lunes, 22 de septiembre de 2014

 ANTILLIA Y BRASIL

(Artículo publicado el 14 de febrero de 1898 en el Diario de Tenerife)


 Esos dos nombres figuran desde muy atrás en las cartas geográficas del mar Atlántico, mar que sin duda las naves fenicias, cartaginesas y romanas surcaron infinitas veces, hasta mayor o menor distancia del viejo Mundo, sin que se conserve noticia casi ninguna de esas antiguas navegaciones.

 Las islas oceánicas eran halladas y perdidas repetidas veces por los navegantes, y las relaciones de éstos, cuando las escribían, eran naturalmente confusas y adornadas o envueltas en un tejido de fábulas. Aún así, apenas ha llegado hasta nuestros días tal o cual noticia escrita, noticia que al ser copiada y comentada, era nuevamente alterada y empapada en la fábula, tanto antigua como moderna, esto es, en los cuentos y consejos de la Edad Medía, confusa amalgama de visionarios de distintas religiones.
 Las cartas geográficas del Océano adolecían, naturalmente, de los mismos defectos de las otras noticias escritas, y decimos otras noticias, porque en las mismas cartas era costumbre  escribirlas, y muchas hay que no se encuentran en otra parte. Los tales mapas, repetimos, diferían no poco entre sí, aún tratándose de un mismo país o región, marítima o terrestre. En los unos se veían (y ven aún) aquellas dos islas precitadas, mientras que en otros no aparecen, o aparecen con notables diferencias, en su situación, forma, tamaño, etc. Antes de que el célebre Cristóbal Colón emprendiera su viaje en solicitud de las Indias, por la vía de Occidente, ya figuraban en las cartas de marear las referidas dos islas, en particular la Antilia, a la cual se dirigió aquel navegante, para desde ella proseguir su viaje hasta descubrir el continente e islas asiáticas, de las cuales muchos creían o sospechaban que pudiera formar parte dicha Antilia, y quizá el mismo Colón no estuviera muy lejos de creerlo. Lo cierto es que hasta hoy se llaman Antillas o Antilas las islas del seno Mejicano, descubiertas por el famoso genovés.

Pocas y confusas son las noticias que sobre las dos islas precitadas, han podido salvarse de las tinieblas de la Edad Media y de los estragos que son consiguientes al largo transcurso de los siglos.
 Era una tradición bastante admitida la de que cuando los árabes y otros mahometanos invadieron la península Ibérica, no pudiendo o no queriendo muchos cristianos sufrir aquella dominación, resolvieron pasar a una isla del Océano, guiados por varios Obispos y otros sacerdotes, que efectivamente les condujeron y aportaron en cierto país, el cual fue llamado después isla o país de las Siete Ciudades. Este país figura en varios mapas antiguos, a veces cerca de la costa de Andalucía, y a veces lejos de ella. Si hubo tal viaje y colonización, cosa a la verdad muy dudosa, pudiera ser una de las islas Británicas el país donde aportaron aquellos emigrantes; pero otros le sitúan muy adentro de la mar, cerca de las costas Americanas, y aún en distintos otros parajes.

En la isla San Miguel, de las Azores, se asegura hay un término que hasta hoy llaman de las Siete Ciudades, y hasta se cree que los terremotos y volcanes (frecuentes allí en otros tiempos) destruyeron aquella floreciente colonia. Otros opinan que la llamada isla de las Siete Ciudades no fue otra sino la misma Antilia, y que ésta, es a su vez la misma isla que Aristóteles llamó Anteínsula, cosa verosímil, si se atiende a que es probable se la llamase también Anti-ínsula, y traduciendo esa voz se dijera Antilha y Antilia. Esta figura  está en casi todas las cartas del Océano, hechas en la Edad Media, aunque también con diversa situación, pues mientras en las unas está casi a la altura de las Azores, en otras aparece mucho más lejos, y cerca del Continente americano, que entonces no figuraba todavía en las cartas, o figuraban como país asiático.

 Dichas cartas o mapas oceánicos eran en su mayor parte unas repeticiones o copias más o menos ampliadas, de otros mapas más antiguos. En el año 1414 menciona la Antilia el señor Behain, y en el portulano de la biblioteca de Weymar –año de 1424- aparece diseñada, como también en el mapa del genovés Beccaria, que está en la biblioteca de Parma. También se la ve en la carta veneciana de Andrés Bianco, y en la genovesa de Pareto -1436 y 55 respectivamente-. Otras muchas la traen también, y o repetimos, son casi todas meras reproducciones de otras cartas antiguas. Es de notar que no podía ser esa isla ninguna de las Azores, Canarias ni Madera o Puerto Santo, porque todas estas eran ya bastante conocidas, y figuraban en su respectivo lugar en los mapas, siendo así que la Antilia prosiguió siendo delineada por separado, hasta en cartas muy posteriores, entre ellas, el Mapa mundi de Fra Mauro -1476-. El célebre matemático florentino Toscanelli, de quien tomó autorizadas noticias Cristóbal Colón (como es bastante sabido), situaba la Antilia casi a la mitad de la distancia de Lisboa a las Indias, por la vía de Occidente; y el ante citado M. Behain, cuyo globo terrestre se ajusta y concuerda con el mapa de Toscanelli, sitúa la mencionada isla a los 330 grados de longitud. En el siglo XVI aparece también en los respectivos atlas de Ortelío y de Mercator.


Paolo dal Pozzo Toscanelli
Atlas de Ortelio

Abraham Ortelius



Atlas de Mercator
Gerardus Mercator 

 No era esa isla la única que aparecía por aquellos parajes o términos marítimos en las cartas geográficas; a sus inmediaciones se situaban otras varias, que indican una como noticia vaga o incompleta de las actuales islas del seno Mejicano. Y a la verdad, si como es sabido hasta nuestros días se ha visto propasarse las naves, por efecto de los temporales, y llegar hasta América ¿porqué no había de suceder lo mismo en todos tiempos, desde que se navega por este mar? Claro está que esto es no solamente muy posible, sino también muy probable; y que además de los viajes propiamente dichos de exploración, que efectuaron los antiguos, también por accidente natural de la navegación se haya llegado diferentes veces a las costas americanas, desde fecha muy anterior a su casual e impensado descubrimiento, debido a la intrepidez de Cristóbal Colón y sus compañeros de fortuna, cuando marchaban en solicitud de las Indias por la vía de Occidente.
                                                         
                                                                            ***

 Pasemos ahora á hablar de la isla Brasil o Brazil, cuya situación varía o cambia, según los mapas, cosa que por lo demás sucede también respecto a otras islas y países del globo. Desde el año 1351 está señalada en el portulano de Médicis, y probablemente lo estaría asimismo en otros anteriores. Esta isla, dice el erudito Mr. de Avezac, figura en dicho atlas bajo el nombre de isla de Brazi, como la misma que después se ha llamado Terceira, y en otras cartas posteriores se la llama Brazil o Brasil, pero es constante que en otros mapas se la coloca a gran distancia de las Azores, y casi siempre al occidente de las mismas. También consigna el citado autor que la referida isla debe su nombre a unos árboles que en ella abundaban y servían para teñir de rojo, cuyos árboles, hallados también más tarde en el continente de América, dieron nombre a una vasta región de dicho continente, que hasta hoy se llama Brasil.

 Esta isla de que hablamos también ha sido tomada por la Antilia, esto es, confundidas ambas con una sola, y acaso realmente no fueran sino una, distinguida simultánea o sucesivamente por uno y otro nombre. Es verosímil que en la Antilia, isla sin duda americana, hubiese aquella clase de árboles tintóreos tan conocidos, y de los cuales tanto comercio se ha hecho bajo el nombre de palo Brasil.
El célebre viajero veneciano Marco Polo, que escribía por los años 1280, habla de las islas Cipango y Antilia como de islas asiáticas, fronterizas al Cathay; y hoy parece cosa indudable que esas islas son dos de las actuales Antillas, y que la Cipango es la misma Brasil.

Es necesario advertir que no sólo en aquellos tiempos se suponía al globo Terráqueo una circunferencia mucho menor de la que realmente tiene, sino que por otra parte se daba a las Indias una extensión inmensa. Onesícrito afirmaba que la India ocupa una tercera parte de la esfera terrestre, y Plinio confirma esa opinión, que era común en su Tiempo. Aristóteles daba como seguro que desde el estrecho de las Columnas de Hércules, hasta la India, navegando siempre hacia Occidente, se llegaría en poco tiempo; y nuestro filósofo Séneca, a su vez, confirma el sentir del precitado filósofo griego.

 Después de MarcoPolo, el inglés Mandeville, por los años 1350, escribió también sus viajes por las Indias; y ambas relaciones se asegura eran la lectura predilecta de Colon, en sus ratos de ocio y esparcimiento, lectura que provocó en dicho marino un deseo irresistible de realizar la atrevida empresa, que más tarde llevó a cabo.

 En varias obras impresas, entre otras la Historia de la Marina real de España, se puede ver el cúmulo de datos que adquirió Colón antes de lanzarse al Océano para llegar por aquí a la India; datos que patentizaban no solo la posibilidad, si que también la probabilidad del buen éxito; la empresa era más bien de atrevimiento que de ciencia, y cualquier capitán de buque mercante que, con tiempo favorable, hubiera navegado hacia Occidente durante una o dos lunaciones o meses, infaliblemente hubiera tropezado con la tal India que se buscaba, y que mucho después se vino a caer en la cuenta de que no era tal India ni Asia, sino un nuevo Continente que impensadamente se acababa de descubrir.


  

                                                                                           R. GARCÍA-RAMOS.

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