martes, 14 de octubre de 2014

MEDITACIÓN (II)

                  (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 19 de noviembre de 1898)
                              Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

Pero resultó de esas reflexiones hechas durante el sueño, lo mismo que de las anteriores, esto es, que abandoné por entonces aquella idea, contando realizarla más adelante, después de visitar la Ciudad Eterna. Se me tardaba entrar en ésta, donde pensaba hallar la síntesis de todas las grandezas del Mundo, puesto que era la de todas las de Italia. Todas las poesías de la Tierra y de sus diversos pueblos debían hallarse en Roma, adonde todo había afluido, artes, ciencias, riquezas, poderío e ilustración o civilización. ¿Qué más podía desear sino ver, tocar de cerca todo eso? El tiempo se me había dilatado para pisar la vía Apia, esa famosa artería de la Italia antigua, que partiendo de Roma, sigue en línea casi siempre recta hasta el puerto de Terracina, desde donde se interna hacia Teanum, sitio en que se cruza con la vía Latina, casi a las puertas de Cápua hacia donde desde  donde me dirigí al salir de Nápoles. De esta última cuidad a la antigua capital de la Campania, es también corta la distancia, pero llena de recuerdos. Cápua era, en efecto, la rival de Roma, en cultura, y muy superior a esta en la belleza y fertilidad de su territorio; así la eligió Aníbal para capital interina de sus conquistas en aquella península,  mientras no conseguía ganar a Roma. Después de visitar a Cápua, y aun a Roma, yo quería entrar por la vía Valeriana para ver a Tíbur y su famoso bosque sagrado. ¿Y cómo no pisar también la celebrada vía Flaminia, la Emiliana, la Aureliana y tantas otras?.

Pero el caso fue que aquí se revolvieron mis ideas de tal manera, que no sabía a donde dirigir mis pasos. Por otra parte llamaba sobremanera mi atención aquella sucesión no interrumpida de quintas o más bien de palacios de recreo, rodeados de parques jardines o lagos artificiales, que ocupaban casi todo el suelo de Italia.  Por eso decían que Sicilia y Egipto eran sus graneros, y en efecto, la reina del mundo, desdeñaba dedicar sus propios feraces campos al cultivo de cereales.

No sé cómo fue que estas consideraciones me distrajeron de mi viaje. Mi imaginación se abismó en un mar de recuerdos, y no se si llegué a pisar los umbrales de la villa de Rómulo. Cuando pensaba en ella, asaltaban mi mente otros muchos recuerdos, que a cada paso despertaban los sitios que atravesaba. Me parecía que veía levantarse las sombras de Aníbal, de Fabio Máximo, de Mario, de Syla y de tantos otros héroes, y cruzar silenciosas por sobre aquellos mismos campos que tantas veces cruzaron en medio del bullicio y fragor de las armas; y me preguntaba si era ilusión o realidad lo que veía, si habían o no habían pasado aquellos tiempos y aquellos hombres de proporciones gigantescas.
 ¿Qué queda de todo ello? me preguntaba yo y sentía en el fondo de mi alma un leve rumor o eco que me parecía quería decir: Nada.


 Nada queda tampoco de otras grandezas de la Tierra, que asimismo llenaron de asombro al mundo, y ocupan en la Historia grandes y brillantes paginas. Pigmeos insolentes han substituido en muchas partes a  los grandes patricios, que crearon la misma celebridad con que aquellos sucesores degenerados se envanecen.

Aquél gran Imperio, el mayor que se conocido en Europa y quizá en todo, no hubiera desaparecido si  no hubieran tenido lugar sus grandes discordias intestinas; o lo que viene a ser lo mismo, si no se hubieran envilecido y degenerado los descendientes de aquellos mismos hombres que en otro tiempo elevaron su nombre a tan grande altura. No eran ya romanos, no debieran llamarse así los sucesores indignos de aquel pueblo de héroes.

A la muerte de cualquiera de sus Jefes o Emperadores, no era el sufragio nacional lo que determinaba cual había de ser el sucesor, no era el poder o la fuerza del sufragio sino el poder o la fuerza de las armas, lo que decidía esa cuestión. Ya puede suponerse cuales serían las consecuencias de esto,  y cuantos desastres había de ocasionar semejante  sistema, si así puede llamarse tal atropello de la sana razón y del buen sentido, sobre todo considerando la frecuencia con que se repetía ese modo de hacer un soberano. Apelabase al inicuo medio de pagar a la tropa y en particular a los pretorianos, cuantiosas sumas, con el objeto de ganarles, es decir, que  cada aspirante al imperio ofrecía cierta cantidad de dinero a cada soldado y otras cantidades  mayores a los centuriones y demás militares, si le proclamaban emperador; luego entraba la puja entre los mismos aspirantes, concluyendo por vencer el que más pagaba y ofrecía. Los pretorianos llegaron a habituarse de tal modo a ese procedimiento que cuando veían que un emperador duraba demasiado, o lo que es o mismo, permanecía durante algún tiempo en su cargo, ellos mismos invitaban a otra persona para que le ocupara, por supuesto, bajo la condición de la consabida paga. Hasta asesinaban al que ocupaba el trono imperial, para de esa manera despachar más pronto.  Así sucedió que hubo muchos emperadores que tan sólo lo fueron durante algunos meses, y aun tan solamente algunos días.

 ¿Podía de ese modo subsistir un estado mucho tiempo? Claro es que no, y qué cualquiera otra potencia que le atacara, habría de concluir con él sin gran dificultad, por que ya el mismo se había por decirlo así destruido a sí propio. No era preciso para ello la concurrencia de varias naciones, fueran o no fueran bárbaras -al cabo no serían mucho más bárbaras que el tal Imperio,- y para colmo de infortunio el decrepito coloso se dividió en  dos, separándose el Oriente del Occidente.

De todo ello ha resultado una grande enseñanza para las demás naciones que después se han sucedido en la Tierra, enseñanza que no todas han aprovechado por igual. Sin saber cómo, me acordé de nuestra España, coloso decrépito que aspiramos a rejuvenecer, por que en la vida de las naciones suele haber esas alternativas.  El individuo envejece y muere; pero la nación como la familia tiene periodos de engrandecimiento y de decadencia, que en algunas se repiten más de una vez.

Aquí llegaba yo en mis reflexiones cuando desperté ¿Fue todo esto simplemente un sueño? Creo que más propiamente debe llamarse una meditación.


                                                                                    R.GARCIA-RAMOS

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