domingo, 9 de noviembre de 2014

DELENDA CARTAGO (II)

               (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 14 de febrero de 1900)

(continuación)

Hemos dicho al comienzo de este trabajo que la gran ciudad púnica fue del número de las que han desaparecido de sobre la faz de la tierra; pero acaso algún día se levante una nueva ciudad en aquel mismo territorio; tales van suelen ser las vicisitudes y alternativas de las cosas humanas. (1)

También manifestamos que la nueva Cartago, aun cuando ya no era mas que una colonia romana, estaba en gran parte poblada por gente africana, sobre lodo púnica y líbifenicia; luego veremos que el idioma que allí se hablaba, durante los siete siglos que subsistió la misma ciudad, era mas bien fenicio que latino. Quizá había más sangre púnica en Cartago, que sangre latina en Roma, cuando ésta última ciudad se vio invadida y saqueada, repetidas veces, por los pueblos del Norte; y lo que parece más raro aún, Cartago continuó siendo considerada como la capital de África, hasta algún tiempo después de la caída del imperio Romano de Occidente. Estrabon  y otros autores del siglo de Augusto, llaman la atención acerca del poco tiempo transcurrido desde la pretendida destrucción de Cartago y mismo autor citado que en su tiempo su renacimiento, afirmando que no había otra ciudad más poblada en África, sin exceptuar a la famosa Utica su antigua rival, aunque tan fenicia o púnica de origen como ella. Y es de advertir que Utica, por su constante adhesión a los romanos, y por los servicios y auxilios que les prestó durante la tercera guerra púnica, obtuvo casi la mitad del país que pertenecía al pueblo vencido. La rivalidad entre Utica y Cartago se parece a la que más tarde existió en las repúblicas italianas, y antes entre las griegas. En particular Venecia y Genova se disputaron la supremacía, como Atenas y Esparta; si una cualquiera de esta repúblicas rivales no hubiera existido, es casi seguro que la otra hubiera llegado a alcanzar una importancia y poderío igual al obtenido por las principales naciones del mundo.

 Vamos a concluir dando una ligera noticia de las vicisitudes que pasó o atravesó Cartago, colonia romana, hasta la fecha de su verdadera destrucción. Ya hemos insinuado que fue por largo tiempo la Capital de la provincia romana en África. Pero antes de acabar este trabajo, no podemos dispensarnos de hablar de la literatura púnica, que algunos autores modernos han puesto en duda que existiera, o le han atribuido escasa importancia. 

Plinio el mayor refiere que después de tomada aquella ciudad por los romanos, éstos regalaron a sus aliados las bibliotecas públicas que hallaron en ella. Salustio concede bastante importancia y autoridad a los libros púnicos que poseyó el rey Hiempsal, soberano que fue de aquella parte de África llamada hoy Argelia, Marruecos, Fez  norte del Sahara. Esta vasta región fue la antigua  Numidia, cuyos habitantes se civilizaron en gran parte por su roce y comercio con fenicios y púnicos — phunices o phoenices-Polibio nos habla con encomio de los historiadores de aquella misma nación púnica; y por otra parte, es sabido que una notable obra sobre agricultura, escrita por el cartaginés Magón, fue traducida al idioma latino por Silano, y en ella copiaron largos trozos Plinio, Columela y otros autores.

Muchos autores antiguos, y en particular Valerio Máximo, Servio, Apiano y Orosio, nos han dejado bastantes y detalladas noticias sobre la ciudad de que tratamos, antes y después de su caída bajo el poder romano. Servio dice, tal vez por error, que fueron los cartagineses los primeros que empedraron y embaldosaron sus calles. Por lo demás, no creemos haya exageración en lo que dice acerca de los monumentos de la misma ciudad, sus puertos, su marina etc. Estrabon y Tito Livio atribuyen a Cartago un solar más extenso que el de Roma, y el primero de dichos autores añade que al comenzar la tercera guerra púnica, la población de aquella ciudad no bajaba de setecientas mil almas.

A riesgo de alargarnos demasiado copiaremos de Apiano unas cuantas líneas sobre las murallas que rodeaban a la referida ciudad:

«Desde el mediodía hacia el continente, de lado del istmo donde se eleva la ciudadela de Byrsa, existía una triple fortificación. La altura de los muros era de treinta codos, sin las almenas y las torres, cada una de las cuales tenía cuatro altos o pisos los muros tenían dos plantas o pisos, y eran en gran parte huecos y cubiertos; la parte baja servía de cuadra para trescientos elefantes, y de almacén para cuanto era necesario  para mantenerlos. La parte alta  podía contener cuatro mil caballos, con la yerba o forraje y cebada suficiente y además cuarteles para veinte y cuatro mil hombres de defensa. Tales eran los recursos que ofrecían los muros solos en su interior»

Todas estas construcciones, según Paulo Osorio, eran de piedra labrada o sillería, a imitación de las de Sidón y de Tiro.

  Un autor árabe del siglo XI, Abou Obaid el Bekri, dice así, hablando de otros edificios de Cartago:

«Se ve allí un palacio llamado Moullakah, que se distingue por su extensión y elevación prodigiosas; se compone de galerías abovedadas, que forman muchos pisos, desde los que se domino el mar. Por la parte de Occidente se ve otro monumento llamado el Teatro, el cual tiene un gran número de puertas y de ventanas, y se eleva igualmente por pisos. Otro edificio llamado Houmas se compone asimismo de muchos altos o sobrados adornados con pilares cuadrangulares de mármol, cuyo espesor y altura causan admiración»

Habrá algo de exageración oriental en esas frases; pero llama la atención que existieran aún esos monumentos en el siglo undécimo de nuestra Era.

Del anfiteatro dice el mismo autor lo siguiente:

«Es de forma circular y se compone de cincuenta arcadas todavía subsistentes; cada Una de ellas abarca un espacio como de veinte y tres pies, lo que hace unos mil ciento cincuenta pies de circunferencia total. Sobre estas arcadas se elevan otros cinco órdenes de arcos, de la misma forma y dimensión; y en lo más alto de cada arcada hay diversas figuras, y representaciones curiosas de hombres, de animales, y también de embarcaciones, todas esculpidas con gran artificio. En general puede decirse que los otros edificios de igual género, por notables que sean, son poca cosa comparados con este.» 
 Es de advertir que este autor árabe vivió, según algunos de sus biógrafos, no en el undécimo sino en el décimo tercer siglo de la Era Cristiana. Acaso hubiera  dos autores de aquel mismo nombre; y  por otra parte, es necesario saber en que muchas ruinas o restos de aquella población pertenecen a la época romana. Plutarco refiere con detalles la repoblación de Cartago por los romanos, conducidos por Cayo Graco, y dice que para evitar la odiosidad que a muchos de estos inspiraba aquel hombre, dieron a la nueva ciudad el de Junonia, con lo cual les parecía lisonjear a esta diosa, que pasaba por ser la misma Astarté, a la cual los punces habían erigido un magnífico templo. 

Dion Casio dejó consignado que Julio Cesar tuvo especial empeño en repoblar a Cartago y a Corintio, ciudades famosas cuyos restos visitó; y que en efecto envió a ellas nuevos colonos para aumentar su población; al mismo autor y a Solino debemos algunas otras noticias sobre el asunto, como también a Pomponio Mela. Apuleyo afirma que bajo el imperio de Antonino, era tan usado en la primera de dichas ciudades el idioma latino como el púnico. 

Pero más tarde otro idioma vino a mezclarse con aquellos -en los que ya existían no pocas voces númidas; —hablamos del idioma o dialecto de los vándalos, que pasaron al África bajo el mando de su rey Gensérico. Antes de referir alguna cosa más acerca de dicha invasión, recapitularemos algunas frases de los últimos autores romanos que hacen mención de la grandeza que en su tiempo tenía la que había sido rival de Roma, grandeza que los vándalos abatieron, según unos autores, o conservaron según afirman otros. La marina de Cartago había vuelto a ser, bajo el imperio Romano, la primera del África, y lo mismo su comercio, que aseguran se extendía por todo ese Continente; pero además de esa noticia—en que casi todos concuerdan, —copiaremos alguna otra antes de terminar este trabajo con dos palabras sobre la dominación vándala o vandálica, que no fue sin embargo la que acabó con la histórica ciudad, que había existido durante tantos siglos (1).


(Concluirá)                                                                                               R. GARCÍA-RAMOS


(1) También hablamos anteriormente de la famosa villa o ciudad de Sagunto, ciudad que según parece y lo afirman respetables autores, no fue de origen ibero, sino que la fundó una colonia de zazuntos o  zazintiós, es un país colonizado anteriormente por los rútulos. Barcelona, Valencia, Cartagena y en general las ciudades del litoral oriental de la misma península, casi todas debieron si fundación al comercio con los extranjeros.
  
El famoso Silio Itálico, natural o al menos nos oriundo de Itálica o Sevilla la vieja, casi siempre llama rútulos a los saguntinos;  pero es constante que en Sagunto, como en Cartagena o Cartago Nova, en Barcino, Barcinone o Barcelona etc, la población de origen íbero no fue menos numerosa que las procedentes de las colonizaciones del extranjero. Los rútulos es sabido vinieron  del Lacio,  esto es, del país donde Evandro fundó  la villa de Pallantio o Pallantea, y donde más tarde fue fundada Roma.

No es fácil hablar de los rútulos sin recordar la trágica muerte de Niso y Euríale, compañeros de Eneas a manos del rútulo Volscens; lo cual tal vez no sea mas que una creación de Virgilio en su famosa Eneida.



En cuanto a los zazintiós, huelga decir que procedían de la isla de Zante, la nemorosa Zazintos de los antiguos, y que colonizaron en diversos países, como los tirios, los focences, los lidios y otros pueblos.

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