(Artículo
publicado en el Diario de Tenerife el 20 de mayo de 1902)
Sucede con este famoso autor griego lo mismo poco más o
menos que con todos los anteriores al invento de la imprenta; raro es el pasaje
del mismo que no aparezca con variantes o divergencias según los diversos
manuscritos. Estas divergencias a veces son secundarias y de poca o ninguna
importancia; pero otras veces son graves y distorsionan completamente los
textos.
Si nos tomamos el corto trabajo de comparar el fragmento
de Plutarco que pone Viera en su conocida obra, con el que Chil trae en la
suya, veremos que no concuerdan enteramente, a pesar de ser indudablemente el
mismo pasaje de aquel autor. Sobretodo difieren enormemente en un punto
esencial que es la distancia de estas islas al inmediato continente; y es esencial
eso por que si adoptamos la distancia de diez mil estadios indicada por Chil
–cosa de quinientas leguas- mal puede afirmarse que sean las Canarias las (sic)
por Plutarco; serían más verosímilmente las de Madera y Puerto Santo.
Pero
Viera solo señala una distancia de mil estadios la cual permite suponer que
puedan ser las islas de Lanzarote y Fuerteventura las indicadas por Plutarco.
Es verdad que este autor no habla más que de dos islas;
pero eso se explica fácilmente, considerando que dos solas vieran los
navegantes que dieron a Sertorio y a sus compañeros la noticia de ellas. La navegación
de este mar en aquel tiempo era escasa y difícil; los buques por lo regular no
se separaban mucho de la tierra o sea del continente africano; así es que por
lo común sólo visitaban las dos islas más orientales del archipiélago tuvieran o
no noticia de las restantes.
Vamos
a ampliar estas observaciones reproduciendo el mismo pasaje de Plutarco, tal
como aparece en la traducción de dicho autor hecha por Mr. Dacier, y publicada
en París, el año 1762:
«Aquellas islas hallan separadas una de otra por un pequeño brazo de mar, y separadas del África cosa de dos mil estadios. Se las llama islas de los biena-venturados. En ellas llueve raramente, y las lluvias que caen son suaves. No se experimenta allí sino unos vientos benignos, siempre impregnados de rocío, que fecundan de tal modo la tierra, que no solamente ésta daría las más pingües cosechas a poco que se la cultivase, sino que por si sola, sin cultivo, produce toda clase de frutos, y en abundancia tal, que con ellos basta para la alimentación de los habitantes, sin que se tomen éstos ni el más ligero trabajo; por manera que aquellos felices mortales pasan su vida en un constante reposo. Allí el aire está siempre puro y sereno, sin experimentarse la menor enfermedad, por lo inalterable de la temperatura y suavidad de las estaciones cuyos cambios nunca son rápidos sino insensibles. Y esto consiste en que los vientos de nuestro Continente, lo mismo que los del Norte y Levante, llegan a aquellos parajes rotos y quebrantados; y aquellos que del mar vienen, cuales son los del Sur y Poniente, al recorrer besando la superficie de las olas, se impregnan de humedad y menuda lluvia, que fertiliza singularmente los campos, haciendo que ahí la tierra presente una rara fecundidad. Por ello es opinión general, hasta entre los pueblos bárbaros, y aún tomada como dogma religioso, que están allí los Campos Elíseos y mansión de los Bienaventurados, cantada por Homero»
A menos que hoy se tenga una idea muy equivocada de la
distancia que representa un estadio , hay que desechar desde luego como errónea
la separación indicada por Chil, de éstas islas respecto al continente; es
decir, la indicada en la edición de Plutarco que el ilustrado doctor Chil tuvo a
la vista. Resta sólo elegir entre la edición vista por nuestro erudito
arcediano Viera, y la vista por mí en lo respectivo a ese detalle. Acaso deba leerse
doscientos en vez de dos mil estadios; pero esto es solamente una conjetura
mía, y no pretendo afirmar que sea errónea la distancia que Viera señala, ni
que el estadio sea mucho menos que la vigésima parte de una legua(1).
Tampoco me atrevo a afirmar que esas islas mencionadas por Plutarco no sean
Madera y Puerto Santo, o acaso las Azores.
Es indudable que las Azores, Madera, Canarias y otras
muchas islas, han sido diferentes veces descubiertas, y diferentes veces
perdidas. Las cartas o mapas de éstos mares, anteriores ni siglo XV traen ya
señaladas todas esas islas; y en particular el famoso Portulano de Médicis,
designa a dos o tres de las Azores con el nombre de insule de Ventura, que
es lo mismo que llamarlas Afortunadas.
Por otra parte, la relación transmitida por Chil no dice precisamente
que la consabida distancia sea con respecto a la inmediata costa continental. ¿Deberá
entenderse respecto a Andalucía, o las riberas del Betis, que fue donde los
navegantes vieron a Sertorio, y donde según parece tenían su residencia y punto
de partida para los viajes en nuestro Océano?
También
es de notar, que a su vez la narración de Plutarco, que lo he transcrito según
la traducción de Dacier, no dice precisamente que sean solamente dos islas,
sino que éstas islas se hallan separadas entre sí, o una de otra, por un corto
brazo de mar. Como se ve, esas
frases pueden aplicarle a varias islas de un mismo archipiélago, cercanas entre
sí y apenas separadas por canales estrechos.
(Concluirá)
SOMAR
(1) Dacier cuenta 25 estadios en legua, como puede verse en la pág. 86 del mismo tomo.
(1) Dacier cuenta 25 estadios en legua, como puede verse en la pág. 86 del mismo tomo.
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