jueves, 4 de diciembre de 2014

DOS OCTAVAS DE TASSO



                   (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 21 de abril de 1902)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC


Mi modesto artículo titulado un pasaje del Tasso, nos ha proporcionado, al público en general y a mi en particular, la satisfacción de leer un nuevo e interesante trabajo del señor D, Luis Maffiotte. Yo me adhiero desde luego al dictamen de que Viera copió de Galindo las dos octavas consabidas; pues aún cuando en su Biblioteca de autores canarios habla del Gofredo (l) de Cairasco como de una traducción vista por sus propios ojos, hay que tener en cuenta que mediaron diez u once años entre la publicación del primero y el cuarto tomo de la obra de Viera, y bien pudiera suceder que nuestro erudito Arcediano leyera dicha traducción después de impreso aquel tomo.

Sea de ello lo que fuere, y sentando también desde luego que tanto eso como lo que me resta que decir, es cosa de poca o ninguna importancia, me parece que Cairasco tradujo directamente del Tasso las octavas 35º y 36º del canto XV, aún cuando no aparezcan en algún manuscrito de aquella traducción. Se funda esta opinión en la mera comparación de ese pasaje en ambos autores.

He aquí el texto de Tasso; el de Cairasco puede verse en la obra de Viera, y en el curioso trabajo de Maffiotte que citamos al principio de estos renglones.

«Ecco altre Isole insieme, altre pendici scopriatto al fin, men' erte & elévate, et eran queste I' isole.Felici,» &

Creo superfluo, repetir aquí el resto de la estrofa, por haberle ya transcrito en mi indicado artículo. La siguiente dice así;

«Qui non fallaci mai fiorir gli olivi, e' l mel dicea stillar da 1' elci cave, e scender gia da lor montagne i rivi, con acque dolci e mormorcio soave; e zéfiri e rugiade, i raggi estivi,
temprarvisi, che mulo ardor v' e grave; e qui gli Elisi Campi e le famose stanze de le beate anime pose.«

Si comparamos con las dos octavas reproducidas por Galindo y por Viera ese fragmento del Tasso, me parece no cabrá duda en que son la traducción del mismo. Es cierto que un pasaje de Horacio y otro de Plutarco, dicen casi lo mismo, y que bien pudo el Tasso imitar ahí indistintamente a cualquiera de aquellos dos autores; pero los aludidos versos de Cairasco, tienen tanta semejanza con los que acabo de transcribir, que no puedo dejar de tomarles por su traducción casi literal.

Véanse ahora aquí los de Horacio, y no transcribo los de Plutarco, por que basta con pasar la vista por el párrafo que Viera les dedica;

«Reddit ubi Cererem tellus inarata quotanis, et impútata floret usque vinea;germinat & nunquam fallentis termes olivae
suamque pulla ficus ornat arborem;
mella cava manant ex ilice; montibus altís
levis crepante lympha desilit pede.

«Illic injussae veniunt ad mulctra capellae,

refertque tenta grex amicus ubera;

nec vespertinus circumgemit ursus ovile,
neque intumescit alta viperis humus:»

También estimo por demás seguir copiando a Horacio, en atención a que tanto esos versos como los siguientes de aquella Oda, les tengo ya transcritos en el mismo trabajo publicado en este DIARIO, que ya queda mencionado; es decir, que allí puede verse la traducción de ellos.

Dice el Sr. Maffiotte que el poeta Cairasco no quiso traducir las octavas 33 hasta 36—ambas inclusive—del canto XV, y que en su lugar puso otras originales suyas; pero como en el ejemplar que poseo de la Jerusalem libertada (2), las dos estrofas u octavas de que nos ocupamos son precisamente las 35ª y la 36ª, me cabe la sospecha que no sean esas mismas las que indica Maffiotte, a causa de alguna diferencia que pueda haber entre el citado ejemplar impreso que poseo, y el que tuviera a la vista dicho Sr. Por otra parte el mismo vuelve a asegurar, poco después, que esas dos octavas corresponden a la adición hecha por el poeta canario al  texto del poema original.

Portada de la edición de 1691 de Jerusalem libertada

Sin embargo de lo que dejo dicho, no puedo menos de preguntar: ¿Cómo es posible que falten aquellas dos estrofas que he transcrito, en edición alguna, cuales quiera que ella sea, del poema de Tasso? ¿Y cómo sostener que las dos octavas de Cairasco, que reproducen sucesivamente—con ligeras variantes— Galindo, Viera y Maffiotte, no son indudablemente una traducción de las mismas antedichas?

Que se parecen a los correspondientes versos de Horacio, y a la prosa de Plutarco referente al mismo asunto; nadie lo duda ni puede racionalmente dudarlo, como que el Tasso imitó a uno de dichos antiguos, acaso a los dos, en aquel pasaje.

Que el P. Abreu Galindo creyera por ello que el poeta canario tradujo a Horacio, en vez de traducir al Tasso, tan poco es de extrañar, por que aquel padre, según parece, no era muy fuerte en literatura, y acaso le fuera desconocido el citado poema italiano.

Así, pues, concluyo esta especie de aclaración, de poco o ningún interés, como ya dije antes, felicitándome nuevamente de que mi modesto trabajo haya despertado en el ilustrado y erudito Sr. Maffiotte el deseo de darnos a conocer un largo fragmento de las obras de Cairasco y deseando muy sinceramente que de su pluma veamos algo más en las columnas del DIARIO.

                                                                                                        SOMAR



(1) En realidad el poema del Tasso se titula, como es sabido, Il Goffredo, o  vero Gierusalemme líberata.

(2) Edición del año 1691, hecha en Venecia.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

RECUERDOS HISTÓRICOS: SICILIA (III)



               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 29 de marzo de 1901)


Nada diremos de Palermo y de Lilybéa, antiquísimas colonias fenicias, según se cree, y que los cartagineses y libi fenicios, sucesores de los fenicios, poseyeron alternativamente con los sicilianos; porque éstos siempre que podían hacerlo, echaban afuera de su isla a todos los intrusos. Casi siempre lo conseguían, y los mismos romanos, a pesar de su poder colosal, y de haber atacado a Sicilia precisamente cuando se hallaba en el apogeo, se vieron repetidas veces rechazados, y con gran dificultad lograron apoderarse de Siracusa, capital entonces de la isla. Ya que hablamos de esa célebre ciudad, diremos dos palabras más sobre la misma, y también sobre otros parajes que la son comarcanos. Entre Aci de San Felipe y la próxima aldea de Nicetti, está la gruta del cíclope Polifemo el que aplastó bajo una roca al pastor Acis, porque allí le sorprendió en los brazos de la ninfa Galatéa. Agis dice la mitología que fue convertido en una fuente y su arroyo, que todavía hoy se ve en aquellos sitios.

Sobre la pequeña isla llamada Ortigia, muy próxima y casi tocando a Sicilia se dice que fundó el griego Archias una colonia de corintios. Esta colonia prosperó tanto, que se extendió por toda la inmediata costa siciliana, y allí se formó la gran ciudad de Siracusa que llegó a contener un millón de habitantes, el mejor puerto de la isla, y unas flotas de guerra y comercio que rivalizaron largo tiempo con las de Cartago, y aún vencieron a éstas repetidas veces. Verdad es también que a los puertos de Palermo, Catania, Mesina, Agrigento y Lilybea salían asimismo flotas y buques mercantes, que llevaban su comercio por todo el Mediterráneo, y aún por el Atlántico hasta larga distancia de las columnas de Hércules.

La riqueza y suntuosidad de aquella metrópoli siciliana superó a la de casi todas las demás del mundo. Es dudoso que Nínive, Babilonia, y aún Roma llegaran en ningún tiempo a igualar o sobrepujar a  Siracusa en su respectivo apogeo.

Entre las mil estatuas de los mejores escultores antiguos, que adornaban sus templos y otros monumentos, se conservan hasta hoy algunas, en el Museo de la misma ciudad, y en otros de Italia y de Europa. Muchas de esas estatuas han sido mencionadas por diversos autores, tanto antiguos como modernos, con gran encomio. La Venus Callypige es una de ellas y de los que han llegado a nuestros días. Las hermanas Callypiges eran siracusanas y tan hermosas, que diferentes artistas célebres de la anti- güedad las retrataron, en cuadros y estatuas, o copiaron unos la obra de los otros. Casi siempre las tomaron por modelos de Venus.

También se ven hoy restos notables de los antiguos templos de la misma ciudad; y es una peregrinación de poetas y artistas la fuente de Aretusa, ninfa de Diana que sufrió aquella metamorfosis, según dicen los poetas antiguos.

 Arquímedes, que acaso fue el hombre más notable de su época, además de las mejores fortificaciones y máquinas de guerra de los siracusanos, construyó en lo alto del Plemyrima—fuerte o ciudadela, —la famosa obra eólica de aquel tiempo; era cuatro animales de bronce, haciendo frente a los cuatro puntos cardinales, cada uno de los cuatro al soplar el viento de aquella parte, producía unos sonidos armoniosos y variados, según unos autores, y según otros repetía exactamente la voz del animal correspondiente. Sea de esto lo que fuere, es indudable que aquel celebre mecánico e ingeniero dirigió los trabajos del gran barco que el soberano de Siracusa—Hieron 2º—regaló al de Egipto, barco que contenía baños, jardín, biblioteca, salón de baile y reunión, un templo capilla y otras dependencias. Así lo afirman varios autores y en particular Ateneo.

Es cosa sabida, y por ello huelga repetirla, que el genio de Arquímedes fue el mejor defensor de aquella ciudad, en el terrible sitio que la pusieron los romanos, al mando del famoso cónsul Marcelo.

Se ven todavía las ruinas del palacio de Agatocles, llamado también de los sesenta lechos, porque en efecto aquel sirucusano daba ahí hospitalidad constante y gratuita a sesenta viajeros, que naturalmente se renovaban, es decir, que entraban unos cuando otros salían. Agatocles uno de los millonarios del país, no era solo quien daba hospitalidad, ni el solo que hizo por su parte crecidos gastos y desembolsos de utilidad pública. Esto nos hace recordar a otros funcionarios públicos de nuestros días, que si bien nada hacen de su propio peculio en beneficio público, en cambio estafan al público cuanto pueden, y váyase lo uno por lo otro. En realidad, le está bien eso al mismo público, que por decirlo así los crea; puesto que con su sufragio los eleva y pone arriba, porque no encuentra o no sabe hallar en sí mismo otra cosa mejor.

Terminaremos estos recuerdos de aquella ciudad, consignando que además de la fuente Aretusa, se ve en aquellas inmediaciones la de Cyane, que Ovidio asegura fue la más célebre ninfa de Sicilia en aquella época mitológica; Cyane fue también convertida en arroyo, y casó con otro arroyo de distinto sexo, llamado Anapo; en cuanto a Aretusa nunca quiso acceder a las súplicas del río Alfeo, que en vano la persiguió a través de las selvas y de las floridas praderas. En cambio Anapo y Cyane, reunidas sus aguas por indisoluble lazo, bañan hasta hoy aquellos campos, y juntos van a perderse en el seno de Anfitrite o sea del Mediterráneo, unida a su vez con Neptuno por el estrecho de Gibraltar.

La Sicilia fue cuna no solo de ninfas mitológicas, sino también de otras de carne y hueso. Además de las Callípiges, ya nombradas, nació en la misma isla  la célebre Laís, que conducida a Corinto fue admiración de los griegos, que tantas y tan célebres bellezas tenían es su propio país, y como Laís, nacieron en dicha isla infinitas mujeres.

Dos palabras, para concluir, acerca de la historia prosaica de Sicilia, después de la caída del coloso Romano.

Los sarracenos prosiguieron las invasiones en Italia y Sicilia que antes batían los Cartagineses; y a su vez a los romanos a los cartagineses y sarracenos sustituyeron los pueblos del Norte. Estos eran innumerables y de distintos nombres. Algunos no se con- formaban menos que con llamarse gentes de Dios, tales fueron los godos y los teutones o tudescos—God, lo mismo que Teu o Teud significa Dios.—Es más, se llamaron modestamente dioses, a si mismos. Pero hubo entre ellos una raza o sección, que conservó la pimple de denominación de normandos, que en realidad era aplicable a todos ellos. Estos normandos fueron unos guerreros infatigables, que después de apoderarse de aquella parte de Francia que hasta hoy se llama por eso Normandía atacaron las islas Británicas y las ganaron sin mucho trabajo.

Los lombardos les ceden una parte de Italia, con la condición de que la defiendan contra los sarracenos, como lo hacen con la misma fortuna que casi siempre les acompañaba. En el año mil y tamos de nuestra Era ya eran señores de casi todo lo que después se ha llamado reino de Nápoles; en 1037 auxilian al emperador de Oriente en la conquista de Sicilia sobre los sarracenos, que la tenían casi toda sometida.

Pero ya por los años 1060, los africanos habían vuelto a caer sobre la misma isla; y entonces los normandos de Nápoles emprenden por su propia cuenta la expulsión de aquellos y fundan el reino que llaman de las dos Sicilias, apoderándose además del país griego de Atenas y Corinto —año 1146. —Poco después, por falta de recta varonía, pasa la Sicilia a Enrique de Suabia, por su matrimonio con la heredera normanda. Ya dijimos, al comienzo de estos apuntes, como la casa de Suabia fue sustituida por la francesa o provenzal, y como a esta sustituyó poco después la aragonesa y catalana.

                                                                IV

Hemos dedicado principalmente a Sicilia este recuerdo, porque si bien no es el único país que hasta hoy conserva una población casi primitiva, es sin duda uno de aquellos que la historia, por decirlo así, ha mimado y complacídose en perpetuar su memoria. Las islas del Mediterráneo, casi todas, conservan también su primitiva población menos alterada que los países del continente Europeo, en su parte meridional. Pero muchas de ellas, o la historia las ha olvidado, o no han merecido su recuerdo. De las Baleares, por ejemplo, casi no hay más tradición antigua sino la de la habilidad de sus habitantes en el manejo de la honda. Diríase que por lo demás fueron tan bárbaros como los cíclopes y lestrigones de Sicilia; pero a estos sucedieron aquí otros pueblos cultos—si acaso no fueron esos mismos que se civilizaron,—mientras que no se dice lo mismo de aquellas otras islas occidentales, como tampoco de Serdeña—que torpemente escribimos Cerdeña,—ni de Córcega ¿Es que de casualidad la Historia las olvidó, durante mucho tiempo, o que se han perdido sus noticias? Pudiera ser así; pero es indudable que en ellas no hay o no quedan esos vestigios de una antigua cultura que abundan en Sicilia. Para hallarles tenemos que mirar al Oriente, o sea a aquella parte del citado mar interior, que desde Sicilia se extiende hasta Rodas.

No cede en recuerdos históricos y aún poéticos a la primera de esas dos islas, la segunda, ni las islas griegas y jónicas. Envuelve a las Cycladas y a las Espórades un baño poético, como las envuelven las azuladas ondas de aquel mar, entre cuyas espumas nació Venus, al decir de la mitología. Ovidio ha inmortalizado a Chipre—la antigua Cypris o Cyparisos,—no menos que a Cyteres—la actual Cérigo;—y no fue solo Ovidio quien en sus versos las ha cantado; desde Homero y Píndaro hasta los poetas de nuestros días, casi todos, poetas e historiadores, se han complacido en dedicarlas un recuerdo, no menos que a Creta o Candía, a Samos donde nació Juno, De los que fue la cuna de Apolo y de Diana Milo —antiguamente Melos, —cuya célebre estatua de Venus está hoy en París, y que tal vez no sea de ésta diosa, y tantas otras islas que poetas e historiadores de consumo han ilustrado, ora con relaciones fabulosas y mitológicas, ora con otras verídicas y rigurosamente exactas.

                                                                                                         SOMAR

lunes, 1 de diciembre de 2014

DESCUBRIMIENTO DE LAS ISLAS CAROLINAS


                (Artículo Publicado en el Diario de Tenerife el 15 de marzo de 1901)

En el año 1748 se publicó en París una obra cuyo titulo es Recueil a'observations curieuses, y que en efecto, como ese título lo indica, contiene muy curiosas noticias  sobre diferentes pueblos de Asia, América, Oceanía, etc. El capítulo 14º del tomo primero está dedicado a las Carolinas, y según dicho capítulo—que es el único que dedica a esas islas,—su descubrimiento no es antiguo, ni fue debido a los navegantes europeos. Es verdad que ese descubrimiento virtualmente pertenece a nuestra nación, puesto que en las Marianas, ya descubiertas y colonizadas por españoles, se tuvo por primera vez noticia de aquellas otras islas, según se consigna en la misma obra. Pero deja remos estos preámbulos, para entrar de lleno en materia, adviniendo tan solo que no copiaremos íntegro el tal capítulo, sino aquellos párrafos del mismo que estimamos mas interesantes y curiosos.

«En 1721 una barca bastante parecida a las marianesas, fondeó junto a una ribera desierta de la isla Guahan—una de las Marianas, —por la parte del Naciente, cuyo país o costa se llama Tarafoso. Había en la barca veinte y cuatro personas, de las cuales, once hombres, siete mujeres y seis muchachos. Un indio marianés que por allí andaba pescando, dio aviso de ello al jefe de la próxima aldea, que acudió al punto, y con maneras y palabras corteses inclinó a saltar en tierra a los forasteros.

«Aquella embarcación había salido con otras cuatro, de la isla Farroilep con destino a la de Ulcé; —Carolinas—pero en el tránsito habían sido dispersadas por un fuerte vendaval del Poniente»

Hasta ahí lo respectivo al descubrimiento o primera noticia que en las Marianas se tuvo de aquellas otras islas; luego sigue hablando de los indios carolinos, y lo dice así lo siguiente:

«Son de talla aventajada y bien formados; sus cabellos son crespos, nariz algo gruesa, buenos ojos y barba espesa; se taladran las orejas y en ellas ensartan diferentes objetos; también se pintan el cuerpo, como casi todos los salvajes. Su color es vario, los unos son como los indios en general, otros son mestizos de españoles e indias, y también hay algunos mestizos de negros e indias. Su idioma, aunque varía bastante de una isla a otra, parece proceder de uno solo, que es el árabe. Atribuyen al Sol, a la Luna y a las estrellas, respectivamente, un alma razonable.
»No tienen templos, ídolos, ofrendas o sacrificios ni culto alguno formalizado. A veces encierran los cuerpos de sus difuntos en túmulos de piedra, que conservan en sus propias casas o habitaciones. Otras veces les sepultan lejos de ellas, rodeando cada sepultura con un muro también de piedra. Cerca de los cuerpos dejan algunos alimentos,
por la creencia en que están de que las almas de los finados absorben alguna parte de dichos víveres y se alimentan poco o mucho con ellos. Creen en un Paraíso o lugar de recompensa para los buenos, y en un Infierno destinado a los malos. Dicen que las almas que pasan al Cielo, vuelven a la Tierra a los pocos días, y permanecen invisibles entre sus parientes y amigos. A estos espíritus bienhechores llaman Tahu Puts, palabras que significan Santos Patronos; cada familia tiene su Tahuput, al cual reverencia y acude en sus necesidades.
»Los habitantes de la islas de Yap tienen una especie de culto más bárbaro; reverencian a un cocodrilo. Los matrimonios se hacen allí y se deshacen fácilmente, y ambos cónyuges tienen igual derecho al divorcio.
»E1 gobierno está en manos de unas cuantas familias distinguidas, cuyos jefes se llaman Tamoles; además, cada distrito o provincia tiene su principal tamol o jefe, al cual obedecen los otros. Esos jefes dejan crecer su barba hasta medio pecho, lo cual entienden que les hace mas respetables. Sus habitaciones son verdaderas casas, bastante cómodas, con entalladuras y pinturas hechas naturalmente a su manera y según un arte rudimentario En cada población hay dos casas o especie de colegios destinados respectivamente a la educación de los adolescentes de ambos sexos.
»Las ocupaciones principales de los hombres en las Carolinas consisten en construir sus embarcaciones—especie de barcazas,—en la pesca y en la labranza o cultivo del terreno; las mujeres hacen la cocina y demás trabajos domésticos, y aún ayudan a sus maridos en las siembras y recolección de frutos, lo mismo que en todo lo respectivo a la fabricación de telas y toda clase de tejidos, según su manera y elementos de que disponen. Carecen en absoluto de hierro y de otros metales; pero hacen de pedernal diversos instrumentos cortantes, incluso unas hachas de diferentes tamaños con las que cortan sus maderas. Todo el hierro y algunos otros metales que allí hay, les viene de los barcos extranjeros que recalan por aquellas aguas, y los jefes indígenas se apoderan de dichos metales, para hacer armas y otros utensilios, que suelen repartir entre los carolinos más distinguidos, mediante cierta retribución que estos dan, disputándose unos a otros el derecho de poseer tales objetos.
«Son aficionados al baile, como todos los salvajes, y por lo regular cada sexo tiene sus cantos y bailes, en los que no entra el otro sexo». Debe, sin embargo, repetirse aquí que estas costumbres fueron observadas en aquellas islas a mediados del siglo pasado o sea el XVIII «El canto de aquellas mujeres es triste y monótono; pero se adornan para cantar en coro, con multitud de diges, plumas, etc., en la cabeza, cuello, orejas y aún en la nariz; sus brazos y piernas tienen brazaletes trabajados con gran habilidad, según sus medios e instrumentos de que pueden disponer.
»Finalmente aquellos insulares, como tantos otros antiguos y modernos, se ejercitan desde la infancia en la lucha, el tiro de piedras y en general de armas arrojadizas. No conocían la flecha en aquel tiempo.
»Se dice que Martín López piloto español, pasaba con su nave desde Méjico a las Filipinas, en 1566,y formó con otros veinte y ocho tripulantes el proyecto de echar  al resto en una isla desierta, apoderarse de la nave e ir a piratear y comerciar en los mares de la China y Japón; pero se frustró su plan y fueron ellos mismos abandonados en una de las Carolinas, o Palaos, donde enlazados con los indígenas, formaron una nueva raza de gente, que atendido el corto contingente europeo, adoptó casi todos los usos y costumbres de los naturales de aquel país. Esta tradición, que corría bastante acreditada hasta en el pasado siglo, asegura que la descendencia de aquella gente europea se extendió por los dos archipiélagos y apenas se distinguía de los demás indígenas cuando nuevamente los españoles penetraron en aquellos».

De ese relato se deduce que las Carolinas, como tantas otras islas, han sido descubiertas y olvidadas o perdidas más de una vez. Lo mismo, poco más o menos sucedió con nuestras islas Canarias, Madera, Azores y otras del Atlántico y en general de todos los mares y partes del mundo.


                                                                                                                         SOMAR

domingo, 30 de noviembre de 2014

UN PASAJE DE TASSO



                  (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 14 de marzo de 1901)
                             Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Las Canarias han sido celebradas por todos los más famosos poetas, ora bajo el nombre de islas Afortunadas, ora bajo el de Hespérides, ora bajo el de Campos Elíseos.

Homero, Hesiodo, Píndaro, Virgilio, Horacio, Tasso, Camoens y muchos otros se han complacido en dedicar algunas frases a nuestro archipiélago, y al monte Atlante que aquí tiene su asiento.

Torcuato Tasso

Nuestro historiador Viera termina sus noticias referentes a los campos Elíseos con esas o parecidas frases…. (sic)

(sic) de la antigüedad contaba de las Afortunadas, sin embargo, los frondosos bosques de laureles que en ellas se encontraban, según Virgilio; las cabras fecundas, que producían arroyos de leche, (1) sin temor de víboras, lobos ni otro animal feroz o ponzoñoso, de que nos habla Horacio; las peñas que destilaban miel, el dulce canto de los pájaros, la fragancia de las flores y yerbas aromáticas, de que nos hablan Tibulo, Sidonio y Prudencio; no hay duda que todo eso se hallaba y halla aún en las Canarias, y que nuestro poeta Cairasco supo en el «Arco de la Fama» combinar la fábula con la verdad, según lo demuestra en los siguientes versos:
Bartolomé Cairasco

Otras islas se ven, que blanco velo las ciñe en torno, menos elevadas etc.»

No conocemos composición alguna de Cairasco que se titule El Arco de la Fama; pero sabemos que esos versos del célebre poeta canario, son parte de la traducción libre que hizo de la Jerusalén Libertada; y como el pasaje de dicho poema, relativo a nuestras islas, es bastante mayor que lo copiado por Viera, y por otra parte, no lo hemos visto reproducido entero en ninguno de nuestros historiadores, salvaremos esa deficiencia aduciéndole en este lugar, con la advertencia, que desde ahora hacemos, de que el Tasso, a su vez, copió o tradujo libremente a Horacio en una de sus Odas, como después tendremos ocasión de ver.

Y Horacio es muy verosímil que en las frases que dedica a los Campos Beatos—como les llama, —no hiciera otra cosa sino repetir lo mismo que antes de él habían dicho otros poetas, historiadores, geógrafos, y sobre todo, viajeros.

Los navegantes que por primera vez penetraban en nuestros mares de Occidente, llenaban el mundo con sus relaciones exageradas y fabulosas. No solamente celebraron las islas Junonias o Elíseas—de Juño o Elisa, nombre de la principal diosa del paganismo, —sino que a los lobos marinos que aquí hallaron—y dieron, hombre a un islote bien conocido. —les convirtieron en gorgonas, especie de divinidades maléficas, de quienes triunfó Perseo. Llevándose la cabeza de una de aquellas como trofeo de su victoria.

La armonía de los versos del Tasso nos hace resistir de mala gana al deseo de reproducir aquí, al menos, cuatro de sus estancias. Pero considerando que ya, dos de ellas, traducidas por Cairasco, las ha puesto Viera en su conocida obra, tan solo insertaremos íntegra la cuarta.

En el canto XV del poema hablaba de la navegación de Ubaldo por (sic)….

«e quando a punto i raggi e le rugiade la bella Aurora seminava in torno,
lor s'offri di lontano oscuro un monte,
che tra le nubi nas condea la fronte »

Así terminaba estancia inmediata anterior a las cuatro indicadas; principio que aun  cuando no ofrece gran dificultad en su interpretación traduciremos aquí junto con la estancia que le sigue:
«Y cuando comenzaban a parecer los primeros rayos del Sol, y la bella Aurora esparcía su brillante rocío, se ofrece de pronto a la vista en lontananza un alto y oscuro monte, que ocultaba su frente entre las nubes.

»Prosiguiendo adelante, y cuando ya las nubes comenzaban a disiparse, apareció en toda su altura la elevada pirámide, anchurosa en su base y también hacia su mitad, y en su extremidad delgada. Durante el día, su cúspide despedía humo; pero de noche salía de ella tan vivo resplandor, que hasta los cielos aparecían llenos de luz todo en contorno.»

Aquí siguen las dos estrofas, o estancias, ya conocidas por la elegante traducción de Cairasco, que repite Viera: «Otras islas se ven, que blanco velo,» etc. (2)
La cuarta dice así;

«A queste her vien la Donna, et Homai ¡seteda! fin del corso, lor dicea, non lunge i' isole di Fortuna hora vedete, di cui gran fama avoi, ma incerta grunge; ben son elle feconde evaghe eliete, ma pur molto di falso al ver s'aggiunge; cosí parlando assai presto si fece aquella chela prima e de le ciece.»

                                                                       ***
 Dijimos antes que el Tasso había copiado a Horacio; y es razón que lo probemos. He aquí, para concluir, un trozo de la Oda 16.*, libro V, de las de dicho último autor:

«El Océano que rodea la tierra, y los campos beatos, constituyen nuestro postrer recurso. Marchemos a las islas y campos amenos y bienaventurados, donde la tierra, sin ninguna labor, sé cubre anualmente con las más ricas mieses, donde las vides sin cultivo nos brindan sus racimos, donde el olivo aparece siempre cubierto de fruto, donde los higos adornan constantemente los higuerales. Allí la miel destila sin cesar de los huecos de las encinas, y los arroyos que descienden de las montañas embelesan con su grato murmullo; las cabras vienen, ellas mismas a presentar sus ubres henchidas de leche, sin que allí existan lobos, víboras ni otro animal alguno que las inquiete. Allí, sin mencionar otras ventajas que causarán nuestra admiración y nuestra dicha, el acuoso Euro no inunda los campos con sus lluvias torrenciales, ni el grano es arrebatado por los ardores estivales. Jamás los Argonautas pusieron el pié en aquellas islas, ni penetró hasta ellas la impúdica Medea. Nunca atrajo a sus millas la avidez al Sidonio, ni la expedición de Ulises se vio en sus tranquilas aguas«. Ningún contagio diezma allí los ganados, ni hay astro alguno que les haga sentir maléfica influencia. (sic) al de cobre cuando Júpiter dejó incomunicados estos sitios con respecto a lo restante del mundo, para que ellos sirvieran eternamente de mansión y de asilo de la virtud.

 
                                                                                                           SOMAR


(1)  Los arroyos de miel y de leche que corrían en los Campos Elíseos, descartada la exageración poética, se reducían como es sabido, a la miel de abejas que naturalmente destilaban los huecos de las peñas y árboles, y la leche de miles de cabras que allí descansaban sin haber quien las ordeñase. Por manera que hay un fondo de verdad en esa como en tantas otras ficciones de los antiguos.

(2) Aunque la cosa carece de importancia, advertimos que Cairasco dice en este lugar Fortunadas por Felices, que es él término que en aquella estrofa, emplea el Tasso:

...«et eran queste i'Isole Felici,
cosí le nominó la prisca Etate
a cui tanto stimavara i Cieli amici,
che crédea, volontarie, e non arate.
qui partorir le terree in piú graditi,
frutti, non culte, germogliar le viti.».

sábado, 29 de noviembre de 2014

¿HAY RAZA LATINA?

                  
                    (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 6 de marzo de 1901)
                               Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

He ahí una pregunta que a muchísimos parecerá ociosa, más que ociosa, disparatada; tal ha sido, es y será la fuerza de la costumbre, el hábito rutinario de repetir lo que se oye y ha venido oyéndose por todas partes. En realidad, el idioma latino ha tenido por todas partes un extraordinario desarrollo, y si fundamos en el habla la distribución de las razas, pueden llamarse latinos todos los pueblos cuyo idioma respectivo se deriva principalmente de la antigua lengua del Lacio.

Pero tal distribución de los pueblos por idiomas, está muy lejos de ser verdadera distribución de razas, como es muy fácil demostrarlo.

Nadie ignora, por ejemplo, que en la América del Norte predomina el idioma inglés, y sin embargo, es la raza indígena la que forma el fondo o núcleo de la población de aquellos países; lo mismo, respectivamente, puede decirse de la América del Sur, donde predomina el habla castellana y la sangre indiana.

En las Indias Orientales viene ya también la lengua inglesa haciéndose universal, y sin embargo, es allí todavía la antigua raza indígena la dominante o preponderante.

Los negros y otros pueblos de África, sometidos o aliados de los ingleses, aprenden el idioma de éstos -hoy hasta los cafres entienden el inglés- y sería curioso que mañana llamáramos anglosajones a los habitantes de Guinea y de Angola. Si hablaran castellano, portugués, italiano, no faltaría gente rutinaria que les calificara de latinos.

Veamos si en realidad hay raza sobre la tierra, que pueda o deba ser llamada latina.

El Lacio -en latín Látium- fue una pequeña comarca de Italia, cuyo idioma se hizo extensivo a toda esa península, con tanta menos dificultad, cuanto era grande la afinidad de raza y de idioma entre los latinos y sus vecinos inmediatos. Sin embargo, los oscos, los etruscos o toscanos y otros varios pueblos italianos hablaban idiomas no poco diversos del latín, lo cual hace presumir que había entre ellos diferencias de raza. Hasta las letras o caracteres de la escritura diferían entre los latinos, etruscos y oscos, a pesar de ser vecinos, o por lo menos, habitar todos una misma península. Pero la conquista progresiva de la Italia por los latinos, fue poco a poco unificando el idioma, y formando la hegemonía latina; por manera que aquel pequeño pueblo, cuya raza ni siquiera la dominante era en la península italiana, ni en la Sicilia, ha pasado entre los legos o ignorantes por ser una raza única en Italia, y después en casi todo el Mediodía de Europa.

Pero aún hay más: la Sicilia y el Mediodía de Italia, estaban llenos de colonias griegas; hasta los romanos pretendían descender de troyanos, venidos a Italia con Eneas. Era una verdadera confusión de razas la de Italia en aquellos tiempos; y más tarde, cuando esa Nación fue la señora de todo el mundo, cuando todo romano rico contaba sus esclavos por docenas, estos esclavos y su descendencia, procedentes de las tres partes del mundo entonces conocido, formaron más de la mitad de la población romana o latina, raza según muchos etnicistas.Y no contamos aquí el sinnúmero de extranjeros que, sin ser esclavos ni libertos, pasaron en diferentes tiempos a domiciliarse en aquella península, centro de la civilización durante varios siglos.

Luego o más tarde vinieron las invasiones sucesivas de los pueblos del Norte, avalancha de población que inundó no solo la Italia, sino toda la Europa meridional... ¿Se llamará esto un nuevo contingente de sangre latina? Es posible y aún probable que así lo entiendan más de cuatro fabricantes de razas.

Bien está que llamemos latinos a todos los pueblos que hoy hablan idiomas que se derivan en primer término del antiguo idioma del Lácio, y que llamemos anglos o sajones a aquellos otros cuyo lenguaje sea o se derive del inglés pero entendamos al fin que eso poco o nada tiene que ver con las razas o linaje de gentes, étnicamente hablando.

La especie de solidaridad que naturalmente se establece entre las gentes que hablan un mismo idioma, o idiomas afines, explica suficientemente aquella denominación general, sin que esto implique ni arguya una positiva comunidad de origen.

Los italianos antiguos, al menos los del mediodía de aquella península, y los de Sicilia, fueron más griegos que latinos; la misma parte de Italia fue llamada la gran Grecia, o Grecia grande, por casi todos los geógrafos de la antigüedad; tan solo la preponderancia que a la larga fueron adquiriendo, por sus conquistas, los hijos del Lacio, hizo que dejara de llamarse Grecia su propio país y los inmediatos. Sin embargo, no pretendemos, ni mucho menos, afirmar que tanto en el Lacio como en los países más cercanos a esa corta porción de Italia, a pesar de las repetidas invasiones griegas, dejara de subsistir como dominante la sangre latina; por que se ha visto y verá repetidas veces que los pueblos invadidos, y aún conquistados, suelen continuar formando el núcleo o fondo de la población, como sucede en América, en las Baleares y en nuestras islas Canarias.


                                                                                                                  SOMAR.

viernes, 28 de noviembre de 2014

NUESTRA MARINA



                            (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 4 de marzo de 1901)
                                   Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

No para conquistar el África, por aquello de que tal sea nuestra misión providencial, sino para defender nuestras posesiones, deseamos que progresivamente vayan aumentando nuestras fuerzas navales.

No sabemos si la Rusia también ha entendido que su misión providencial es conquistar la Europa y el Asia; pero así lo hace creer su empeño en extenderse por ambas partes del Mundo. Si su Marina hubiera podido competir con las de Inglaterra y Francia reunidas, tal vez hoy fueran suyas la Turquía y la Grecia.

Antes de proseguir hablando de Marina, bueno será digamos otras dos palabras nada mas, sobre misiones providenciales. Varias veces hemos oído afirmar a los marroquíes que su nación ha de volver a conquistar, no solamente las penínsulas Ibérica e Italiana, que ya conquistaron, sino toda Europa. Rectificamos ese aserto, haciendo notar a nuestros interlocutores que los árabes o moros solamente ganaron en Italia una parte de Sicilia y de la Calabria; pero contestó un musulmán que él no se paraba en detalles,  y que en conjunto era bien sabido y bien seguro que la Europa algún día sería de ellos.

El cónsul inglés de Tánger, persona ilustrada y sumamente amable, presenció la citada conferencia, y después de separarnos del musulmán, me dijo a poco más o menos lo siguiente:

—Cuando nos las hubimos con los ashantis—pueblo, del mediodía de África, — hallamos en ellos un gran tesón y resistencia, debida principalmente a la persuasión en que estaban de que eran el primer pueblo conquistador de la Tierra, y de que antes de pocos años el África entera sería suya. Lo mismo decían los iraqueses respecto a la América del Norte, y en general no hay pueblo bárbaro que no se tenga por el primero del Mundo.

Me guardé muy bien de referir a mi inglés lo que había oído a cierto andaluz, —que no iba en zaga a muchos lusitanos,—el cual me aseguraba como si lo estuviera viendo, que antes de concluir el siglo XIX, ya Marruecos sería de España. A éste pensador optimista pregunté qué fundamento tenía su opinión, y él me preguntó a su vez que si yo no sabía que nuestros mayores los vándalos y los visigodos fueron señores de Cartago y del África Tingitana, aunque después los expulsaron de ambos países.

—Pero hombre, le dije, si nuestros mayores fueron esas gentes del norte ¿qué raza latina es la nuestra?

—Es que somos a la vez latinos y normandos u hombres del Norte, aun que parezca cosa contradictoria por que somos el resultado de la fusión de ambas razas; y no olvide V. que los latinos se merendaron toda la Europa, el Asia y el África.

—Algo de eso último hubo, en realidad; pero nuestra raza ibera es el resultado de otra fusión más compleja, en la que entran otros varios pueblos del Norte, a más del antiguo cruzamiento con fenicios y cartagineses, y del posterior con los árabes y moros o mauritanos. Yo, después de todo, opino que el núcleo de nuestro pueblo es ibero, mucho más que latino, que normando y que africano.

Ahí concluye el diálogo con aquel otro optimista; y volviendo a nuestra marina, bueno es decir de paso que cualquiera nación que pretenda conquistar el imperio Marroquí, ha de  comenzar por tener una marina de guerra de primo cartello, por si acaso le sucediera lo de Rusia cuando la emprendió con la Turquía allá por los años de 1855. En la rada de Sebastopol tuvieron  sus navíos muy triste aunque honrosa sepultura. El equilibrio europeo requiere o exige cortar un poco las alas a la nación que pretenda elevarse demasiado, o volar muy alto.

Afortunada o desgraciadamente nosotros en España no tenemos por ahora esas alas, que sea preciso cortar, ni las  vemos crecer bastante aprisa. Aunque sea a paso de tortuga, bueno es que lleguemos al fin a contar con una buena escuadra, que unida a otras, sirva tal vez para cortar algunas alas ajenas. Ese es por ahora nuestro ideal, y para ello, ya que no contamos con la unión Ibérica, contaremos con nuestros propios recursos, que a la verdad son bastante escasos, y no solo nos prometen un risueño o lisonjero porvenir lejano. Citamos la unión Ibérica no solo por el aumento de buques, sino por otro artículo de primera y más apremiante necesidad, cual es, el aumento de puertos capaces de hacer una defensa comme il faut, contra las nuevas y formidables escuadras blindadas; de ese número se asegura ser hoy el puerto de Lisboa.

Y nosotros ¿dónde guarecemos nuestra marina de guerra, y la mercante, en caso de rompimiento  contra una  cualquiera de las grandes potencias?... ¿Podemos afirmar de buena fe y sin optimismos que tenemos puertos capaces de impedir que en ellos penetren las grandes escuadras enemigas y que se despachan a su gusto? 

Debemos comenzar por tenerles, antes de pensar en aumentar nuestra marina con un solo buque. Lo demás sería echar la cuenta sin huéspeda, o tirar del rábano por las hojas. Es preciso no hacernos ilusiones, semejantes a la soñada conquista de Marruecos; bastantes quijotadas tenemos en cuenta, paro no cargar una más. No olvidemos que el famoso hidalgo manchego resultaba o salía casi siempre estropeado de sus aventuras y que el mismo Cervantes dejó escrito en su epitafio:

                        «Aquí yace el caballero
                         bien molido y mal andante
                         a quién llevó Rocinante
                         por uno y otro sendero»


                                                                                           SOMAR

jueves, 27 de noviembre de 2014

LA CUESTIÓN DEL RÍO MUNI (VI)



             (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 27 de febrero de 1901)


El Sr. Coello hace notar, en varios parajes de su Memoria o Conferencia, el floreciente estado de la isla de Santo Tomás, bajo el mismo Ecuador. Es que los portugueses, que la poseen, saben administrarla, y siguen con acierto las prácticas de las naciones más cultas. Esa pequeña nación, casi sin marina de guerra, como Holanda y Bélgica, tiene sus colonias en un estado bastante próspero, y se ha atraído el afecto de los naturales de ellas, en lugar de contarlos como enemigos.

«Es vergonzoso, dice también el Sr. Coello—pagina 31—que las islas portuguesas estén mejor atendidas que las nuestras.» Hasta cable telegráfico cuenta ya la pequeña isla citada.

No conocemos los términos precisos del tratado recientemente celebrado en París, sobre fijación de limites entre nuestras posesiones y las francesas en ese golfo de Guinea y río Muni, tan insalubre como fértil y productivo; por que el Muni y sus afluentes riegan y fertilizan una gran comarca, rica en ébano, marfil , maderas tintóreas y un sin número de producciones que es ocioso repetir aquí. Sin embargo, parece que por aquel tratado hemos perdido toda la ribera izquierda del mismo río y de su enorme ensenada o estuario. Y se ha dicho que lo peor no ha sido lo peor que hayamos sufrido esa perdida, pagada con la concesión de un marquesado, sino que hemos sentado precedente para dar otro titulo o alta recompensa mañana al que nos haga perder la ribera derecha.

La verdad es que la posesión por nuestra parte de la cuenca izquierda del Muni  era casi efímera, por que allí  todo el negocio lo hacen los extranjeros. En cambio hemos obtenido que los franceses presten reconocimiento oficial a nuestro señorío en la orilla derecha, y hacia el Norte, cosa a la cual venían negándose desde hace bastante tiempo; pero esa pequeña ventaja no garantiza igual reconocimiento de parte de otras naciones, y por ese lado quedamos siempre expuestos a nuevas expoliaciones, si bien poco o ningún provecho sacamos de ese país que allí nos queda. Es un lujo demasiado costoso el de tener colonias, para que otros las exploten, y tal ha venido siendo nuestra desgracia en Guinea y algunos otros países. Tal vez algún día aprendamos a colonizar y sacar de ello el debido provecho, cosa que seguramente no se logra tiranizando a los naturales —aunque sean negros,—y engañándoles repetidas veces, hasta el punto de hacerles desconfiar de nosotros. Precisamente los extranjeros que explotan las riquezas del vecino continente, han hecho todo lo posible para captarse la enseñanza de los naturales, y así han logrado extender allí su comercio, y ampliarle en grande escala. Es mas, en sus colonizaciones han hecho progresos inmensos en el cultivo; la sola isleta de San Tomás, que asegura el Sr. Coello pagina 29—ser menor que la mitad de Fernando Poo, dice el mismo autor qué exporta anualmente por valor de tres a cuatro millones de pesetas, tan solo en cacao y algún otro producto, y hoy es hartó probable que exporte mucho más, así en esos artículos o renglones como en otros varios En ella como en Fernando Poo, Anobón, etc., se produce y cultiva el café, la quina, la vainilla, el caucho, el tabaco, el algodón, la palma de aceite, etc. Algo exportábamos también por aquel tiempo de nuestras islas de Guinea, pues tan solo los ingleses cambiaban en Fernando Poo, artículos del país por valor de 300 000 pesetas aproximadamente cada año, siendo de notar—y en esto se conoce también lo que es la industria inglesa —que aquella nación no sacaba por lo regular ni una peseta en pago, sino que con sus productos cubría aquel valor. Lo mismo a poco más o menos hacen allí los alemanes y franceses. Así abunda el metálico en esas naciones, mientras en la nuestra escasea extraordinariamente.

Concluimos este ya largo trabajo, lamentando tan sincera como por lo regular infructuosamente nuestro atraso en riqueza colonial, y haciendo votos para que al menos eso que nos queda pueda en lo sucesivo sernos más útil que gravoso, y que no impongamos ni mantengamos una carga a nuestro esquilmado Tesoro, sin más resultado que ver a los extranjeros hacer su negocio en nuestras mismas posesiones, y acaso acabar por arrebatárnoslas, como ahora ha sucedido con una buena parte de la cuenca del Muni.

Aumentar nuestra marina de guerra para evitar tales despojos es un cálculo insensato; perderíamos las colonias y los barcos, porque no podemos rivalizar ni igualar en pujanza marítima a las grandes potencias, aún dedicando a ello hasta la última peseta que nos queda, y convirtiéndonos en pordioseros Lo que nos importa es seguir el mismo camino trazado por otras naciones cultas, Bélgica, Holanda y aún Portugal, que sin abrigar la idea quijotesca de rivalizar en fuerzas marítimas con otras potencias—que no sólo tienen grandes escuadras sino también medios sobrados para aumentarlas si fuera necesario,—se concretan a desarrollar su industria y su comercio, procurando así no ser explotadas y acabadas de aniquilar por los grandes centros productores. No hay que olvidar, además, que la península Ibérica cuenta con un elemento de riqueza, la agricultura, que bien atendido como se merece, rivalizaría con gran ventaja sobre el mismo de aquellas naciones que bajo otros conceptos nos dejan muy atrás. La agricultura en España, como la industria y el comercio necesitan protección y esta protección consiste principalmente en la reducción de los créditos y múltiples impuestos que abruman al labrador, lo mismo que al industrial y al comerciante.

Lo antedicho no obsta para que a medida de nuestras fuerzas y recursos, vayamos progresivamente aumentando nuestra marina, y a la larga podamos volver a competir, bajo ese punto de vista, con otras naciones que hoy nos aventajan. La unión Ibérica, si algún día vuelve a verificarse, sería como es sabido, un gran paso en la senda de nuestra futura rehabilitación.

                                                                                       SOMAR *



*Seudónimo usado por Rosendo García-Ramos y Bretillard, anagrama de Ramos