José Ezequiel García Ramos y Quevedo (que en algunas ocasiones aparece como José Ezequiel García Ramos y Pérez) nació el diez de abril de 1804 en Tacoronte y era hijo de Candelaria Ignacia Pérez de Quevedo[1] y de José Antonio García Ramos Lorenzo, capitán de los Buques de la Carrera de Indias[2], quién se dedicó fundamentalmente al comercio de tabaco con Estados Unidos.
Su madre falleció en 1807 cuando José Ezequiel solo tenía tres años[3]. A los nueve años de edad, su padre decidió enviarlo a educarse a los Estados Unidos y, concretamente, cursó estudios en colegios de Washington y de Filadelfia[4] (lugares cercanos a donde su padre realizaba su actividad como marino y comerciante). Su formación se completó posteriormente en Europa.[5] Con motivo de su matrimonio con Catalina Bretillard González, se instaló en Santa Cruz de Tenerife. Allí iniciaría su actividad laboral como armador de buques siendo propietario de algunos barcos entre los cuales destaca el denominado La Estrella, un bergantín goleta[6] dedicado al transporte de correo, pasajeros y mercancías, que realizó sus travesías entre las islas durante más de tres décadas. Como armador también participó desde el 3 de marzo de 1838 en la fundación de una Sociedad que tenía por objetivo la pesca y posterior salazón del pescado capturado en las costas subsaharianas: la Sociedad para la Pesca del Salado.
José Ezequiel fue, además, regidor en varias ocasiones del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife[7] siendo uno de los responsables de que fuera posible la adquisición de los terrenos para la contrucción de la Plaza del Príncipe[8]. Su espíritu inquieto lo llevó a ser un estudioso de la historia y de temas relacionados con la naturaleza. Escribió varios trabajos sobre ciencias naturales, botánica, historia de Canarias...
Tras su temprana muerte ocurrida en 1862, su único hijo, Rosendo García-Ramos, publicó dos de sus obras Ensayo sobre macrobiótica y Primeras nociones sobre las Islas Canarias, impresas ambas en la Imprenta y Litografía de la Revista Medica de Cádiz, en 1875 y 1876 respectivamente.
Fue enterrado en el Cementerio de San Rafael y San Roque de Santa Cruz de Tenerife [9].
________________________________________________________
[1] Hija de José Pérez Quevedo, diputado entre 1798-1799 en el Ayuntamiento de Tacoronte, fallecido en 1809 (Pérez García, Nicolás. Tacoronte, siglo XIX. Tacoronte: Asociación para la Promoción de la Antigua Alhóndiga de Tacoronte, 2002. (p.23)
[2] Notas acerca de la Noticia de los
ascendientes de D. Fernando García Ramos, Manuscrito nº43 del Fondo Montesdeoca (Biblioteca ULL)
[3] Ídem
[4] García Ramos, Rosendo. Correspondencia con Gregorio Chil y Naranjo.
Museo Canario. Colección: Gregorio Chil y Naranjo (G.Ch.) Sección:
Documentación personal y familiar. Subsección: Correspondencia. Serie:
Cartas remitidas a Gregorio Chil y Naranjo. Fechas: 1876.16 de julio;
7,8 y 18 de agosto. Santa Cruz de Tenerife.
[5] Según cuenta Rosendo García-Ramos y Bretillard (hijo único de José
Ezequiel) en correspondencia con don Gregorio Chil y Naranjo el 18 de
agosto de 1876, su padre José Ezequiel fue enviado a la edad de nueve
años a estudiar a EE.UU. a "los colegios de Washington y Filadelfia”. Ya
que su madre había fallecido en 1807 y su abuelo en 1809, es posible
que el niño quedase en manos de su abuela, Josefa López de Leal, pues
hay que tener en cuenta que, su padre, al ser marino, no podría hacerse
cargo de él. Dado que en Tacoronte a principios del siglo XIX había muy
pocas posibilidades de dar formación académica al joven José Ezequiel es
razonable pensar que su padre y sus abuelos quisieran darle una
educación esmerada y pensaran en sacarlo de la isla. También es posible
que falleciera la abuela en fechas cercanas al noveno cumpleaños del
niño y ya no quedara nadie que se hiciera cargo de él.
[6] El buque La estrella es recordado por Agustín Millares Torres como un “pailebot” en el cuento Sacrificio. (Revista Millares, nº1, p.7-24. Las Palmas de Gran Canaria, 1964)
[7] Cioranescu, A. (1977). Historia de Santa Cruz de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife: Servicio de Publicaciones de la Caja General de Ahorros.
[8] Martínez Viera, F. (1968). El antiguo Santa Cruz: crónicas de la capital de Canarias. La Laguna: Instituto de Estudios Canarios. (p.91-97)
[9] García Pulido, D. (2000). El cementerio de San Rafael y San Roque. Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento. ( p. 107, B101)
martes, 15 de noviembre de 2016
José Antonio García Ramos Lorenzo
José Antonio García Ramos Lorenzo (conocido también como José Antonio Ramos) nació el 23 de noviembre de 1768, en Tacoronte (Tenerife)[1] y falleció en Santa Cruz de Tenerife el 15 de diciembre de 1851. Era hijo legítimo de Fernando Manuel García Ramos (natural del Realejo Alto) y de Juana Lorenzo Quintero. Da fe de que vivó su infancia y adolescencia en Tacoronte el hecho de aparecer empadronado allí en 1779. [2]
También en Tacoronte casó, en primeras nupcias, el 3 de agosto de 1803 con Candelaria Ignacia Pérez de Quevedo. [3]
De este primer matrimonio nació en 1804 su primogénito José Ezequiel García-Ramos Pérez, padre de Rosendo García-Ramos y Bretillard.
José Antonio García Ramos fue Capitán de los Buques de la Carrera de Indias y su nombramiento consta a 15 de Noviembre de 1825, Folio 10 del libro que comprende dicho año, en la Comandancia Militar de Marina de esta Provincia. [4] Como muchos otros tacoronteros, José Antonio buscó en el mar un sustento que en aquellos años de penurias era necesario encontrar.
En 1807 falleció su primera esposa, Candelaria Ignacia Pérez de Quevedo, quedando José Ezequiel huérfano a la edad de tres años. Casó en segundas nupcias con Mª del Rosario Mendoza y en 1827 nació Antonio García Ramos, su segundo hijo que falleció en 1845 a la edad de 18 años.
José Antonio Ramos (como era conocido) se dedicó al comercio del tabaco con Cuba y Estados Unidos. Falleció el 15 de Diciembre de 1851. Su testamento protocolarizado en 1834 pone de manifiesto su importante actividad comercial y las numerosas propiedades que se dedicó a adquirir tanto en su pueblo natal como en Santa Cruz de Tenerife donde murió y fue enterrado en el Cementerio de San Rafael y San Roque.[5]
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[1] Salazar Brito, Domingo (1866). Ascendientes de Fernando García Ramos, natural del Realejo Alto en la isla de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife: Imprenta de Salvador Vidal.
[2] Padrón del Ayuntamiento de Tacoronte, 1789 (Archivo de la RSEAP, legajo 23, F.135).
[3] Hija de José Pérez Quevedo y de y de D.ª Josefa López de Leal (Manuscrito nº43 , titulado Notas acerca de la Noticia de los ascendientes de D. Fernando García Ramos en el Fondo Montesdeoca de la Biblioteca ULL)
[4] (Manuscrito nº43 , titulado Notas acerca de la Noticia de los ascendientes de D. Fernando García Ramos en el Fondo Montesdeoca de la Biblioteca ULL)
[5] García Pulido, D. (2000). El cementerio de San Rafael y San Roque. Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento. ( p. 107, B101)
También en Tacoronte casó, en primeras nupcias, el 3 de agosto de 1803 con Candelaria Ignacia Pérez de Quevedo. [3]
De este primer matrimonio nació en 1804 su primogénito José Ezequiel García-Ramos Pérez, padre de Rosendo García-Ramos y Bretillard.
José Antonio García Ramos fue Capitán de los Buques de la Carrera de Indias y su nombramiento consta a 15 de Noviembre de 1825, Folio 10 del libro que comprende dicho año, en la Comandancia Militar de Marina de esta Provincia. [4] Como muchos otros tacoronteros, José Antonio buscó en el mar un sustento que en aquellos años de penurias era necesario encontrar.
En 1807 falleció su primera esposa, Candelaria Ignacia Pérez de Quevedo, quedando José Ezequiel huérfano a la edad de tres años. Casó en segundas nupcias con Mª del Rosario Mendoza y en 1827 nació Antonio García Ramos, su segundo hijo que falleció en 1845 a la edad de 18 años.
José Antonio Ramos (como era conocido) se dedicó al comercio del tabaco con Cuba y Estados Unidos. Falleció el 15 de Diciembre de 1851. Su testamento protocolarizado en 1834 pone de manifiesto su importante actividad comercial y las numerosas propiedades que se dedicó a adquirir tanto en su pueblo natal como en Santa Cruz de Tenerife donde murió y fue enterrado en el Cementerio de San Rafael y San Roque.[5]
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[1] Salazar Brito, Domingo (1866). Ascendientes de Fernando García Ramos, natural del Realejo Alto en la isla de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife: Imprenta de Salvador Vidal.
[2] Padrón del Ayuntamiento de Tacoronte, 1789 (Archivo de la RSEAP, legajo 23, F.135).
[3] Hija de José Pérez Quevedo y de y de D.ª Josefa López de Leal (Manuscrito nº43 , titulado Notas acerca de la Noticia de los ascendientes de D. Fernando García Ramos en el Fondo Montesdeoca de la Biblioteca ULL)
[4] (Manuscrito nº43 , titulado Notas acerca de la Noticia de los ascendientes de D. Fernando García Ramos en el Fondo Montesdeoca de la Biblioteca ULL)
[5] García Pulido, D. (2000). El cementerio de San Rafael y San Roque. Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento. ( p. 107, B101)
miércoles, 25 de mayo de 2016
Ensayo de macrobiótica de José Ezequiel García-Ramos
| Ensayo de Macrobiótica, 1875 Leer la obra |
Unas cartas de Rosendo García-Ramos dirigidas a don Gregorio Chil y Naranjo y custodiadas en el Museo Canario, nos pusieron sobre la pista de un pequeño libro sobre macrobiótica escrito por el padre del primero, José Ezequiel García Ramos y Quevedo, alrededor de 1860, dos o tres años antes de su fallecimiento.
Además de esta noticia bibliográfica esas cartas nos han aportado mucha información de caracter biográfico, tanto sobre el autor del libro como sobre el propio Rosendo García-Ramos. Algunos de estos datos, de alguna manera, ya los conocíamos pues se nos habían revelado, rodeados de un halo literario y novelesco, a través de algún artículo periodístico y confundidos con la ficción en Tristeza sobre un caballo blanco de Alfonso García-Ramos.
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domingo, 23 de agosto de 2015
DE COLABORACIÓN: ¿Disciplina?
Artículo publicado el 16 de marzo de 1911 en La Opinión
A las reflexiones que
hace hoy el «periódico conservador» de esta capital, se nos ocurre añadir dos palabras.
Aboga dicho Diario por la estricta disciplina
de los conservadores en las islas occidentales del archipiélago; pero si esa
disciplina, en este caso particular, conduce a suicidarse políticamente, ¿debe
o no mantenerse?...
Ese es el caso concreto
que hay que ventilar.
Nadie ignora que el Sr.
León tenía grandes influencias, no sólo entre los liberales, sino también entre
los conservadores, como que éstos le consideraban como uno de los suyos, y le
mantenían en el alto y trascendental cargo de Embajador nuestro cerca de la
nación francesa. Hasta se dijo y repitió varias veces que aquel señor iba a pasar al partido Conservador.
Nadie ignora tampoco que
ambos gobiernos, liberal y conservador, tenían al Sr. León casi como arbitro de
la política en nuestras islas, o como se dice en términos palaciegos, estaba
encargado de ellas, según otros prohombres han estado encargados de otras provincias.
Ahora bien, ¿dónde
íbamos a parar con tal disciplina? Claro es que íbamos a acabar de cumplir las
aspiraciones de la isla de enfrente, después de lo mucho que ella ha logrado a
la sombra del Sr. León, íbamos a ser despojados de nuestros más preciados a
indiscutibles derechos, y decimos indiscutibles, porque lo son para todo aquel
que sabe pensar.
¿No es sabido también
que los gobernadores que se enviaba a estas islas eran antes consultados, si no
designados, por el cacique teldeño? ¿Es menos cierto que igual o parecida
fiscalización ejercía este en la elección de nuestros Diputados y Senadores?
Hasta con otros nombramientos, tales como los de jefes de Fomento, de
Estadística, de Ingenieros, etc., se entrometía en inmiscuir aquella especie de
pesadilla que nos perseguía.
Todo ello motivó la
saludable resolución de luchar a brazo partido, como suele decirse, contra
semejante caciquismo, y de ahí nació la patriótica resolución de confederarse los
electores, cualquiera que fuese su particular opinión política, en defensa de
la patria chica. Lo mismo se ha hecho en otras provincias de España, cuando se
han visto hastiadas de caciques.
¿Qué podían hacer por
nosotros los diputados, conservadores y liberales, sometidos a la tan decantada
disciplina?
Nada entre dos platos,
dice el vulgo, y fuerza es confesar que la frase es tan vulgar como gráfica.
Chante-Clair.
martes, 4 de agosto de 2015
DE COLABORACIÓN: La disciplina
Artículo publicado el 30 de diciembre de 1910 en La Opinión
Aunque
ajenos tal vez al asunto, hemos de comenzar dedicando dos palabras a la
polémica que ha ocupado varias columnas del diario matritense La Correspondencia Militar en los últimos meses del año que
finaliza; es decir, a la cuestión de Escalas. Los partidarios de la Escala Cerrada
alegan como principal argumento en favor de su tesis, la consideración
siguiente: A campaña se envía ordinariamente una corta parte del Ejército; en esa
parte hay Oficiales que se distinguen, y por ello obtienen ascensos. Pero debe
tenerse presente que la mayor parte del Ejército no fue a campaña, y de
consiguiente la mayor parte de la Oficialidad no pudo obtener esas ventajas que
obtuvo una corta minoría. ¿No entraña esto una injusticia? Porqué hay que convenir
en que cualesquiera otras que hubieran sido las fuerzas llevadas a campaña,
estas hubieran realizado iguales o quizá mayores hazañas que aquellas otras.
Oponen a
ese argumento los partidarios de la
Escala abierta la otra consideración de que, sin el estímulo de
las recompensas, no se hubiesen realizado tales hazañas; pero nos inclinamos a
los que juzgan, en los artículos citados de La Correspondencia Militar , de poca fuerza ese argumento, por que todo militar debe cumplir su
obligación. Y en efecto, se nos figura que cuando vemos al enemigo próximo a arrebatarnos
una bandera, una ametralladora, un reducto, etc., se nos figura, vuelvo a
decir, que lo menos de que nos acordamos es de ascensos ni recompensas, sino que
cumplimos nuestra obligación como los primeros.
Mas
racional aunque a muchos parezca paradójico, nos parece el sistema de ascensos
que se puso en práctica durante un período de la Revolución francesa de
fines del siglo XVIII. Cada compañía o mejor dicho los soldados de ella elegían
sus respectivos cabos, éstos a los sargentos, y así sucesivamente hasta el
capitán; luego los capitanes del batallón elegían al comandante, y por ese
orden continuaba la elección hasta el Jefe supremo. Bien entendido que esa
elección general se practicaba periódicamente, cada uno o dos años.
Por lo
demás, bien sabido es que los más afamados generales de la República y del Imperio
en Francia, comenzaron su carrera de simples soldados, o con grados muy subalternos,
debido casi siempre a la elección. Ordinariamente pasaban de la Milicia nacional al
Ejército, con igual grado.
Todavía
no hemos hablado propiamente de la disciplina, no la militar sino la civil, que
es el objeto de estos renglones. Claro está que cada Jefe debe ser respetado y
obedecido por sus respectivos subalternos. Pero entendemos que cada partido
político se abusa de la
Jefatura , y esto solamente puede corregirse sometiendo dicha
Jefatura a la elección anual o bianual con derecho a reelección. También puede
hacerse dicha elección por quinquenios.
Decíamos
que se abusa de la Jefatura ,
a causa de la disciplina; y en efecto, hay casos en que ambos son
incompatibles. Cuando el general Ortega arengó a sus tropas en San Carlos de la Rápita ¿le obedecieron éstas?
Otros mil casos análogos pueden citarse; y contrayéndonos a las Jefaturas de
partido, ¿habría mayor absurdo que llevar la disciplina hasta el punto de
disponer el Jefe de la vida y hacienda de sus subordinados? Pues algo semejante
acontecería llevándola hasta el punto de que el Jefe designe en todas y cada
una de las Provincias a las personas que han de representarlas en las Cortes, y
hasta a las empleadas en las distintas dependencias
del Estado.
No se
si consciente o inconsciente, casi puede decirse que camino de eso vamos. Todos
los partidos, hasta los más avanzados tienen sus Jefaturas más o menos
inamovibles.
¿Es que
todos somos monárquicos, y todos aspiramos a ser reyes absolutos?
Por que
debemos tener presente que aún con Jefaturas amovibles, los tales jefes no
deben intervenir en las Elecciones, que deben ser completamente libres; y esto
es lo que si bien se pregona a los cuatro vientos en los periodos electorales, rara
vez se cumple, a causa de la disciplina.
Chante-Clair.
lunes, 3 de agosto de 2015
DE COLABORACIÓN: Socialismo
Artículo publicado en La Opinión el 4 de noviembre de 1910
No ha
muchos días que publicamos bajo el epígrafe de Clericalismo unas cuantas
observaciones, que hoy ampliamos con
algunas otras, a ver si conseguimos aclarar la ceguera de algunas gentes que, de
buena o de mala fe, se empeñan en considerar la democracia como antagónica de
la religión.
Decimos
de buena o de mala fe, pero debemos desde luego descartar a los que de mala fe sostienen
aquél absurdo; ellos no merecen los honores de la discusión, si bien es
conveniente desvanecer su propaganda, por lo que ésta pueda seducir a los
incautos.
¿Quién
ignora que el Cristianismo, en su forma primitiva, y tal como lo instituyó su
fundador, es una pura democracia o mas propiamente hablando, un puro
socialismo? Es preciso no haber leído los Evangelios, y todo el Nuevo Testamento,
para negar esa verdad; o bien es preciso, para negarla, ser uno de tantos
rutinarios, que no entienden lo que leen, y sólo creen aquello que le han
inculcado en su respectiva escuela.
El Nuevo Testamento está lleno de pruebas de lo que decimos, y contra el mismo no
vale el tan
socorrido
argumento de que lo que dice son tan sólo figuras, argumento de que
tanto han abusado los intérpretes imbéciles del Testamento viejo.
La
comunidad de bienes fue indudablemente la base social del Cristianismo, en su
forma primitiva; bien entendido que esa comunidad era voluntaria y en
observación del mandamiento único o fundamental después del de amar a Dios:
amar al prójimo como a sí mismo. ¿Y no era eso un verdadero socialismo? Claro es
que lo era, con la sola diferencia respecto a otra escuela socialista moderna,
de que aquella comunidad de bienes había de ser hija del amor y no de la violencia.
Siempre
se mantenía el proyecto de no hurtar, como todos los demás mandamientos.
Tanto en religión, como en historia y en otras ciencias, ha sido y es costumbre
de infinitas personas el discutir sin conocimiento verdadero de causa. Los rutinarios
son terribles, por cuanto se convierten con frecuencia en verdaderos
fanáticos, o energúmenos, y esto sucede en todas las religiones habidas y por
haber. Ellos no leen más que aquello poco que les enseñaron; y si acaso leen
algo más, eso más no lo entienden ni quieren entenderlo. En todas las
religiones abunda semejante lepra, la que hizo a Sócrates beber la cicuta y a
Galileo retractarse y decir que la mentira era la verdad, para salvar la vida.
Se
disputa o discute, decimos, sin conocimiento de causa, sin haber leído
previamente las fuentes de la respectiva ciencia o doctrina. Nadie debe
discutir sobre varios asuntos políticos y religiosos sin tener pleno
conocimiento de la Biblia ;
sobre todo debe tenerse a la vista el Nuevo Testamento; debe hacerse en
particular estudios de los Evangelios, actos o hechos de los Apóstoles y
algunas de las Cartas de los mismos, si no de todas ellas.
Sin ese
conocimiento no puede ser deslindado el campo político-religioso; no puede ser
distinguido y separado el fanatismo de la religión verdadera. En suma, no puede
hacerse o formarse juicio exacto de lo que es y lo que se llama socialismo.
Chante-Clair
sábado, 1 de agosto de 2015
DE COLABORACIÓN: Lo de siempre
Este artículo, publicado en La Opinión en marzo de 1910 , aparece firmado con sus iniciales R.G.R.
Es lucha eterna la de las dos tendencias, una monárquica y republicana o sea demócrata la otra, siendo de notar que aún los mismos que alardean de republicanismo, no se substraen a la primera. ¿Qué otra cosa es sino una tendencia monárquica, eso de Jefe de partido? ¿Y qué partido o fracción liberal, demócrata o republicana deja de tener sus eternas aspiraciones a una Jefatura? Esta, y aún el Directorio, son tendencias monárquicas, siendo de advertir que hay muchos hombres políticos que aceptan por ahora la monarquía, sin perjuicio de odiar toda autocracia. Esta solo la consideran aceptable temporalmente, es decir, sólo como cualquier cargo público y sujeto a la ley.
Las repúblicas antiguas nos han dado buen ejemplo. En Roma no había Jefe único alguno, y los Cónsules, que eran accidentalmente los supremos magistrados de la nación, sólo ejercían su cargo dos años. Las Jefaturas únicas y vitalicias son ni más ni menos que la peor de las monarquías constitucionales, y anulan o merman considerablemente la libertad del sufragio. Un partido cualquiera con su Jefe supremo, casi deja sin valor alguno el ejercicio electoral. ¿Y para qué elecciones cuando el Jefe tiene en su mano los candidatos? El encasillado substituye a la elección. Por ello comenzamos diciendo que todavía existe, y existirá largos años, la eterna lucha entre las dos tendencias.
Todavía ha de pasar mucho tiempo antes de que una nación cualquiera, suficientemente ilustrada o civilizada, concrete las Jefaturas al ejercicio temporal de un cargo, renovado o reelegido libremente cada bienio, o trienio; y sobre todo, sin intervención alguna en la libre emisión de votos en los comicios. Todo lo que sea coartar poco o mucho el sufragio, constituye una verdadera tiranía. Para evitar eso no hay otro medio sino que la nación eleve su nivel intelectual, o lo que es igual, que adquiera un grado elevado de civilización. Es preciso que cada elector tenga conciencia de su misión, y no vaya a los comicios como un animal de reata, o vendido a tal o cual interés personal, que nada importa al bien común. Es preciso que cada elector comprenda que en el bien común estriba el particular de cada individuo y el de sus hijos. Mientras así no lo comprenda, verá ir la nación en decadencia, verá cada día aumentar las cargas que pesan sobre cada cual, y por último se verá obligado, como está viéndolo cada día en los demás, a buscar fuera de su patria, no ya una verdadera fortuna, sino aunque sea un pedazo de pan.
Y he ahí como las antiguas monarquías absolutas, cuando por suerte caían bajo un soberano sabio, benéfico y desinteresado, brillaban por su prosperidad y grandeza. Era que esos soberanos barrían toda esa plaga de vividores, verdadera langosta que asola el país más floreciente.
R.G.R.
Las repúblicas antiguas nos han dado buen ejemplo. En Roma no había Jefe único alguno, y los Cónsules, que eran accidentalmente los supremos magistrados de la nación, sólo ejercían su cargo dos años. Las Jefaturas únicas y vitalicias son ni más ni menos que la peor de las monarquías constitucionales, y anulan o merman considerablemente la libertad del sufragio. Un partido cualquiera con su Jefe supremo, casi deja sin valor alguno el ejercicio electoral. ¿Y para qué elecciones cuando el Jefe tiene en su mano los candidatos? El encasillado substituye a la elección. Por ello comenzamos diciendo que todavía existe, y existirá largos años, la eterna lucha entre las dos tendencias.
Todavía ha de pasar mucho tiempo antes de que una nación cualquiera, suficientemente ilustrada o civilizada, concrete las Jefaturas al ejercicio temporal de un cargo, renovado o reelegido libremente cada bienio, o trienio; y sobre todo, sin intervención alguna en la libre emisión de votos en los comicios. Todo lo que sea coartar poco o mucho el sufragio, constituye una verdadera tiranía. Para evitar eso no hay otro medio sino que la nación eleve su nivel intelectual, o lo que es igual, que adquiera un grado elevado de civilización. Es preciso que cada elector tenga conciencia de su misión, y no vaya a los comicios como un animal de reata, o vendido a tal o cual interés personal, que nada importa al bien común. Es preciso que cada elector comprenda que en el bien común estriba el particular de cada individuo y el de sus hijos. Mientras así no lo comprenda, verá ir la nación en decadencia, verá cada día aumentar las cargas que pesan sobre cada cual, y por último se verá obligado, como está viéndolo cada día en los demás, a buscar fuera de su patria, no ya una verdadera fortuna, sino aunque sea un pedazo de pan.
Y he ahí como las antiguas monarquías absolutas, cuando por suerte caían bajo un soberano sabio, benéfico y desinteresado, brillaban por su prosperidad y grandeza. Era que esos soberanos barrían toda esa plaga de vividores, verdadera langosta que asola el país más floreciente.
R.G.R.
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