lunes, 29 de septiembre de 2014

 SILUETAS HISTÓRICAS. CROMWELL

                     (Artículo publicado en el Diario de Tenerife el 18 de abril de 1898)
                            Documentación obtenida de Jable.Archivo de prensa digital de la ULPGC

No entra en nuestro propósito hablar de los talentos militares desplegados por Oliver o Cromwell durante la sangrienta guerra civil de Inglaterra a mediados del siglo XVII, guerra que llevó al patíbulo al desgraciado rey Carlos I, como más tarde en Francia sucedió con el no menos infortunado, Luis XVI, reyes que seguramente no fueron mas culpables que cualesquiera otros. Tampoco nos ocuparemos aquí; de los sucesos políticos que promovieron la misma guerra, ni de los que durante ella tuvieron lugar. Vamos a considerar a Oliverio tan solo desde que por la renuncia de lord Fairfax, fue nombrado generalísimo de los ejércitos británicos. Bien merecía esa distinción por su comportamiento y hazañas; pues aunque Inglaterra contaba entonces con varios generales de un mérito sobresaliente, ninguno como Cromwell podía ser reputado invencible, siempre vencedor o siempre afortunado. La doble y formidable rebelión de la Irlanda y la Escocia, contra Inglaterra o más bien contra su Parlamento, tal vez otro que no fuera Cromwell no la hubiera dominado y sofocado, al menos en el corto espacio de tiempo, que aquel necesitó para llevar a cabo tamaña empresa.


Oliver Cromwell


 En realidad, contra los miembros del Parlamento inglés había no solo en Irlanda y Escocia, sino aun en la Inglaterra misma, bastante descontento, no tan solo por el abuso que venía haciendo de sus facultades, sino sobretodo por su exclusivismo o tendencia a perpetuarse en el mando. Era ya tiempo de que aquella Cámara se renovase, en su totalidad o por lo menos en su mitad, y para ello el Ejército la elevó una respetuosa posición o manifiesto; pero esta petición fue desestimada por la Cámara, y desde entonces comenzó una hostilidad mas o menos abierta o declarada entre aquella y el Ejército.
 Llegó a tal punto la osadía de la Cámara, su vanidad y descarado deseo de mantenerse sus miembros en la soberanía, por tiempo indefinido o ilimitado, que no tuvo empacho en expedir un decreto por el cual declaraba reos nada menos que de alta traición a todos los que en lo sucesivo presentaran peticiones o, manifiestos semejantes. Entonces el mismo Cromwell que ni había suscrito aquella solicitud o petición, ni tomó parte en las disputas y aun injurias groseras que mediaron en aquella ocasión, resolvió de motu propio y accediendo también a la excitación de casi todo el ejército y el pueblo, presentarse ante la Cámara o Parlamento, para hacerle las observaciones y exhortaciones que estimó oportunas; pero todo fue en vano, y viendo que eran ineficaces sus razones, llamó trescientos hombres e hizo despejar el salón. La verdad es que si bien la Cámara contaba con hombres dignísimos (y estos eran precisamente los que menos se oponían a que fuera renovada, y aun pedían algunos la renovación)   también contaba en su seno muchos otros llenos de egoísmo y amor propio exagerado o inmerecido; algunos se presentaban ebrios a las sesiones, otros vendían sus votos, y mu-
chos carecían de todo mérito o distinción, y habían ocupado aquel puesto de sorpresa o de casualidad, Estos eran los que a pesar de los largos años que llevaban de ejercicio, mas se resistían a dejar el poder, y cada vez se hallaban más apegados al mismo. Con frecuencia hacían en la Cámara las mociones más extravagantes, y disputaban tenazmente, sosteniendo absurdos y entorpeciendo los negocios y debates de verdadera utilidad para la nación.
 Toda la nación se apresuró a demostrar su aprobación al acto realizado por Cromwell; pero entonces sucedió una cosa que hoy parece muy extraña, por que muchos ignoran hasta qué punto llegaba entonces en Inglaterra la pasión o fanatismo por la Biblia, y decimos fanatismo, por que cada cual la interpretaba como mejor le parecía; pero todos querían obedecer ciegamente sus preceptos, sobre todo, los del antiguo Testamento. Esperaban de día en día la llegada del Mesías y entretanto no se resolvían a nombrar otro Parlamento. Como no podían seguir así las cosas, los jefes militares, aunque también pagaban algún tributo a la superstición general, invitaron a Cromwell para que nombrase nueva Cámara, y así lo hizo. Si bien reduciendo mucho el número de sus miembros. Se le indicaban para esos cargos las personas más populares, y sobro todo, los llamados antimonianos, o antimonacales, que se decían iluminados por el Espíritu Santo e incapaces de errar; pero procuró no incluir a los mas fanáticos, que pretendían suprimir todo otro gobierno que no fuera la pura Ley que dejó escrita Moisés.
 Este nuevo Parlamento funcionó por algún tiempo; pero se ocupaba más de religión que de política, y empezó a tratar de introducir en la nación el culto mosaico en toda su pureza. El resultado fue que al cabo la misma nación se disgustó de su Parlamento, y pidió que fuese suprimido. Como siempre, acudieron a Cromwell, que tanto en paz como en guerra era por decirlo así su providencia. Este consiguió que muchos miembros, incluso el presidente, renunciaran el cargo que el misino le había dado, y los demás fueron intimados por el coronel White para que abandonaran sus puestos. Entonces tuvo lugar aquella conocida escena, en que presentándose el dicho coronel a la asamblea de los recalcitrantes, los preguntó qué hacían allí, y ellos contestaron que buscaban al Señor en la oración; a lo cual les dijo White que fueran a buscarle a otra parte, por que allí no estaba, o por lo menos, no hacía caso alguno de tal asamblea.
 Y sin embargo no ha faltado entonces y después quien, en Inglaterra y también fuera de ella, haya opinado que aquel fue el Parlamento más santo que ha tenido jamás nación alguna. Pudiera haberlo sido; pero no es menos cierto que no era un Parlamento político. Los asuntos de que se ocupaba principalmente eran los de la ley de Moisés, y cuando se trató de hacer la paz con Holanda (después de una guerra desastrosa) el Parlamento o Cámara inglesa, que es la misma de: que hablamos, puso mil dificultades basadas en la impiedad de los holandeses y su apego a la ganancia o lucro, predicándoles que antes que todo buscasen al Señor, y no se ocupasen tanto de comercio y de negocios  marítimos y otros, que eran los que venían a  tratar. El resultado de ello fue que no hubo paz, y la guerra prosiguió aniquilando a ambas potencias. Se asegura que los par de parlamentarios ingleses decían que era preciso subyugar a los hombres del pecado, o conseguir su regeneración por medio de rezos y sermones (Goldsmith, Hist. de Inglat.)
 Puede decirse que una gran parte del pueblo inglés tomando por modelo al antiguo pueblo de Israel, pretendía pasar a cuchillo o exterminar a cualquier otro que no  observase la Ley mosaica; mientras, que otros  ingles se inclinaban a la clemencia y persuasión para con sus enemigos, de acuerdo con los preceptos del nuevo Testamento En tal estado de cosas, el ejército volvió como siempre los ojos hacia (Cromwell le brindó con el Protectorado de la nación, nombre que se imaginó por no usar el de Dictadura, aunque se sabía bien que en Roma la dictadura que desde muy antiguo solía crearse en casos extremos o en circunstancias difíciles había dado casi siempre los mejores resultados, siendo Julio Cesar quien tornó odioso ese nombre estableciendo una dictadura perpetua. En realidad, y dicho sea de paso, más que a Cesar hay que culpar de ello a los romanos, que hicieron posible allí y hasta necesaria tal dictadura perpetúa. Sin ella Roma estaba a punto de sucumbir por sus propias discordias, y sus provincias a punto de sublevarse contra un gobierno republicano y triunviral que ya casi no era gobierno, sino un sistema Completo de expoliación y de trapacería; cada gobernador de provincia (que decían procónsul o propretor) era un sátrapa o cacique semejante a los de las monarquías del Asia y de la América, o por mejor decir, era peor que estas, porque tenía; más hambre y sed o por lo menos más deudas.
Volvamos a Cromwell. Su dictadura o llámese protectorado dio para Inglaterra. Los mismos ventajosos resultados que para Roma o Italia habían producido sus célebres y antiguas dictaduras, que generalmente se decían o creaban por poco tiempo, y en cuanto pasaba el peligro los mismos dictadores se apresuraban a renunciar su cargo. La nación inglesa se regenero política y económicamente;  sus fuerzas  tomaron nuevo desarrollo e incremento, y se hicieron respetar de las demás naciones; se impuso a la Holanda una paz ventajosa para Inglaterra, y puede decirse que de esa época data la supremacía marítima inglesa.
 En vista de tales resultados, los ingleses entusiasmados con su protector, llegaron hasta ofrecerle la corona; pero Cromwell era un hombre modelado a la antigua, era como si dijéramos un romano de los buenos tiempos de la República; rehusó y dijo que tan solo conservaría el poder mientras lo considerase necesario para el bien de la nación.
 Pero la vida del protector duró poco para ello, y sus últimos días fueron acibarados por la calumnia y por la envidia. En Inglaterra, como en todas partes, había infinidad de seres para quienes todo marcha mal si ellos no marchan bien, es decir, si no hacen su negocio. La prematura muerte de Cromwell vino a demostrar de parte de quien estaba la razón, y cuan difícil era reemplazar un hombre de su talla.
 Si alguna falta grave se le puede imputar es su comportamiento con el rey Carlos, después de vencido éste; pero es muy dudoso que esa falta fuera de Cromwell más quede todo el ejército. El parlamento trataba da pactar con el rey, estaba a punto de concluir una nueva constitución que satisfacía las exigencias parlamentarias, que podía decirse eran las de la nación; pero el ejército o Cromwell, y probablemente ambos, se opusieron a ello. Es difícil juzgar hoy con acierto sobre tal asunto. En vista de los datos escritos en aquellos tiempos e  inmediatos siguientes, podrá cada cual formar su opinión, siendo al parecer lo más verosímil que, el ejército, que era el que había sufrido todo el peso de la guerra, no quería transacción con Carlos, cuyo orgullo conocía, y sólo veía en la transacción una tregua que haría recobrar al monarca nuevas fuerzas.
 Además ¿podía ser válido cualquier pacto hecho con un rey prisionero?
 No era de temer que al verso nuevamente libre el monarca, declarase nulo lo pactado durante su prisión o cautiverio. Debió comenzarse por devolver generosamente la libertad al rey, y pactar entonces, si es (o era posible; pero ni el ejército ni el parlamento estaban de manera alguna, dispuestos a dejar a Carlos I en plena libertad y disposición de continuar las hostilidades.
 Sea de el o lo que fuere, al fallecimiento del protector, como dejamos indicado, quedó nuevamente la nación en un estado de perturbación lamentable; era aquello una república semejante a la Romana a la muerte de Cesar, con la diferencia de que como Cromwell no fue asesinado, no mediaron los odios y rencores le sus parientes y parciales, no se presentó otro Octavio a vengar su muerte, ni otro Antonio a secundar esa venganza. Verdad es que este último lo que principalmente se proponía era ser emperador a su vez, fundado en que era, a la sazón, uno de los dos cónsules de la República. Todavía se llamaba así la nación Romana, a pesar de la dictadura; el otro cónsul era el mismo Cesar, que además de ser dictador había tomado el consulado por la quinta vez, cuando fue asesinado. Su acólito en la dictadura, o como los romanos decían, su general de la Caballería, era entonces Emilio Lépido, que también se creyó con derecho a sucederle; pero valía menos que Antonio, y sobre todo menos que Octavio, que además de su propio mérito, ostentaba su inmediato parentesco con el finado emperador, de quien era universal heredero.
 Los ingleses como los romanos, repetimos, se hallaron sin gobierno a la muerte de su dictador; unos y otros se inclinaron a proseguir aquella forma política dictatorial, que en efecto parecía ser la más conveniente o la única viable en la una como en la otra nación.
 El hijo mayor de Cromwell fue llamado a sustituir a su padre; pero este joven no tenía la talla ni el prestigio militar ni civil de Octavio César; el ejército británico no podía conformarse con tal jefe, al que también rechazaba una parte muy considerable de la nación; y por otra parte, el primogénito del último monarca se mostraba extremada mente afable y liberal para con todo el mundo, aunque ausente de Inglaterra, y tenía aquí un partido considerable, que aumentaba de día en día.
 No es de este lugar la historia de los acontecimientos que inmediatamente siguieron a los que muy ligera o sucintamente acabamos de reseñar. Así sólo diremos, para terminar, qué el nuevo protector Ricardo Cromwell se vio al cabo de poco tiempo precisado a renunciar su cargo, y que la opinión nacional entonces se inclinó sucesivamente a un parlamento o senado supremo, de donde dimanasen todos los poderes; y a un tribunal militar, que llamaban consejo o comisión; pero la verdad es que este último sistema (si puede llamarse así) fue una imposición del ejército que poco tiempo se mantuvo, volviéndose al sistema inmediato anterior. También advertiremos que este parlamento de que hablamos no fue otro sino él mismo que había sentenciado a
Carlos 1º y que últimamente había sido rehabilitado. Por último, se acordó la convocación de un parlamento nuevo, de libre elección, en el que resultó una mayoría a favor del sistema monárquico; porque en Inglaterra, como en Roma o Italia, y más tarde en Francia, los frecuentes disturbios y turbulencias, que amenazaban con una guerra civil permanente o constante, habían ocasionado una reacción en los ánimos. Además. se observaba que cada alto magistrado o funcionario público, se convertía pronto en un pequeño déspota; y el pueblo decía con su experiencia y buen sentido practico, que sí al cabo era preciso sufrir cualesquiera déspotas, era preferible, (es decir, menos malo) que en lo posible quedaran reducidos a uno solo.
 Varios autores han hecho una comparación entre Cromwell, Bonaparte y Robespierre. No deja de haber analogía entre ellos; pero a nuestro entender y el de varios autores, el primero de aquéllos ha sido calumniado, atribuyéndole demasiado egoísmo y ambición, o lo que es lo mismo, identificándole bajo ese concepto con Bonaparte, mientras que el tercero esta poseído de una manía o preocupación, que consistía (como en Marat) en creer o pensar que nadie como él mismo era capaz, de guiar los asuntos de la república. Robespierre creía primeramente que tan sólo su partido (llamado la montaña) podía salvar a la nación del poder de sus enemigos, y salvar la libertad, siendo así que acaso mejor y más pronto las hubieran salvado los republicanos llamados (girondinos) cuando más tarde quedó la montaña triunfante, empezó a creer que tan sólo el mismo era capaz de dirigir el gobierno; todos los demás convencionales le parecían incapaces, o venales, o traidores, salvo unos cuantos de sus parciales, a los cuales también hubiera repudiado probablemente más tarde, si no hubiera sucumbido en las famosas jornadas de Thermidor. Ese exclusivismo de Robespierre, como antes el de Marat, cualquiera que fuese la causa a que obedecía, resultaba al cabo antiliberal, y por ende antirrepublicano; razón por la cual diversos autores han creído, no sin fundamento, que Danton valía más que aquellos, y puede considerársele lo mismo quo a Cromwell como mejor patriota y ciudadano más digno de los homenajes de la posteridad. El egoísmo es odioso siempre, y mucho más en las repúblicas, donde se convierte en la rémora de la libertad y aun en la tumba de la misma, si no se le ahoga donde quiera que levante su repugnante cabeza. Si prevalece en una nación cualquiera, puede decirse que ni esa misma nación es libre, e independiente, ni siquiera digna de poseer independencia y libertad.


                                                                                             R. GARCÍA-RAMOS

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