de la misma forma y dimensión; y en lo más alto de cada arcada hay diversas figuras, y representaciones curiosas de hombres, de animales, y también de embarcaciones, todas esculpidas con gran artificio. En general puede decirse que los otros edificios de igual género, por notables que sean, son poca cosa comparados con este.» 
 Es de advertir que este autor árabe vivió, según algunos de sus biógrafos, no en el undécimo sino en el décimo tercer siglo de la Era Cristiana. Acaso hubiera  dos autores de aquel mismo nombre; y  por otra parte, es necesario saber en que muchas ruinas o restos de aquella población pertenecen a la época romana. Plutarco refiere con detalles la repoblación de Cartago por los romanos, conducidos por Cayo Graco, y dice que para evitar la odiosidad que a muchos de estos inspiraba aquel hombre, dieron a la nueva ciudad el de Junonia, con lo cual les parecía lisonjear a esta diosa, que pasaba por ser la misma Astarté, a la cual los punces habían erigido un magnífico templo. 

Dion Casio dejó consignado que Julio Cesar tuvo especial empeño en repoblar a Cartago y a Corintio, ciudades famosas cuyos restos visitó; y que en efecto envió a ellas nuevos colonos para aumentar su población; al mismo autor y a Solino debemos algunas otras noticias sobre el asunto, como también a Pomponio Mela. Apuleyo afirma que bajo el imperio de Antonino, era tan usado en la primera de dichas ciudades el idioma latino como el púnico. 

Pero más tarde otro idioma vino a mezclarse con aquellos -en los que ya existían no pocas voces númidas; —hablamos del idioma o dialecto de los vándalos, que pasaron al África bajo el mando de su rey Gensérico. Antes de referir alguna cosa más acerca de dicha invasión, recapitularemos algunas frases de los últimos autores romanos que hacen mención de la grandeza que en su tiempo tenía la que había sido rival de Roma, grandeza que los vándalos abatieron, según unos autores, o conservaron según afirman otros. La marina de Cartago había vuelto a ser, bajo el imperio Romano, la primera del África, y lo mismo su comercio, que aseguran se extendía por todo ese Continente; pero además de esa noticia—en que casi todos concuerdan, —copiaremos alguna otra antes de terminar este trabajo con dos palabras sobre la dominación vándala o vandálica, que no fue sin embargo la que acabó con la histórica ciudad, que había existido durante tantos siglos (1).


(Concluirá)                                                                                               R. GARCÍA-RAMOS


(1) También hablamos anteriormente de la famosa villa o ciudad de Sagunto, ciudad que según parece y lo afirman respetables autores, no fue de origen ibero, sino que la fundó una colonia de zazuntos o  zazintiós, es un país colonizado anteriormente por los rútulos. Barcelona, Valencia, Cartagena y en general las ciudades del litoral oriental de la misma península, casi todas debieron si fundación al comercio con los extranjeros.
  
El famoso Silio Itálico, natural o al menos nos oriundo de Itálica o Sevilla la vieja, casi siempre llama rútulos a los saguntinos;  pero es constante que en Sagunto, como en Cartagena o Cartago Nova, en Barcino, Barcinone o Barcelona etc, la población de origen íbero no fue menos numerosa que las procedentes de las colonizaciones del extranjero. Los rútulos es sabido vinieron  del Lacio,  esto es, del país donde Evandro fundó  la villa de Pallantio o Pallantea, y donde más tarde fue fundada Roma.

No es fácil hablar de los rútulos sin recordar la trágica muerte de Niso y Euríale, compañeros de Eneas a manos del rútulo Volscens; lo cual tal vez no sea mas que una creación de Virgilio en su famosa Eneida.



En cuanto a los zazintiós, huelga decir que procedían de la isla de Zante, la nemorosa Zazintos de los antiguos, y que colonizaron en diversos países, como los tirios, los focences, los lidios y otros pueblos.

viernes, 7 de noviembre de 2014

DELENDA CARTAGO.(I)

                     (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 13 de febrero de 1900)

No vamos a investigar las causas del odio entre las dos grandes repúblicas de la antigüedad. Parece que la una no podía soportar la existencia de la otra, aun, cuando la viese abatida y humillada. La orgullosa Roma no podía sufrir que viviese otro pueblo que la había puesto a ella misma a dos dedos de la muerte. Si Cartago hubiera triunfado, es verosímil que a su vez hubiera cantado el delenda Roma porque era una especie de duelo a muerte el que se trabó entre ambos estados o potencias.

Cartago cayó como después diremos: pero no desapareció de la tierra hasta muchos años después que Roma a su vez había sido humillada y pisoteada por los pueblos del norte diremos bárbaros del Norte; porque aún cuando lo fueran, no lo eran mucho menos los romanos o latinos de aquel tiempo. Estos últimos es sabido que formaban una amalgama de gentes diversas, que de todas partes habían huido a Italia; tan solo los esclavos y los libertos, y la descendencia de unos y otros, era tan numerosa como la italiana de origen; y además los ejércitos romanos se componían en su mayor parte de gente que no había nacido en aquella península; hasta los Emperadores, durante el período llamado del bajo imperio, no fueron italianos de nacimiento, salvo tal o cual rara excepción.

Pero Roma, como Atenas, se ha sobrevivido a sí misma, según una frase hiperbólica muy repetida; mientras que Cartago murió como Esparta, como Tebas, como Troya, o como Babilonia; ni siquiera aparecen claramente sus ruinas, y hasta se disputa acerca del sitio que verdaderamente ocuparon Sic transit gloria mundi  acaso algún día se pregunte en vano el sitio que ocuparon Londres o París.

Hubo, sin embargo, un tiempo en que las flotas púnicas o cartaginesas dominaban los mares, como después les dominaron los flotas llamadas árabes; unas y otras frecuentaban el litoral africado fronterizo a nuestras islas, y sin duda las visitaron y dejaron gente en ellas. Plinio refiere, como es sabido, que el rey Juba fundó en Canarias establecimientos para el tinte de púrpura; y además, no puede dudarse que desde las colonias púnicas o libi fenicias de la Getulia y de todo ese litoral occidental del inmediato Continente, se pasaría más de una vez a las Canarías y a las islas de Cabo Verde. El periplo o viaje de Hannon menciona entre otras las villas o ciudades llamadas Mélita y Arambe, fundadas a poco más o menos frente a nuestras islas, nombre el primero de esos que hace recordar la isla de Malta, llamada Mélita por los mismos cartagineses sus dueños y pobladores.

Ocioso es repetir aquí que también fue suya casi toda la Sicilia, toda la Córcega y la Cerdeña, una parte de las Baleares y otra de la península Ibérica.

No vamos a hacer aquí la historia de las famosas guerras púnicas, a la segunda de las cuales sirvió de pretexto la destrucción de Sagunto por Annibal. Pero diremos que la tercera fue un abuso de fuerza, por no decir una inquidad, de parle de los romanos; éstos debieran haber respetado la desgracia y humillación de sus antiguos rivales; así lo pensaban también muchos romanos, y lo manifestaron en el Senado; pero al fin la mayoría decidió acabar con Cartago y quitarse de encima la eterna pesadilla del poder cartaginés, que siempre veían renacer. Además, ya lo hemos dicho, repugnaba al orgullo y omnipotencia de Roma, la existencia de una nación que la había puesto al borde de su ruina, y no olvidaba que Annibal había llegado a acampar bajo los muros de la ciudad eterna, después de haber abandonado con su ejército las delicias de Cápua.

Consumada la destrucción de la metrópoli cartaginesa, y convertido aquel país en provincia romana, tuvo más tarde Cayo Graco la orden de repoblarla; pero debe advertirse que la pretendida destrucción de Cartago; como la de Sagunto, ha sido en gran parte imaginaria. Cayo Graco y su gente hallaron a Cartago ya repoblada en parte por sus antiguos moradores y por otros africanos; y en cuanto a Sagunto, renació muy pronto de sus cenizas como Cartago, sólo fue incendiada en parte,—en términos que los saguntinos volvieron a ser poderosos bajo la protección de los romanos, como consta positivamente en varios trabajos históricos. Precisamente la historia Romana menciona varias embajadas—así se las califica — dirigidas al Senado por los saguntinos durante la segunda guerra púnica, que ya hemos dicho tuvo su origen en la toma de Sagunto por los cartagineses; siendo de notar qué una de esas embajadas tuvo por objeto entregar al mismo Senado Romano los oficiales púnicos que recorrían toda la península Ibérica reclutando gente; y no sólo les hicieron prisioneros los saguntinos, sino que les tomaron todo el oro y plata que llevaban consigo y que ascendía a varios millones; todo ello lo enviaron a Roma, y el Senado, en recompensa de su adhesión, valor y desprendimiento, tan sólo les quiso recibir los prisioneros, haciendo a los saguntinos gracia y donación de las sumas. Verdad es que a la sazón Annibal marchaba de Italia apresuradamente para defender su propio país de los ataques del segundo Escipión llamado africano; pero esa misma circunstancia demuestra lo pronto que se había levantado Sagunto de su gloriosa caída.

No es de omitir aquí, aunque nada tenga que ver esto con la toma de Cartago, que en el mismo año—146 antes de nuestra Era—sucumbió otra famosa potencia, la parte de Grecia que aún se mantenía independiente. Corinto sostuvo heroicamente un largo sitio; pero entonces fue casi enteramente destruido, como Cartago, y como antes lo había sido Sagunto. La Grecia fue reducida a provincia romana; pero aquella ciudad española y su territorio tuvieron la suerte de conservar por algún tiempo su independencia. Escipión y Mummio triunfaron casi a la vez, el uno de los restos del poderío cartaginés, y el otro de la mitad de la Grecia, cuyo último baluarte fue la ciudadela corintia.

Antes de hablar de la suerte o destino ulterior de Cartago, debemos dedicar unas cuantas palabras a su antigua constitución política.
  
El Senado cartaginés era muy numeroso; pero no se reunía sino en las grandes ocasiones. De ordinario llevaba el gobierno de la república un cuerpo compuesto de cien miembros o individuos, presidido por uno de los dos sufetes o cónsules, que algunos autores llaman reyes, aunque a nuestro entender con alguna impropiedad. Sin embargo,estos dos altos funcionarios no estaban obligados, como lo estaban los cónsules romanos, a mandar constantemente los ejércitos; rara vez se les veía al frente o cabeza de estos.

Aunque faltan noticias bastantes para formar un juicio exacto del sistema de gobierno de aquella famosa república, es indudable que rivalizó bajo muchos conceptos con el de Roma; solo así se explica el gran desarrollo y poder de la nación púnica, que avasalló no solamente las demás colonias fenicias establecidos en África, sino también una considerable parte del mismo Continente. Sin duda iba a  ser en África lo que en Europa llegó a ser la nación latina, y de ahí nació su mutua rivalidad y envidia. Es cosa remarcable que un hombre tan probo y grave o severo como Catón el censor, acostumbrara añadir a su dictamen sobre cualquier asunto, su conocida e inexorable frase Delenda Cartago; siempre que daba su voto en el Senado, creía necesario o conveniente concluir diciendo: Opino, además, que Cartago debe ser demolida.

Es verdad, por otra parte, que uno de los Escipiones, venerable anciano que también había sido Censor, contradecía con frecuencia ese parecer de su antiguo colega; pero la mayoría se inclinaba a la solución catoniana, tal vez influida por las noticias exageradas que corrían del odio de los púnicos contra los romanos, y juramento que se decía hecho por Annibal y por otros jefes, de acabar con la nación latina. Plutarco, en su Vida de Catón, refiero largamente las disputas entre aquellos dos famosos senadores, llamados ambos los hombres más probos y virtuosos de la República.

Es verdad también que la ciudad de Cartago era quizás entonces la primera del mundo, y lo mismo su puerto. Tan solo Siracusa, capital de la Sicilia, podía comparársele. Sus innumerables calles y edificios de cinco y seis pisos o plantas, sus templos, sus muelles, sus plazas, sus almacenes o depósitos de mercancías, sus arsenales y astilleros eran la admiración y envidia de los romanos, que en vano querían hacer del puerto de Ostia—situado a la desembocadura del Tíber,—de algunos otros de Italia, unos centros mercantiles y navieros comparables a Siracusa y Cartago (1)

Y como no podían o les era sumamente difícil hacer tal cosa, juzgaron más sencillo apoderarse de una y otra ciudad, como se habían apoderado y siguieron haciéndolo de todo o casi todo el mundo conocido.

                                                                                           R. GARCÍA-RAMOS.

(Concluirá)

jueves, 6 de noviembre de 2014

SECCIÓN CIENTÍFICA: GEOLOGÍA. LA CORDILLERA DE ANAGA.

(Artículo publicado en el boletín de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife el 28 de abril de 1899)
                                Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

 La cordillera de Anaga es digna de notarse la insistencia con que varios y distinguidos geólogos modernos, alemanes en su mayor parte, se inclinan a creer que la parte del norte o nordeste de Tenerife es anterior al resto de la isla. Suponen que el terreno donde hoy descuella la cordillera de Anaga, constituyó la isla primitiva o al menos la principal de las islas e islotes que más tarde formaron un sólo cuerpo, a causa de las erupciones volcánicas y algunos levantamientos del suelo submarino, o acaso de todo el suelo sobre que descansa la isla.
Teide

El monte Teide, pues, según esas nociones o teorías, surgió del mismo suelo submarino cuando ya existía fuera de las aguas aquella cordillera precitada, y acaso formó desde luego una pequeña isla. Ese gran cráter, casi siempre en actividad, vomitó sucesivamente no sólo las grandes masas y carnadas de lava que hoy le forman, sino también las que forman sus faldas, hasta larga distancia. Sin embargo, opinan también los mismos autores, que entre ese foco eruptivo y la cordillera de Anaga hubo en lo antiguo otros volcanes secundarios, que llenaron el espacio intermedio; (1) siendo innecesario advertir aquí que Anaga en aquellas remotas épocas no fue una cordillera y una consiguiente serie o sucesión de valles, sino un terreno mucho más unido o menos accidentado.
Cordillera de Anaga

Es evidente que la formación de los valles de Anaga es debida casi totalmente a la erosión, como lo es en general la de casi todos los valles del mundo; y de ahí puede inferirse que número de siglos ha debido transcurrir para la formación de los actuales valles y profundos barrancos de esa parte de la isla. Aun en el centro y parte Sur de la misma—hacia sus riberas—existen valles y barrancos profundos, que asimismo acusan gran antigüedad; pero todos éstos parecen ser o son realmente posteriores a los del Norte.

Contrayéndonos a Anaga, se observa en esa parte de la isla, y a diferentes alturas, que hay camadas con despojos testáceos o sea de moluscos, terrestres y marítimos. Cerca del fuerte de Paso-Alto, atraviesa la actual carretera que desde la Capital conduce a San Andrés, un suelo de aluvión con restos de moluscos terrestres. Más allá, y ya cerca de San Andrés, hay camadas de lava que envuelven conchas marítimas, camadas que sin duda corrieron, en época remotísima, sobre fondos de mar poco profundos. En muchas o varias otras localidades de esta parte nordeste de la isla, han sido reconocidas camadas análogas, las cuales no hemos visto a causa de no haber explorado esas comarcas. Pero esa clase de formaciones de que hablamos, se ven en muchas otras localidades de estas islas y de fuera de ella, y las hemos visto en varias comarcas de Europa y del vecino continente de África.

Las rocas graníticas y granitóides de Anaga han dado lugar a discusiones acerca de su antigüedad; unos geólogos las creen o sospechan que son del suelo terciario, mientras que otros no las dan mayor antigüedad que la de algunos suelos cuaternarios antiguos. De cualquier modo, esa cuestión es ajena a la existencia de Anaga como isla; por que muchas islas ha habido y hay en las que solamente se han visto terrenos cuaternarios, y en realidad, la antigüedad de los primeros suelos de ese orden se confunde con la de los últimos terciarios. Bien cerca de la ciudad capital del Archipiélago, en el cauce del valle o barranco de Taodio, se ven aún multitud de bloques y cantos rodados que ofrecen alguna variedad en su estructura granitóides.
Barranco de Taodio

El suelo esquistoso es el que no aparece en Anaga, o no hemos podido descubrirle. Las formaciones anaguesas son en su totalidad volcánicas salvo tal o cual lecho de aluvión y acaso también alguno propiamente sedimentario; esto sucede no sólo en Anaga sino generalmente en toda la isla.

Concluimos estos breves apuntes manifestando nuestro deseo de que otras personas que han visto y examinado con detención la comarca aludida, amplíen estas noticias, y den a conocer con más profundidad y detalles la estructura geológica y curiosidades o notables particularidades que encierra el citado país. Realmente lamentamos que nuestro tan ilustrado como modesto amigo el señor D. Miguel Maffiotte y Larroche, persona que con gran afición y aptitudes ha abordado los estudios geológicos, no siga dando a conocer al público algunas de sus interesantes observaciones, cual lo ha hecho otras veces. En esto como en todo deseamos que se haga luz, y nada nos importa que lo mismo que escribimos sea refutado, en todo o en parte, por todo aquel que tenga razones o fundamentos para ello. Que se haga luz, y nos damos por satisfechos; porque precisamente es siempre eso y no la falsa ciencia lo que perseguimos y lo que deseamos para nosotros mismos y para todo el público.



                                                                                                                                                                                                                                                           RGARCÍA-RAMOS