sábado, 11 de octubre de 2014

 ANTIGÜEDADES GERMÁNICAS (I)

            (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 20 de septiembre de 1898)
                    Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

 Los pueblos llamados germanos -hombres de armas o de guerra- se llamaban también alemanes y francos, aludiendo ora a la variedad de su procedencia, ora a la libertad de que gozaban, respecto al imperio avasallador de los romanos, y quizá también respecto al de los soberanos más poderosos del norte de Europa.

 Eran en efecto una reunión de tribus o razas nómadas, sin historia y sin códigos, cuya procedencia era varia, y no menos diversos sus nombres o particulares denominaciones. Tácito y Cesar escriben que los germanos apenas se aplicaban a la agricultura, siendo los ganados su principal cuidado y su principal alimento; y como pastores que eran, no hacían  casas sino chozas. No poseían los terrenos en que vivían; pero sus jefes o magistrados señalaban cada año las tierras en que cada familia había de vivir,  y al año siguiente variaban esa distribución. Lo mismo sucedía entre los antiguos habitantes de nuestras islas Canarias, y en muchos otros países. También hallamos en Tácito la noticia de que cada príncipe o jefe alemán tenía un séquito de gente o especie de guardia de honor, que dicho autor llama comites o sea compañeros; siendo de advertir que más tarde, cuando aquellos pueblos se civilizaron, los comités se llamaron condes y obtuvieron grandes privilegios, si bien su número se redujo considerablemente.

No en balde se llamaban francos los hombres de algunas tribus germánicas; su libertad era casi absoluta, y cuando uno o varios de sus jefes proyectaban cualquier empresa belicosa, la proponían a los que le obedecían, y si estos no la aprobaban, desistían  los jefes de llevarla a cabo. El citado Cesar, que refiere esa circunstancia, añade que el modo de aprobar o desaprobar la proposición consistía en levantarse o permanecer sentado.

 Pero a la larga, en vista y contacto prolongado con las monarquías que les rodeaban, los germanos formaron también monarquías, máxime procediendo como una gran parte de ellos procedía, de los antiguos estados monárquicos del norte y nordeste de Europa. Dividieronse, pues, en varios pueblos o naciones, cada una con su soberano, y tomaron diferentes nombres, de los cuales los más conocidos son los francos y los borgoñones. Unos y otros invadieron las Galias enseñoreándose de  casi todo este país y arrojando del mismo a todos los que se resistían. Según parece, ya entonces otros varios pueblos del norte habían penetrado en las Galias, donde una parte de ellos se había quedado, y otra parte había pasado a Italia e Iberia.  De cualquier modo, es indudable que suevos, vándalos, godos etc. invadieron por aquellos tiempos estos países; y que los visigodos conservaron por largo tiempo la Galia narbonense, resistiendo valerosamente el empuje de francos y borgoñones.

Como estos pueblos carecían casi en absoluto de literatura, y por otra parte los pueblos del mediodía estaban en continuo batallar contra sus invasores, y de consiguiente poco se ocupaban de historia, y menos de hacerla de sus enemigos, resulta naturalmente que son pocas las noticias llegadas hasta nosotros acerca de aquellos sucesos, y las que han llegado son no poco confusas y contradictorias. Vamos a ocuparnos ahora solamente de los tres Pueblos o naciones germánicas que principalmente conquistaron y ocuparon las Galias, aun así nos concretaremos, a referir tan solo algunos sucesos notables y que no presenten gran duda o incertidumbre. Al hablar de los visigodos debemos hacer la salvedad de que no parece deban ser incluidos entre las naciones germánicas propiamente dichas, por mas que su origen y el de los germanos fuera uno mismo; todos eran normandos—hombres del norte —y todos ellos ofrecían bastante analogía en su idioma y costumbres; pero en la división establecida entre dichos pueblos, los germanos y los godos aparecen casi siempre como naciones distintas o como distintos grupos de bárbaros del Norte, según el calificativo adoptado por los pueblos llamados latinos  los cuales a su vez habían descendido hasta la barbarie y eran en realidad una confusa amalgama de gentes diversas. El nombre de pueblo latino se conservaba mas bien por su idioma y por la tradición oral y escrita, que por su sangre y linaje. Casi lo mismo puede decirse del pueblo griego, cuyo idioma y literatura sobrevivieron largo tiempo a su genuina nacionalidad.

Es curioso seguir paso a paso, digámosle así, la marcha progresiva de la citada invasión de las Galias; al principio los godos y los borgoñones se contentaban con ocupar cierta porción del país, y exigir una buena porción de trigo, vino etc., no solo de los habitantes del país invadido u ocupado por ellos, sino de los inmediatos, a los que amenazaban con igual invasión. Así lo dice el historiador Zosimo—libro V—hablando en particular de los trigos exigidos por el visigodo Alarico; y en la Crónica debida a Mario se lee que por los años 456 de nuestra Era, los senadores de la Galia se convinieron con los jefes de los borgoñones en compartir una porción del mismo país. Varios autores hablan de tratados de partición de tierras entre los invasores y los invadidos siendo de notar que más tarde, cuando aquellos tuvieron literatura y crónicas, consignaron en ellas los textos de algunos de dichos tratados. Montesquieu  en su Espíritu de las Leyes – libro 30- cita las crónicas y códigos de los visigodos, en las cuales se habla largamente del asunto; y también se refiere a los de Borgoña, siendo de notar la observación que hace de que hasta en los dichos tiempos del rey Luis el Debonnaire—años 829  de nuestra Era- subsistía aun la división de tierras entre los antiguos y los nuevos pobladores.
   Pero esa especie de unión o concordia entre los invasores y los invadidos, tenía sus alternativas. Por tiempos y en tales o cuales provincias aumentaba la concordia y se establecía una verdadera fusión; pero en otros tiempos o lugares aumentaba la discordia y los vencedores hacían sentirá los vencidos el peso de su dominación. Esto mismo ha sucedido generalmente en todas partes; los que se sublevan, si no triunfan aumentan el peso de sus cadenas, y de procedió que aumentara el número  de siervos en las Galias. Cada ciudad sublevada veía por lo regular más tarde convertidos en siervos a sus habitantes; y como los pueblos conquistadores eran rivales entre si, y se hacían la guerra cada poco, llegó pronto la Galla o Francia a convertirse en un país de siervos y señores, o lo que es lo mismo, de señores y vasallos.

 Al fallecimiento o la muerte de un monarca, sucedía frecuentemente la partición de sus dominios, y la guerra civil entre los herederos, guerra que producía la servidumbre de casi todos los vencidos; aun en vida del soberano de cualquier Estado, dentro del territorio franco, o borgoñón etc., había guerras civiles por aspiraciones que las promovían, guerras que solían ser más sangrientas e implacables  que las de unos estados contra otros.

Lo mismo que acabamos de decir sucedía por aquellos tiempos en la Germania o Alemania, propiamente dicha, en las islas Británicas, en Italia y en toda o casi toda Europa. Los pueblos mientras viven en estado de nómadas, mientras se alimentan de sus ganados y de la caza y pesca –en mares, lagos y ríos- mientras solo construyen chozas o cabañas, apenas conocen la servidumbre; pero desde que forman Estados y tienen ejércitos casi permanentes, empiezan a tiranizarse a establecer distinciones y a aumentar la servidumbre; es preciso que la civilización alcance un alto grado para que desaparezca esa que llamaremos semi barbarie. En cambio los pueblos nómadas y salvajes viven casi siempre en una hostilidad individual, o sea de hombre a hombre, de familia a familia y de tribu a tribu, rivalidad que al cabo es la peor de todas.



                                                                              Rosendo García-Ramos 

miércoles, 8 de octubre de 2014

UNA CARTA



(Carta publicada en el Diario de Tenerife el 13 de julio de 1898)
                                      Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC
Señor Don Patricio Estévanez y Murphy.
Santa Cruz.

 Mi distinguido amigo: como usted me pidió, hace ya tiempo, algunos renglones de ampliación a las noticias contenidas en mi modesto trabajo sobre los  Eslavos, que vio la luz en su periódico, ahora que estoy desocupado en este campo cercano a la Capital, le voy a emborronar unas cuantas cuartillas, de las cuales naturalmente puede hacer usted el uso que mejor le parezca. Esto será muy poca cosa; pero servirá al menos para que usted vea no olvida a sus amigos el que lo es suyo muy sincero.
    
Llano de Taco, 9-7-98

                                                                     ***
 El triunfo de los pueblos del norte de Europa sobré los del mediodía, en los pasados siglos, les envaneció no poco, y no sin razón, y les sugirió la idea de buscar la grandeza por otra vía diversa a la brutal de las armas.

 En primer lugar, y lo mismo que se ha visto en muchos otros pueblos, de Oriente y de Occidente, así en el viejo como en el nuevo Mundo, empezaron por darse un parentesco cercano nada menos que con los dioses. Es mas los godos y los teutones se llamaban modestamente dioses a si mismos (God y Teut) con lo cual en su concepto dejaban muy atrás a los vándalos, eslavos, sajones, etc., por más que su origen fuera el mismo o casi igual.
 Más tarde la fundación del Orden Teutónico dio buena prueba del alto concepto que se tenían los descendientes de los bárbaros en otro tiempo esclavizados por los romanos. Fue una especie de revancha o  represalia de las famosas batallas en que los italianos y sus auxiliares del mediodía, derrotaron completamente a los cimbros y teutones jornadas que inmortalizaron al famoso cónsul Mario.

 Y aquí debemos advertir que teut o teud son voces sinónimas, o más bien son una misma palabra. La letras t y d solían usarse indistintamente, o sea sustituirse la una a la otra, con bastante frecuencia, sobretodo al final de los adjetivos y en general de los nombres. De la voz  teud, que los españoles pronunciaban tud, viene la palabra tudesco, que es sinónima de teutón.

 Ya hemos manifestado, en el artículo citado poco antes, que los sajones y los anglos pasaron desde la Europa central a las Británicas (islas de los Britos o Bretones), las cuales ofrecían, como tantos otros países, una mezcla o amalgama de gentes al parecer diversas. La individualidad nacional es una cosa más bien convencional que real y efectiva, si se atiende a la procedencia de los pueblos que constituyen cada nación. En las Británicas había gentes diversas, y de diversos nombres, cuando Julio César llevó a efecto su conquista  y la dominación que durante cuatro siglos  ejercieron allí los romanos, dejó naturalmente mucha sangre italiana o latina en el país, como sucesivamente dejaron sangre sajona, danesa y normanda los otros pueblos que sucesivamente le invadieron; pero el fondo de aquella población se asegura que es bretón o británico, pueblo cuyo origen se ignora, aunque no falta quién le confunda con el pueblo galo. Es singular la variedad con que allí se han formado los nombres patronímicos, variedad que acusa la de los pueblos o razas establecidos en aquellas islas. En España y Portugal, por ejemplo el nombre patronímico Pérez se formó para significar el hijo de Pedro, o como los franceses dicen también,  Pedro el hijo  porque las Británicas el mismo patronímico toma formas muy raras y variadas, según los dialectos antiguos, y se dice indistintamente Peterson (o Peterson) mac Peter, fitz Peter, O´ Peter, etc. Con la voz fits, with wish o witz forman también los patronímicos varios otros pueblos del norte y aún del mediodía de Europa; y esa voz parece venir de la latina filius, lo cual prueba o indica la gran propaganda que por toda Europa hicieron los latinos y su idioma.

 En este momento, y sin libros a la vista, no nos es posible dar más extensión a estas observaciones; pero sobre este asunto que venimos tratando se puede decir mucho más; tan solo nos proponemos por el momento aducir unos cuantos datos sueltos, que unidos a los muchísimos otros que existen, contribuyan a hacer luz en la historia de los tiempos pasados.  


                                                                                   ROSENDO GARCÍA-RAMOS

lunes, 6 de octubre de 2014

 ESTUDIOS HISTÓRICOS.
 NOTAS SOBRE LAS ANTIGUAS COLONIAS ESPAÑOLAS EN ITALIA

                     (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 13 de julio de 1898) 
                                Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Según escribe Tucídides (libro 6°) los pobladores de Sicilia, de que se tiene más antigua noticia, fueron los lestrígones y los cíclopes, pueblos cuya prehistoria se pierde en las inextricables redes de la mitología. El mismo autor añade que después de aquellos pobladores, se habla de los sicanios en la misma isla, y que éstos fueron aborígenes del país, según dicen unos, o venidos primitivamente desde España, según afirman otros. Según esta última opinión, que es la más probable, los sicarios procedían del país ibérico que riega el sicano,  río que no se sabe a punto fijo cual fuese, y de su nombre tomó el de Sicania la isla llamada también  Trinacria o Tricaria, por sus tres promontorios. Las sucesivas invasiones hechas en Sicilia, obligaron a casi todos los sicanios a retirarse hacia la parte occidental de la misma.  Entre esas invasiones la más considerable fue la efectuada por los sículos de Italia; éstos pueblos cuyo origen se ignora, venían siendo impelidos hacia el Sur por otros procedentes de las Galias y de la Iliria, y eran llamados también sicilos, de donde viene el nombre de Sicilia.

Dionisio o Denis de Halicarnaso (libro, 1°) habla también de los sicanios como pueblo venido de España, que ocupaba en parte la isla de Tricaria, de la cual añade que fue en parte desalojado por los sículos; pero estos mismos sícules o sículos no falta quien opine que procedían también de España desde donde habían pasado a Italia en remotos tiempos, estableciéndose en casi toda la parte central  de dicha península.

Antes o después pasó también desde España a Italia el famoso Hércules, con un numeroso ejército compuesto principalmente de españoles, y les estableció en el Lacio y países limítrofes, es decir, en la misma tierra que poseían los sículos, caso de que estos no fueran los mismos compañeros de Hércules.

 Sabemos bien que los viajes y conquistas de Hércules han sido en parte elucubraciones mitológicas; pero sin embargo, algo de histórico parece también haber en las tales noticias, pues de otro modo no se explica el culto preferente que en Cádiz (Gades) se le tributaba, de cuya ciudad y de sus murallas pasaba por ser fundador, o uno de los fundadores, así como de las célebres columnas o montículos de su mismo nombre. Otros creen que esas pretendidas columnas fueron simplemente dos alturas o montes naturales (Ávila y Calpe) a las que figuradamente se dio el nombre de columnas de Hércules, por haber puesto en sus cimas ciertas pirámides aquel héroe o semidios.

 Sea de ello lo que fuere, parece ser cosa segura que Hércules, como más tarde Anníbal o Hannibal, llevó desde  España a Italia un considerable cuerpo de tropas, que dejó establecidas en ese último país cuando le abandonó o se marchó de allí, suponiendo que se volviera a Grecia, lo cual es bastante dudoso. Tito Livio en su historia Romana, dedica algunos párrafos a ese paso de Hércules desde Iberia o España a Italia, y trae algunos detalles que refiere no como una fábula, sino como hechos reales y positivos de dicho conquistador. 

 Pero es cosa muy dudosa si hubo o no más de un famoso conquistador del mismo nombre, porque los autores antiguos hablan, además del Hércules griego, de uno fenicio y de otro egipcio. Tal vez fuera uno solo, cuya verdadera patria se ignora, y al cual unos pueblos y autores tuvieron por griego, mientras que otros le creyeron fenicio o egipcio. Esta última opinión (que es la de nuestro historiador Mariana) se confirma si es cierto que Hércules pasó a España desde África, donde había vencido al gigantesco Anteo, y que trajo consigo al famoso Atlas o Atlante y a su hermano Hespero.

En el fondo de tales relatos, que son el principio de la historia ¿no habrá algún principio de verdad? Parece haberle, y que la existencia de Hércules, y la de Atlas, aunque sumamente envueltas en fábulas, no por ello no dejan de ser reales y positivas. De Atlas se asegura que a su vez pasó desde España a Italia al frente de sus tropas y que ahí tenemos una nueva colonización de españoles de la península italiana.

 Si damos crédito a Filistio de Siracusa, los sículos o sicilos fueron unos pueblos de iberia, que tomaron su nombre del rey Sículo, hijo de Atlas, y con él pasaron también a Italia. Todo esto, como se ve es confuso o dudoso, como cualquiera otra historia de aquellos tiempos; pero nuestros antiguos historiadores cuentan al tal Sícuio o Sicilo en el número de los reyes de Iberia.

 En estas cuestiones y estudios no debemos los españoles alucinarnos por el amor patrio;  pero tampoco debemos creer ciegamente a los extranjeros que aseguran ser fabulosas esas nociones que acabamos de consignar. Otro juicio les mereciera si se tratara de su propio país, esto es, si lo dicho aquí de España y de sus reyes o de sus pueblos, lo vieran escrito desde lo antiguo acerca de su país respectivo. En tal caso, no sólo dejaría de parecerles fabuloso todo  o casi todo eso, sino que quizá aumentarían no poco los dalos que les favorecieran, ampliando las investigaciones históricas y sacando consecuencias y deducciones, muchas de ellas traídas por los cabellos, basta dejar bien probado todo lo que les acomodara. No dejarían de hacer ver que antes de venir las luces o cultura de Oriente a Occidente, hubo otra época en que sucedió lo contrario. Pero España tiene la desgracia de que se la nieguen, o al menos se le nieguen no solo sus glorias un tanto problemáticas, sino hasta algunas otras que debieran estar fuera de duda para todo el mundo.

  Los extranjeros hubieran (esta vez con razón) atribuido un gran valor al testimonio de Filisto o Filiátio, siracusano de grande ilustración y superiores conocimientos, al cual apenas  mencionan Mariana y otros autores que han tratado la historia de España. Fue aquel personaje un cercano pariente del rey Denis o Dionisio, en el cuarto siglo antes de nuestra Era, y debía hallarse bien impuesto de la historia de su propia nación. Su historia de Sicilia mereció los aplausos de y de muchos eruditos antiguos y modernos, comparándole algunos a Tucídides, por su veracidad y la elegancia de su estilo. Cicerón le llamaba el segundo o el pequeño Tucídides. Creemos que estas circunstancias serian sobradas para que, si en lugar de referirse aquel autor siciliano a un rey de España, hubiera dicho lo mismo respecto a un soberano de cualquiera délas otras naciones más cultas de Europa, los autores de esta nacionalidad probaran hasta la saciedad que los sículos fueron sus compatriotas, y que no solamente poblaron la Sicilia y la Italia, sino que de ellos salió principalmente el gran poder y la gran civilización de la nación Romana. 

 No hubieran dejado de hacer ver que los sículos han hecho, desde mucho antes de fundación de Roma, hasta nuestros mismos días, un gran papel en Italia, cuya parte meridional ha sido conocida por todo el mundo bajo el nombre de Dos Sicilias, y que la misma Roma fue fundada en el país de los sículos o sicilianos, todo lo cual es exacto; pero eso todo lo admitirían sin discusión, si ese famoso pueblo no hubiera salido de España, sino puede otra cualquiera de las naciones aludidas, y en este caso se unirían las que n o resultaran favorecidas, para disputar sus derechos a la verdadera y primitiva patria del pueblo siciliano.



                                                                                                   R. GARCÍA-RAMOS

domingo, 5 de octubre de 2014

OTROS CAMPOS ELÍSEOS


                   (Artículo Publicado en el Diario de Tenerife el 27 de junio de 1898) 
                              Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC
  
Así puede llamarse figuradamente el país de los hiperbóreos o pueblos de ultra-Septentrión. Unos dos mil años  antes  de muestra era, los griegos no conocían el norte de Europa más allá del Danubio, por donde corría el viento que llamaban Bóreas o Aquilón; sabían que la tierra se prolongaba por aquella parte, y a ese país, para ellos desconocido llamaban hiperbóreo, lo mismo que al pueblo que suponían le habitaba. A medida que sus conocimientos fueron aumentando, fue retirándose hacia el Norte el país de los hiperbóreos.

 Son bastante pueriles las fábulas sobre dichos pueblos; pero no por ello han dejado de tratarlas varios eruditos, entre ellos el general Vaudoncourt (en el Diccionario de la Conversación) y otros autores. Convienen éstos en que bajo el mismo nombre de hiperbóreos, fueron conocidos sucesivamente varios pueblos y que los  llamados así primeramente, pasaron a ser gente conocida y frecuentada por los griegos, y en su lugar quedaron otras gentes que, se suponía existir más allá de las regiones boreales.   


 Homero y Hesiodo muy poco se ocuparon de los citados pueblos, al menos, en la parte que se ha conservado de sus obras; en cambio Píndaro les dedica varios pasajes de sus odas o himnos, de los cuales vamos a reproducir aquí un par de ellos, valiéndonos de una de las mejores y más recientes traducciones de dicho autor. Dice en sus Olímpicas, oda 3.a (dedicada a Theron de Agrigento) lo siguiente:


Píndaro

 “En otro tiempo el hijo de Anfitrión nos trajo el olivo desde las sombrías márgenes del Ister (el Danubio), cuya rama es el don más preciado en las justas de Olimpia. Tuvo para ello que persuadir con su elocuente palabra al pueblo de los Hiperbóreos, adorador de Apolo, pidiéndoles ese árbol para el sagrado bosque de Júpiter, donde además de su dulce sombra para el vulgo de los humanos, proporcionara las coronas gloriosas para los vencedores.....Ningún árbol adornaba todavía el valle de Pelops, hijo de Cronos, país privilegiado aunque expuesto a los calientes rayos del Sol. Esta circunstancia le movió a pasar al país de Istria, donde la hija de Latóna, la bella Diana que se aventaja en la carrera a los más rápidos corceles, le había ya en otro tiempo recibido... Entonces había descubierto aquella tierra, situada más allá del país en que sopla el frío Bóreas, y admirado la hermosura de sus árboles, entrando en deseo de poseer y trasplantar algunos  Según parece, se trata ahí de un .árbol que difiere algo de los actuales olivos, puesto que éstos se asegura no crecen más allá del Danubio. En cuanto a la filiación de Pelops o Pelope, los comentadores de Píndaro dicen que por licencia poética le llama hijo de Crónos, siendo nieto o descendiente.
  Veamos ahora el otro fragmento que decíamos, y que corresponde a las odas llamadas Pithicas, (oda o himno 10"):
«A nadie es dado penetrar, por mar ni por tierra, hasta el país delicioso de los Hiperbóreos, adonde en otro tiempo llegó el divino Perseo, y se sentó a la mesa de aquellos felices mortales sus palacios suntuosos... Apolo se complace en recibir sus homenajes y se les muestra constantemente propicio... Oyese allí por todas partes el dulce canto de los coros de doncellas, acompañado ora del sonoro vibrar de la lira, ora de flautas armoniosas. El laurel de oro enlaza sus cabellos, y viven en continuos festines, sin experimentar jamás enfermedad ni vejez. Exentos de trabajos y de luchas o combates, nunca se han visto expuestos a las iras de la inexorable y divina Nemesis. Conducido por Minerva, el animoso hijo de Danae llegó hasta la presencia de aquellos felices mortales y dio muerte a la Gorgona, trayendo después su horrible cabeza erizada de serpientes a los habitantes de la isla que a su vista quedaban convertidos en piedras.” 
Como se ve, aquí Píndaro tergiversa no la historia sino la fábula, puesto que la muerte de la Gorgona (o más bien de las Gorgonas) tuvo lugar en una isla del mar occidental de Etiopia, según la común opinión de los mitologistas, desde donde Perseo trajo la cabeza de Medusa a la isla de Serifos en el mar Egeo, no sin pasar antes por la Mauritania, donde convirtió a Atlas en un Monte, que se duda si es parte de la cordillera del Atlas, o si es más bien (según las ficciones mitológicas) nuestro pico de Tenerife, que es sabido fue llamado antiguamente Atlas o Atlante.


 Ahora vamos a reproducir algunas frases del citado trabajo de Mr. de Vaudoncourt, para terminar estas notas. Dice pues este distinguido escritor, que Diodoro de Sicilia (lib. 2º p 130), copiando otros autores más antiguos y en particular Hecateo de Mileto, refiere que más arriba del país de los celtas, en el Océano que rodea toda la tierra, hay una isla tan grande como la Sicilia, y habitada por los Hiperbóreos, así llamados por que están más allá de la región de Boreas. Su cima es suave y templado, y la fertilidad del suelo es tal que en un mismo año se recoge una doble cosecha. Aquí nació Latona (vuelve a tergiversarse la fábula); y Apolo es la principal, divinidad del país. Desde esta isla se ve tan de cerca la Luna, que se distinguen en ella montes o colinas semejantes a las de nuestra Tierra. Hasta ahí Diodoro y Mr. de Vaudoncourt añade que la Céltica o país de los antiguos celtas se extendía por el norte hasta el Asia, y que esa isla mencionada por Diodoro puede ser la antigua Thule de otros autores, y de la cual nos habla Pitheas. Aquella notable fertilidad de la tierra, es aplicable a Thule, si nos atenemos al relato de Solino (cap. 25), la cual quedaba efectivamente en la dirección de Bóreas según Hiparco, que coloca esa isla en el mismo meridiano del río Boristenes, hoy el Nieper. En cuanto a la proximidad de la Luna, ya esa misma idea quimérica se halla también aplicada a Thule por otro copista de los antiguos, llamado Antonio Diógenes, en su Incredibilia de Thule, libro 24 (véase Photü Bibliot. p. 362). El mismo Vaudoncourt opina que han sido confundidos los hiperbóreos de la isla o región septentrional, con otros de Tracia, llamados así antiguamente, cuando aún no se conocía el norte de Europa, y que eran éstos los que realmente tributaban culto a Latona.


 Cual quiera que sea el valor de esas nociones mitológicas, hay en ellas un dato precioso para la historia antigua, cual es el concepto que se tenía de haber en la Luna montañas análogas a las de la Tierra. Es digno de notarse que desde tal antigüedad se tuviese idea de que aquel astro es semejante al nuestro, sin conocer telescopios ni otros instrumentos de óptica que pudieran revelar a las gentes de aquel tiempo lo que posteriormente se ha descubierto en la Luna, ni siquiera una parte de estos descubrimientos. La esfericidad de nuestro planeta era también conocida desde muy antiguo, pero acaso los hombres que creían en los hiperbóreos se figuraran que la Tierra era plana, y por eso creyeran verosímil la existencia de otros climas o zonas allá de las regiones boreales.


   Se ha pretendido, como se ve, atribuir a Thule las noticias de Diodoro sobre la isla de los hiperbóreos, y en rigor pudiera ser de aquella que hablaba dicho autor; pero en tal caso se hace mucha violencia a la verdad en la consabida fábula, por que ora fuera Thule una de las islas Británicas, ora fuera Islandia, allí no hay tal clima suave ni mucho menos una fertilidad que produzca dos cosechas, en el año. Acaso la tal isla de que hablaban los antiguos, fuera puramente imaginaria, basando su existencia en la doble creencia en que se estaba de que el mar o sea el Océano rodeaba a la tierra por todas partes, y que mas allá del Septentrión había mar y tierra, en otro clima análogo al que se encuentra entre aquella región y la zona tórrida.


 Lo que acerca del país de donde procede el olivo, dicen los comentadores de Píndaro, puede desvirtuarse si la temperatura de nuestro globo fue antiguamente más elevada que hoy, como lo afirman muchos naturalistas, fundados en diversos datos, entre ellos la antigua existencia en las regiones árticas, de muchos animales análogos a los que hoy sólo pueden vivir en la zona tórrida. En tal caso, aunque sean fabulosas las citadas regiones hiperbóreas, siempre pudiera resultar cierto que el olivo procede de las márgenes del Danubio, y de consiguiente ser en esa parte exacto el relato de Píndaro.


                                                                                         R. GARCÍA-RAMOS.
 ESTUDIOS HISTÓRICOS. NOTAS SOBRE GRECIA

(Artículo publicado en el Diario de Tenerife  el 16 de junio de 1898)
                                       Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

 Dispútanse varias naciones la prioridad de su cultura, y si tiene valor la autoridad de Estrabón, puede España ostentar unos títulos que ninguna otra nación europea posee. Hablamos de la historia y código, de los pueblos de Andalucía escritos en verso, que Estrabón afirma que ya en su tiempo contaban una antigüedad de más de seis mil años. Desgraciadamente esos monumentos  de nuestra antigua literatura se han perdido, como tantos otros del mismo y de diferentes países.

 Cualquiera que sea la antigüedad de cultura o civilización que cada nación pueda hacer valer o demostrar, es indudable que la Grecia ofrece la más vasta y variada literatura que se conserva de los  tiempos pasados. Pero no debe exagerarse la individualidad nacional de Grecia, ni de ninguna otra nación. Cada una de ellas ha sido por regia general una fusión de varios pueblos; la cultura de los griegos tiene su base en la de los egipcios, fenicios y otras naciones o pueblos antiguos y estos a su vez, es verosímil que trajeran de otra parte los gérmenes de cultura desarrollados en su suelo. Sin embargo, en la oscuridad que reina en los orígenes de los pueblos, cabe la duda de cual o cuales fueron  los países donde primeramente se desarrollaron los conocimientos humanos  y acaso la civilización primitiva marchara de Occidente a Oriente; al menos, es constante que de España salieron en épocas muy remotas, diferentes colonias que poblaron en parte la Sicilia y otras regiones de Italia. Esto es bastante paradójico, lo sabemos bien, por que está muy arraigada la idea contraria, esto es, que la civilización ha venido de Oriente  a Occidente. Cada cual lo afirma así, casi lo mismo que si lo hubiera visto por sus propios  ojos. Así dejaremos esta cuestión que no es tampoco el objeto de las presentes notas pasaremos la vista por las nociones más antiguas que sobre la Crecía aparecen en los autores.

 Todo pueblo ignorante es creador de fábulas o consejas, y con la mayor despreocupación las formula indistintamente jactanciosas e ignominiosas. Tan pronto se dice hijo de los dioses, del sol, de la luna etc., como se refiere candorosamente que sus mayores fueron más bárbaros que los irracionales. A esto último equivale el decir, cómo decían los griegos, que su alimento primitivo era yerba, hoja, tallos y cortezas de arbustos o de árboles, hasta que cierto personaje descubrió que las bellotas valían más que aquel indumento vegetal.  Es decir, que los monos o simios tenían y tienen el paladar más delicado que los hombres de aquel país y de aquel tiempo, puesto que se alimentan del fruto y no de las hojas de los árboles, y tal vez las bellotas mismas les parecerán un manjar grosero. Pues bien, al hombre que descubrió ser la bellota un alimento preferible a la yerba, le juzgaron los griegos como un dios, realmente le divinizaron, como a la mujer u hombre que les enseñó a comer el trigo (o la cebada) y al que exprimió las uvas y les hizo ver que era potable aquel líquido. Tales prodigios de ingenio, al decir de aquellas buenas gentes, no podían caber en cabeza humana y era preciso reconocer algo de divino en los que semejantes descubrimientos hacían o llevaban a cabo. Verdad es que otros pueblos adoran en fetiches, aunque también desprecien las bellotas (como alimento), y que esto ha venido sucediendo desde una remota antigüedad  hasta nuestros mismos días.

  Pero los griegos que tan grosero paladar tenían, o se lo atribuyeron sus descendientes, habían de eclipsar más tarde con sus luces a otros pueblos que no se han declarado herbívoros; y acaso alguno de estos otros pueblos antiguos inventara aquellas fábulas para desprestigiar a los habitantes primitivos de la Grecia. Los egipcios que pasaron a aquel  país sucesivamente, pudieron bien atribuir a sus habitantes esas y oras costumbres bárbaras; costumbres que a los mismos egipcios podían ser atribuidas, como se alimentaron durante algún tiempo de reptiles, insectos (cigarras etc.) y adoraron a animales diversos, tomándoles por dioses. Y sin embargo, también los egipcios alcanzaron en la antigüedad un alto grado de civilización; verdad es que sus principios   fueron humildes, como los de todos los pueblos en general; pero si ellos comenzaron así, ya puede suponerse como principiarían los abisinios, etíopes, libios etc.
 No se sabe a punto fijo cuales fueron las primeras gentes que poblaron la Grecia, ni siquiera cuales las que sucesivamente invadieron el mismo país, en aquellos primitivos tiempos, aunque bien puede suponerse fueron las de aquellos países más cercanos. Esta duda existe generalmente respecto a otra región cualquiera del mundo.

 Se cree o se dice que los pelasgos no fueron oriundos del Peloponeso; pero se ignora si pasaron al mismo desde el norte o desde el oriente. Las ciudades más antiguas de Grecia, tales como Algos, Sicione, Micenas y varias otras, están llenas de ruinas pelásgicas o sea de edificios atribuidos a ese famoso pueblo; pero es el caso que graves autores (como Herodoto y Pausanias) atribuyen a los egipcios la verdadera o primitiva fundación de casi todas esas villas y acaso los egipcios fueran llamados pelasgos. Varias colonias egipcias se establecieron sucesivamente en Grecia, acaudilladas por Inaco, Ogiges, Dánao, Cecrops y otros jefes. Poco tiempo después pasó desde el Asia menor o la Fenicia el celebre Cadino, que se dice enseñó a los griegos la escritura o sea el arte de escribir. Deucailon con sus helenos se hizo dueño de la Tesalia, y empujó o echó a los pelasgos hacia otras países cercanos, incluso las islas del Archipiélago. Los helenos se apoderaron de casi todo el norte de la Grecia, y a, pesar del famoso diluvio que sobrevino (como anteriormente el de Ogiges), se extendieron por el Peloponeso y le enseñorearon Anfiction y su hermano Heleno se apoderaron de casi todo el, Peloponeso o país de Pelops. En Arcadia se mantuvo por algún tiempo la dominación de los pelasgos, que mezclados con los helenos, acabaron por perder su nombre.

 Otra colonia célebre, o invasión de la Grecia, fue la indicada de Pelops o Pélope, que pasó a dicho país desde el de Lidia en e Asia menor, al frente de algunas tropas; otros autores dicen que vino solo a Grecia, donde casó con la reina Hipodamia, y dejó su nombre al país de su dominio y sucesivamente a los limítrofes en aquella península: pero se ignora la época precisa de estos sucesos, y aun si Pélope fue anterior o posterior a Deucalion, si bien parece que esto último es lo más probable.
 Por lo demás, estas dudas son disculpables y nada tienen de extraño, puesto que se trata de sucesos que tuvieron lugar de mi quinientos a dos mis años antes de la Era cristiana. No creemos necesario alargar estas notas, lo cual sería hacer historia griega, que toda persona ilustrada conoce. Aun los mismos apuntes que dejamos consignados, serán superfinos para muchos lectores, y por ello les ponemos término evitando así mayor difusión o redundancia.



                                                                                  R. GARCÍA-RAMOS

jueves, 2 de octubre de 2014

CÍCLOPES Y PELASGOS

(Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 11 de junio de 1898)
                                   Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Sabido es que la fábula ha sido, y es aun entre los pueblos bárbaros, el principio de la historia, y que entre las muchísimas fábulas antiguas y modernas que se conocen, es una de las más generales o generalmente admitidas, en todas partes, sobre todo entre los antiguos, la de los gigantes o sea la primitiva existencia de hombres gigantescos en una multitud de países. Muy raro ha sido el país  o región de la Tierra donde no se haya supuesto la existencia de gigantes en la antigüedad ¿Esa constante tradición ha sido meramente un cuento, una conseja o ficción de los hombres, o ha sido por el contrario un recuerdo histórico, perpetuado a través de los siglos? No lo sabemos, ni acaso sea posible saberlo. Muchos autores afirman que la estatura del hombre no fue en la antigüedad mayor que en nuestros días, y que por consiguiente esos pueblos de gigantes mencionados por Homero, Hesiodo, Pindaro, Eurípides y otros muchos poetas y aun prosistas de los antiguos tiempos, fueron tan solo invenciones fantásticas, como aun en nuestros días y siempre los hombres se entretienen en crearlas.

  La isla de Sicilia, en particular, tuvo el privilegio (digámosle así) de ser el país donde mas se empeñaron en ver gigantes los antiguos; les llamaron cíclopes y no solamente les atribuían un aspecto horrible, sino que aseguraban  fueron antropófagos. Homero cuenta que el famoso Ulises escapó milagrosamente  de aquel país, donde estuvo a punto de ser devorado; y otros muchos autores hablan de los cíclopes y antropófagos de Sicilia. Pimío (lib VIl, cap 2º) dice entre otras cosas, que como  ya tenía manifestado en otra parte era común opinión que los escitas o gentes de la Escitia se alimentaban de carne humana, lo cual parece increíble; pero es cosa que no llama tanto la atención, si se considera que en el medio del mundo, como es la Italia y la Sicilia, hubo en otros tiempos gentes que usaban esa monstruosidad, como fueron los cíclopes y los lestrigones; y hasta hace poco tiempo (añade el  mismo autor) se acostumbraba a la otra parte de los montes Alpes, matar en sacrificio o los hombres, lo cual difiere poco de comerlos. El país de los escitas antropófagos queda cerca del monte Ymao o Tauro, que es una conocida cordillera del Asia; otros antropófagos hay en el Septentrión, diez jornadas hacia el norte el río llamado Boristenes o Nieper, Sarmacia europea.

Hasta ahí Plinio, que no es el único autor antiguo que hable de ello. Varios modernos opinan que aquella creencia o suposición de hombres gigantescos en Sicilia, como en algunas otras partes, era debida sobre todo al hallazgo de esqueletos y huesos sueltos, de grandes dimensiones, que se atribuían a la especie humana. Hasta hace poco tiempo se creía pertenecer a la misma otros esqueletos y huesos, no tan grandes en verdad, pero que últimamente se ha demostrado que no fueron de hombres. Cosa muy factible es que los antiguos, a causa de su ignorancia o escasas luces (en anatomía como en tantas otras ciencias), tomaran por restos humanos una multitud de restos de cetáceos y de cuadrúpedos que hallaban sepultados en la tierra. En cuanto a la antropofagia en Asia no parece cosa imposible como es de suponer, los pueblos del norte (y acaso también los del mediodía) de esas dos partes del mundo, fueron en remotos tiempos tan salvajes como los de las restantes.

La idea de que hubo realmente una raza gigantesca de hombres, en el mediodía de Europa y de Asia, ha sido confirmada por esos antiguos monumentos llamados ciclópeos, que todavía se ven en Sicilia y en otros países. Esas enormes piedras que se ven no solamente en los cimientos, sino también en las partes medias y altas de las murallas de diversos edificios prehistóricos y protohistóricos, indican una de dos cosas, a saber, que hubo tales gigantes, o que si no los hubo, no fueron los antiguos tan ignorantes como se supone, sino que tuvieron conocimientos suficientes para hacer mover y transportar desde lejos aquellas moles, y para elevarlas hasta la altura en que todavía se las ve colocadas.

  Tal vez cuando escribió Teócrito su célebre y conocido idilio de Acis y Galatea, en que interviene el cíclope Polifemo, estuviera persuadido como sus contemporáneos, de la existencia de aquellos famosos gigantes sicilianos. Pero aparte de los poetas se halla en los escritores antiguos muchos pasajes que confirman esa idea. El citado Plinio, en el mismo libro y capítulo que antes mencionamos, habla de varios pueblos de alta estatura, es decir, cuyos individuos excedían con mucho, bajo ese concepto, a los modernos, y cita varias autoridades en apoyo de esa opinión. Es verdad por otra parte que esos datos aducidos por Plinio y por otros antiguos, son conocidamente fabulosos en gran parte, y debidos a viajeros amantes de lo maravilloso y exageradores o mentirosos, cosa frecuente en aquellos tiempos en que el mundo era poco conocido. Así se ve que Plinio, con harta ligereza atendida la época adelantada en que vivió, acoge y reproduce mil versiones absurdas, entre ellas los de hombres con los pies vueltos hacia atrás, otros con los ojos en la espalda, o con uno solo, puesto en la frente, y no solo habla de hombres así, sino de pueblos enteros. Asimismo dice haber pueblos en que las mujeres tienen dos pupilas en cada ojo, y otras gentes con cola (que probablemente serían simios) y otras fábulas por el estilo. Es verdad que hasta los viajeros de la Edad Media, y aun de los primeros tiempos modernos, no dejan de referir cosas análogas, que aseguran haber visto, o por lo menos que dicen saber y haber oído contar a otros.

Pero sin hacer caudal de tan ridículas versiones o noticias, hallamos en varios autores otras nociones y datos que merecen ser tomados en consideración.

 Es indudable que los griegos aseguran que antiguamente hubo en su país unas gentes de las cuales ellos pretendían descender, y a las que indistintamente llamaban cíclopes y pelasgos.

Llegó como siempre su respeto y veneración hacia aquellos antiguos, hasta el punto de divinizarles, erigiéndoles templos en la ciudad de Corinto y en otros lugares de la Grecia. Según se lee en Estrabon, se debe a los cíclopes las fortalezas o castillos y murallas de las antiguas ciudades de Nanplia y Tirinto, construcciones que aun subsisten (aunque casi solamente sus cimientos) y que datan nada menos que del segundo siglo anterior a la guerra de Troya.

En Sicilia y en otras partes de la Italia llamada la gran Grecia, el recuerdo de los cíclopes y pelasgos ha venido perpetuándose a través de los siglos. Todavía hoy se ven en las riberas de Sicilia, cerca de Catania las rocas llamadas de los cíclopes, (que Plinio y otros antiguos llaman ciclópea saxa, y también Scopuli Cyclopum), célebres por haber pasado en sus cercanías la aventura mitológica de la ninfa Galatea.

 Las construcciones llamadas ciclópeas o pelásgicas existen todavía hoy, si bien apenas queda de ellas otra cosa que sus cimientos; son notables no solo por el gran tamaño de sus piedras o sillares, sino por la forma de éstos, que es constantemente la de poliedros irregulares, sin ningún cemento o argamasa que les una y consolide; esta última circunstancia se verifica generalmente en toda construcción de fecha muy remota, y hasta en las modernas que son debidas a gentes salvajes o muy atrasadas en cultura; pero toda construcción megalítica (o sea de graneles piedras) no ofrece el antedicho carácter de los monumentos pelásgicos, y por otra parte, se ha observado que éstos últimos aparecen tan sólo en aquellos países donde por tradición oral o escrita, se sabe que existió en la antigüedad una nación o una colonia de pelasgos.

 Querer averiguar el origen y la historia de esa nación, y también si fue absolutamente un mismo pueblo conocido con aquellos dos nombres, sería perderse en un mar de hipótesis y conjeturas aventuradas. Los arqueólogos han dado gran importancia al estudio de los monumentos llamados indistintamente pelásgicos y ciclópeos, y han pretendido establecer dos modos o maneras generales de construcción en los tiempos primitivos, deduciendo de ello que hubo dos grandes pueblos distintos, que inauguraron en primer término en Europa y Asia. La otra forma o manera de construcción fue la de los egipcios, árabes y asiáticos en general. Pero tales hipótesis parecen aventuradas o problemáticas; y como por otra parte no nos proponemos dilucidar aquí tales cuestiones, vamos a concluir estos apuntes con dos palabras. Los llamados pelasgos, que se dice fueron antepasados de los helenos, ocuparon como hemos indicado la mayor parte de la Grecia y de la Italia, países de los cuales se dice también fueron arrojados más tarde por otros pueblos. Si esa aserción se funda principalmente en la variación de nombres que tuvieron esos países, es de escaso valor, porque los países suelen cambiar de nombre sin cambiar de habitantes o sea de raza pobladora, como también se ha visto muchas veces que cambian de pobladores sin cambiar de nombre, o sea conservando el que anteriormente tenían.

Análoga duda hay respecto a los pelasgos y los helenos, nombres que parece tuvo sucesivamente un mismo pueblo, que más tarde se ha llamado griego. Después de todo, no está bien probado tampoco que los cíclopes fueran mismos pelasgos, o antepasados de éstos; porque son tan vagas y confusas las antiguas tradiciones, y muchas veces son tan contradictorias, que no solamente con relación a esos pueblos indicados, sino también a otros muchos, es cosa racionalmente imposible el dar solución a más de un problema y echar en ellos afirmaciones terminantes.

Nos vemos, pues, obligados a concluir haciendo dos reflexiones, ambas contrarias a la existencia de pueblos de gigantes, si bien no pretendemos negar rotundamente que existieran. Es la una que ni las más antiguas momias del Egipto, ni los huesos humanos fósiles más antiguos que se han descubierto, acusan mayor estatura en los pueblos antiguos que en los modernos. La otra es que para mover y transportar las grandes piedras o monolitos que tanto admiran a algunos viajeros, no es preciso absolutamente presuponer un pueblo de gigantes, ni siquiera la existencia de maquinas complicadas, que revelen gran adelanto en las ciencias. Tal al menos ha sido la opinión de autores que tenemos por competentes en esa materia, que sin embargo convenimos en que ha sido muy disputada o controvertida.


                                                                                    R. GARCÍA-RAMOS.

miércoles, 1 de octubre de 2014

ESTUDIOS HISTÓRICOS.LOS ESLAVOS

                   (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 2 de junio de 1898)
                           Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Es cosa evidente que los países cercanos a los polos de la Tierra, lo mismo que los cercanos al ecuador, helados los unos y abrasados los otros, jamás han producido sino razas humanas imperfectas, degradadas o bárbaras; y esas razas naturalmente fueron sometidas y aun esclavizadas por las otras de los climas templados. Los mismos pueblos antiguos de la Europa central, llamados bárbaros por otros más adelantados en civilización, miraban con desdén y desprecio a los salvajes del Norte, y a su vez les esclavizaban. Sabido es también que los extremos suelen tocarse o guardar analogía recíproca. Los hombres más blancos y los más negros han sido análogos; y sin embargo, si vamos a mirar su origen descubrimos que unos y otros vienen de las razas más antiguas que ocupaban los países templados, y cuyo color era el que hasta hoy tienen los habitantes de los trópicos. La Tierra comenzó sin duda a ser poblada en las zonas templadas, y cuando la población fue creciendo, se extendió hacia norte y sur o mediodía, Pero llegó un tiempo en que ya el norte no podía alimentar su población, y entonces ésta refluyó sobre el mediodía, en oleadas que durante muchos siglos combatieron esta parte del globo. Llegará un día en que se repetirá lo mismo, si las naciones del mediodía no pudieren resistir las oleadas humanas del Septentrión.

Decíamos que los extremos se tocan, y en efecto ¿de donde procede la voz esclavo? Según parece y afirman muchos autores, viene de los eslavos o slawos, pueblos del Norte de Europa, cuyo atraso intelectual les convirtió en siervos de otros pueblos. No todos los eslavos eran más bárbaros que los otros pueblos del Norte, ni todos los esclavos eran eslavos; pero su nombre obtuvo el triste privilegio de ser preferido al de los sicambros, sármatas, escitas etc. para designar a la gente reducida por otra a servidumbre.

 No podemos menos de notar la rara unanimidad con que en todos o casi todos los idiomas europeos (y particularmente en castellano, francés, inglés, alemán e italiano) las palabras esclavitud y esclavo son iguales y  traen igual etimología. Diríase que todas las naciones quieren ocultar la esclavitud de sus mayores (cuando eran prisioneros de guerra) y atribuirla a un sólo pueblo, como si dijéramos esclavo por excelencia.
 Antiguamente, cualquier pueblo vencido era reducido a esclavitud, al menos, en aquella parte cogida como prisionera de guerra; pero en particular los pueblos bárbaros sufrían aquella suerte, y aún ellos mismos se vendían, cómo hasta hace poco hacían los negros. Es más, muchos pueblos de raza caucasiana, y cercanos al Cáucaso, vendían públicamente sus hijas hasta hace muy pocos años, y quizá todavía hoy, pues aun subsiste la venta de esclavos blancos y negros en varios países de Oriente.

En nuestros días se ha visto una especie de rehabilitación de los esclavos, y tener a mucha honra venir de ellos muchos pueblos de la Europa central. Han exhumado el antiguo dialecto slávico, y pretendido que es o fue el primero o principal idioma de Europa. Sin embargo y es dudosa esa pretendida supremacía lingüística, y a pesar de las pretensiones del panslavismo, ni el idioma ni el pueblo eslavo parecen haber sido más ni menos que uno de tantos pueblos y uno de tantos idiomas o dialectos bárbaros que ha ofrecido la Europa o por mejor decir el mundo entero. Han exhumado la pretendida etimología o significación de la voz slavo o slawo, que dicen es gloria (nada menos), y tanto ha agradado ese descubrimiento, que ya todos quieren ser eslavos (en ciertas partes de Europa), importándoles un ardite la esclavitud de sus antepasados, esclavitud que por lo demás y según dejamos indicado, no fue exclusivamente suya.

 Los eslavos dicen unos autores que fueron los mismos sármatas, y otros aseguran que no fueron sino parte de éstos; pero antes de proseguir hablando acerca de ellos, intercalaremos dos palabras sobre otra pretendida raza, la anglosajona, que tiene también sus prosélitos como la eslava.

 Los habitantes de las islas Británicas son menos anglosajones de raza (y los norteamericanos mucho menos) que los actuales pueblos del centro y noroeste de Europa. La primitiva población de las Británicas, que se fundió con los diversos pueblos que sucesivamente han invadido aquel país, y que puede ser considerada como el núcleo de su población, era una amalgama de britos o britanos, galos, pictos, caledonios y otras gentes, entre quienes la larga dominación romana dejó, como en tantos otros países, no poca sangre italiana. Después, cuando el imperio Romano sucumbió invadieron las Británicas innumerables hordas de daneses, y se apoderaron o enseñorearon de casi todo aquel país, mezclándose con sus anteriores habitantes. Vinieron después los sajonos, e hicieron lo mismo, y con ellos los anglos y otros pueblos o gentes. Más tarde los normandos de Francia acometieron a las Británicas, las invadieron y enseñorearon, y se mezclaron con el ya confuso conjunto de gente que las poblaba, siendo a su vez estos mismos normandos el resultado de la antigua fusión de gentes venidas del Norte, con otras que hallaron en Francia, ya venidas también del norte en tiempos anteriores, ya oriundas de este país o de otros del mediodía, en los cuales había asimismo mucha sangre italiana. Tal es la pretendida raza anglosajona, que seguramente no es ni tan angla ni tan sajona como la que puebla el reino propiamente dicho de Sajonia en la Alemania central, y otros países limítrofes. Por manera que mientras unos escritores se olvidan de que ahí es donde deben buscar la raza anglosajona más pura o menos alterada, otros y aun los mismos hacen a poco más o menos caso omiso de tal raza y no ven sino eslavos en Alemania. Tal vez la gloria que dicen ser la etimología de dicho nombre, les hace extender la gente que le lleva o llevaba en lo antiguo, no solamente por el Austria y la Hungría, sino por la mitad de Europa, que otros afirman fue patrimonio de los hunos o tártaros y escitas, más o menos bárbaros, y aún antropófagos. Quizá éstos consideraran como la mejor gloria (al menos, la más sustanciosa o provechosa) la de comerse unos a otros. La verdad es que Plinio y otros autores antiguos afirman que la antropofagia existía en Europa, entre los escitas y otras naciones.

 Los eslavos o sármatas parece fueron pueblos escitas, a pesar de cuanto se ha inventado para hallar en el Norte algo que se parezca a civilización en los tiempos proto-históricos. A los sármatas los hacen venir desde la India o Indostán, por cierta analogía entre su idioma y el sánscrito, y algunos escritores no se conforman con menos de traerles, (digámosle así, por los cabellos) de la China y el Japón. Otros están por Siam, o por el Mogol, y hasta los antiguos medos han dado paternidad a los eslavos, realizando una especie curiosa de pan-slavísnio; pero otros alemanes hay menos eslavistas, o menos visionarios, que declaran paladinamente no reconocer propiamente más pueblo de ese nombre que los esclavones, ni más servios que los de Servia, más panonios que los de Panonia, y así de otros muchos. Estos autores de que hablamos, han refutado la pretendida semejanza del lenguaje eslávico con el de la India, al que se parece como al de los negros del Congo y al de los habitantes de Spitzberg, y lo mismo sus mitologías. En esto de mitología han hecho de las suyas los panslavistas, y todo lo ven igual, por manera que se les ha zurrado de firme por los otros alemanes aludidos. Tal vez éstos estén en lo firme, y llamen las cosas por su verdadero nombre; claro está que el país que hasta nuestros días ha conservado el nombre de Esclavonia (o Slawonia) es el que con más razón puede reivindicar la tal gloria en lo que fuere, salvo que los servios protesten alegando su servidumbre o gloria como reconocida y comprobada nada menos que por los romanos, que en vez de esclavo decían servus (y así parece tradujeron la voz slaw). Cualquiera que sea la etimología o el verdadero sentido de dicha voz, hagamos para concluir una muy ligera reseña de la historia esclavónica.

 Algunos alemanes creen que Herodoto se ocupó poco o mucho de tal pueblo o rama sármata o escita; pero lo más seguro es que el primer autor que les menciona es o fue Jornandes. Como sucede con todas las demás innumerables hordas nómadas que pululaban y merodeaban en Europa, no se sabe de donde venían ni adonde iban. Bajo cualquier nombre que adoptaran, o que unos a otros se dieran, tales como cimbros, teutones, vándalos, suevos, hunos, godos etc., eran simplemente bárbaros del Norte o normandos (hombres del norte); y es curioso ver las pretensiones de alto o elevado origen que aquellos salvajes tenían. Quizá ellos no las tuvieran, sino sus descendientes, que procuran comulgar a los incautos con ruedas de molino. Sea de ello lo que fuere, es imposible historiar sus vidas y milagros, porque no tenían literatura, y en aquellos tiempos ningún pueblo culto se ocupaba de ellos, sino para desear que desaparecieran de sobre la faz de la Tierra. Sábese que todos esos pueblos hablaban (si hablar puede llamarse) unos dialectos o lenguajes tan bárbaros como ellos mismos, y que cada pueblo, tribu u horda cambiaba de nombre con frecuencia; por manera que bajo dos, tres o cuatro nombres suele hallarse señalada una misma horda, o linaje de gente, y viceversa, una misma palabra suele designar hordas diversas.

 Confusamente, pues, se sabe o parece saberse que los eslavos mezclados con los wendos empujaron a los godos y suevos hasta hacerles traspasar el Danubio, y unos y otros bajo el nombre de vándalos de apoderaron del país que hoy se llama la Bohemia, la Silesia, la Galasia o Galicia alemana, la Servia y la Moravia. Más tarde cambiaron de nombre, según unos autores, y según otros no cambiaron de nombre, sino simplemente fueron degollados en parte, y expulsados en otra parte, de esos países que ocupaban, y arrojados hacia la Rusia actual, convirtiéndose en rusos; sabido es que esas conversiones y otras análogas eran frecuentes en aquellos tiempos. Por aquello de la gloria etimológica, casi no hay pueblo del norte de Europa que no pretenda venir de los slavos, llevándoles como por los cabellos de acá para allá, bajo diversos nombres, y haciéndoles conquistar una multitud de países, cuya existencia acaso ignoraron siempre, los slavos. En fin, después de haberles paseado por casi toda Europa, como Napoleón, bajo nombres diversos (a la manera de los que viajan de incógnito), los autores panslavistas, convienen en que los que por milagro conservaron el nombre de slavos o esclavones, se volvieron a la Servia y a la Croacia, y se contentaron con guerrear con sus vecinos de Bosnia, Bulgaria (país de los bulgneros) y otros prójimos y parientes que por allí hallaron, y concluyendo pacíficamente su gloriosa carrera, bajo el nombre definitivo de esclavones, y bajo el látigo de los turcos y húngaros. Sin embargo, el Austria se enorgullece hoy por contar entre sus súbditos a ese pueblo histórico, cuyo nombre sirve de pabellón o bandera gloriosa a la muchedumbre innumerable que del mismo desciende feliz y satisfactoriamente.

Hay que hacer, sin embargo, la debida justicia a los hombres o pueblos del Norte. Cuando invadieron progresivamente los dos imperios llamados de Oriente y de Occidente, ya los habitantes de estos imperios eran poco menos bárbaros que sus invasores, y con menos disculpa, pues que tenían en sus antepasados un buen ejemplo de virtudes, valor y patriotismo. Hasta les faltaba la cultura o civilización que sus mayores habían tenido, como lo prueba entre otras cosas la gran decadencia de su literatura. Eran como los degradados vástagos de una familia ilustre, para quienes no hay ejemplo ni tradición que los aparte de la mala senda.

Los godos, francos, vándalos, dacios, panonios, tracios y muchos otros pueblos estaban casi tan adelantados en conocimientos (sobre todo militares) como aquellos degradados vástagos de los romanos antiguos y de los antiguos griegos. Así les vencieron sin gran dificultad y se apoderaron de su país; pues además de su relativa cultura, los antedichos pueblos, que casi igualaban bajo ese concepto a los romanos y griegos,  les ganaban o se les aventajaban mucho en fuerzas físicas, en vigor y robustez, por el estado de relajación de costumbres en que habían caído las naciones del mediodía de Europa y de Asia. Hasta las partes del África que habían poseído sucesivamente los fenicios, cartagineses y romanos, incluso el Egipto, estaban lejos de poder resistir el torrente de aquellos pueblos, que ya no tenían bastante razón para calificar de bárbaros. Habían aprendido con los mismos romanos y griegos la táctica militar, habían servido con éstos durante muchos años y en infinitas campañas, por manera que las fuerzas mismas de los imperios de Oriente y de Occidente se componían en gran parte de gente allegadiza, procedente de otros pueblos o naciones, y en particular de los que anteriormente hemos citado y que se distinguían como los mejores guerreros de aquella época.


                                                                                        R. GARCÍA-RAMOS.