martes, 4 de noviembre de 2014

NOTICIAS PARA LA HISTORIA DE CANARIAS.
CONQUISTADORES Y CONQUISTADOS. (Notas sueltas)


 (Artículo publicado en el Boletín de la Real Sociedad Económica de Amigos del País el 21 de mayo de 1899)
                              Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

(Conclusión)

 Sin más objeto estas notas sino el de procurar no queden enteramente relegadas al olvido algunas noticias del enlace de los indígenas con los europeos, vamos hoy a hablar del famoso Bentaguaya, que nuestros historiadores dicen estuvo a punto de destruir el campamento español en las márgenes del Guiniguad o Guiniguada, de la vecina isla de Gran Canaria.

Sabido es que después de la conquista, este prócer isleño tradujo al castellano su nombre o apellido, y se llamó Antonio de la Sierra, y su esposa se llamó D.ª María González Maninidra. Pasó a la conquista de Palma y Tenerife, donde se le hicieron varias datas, o sea repartos de tierra. Sus hijos fueron 1—Pedro de la Sierra, que casó con Francisca de Betancour, Canaria, con sucesión; 2—Diego de la Sierra, marido que fue de Clara Castellano, también con sucesión;3—Juana González mujer legítima de Antonio Alonso, que dejaron asimismo descendencia; 4—Antonia González de la Sierra, esposa de Pedro Hernández Guanarteme, cuya sucesión se indicará luego; 5—Inés González de la Sierra, que también fue casada y no dejó hijos (así dice el manuscrito original); 6—Francisca, que falleció soltera; 7 y 8—Dos varones que pasaron a las Indias con el segundo Adelantado. De casi todos estos hermanos, así como de sus hijos y nietos, hay una multitud de documentos públicos.
«De los dichos Pedro y Francisca Betancour (o Rodríguez Betancour) nacieron: 1, 2 y 3—Gaspar, Melchor y Gregorio; 4—Antonio, marido de Lucía Pérez, cuyo hijo Bartolomé fue casado con María de Torres, hija legitima del capitán Diego de Torres, canario, y de Antonia de Linares; 5—Diego de la Sierra, marido de Sebastiana de Mena; 6—Fray Antonio de la Sierra Betancour; 7—-María de Betancour, mujer de Francisco González; y 8—Ana de la Sierra, que casó con Baltazar Correa.
«De Pedro Hernández Guanarteme y la Antonia González fueron hijos: 1— …vecino de la Palma; 2—Francisca Hernández, madre de Leonor de Torres, y abuela del Licenciado... de Torres; 3--Inés de la Sierra, que casó con el noble vizcaíno Domingo de Emparán y Justis.»
 El citado manuscrito, que es autógrafo de nuestro célebre cronista Nuñez de la Peña, termina con una noticia de la familia Emparán, noticia que quisiéramos omitir aquí a fin de no alargar más estos renglones; pero accediendo al deseo de una persona de nuestro aprecio, y considerando que en realidad es curiosa y está próxima a desaparecer en el olvido, la vamos a reproducir. Dice así: (1)
«La familia de Emparán es muy conocida en Fuenterrabía y su jurisdicción, casa antigua de término redondo; su escudo es partido en fax, campo azul y en él un castillo de oro, punta de ajedrez o jaqueles de colorado y de plata. La casa de Justis es también en jurisdicción de Fuenterrabía; su escudo de armas es en cruz, de cuatro cuarteles. De estas dos casas procedía Domingo de Emparán y Justis, el cual por los años de 1560 pasó desde Fuenterrabía a esta isla de Tenerife, juntamente con Martín de Emparán, su hermano, y se casó aquí con Inés de la Sierra Guanarteme. Su hija D." María de Emparán casó con… de Anchieta.
«Estando el dicho Domingo de Emparán en el Puerto de Garachico, dio poder en San Pedro de Daute, lunes 29 de Abril de 1577, ante Álvaro de Quiñones, para litigar y ejecutoriar su hidalguía; y con dicho poder, en 22 de Junio del mismo año, compareció en Fuenterrabía el procurador Juan de Ubilla y presentó la petición siguiente:
«Se mandó dar traslado a Gabriel Durango, Procurador Síndico de la Junta de la provincia, y se le notificó el auto en dicho día, y luego el 25 inmediato presentó el citado Ubilla otra petición en la que haciendo caución de rato indicato solvendo, pide igualmente por Martín de Emparán, aunque no tiene poder suyo, atento a que es hermano del dicho Domingo de Emparán y Justis. Pide en otro sí que se le dé un tanto de los privilegios de Vizcaya ».
 «Y luego en 8 de Julio de dicho año respondió Gabriel Durango lo siguiente (folio 53); se le dio traslado a Juan de Ubilla, y a 9 del mismo mes su merced el Sr. Juan Suares... Alcalde dio la sentencia siguiente (dicho folio); y se notificó a la una y la otra parte, y el siguiente día hizo Ubilla el nombramiento de los testigos que había de presentar, estando presente el Procurador Síndico, que dijo los recibía y aceptaba; y en 17 del dicho mes, ante el magnánimo Sr. Juan Suárez, por presencia de Sebastián de Casavante…(aquí siguen palabras que no se entienden, y otras que faltan con el papel) y pondré uno de los primeros testigos y en 7 de Agosto del mismo año fue dada y pronunciada la dicha sentencia. Los testigos presentados fueron: Pedro de Urdanibia, dueño y señor de la casa de Aristi, de 80 años; Martín de Zavaleta, dueño y señor de la casa de Zavaleta, de 70 años; Pedro de Gainsu, vecino de Inibrasu, de 76 años; Juan de Tompes, señor de esta casa, de 72 años; Juan de Alcuvide, dueño y señor de la casa de Rosei, de 65 años; Francisco de Chavarria (o Chucarria), dueño y señor de la casa Mugarrieta, de 75 años; Martín de Aranas, dueño y señor de la casa de Bentaran, de 66 años; Miguel de Zigarroa, dueño de la casa de Ipisticu, de 68 años; Sebastián de Iraeza o Irarza, vecino de....Tuebia, de 70 años; y Jacobo de Agarroa, señor de la casa Zigarroa, de 62 años. Dióse la sentencia, como dicho está, en 7 de Agosto de 1577 (folio 74) ».

Ya tenemos manifestado, en otro trabajo anterior, que no nos ocupamos de las sucesiones de los menceyes y otros naturales o indígenas de la isla de Tenerife, y de sus enlaces con los conquistadores y con las sucesiones o descendencias de éstos, por que es asunto del cual ya se ha ocupado con extensión nuestro amigo D. Leandro Serra y Moratín, y por que es de esperar que siga tratándole si adquiere nuevos datos o noticias, que le merezcan entero crédito y sirvan para ampliar o por lo menos corroborar lo mismo que ya tiene consignado.

No debemos concluir sin manifestar también nuestro deseo (que lo es asimismo de muchas otras personas) de que tanto el señor Serra y Moratín como algunos otros, además de lo que ya tienen publicado respecto a las antigüedades canarias, den a la luz cualesquiera otras noticias curiosas que tengan o puedan procurarse en este asunto. No sólo en Tenerife, sino también en las otras islas, hay sin duda varias personas que poseen datos curiosos e interesantes, que al menos en forma de notas sueltas debieran ser conocidos del público.

Ya les ha dado el ejemplo el señor D. Cipriano de Arribas (del Realejo alto), que ha dado a la luz muy curiosas noticias, las cuales es muy probable que se hubieran perdido o desaparecido, sin la laudable atención de dicho Sr. Los manuscritos viejos, en general, están ya bastante deteriorados, y dentro de algún tiempo desaparecerán del todo, quedando sus noticias sepultadas en el olvido, si algunas personas ilustradas y curiosas no se toman el ligero cuidado y trabajo de reproducirles. Hoy que tantas cosas se dan a la prensa, muchas de ellas completamente insignificantes, ridículas y hasta inmorales, bien pueden salir a la luz aquellos trabajos, siquiera sean de puro entretenimiento, de sana y honesta distracción de nuestros mayores, cuando no sean positivamente datos que sirvan para aclarar diversos puntos o pasajes obscuros de la cronología y de la Historia.

Ya nuestro preclaro historiador Viera, se quejaba de la incuria de muchos, cuando dice en el prólogo del tomo primero de sus Noticias:
  «Las islas son deudoras a los inmensos trabajos de Núñez de la Peña, de diferentes noticias, que acaso estarían ya olvidadas; y sus copiosos manuscritos derramados en ellas son testigos muy respetables de que no vivió inútilmente. Aun debo decir más. El inexacto D. Juan Núñez, que sobrevivió algunos años a la impresión de su citado libro, conoció sus propios errores, y dejó de su puño varios apuntes en que los confesaba y enmendaba. Es verdad que aquellos errores corren todavía libremente por el mundo, mientras las retractaciones y correcciones están ocultas en los desvanes de cierta pequeña biblioteca; pero tal suele ser el destino de la verdad.»
 Es cierto. El error, la mentira y hasta la calumnia más inicua y más intencional, suelen correr por el mundo mucho más que la verdad. El mismo Viera, a pesar de su saber, rectitud y sano criterio, incurrió con la mayor buena fe en el error de muchos, que consiste en creer el aniquilamiento de la raza guanche; salvo que aquí el ilustrado historiador no se refiriese sino al aniquilamiento o extinción como nación independiente. Viera escribió su obra fuera del país, no pudo conocer infinidad de archivos y noticias escritas, diseminados en las islas; ni siquiera tuvo noticias de las datas de los menceyes, excepto las que se hizo al de Adeje (2); de ahí sus errores disculpables, en verdad, pero que han tenido fatal trascendencia entre sus numerosos lectores, que menos impuestos que él en nuestras antigüedades, han repetido y aun exagerado lo dicho por aquel historiador.

A pesar de esas faltas o lunares, la obra de Viera ha sido y será por largo tiempo, según parece, la mejor que sobre el asunto haya visto y vea la luz en esta isla de Tenerife, y una de las mejores de toda la Provincia.

Viera y Clavijo se adelantó a su época; si hoy o en nuestros días hubiera escrito su obra, seguramente no hubiera incurrido en aquellas faltas disculpables, debidas principalmente a sus múltiples atenciones y a la circunstancia de estar largo tiempo fuera de nuestras islas, y componer allá sus Noticias, privado de una multitud de datos que seguramente hubiera conseguido y consultado aquí, y hasta le hubieran sido ofrecidos y presentados espontáneamente por diferentes personas.

                                                                                                                                       R. GARCÍA-RAMOS

(1) Omitimos la relación que allí se hace de los blasones de Guanarteme, Maninidra, Hierra y Doramas por hallarse tan deteriorada esa parte del mismo manuscrito, que algunos trozos faltan o no se entienden.
No fueron esas solas familias nobles o hidalgas canarias las que tuvieron escudos de armas, según era costumbre en aquella época; otras también les tuvieron en estas islas, en particular las de los menceyes de Tenerife. Lo mismo pasó en América con los soberanos y magnates naturales del país.

(2) Es evidente, y tal era también la opinión de Mr. Berthelot Antiquités canariences,—que Viera incurrió en ese error a causa que Núñez de la Peña, en la lista que publicó de las personas que tuvieron reparto de tierra en Tenerife, sólo de D. Diego de Adeje dice que fue mencey o rey. Es verosímil que tampoco el general Lugo, al hacer el repartimiento, se cuidara de significar que fueron menceyes otras personas agraciadas con esas datas, como tampoco se cuidó siempre en expresar que fueron guanches o indígenas. En algunas dijo ser natural o guanche el interesado, y no lo repitió así Peña al formar su lista. Resulta de todo ello que, como ya los naturales tenían nombres y apellidos europeos, por tales europeos les tomaron Viera y otros muchos.



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